La carrera mundial por las vacunas

Sálvese quien pague

En el peor momento de la pandemia, los anuncios sobre el inicio de campañas de vacunación –algunas en desarrollo, otras inminentes– han traído cierta esperanza. Sin embargo, también despiertan ansiedad y ambición, y desnudan, como sólo puede ocurrir durante una crisis de estas dimensiones, nuestros fracasos estructurales.

Preparación de la vacuna contra Covid -19 en el Centro Médico Judío de Long Island, Nueva York. Diciembre 2020.Xinhua, Wang Yin

Los mercados internacionales enloquecieron con la noticia de la primera inyección contra el covid-19, aplicada en el británico brazo de una señora de 91 años. La euforia bursátil venía acicateando desde el mes pasado el apuro de los laboratorios por largar sus vacunas al mercado y el de los gobiernos por aprobar su uso. Cuando se les pregunta a los médicos, los epidemiólogos y los asesores científicos sobre los riesgos de tanta prisa, responden muy circunspectamente aquello de que las situaciones excepcionales requieren medidas ídem. Una adaptación moderna, se ha dicho, de un aforismo de Hipócrates, que ante dolencias extremas recomendaba el uso de curas extremas.

Y extremas son las dolencias que aquejan hoy a la humanidad. La pandemia de covid-19 ya se ha cobrado más de 1.700.000 vidas (la gripe estacional, que tanto se prestó para la comparación de muchos, mata a 650.000 personas por año, según las estimaciones más audaces). Algunos sobrevivientes de cuadros graves verán su calidad de vida sensiblemente afectada. Ni hablemos de la economía: es probable que la peor crisis mundial desde la Gran Depresión no sea superada por completo antes de 2025, ha dicho el Banco Mundial. Las consecuencias sociales tardarán mucho más en subsanarse, si es que lo hacen. La Organización de las Naciones Unidas estima que el hambre extrema se duplicó y alcanzará a 265 millones de personas cuando termine 2020. La desigualdad se ha disparado, según todos los indicadores.

Por decir fútbol

Ante semejante infierno, no sólo los mercaderes han enloquecido con el anuncio de los milagros que obrarían las divinas vacunas. El tema tiene en vilo a los poderes terrenales. Y a los otros. En las últimas semanas, los ulemas de Al Azhar han llamado a vacunarse para salvaguardar el bien público, el papa Francisco pidió que lo destinado por los Estados a gastos en armamento financie la distribución de las dosis y los sabios judíos han dicho que la halajá recomienda, e incluso mandata, inocularse contra el covid.

Cunde, como es de esperar, la desesperación. Al cierre de esta edición, los medios globales siguen el minuto a minuto de una tormenta de nieve que demoraría –horas, días– la llegada de la primera entrega de Pfizer/Biontech a Estados Unidos, allí donde Donald Trump ha reclamado hasta desgañitarse que la ciudadanía lo recuerde a él, no a Joe Biden, como el líder que consiguió las vacunas. Poco importa, a estas alturas, que en el pasado la bestia rubia sugiriera que las inyecciones estaban detrás de una supuesta epidemia de autismo. En el Brasil de su amigo Jair Bolsonaro, el Supremo Tribunal Federal intimó al Ejecutivo a anunciar de inmediato la fecha de comienzo de una campaña nacional de vacunación, aunque el entorno del presidente prefiere concentrarse en lanzar amenazas al gobernador de San Pablo, quien se atrevió a encargar un cargamento de odiadas vacunas chinas. En Argentina, los medios opositores se burlan ahora de Alberto Fernández, que apostó fuerte a inocular la vacuna rusa a fines de este mes y se vino a enterar este jueves, mientras leía la última conferencia de Vladimir Putin, que la Sputnik V aún no está testeada en mayores de 60 años. Del otro lado del Atlántico, el euroescéptico Matteo Salvini se pregunta cuán malo es, a fin de cuentas, estar fuera de la Unión Europea, si los ingleses ya están meta darle al pinchazo, mientras Italia se impacienta en plena segunda ola y el gobierno de la siempre prudente Angela Merkel presiona públicamente a Bruselas para que apruebe, de una vez por todas, el uso masivo de la vacuna de Pfizer.

PARA UNOS POCOS

Más allá de las manganetas, las agachadas y los porrazos a los que nos tiene acostumbrados la comedia menor de la política, las vacunas contra el coronavirus son motivo de una sorda contienda geopolítica. China dice tener 15 vacunas a estudio, cinco de ellas en las etapas finales de sus ensayos, y ha recibido encargos de al menos 16 países de Asia, África y América Latina. Estados Unidos ha puesto en los últimos tiempos miles de millones de dólares de su bolsillo estatal en las manos de las empresas privadas que fabrican cinco de las vacunas más publicitadas por estas horas. Rusia empezó el 5 de diciembre a vacunar a sus habitantes con su propia invención, prometida, además, a otros 11 países. Como es de uso entre caballeros, los gobiernos de estas potencias se acusan, mientras tanto, de mentir, ocultar información, saltarse el protocolo científico y sobrerrepresentar las virtudes de sus remedios salvadores.

Las riñas en las alturas pueden ocultar, no obstante, lo que ocurre en la trastienda del mercado internacional de panaceas. Según informó en las últimas horas The New York Times, los Estados más ricos están vaciando los estantes, mientras se aprovisionan para sus campañas de vacunación y dejan con las manos vacías a los países más pobres. Canadá, por ejemplo, ya hizo, a diferentes fabricantes, encargos que, de concretarse, alcanzarían para inmunizar seis veces a toda su población. Con sus contratos actuales, Reino Unido y Estados Unidos podrían inmunizar cuatro veces a cada uno de sus ciudadanos y la Unión Europea, dos veces. Como contraparte, «el pronóstico para la mayoría de los países en vías de desarrollo es funesto», advirtió el Times. Dado el ritmo de acaparamiento de los más ricos, los Estados más pobres alcanzarían a inmunizar a su población recién en 2024, con bastante suerte y mucho esfuerzo.

Ya a mediados de setiembre Oxfam alertó que los gobiernos con mayores recursos a su disposición se habían asegurado, mediante una agresiva campaña de compra por adelantado, más de 5.000 millones de dosis. De esta forma, hoy el 14 por ciento de la humanidad concentra el acceso al 53 por ciento de las vacunas más prometedoras. De acuerdo con la Alianza Mundial para las Vacunas y la Inmunización, los 92 países más pobres del planeta tienen aseguradas, en tanto, apenas 1.000 millones de dosis, cuya fecha de fabricación y distribución aún no está confirmada.

Por decir fútbol

«A menos que los gobiernos y la industria farmacéutica tomen medidas urgentes para asegurarse de que se produzcan suficientes dosis, unos 70 países sólo podrán inocular contra el covid-19 a uno de cada diez habitantes», insistía Oxfam la semana pasada. Para evitar semejante espectáculo de nudismo capitalista se creó, en setiembre, el COVAX. Bajo el auspicio de la muy pundonorosa Organización Mundial de la Salud, la Coalición para la Promoción de Innovaciones en Pro de la Preparación ante Epidemias y la Fundación Bill y Melinda Gates, la iniciativa apunta a garantizar, mediante un esquema de compras conjuntas entre más de un centenar de Estados y diversos donantes de todo el mundo, «que todas las personas, independientemente de su riqueza y en cualquier rincón del mundo, tengan acceso a las vacunas contra el covid-19 una vez que estén disponibles».

La meta inicial es que incluso las más pobres de las naciones pobres logren, mediante este esquema, vacunar en 2021 a por lo menos el 20 por ciento de su población. A partir de ahí, los participantes cuentan con distintas herramientas para aumentar su abastecimiento. El lema inicial del COVAX –lanzado, no está de más recordarlo, para combatir una pandemia– parecía bastante sensato: «Nadie está a salvo a menos que todos estemos a salvo». Pero, bajo el imperio del mercado, lo humanamente razonable no siempre, casi nunca, es lo que da más ganancia. Con base en la filtración de un informe interno a la directiva del COVAX, Reuters advirtió este miércoles que la iniciativa «corre un riesgo muy alto de fracasar». Los asesores financieros del grupo señalan como el mayor riesgo la existencia de cláusulas que permiten que los países miembros con más recursos «se corten solos», firmen contratos bilaterales por fuera de la iniciativa común y, finalmente, no compren las vacunas reservadas por el colectivo, lo que haría fracasar toda la operación.

INVERSIÓN PÚBLICA, GANANCIA PRIVADA

Mientras tanto, gracias a un viejo truco de alquimia neoliberal, se espera que los al menos 8.800 millones de dólares de inversión pública directa destinados este año al desarrollo de las ansiadas vacunas (sin contar la indispensable investigación científica previa financiada durante décadas por los Estados) se conviertan el año que viene en al menos 40.000 millones de dólares de ganancias privadas, según las estimaciones de la compañía de análisis de datos científicos Airfinity y del analista de la industria farmacéutica Josh Schimmer, de la firma de inversiones Evercore.

El grueso de los gastos de al menos seis de las principales vacunas creadas en Occidente (entre ellas, las de Pfizer, Astrazeneca, Moderna, y Johnson y Johnson) corrió por cuenta de los Estados patrocinantes, con apenas un pequeño porcentaje en manos de algunas ONG y de la iniciativa privada. Sin embargo, las patentes y los beneficios extraídos de ellas quedarán en manos de los gigantes farmacéuticos. De poco han servido hasta ahora los llamados (de Estados, científicos, intelectuales, organizaciones sociales, fundaciones, ONG, líderes religiosos y movimientos políticos de diverso pelaje) para que, en una situación excepcional como la que enfrentamos, se aplique una medida excepcional: abolir, aunque sea sólo y únicamente por esta vez, las dichosas patentes de propiedad intelectual sobre una medicina desarrollada gracias al conocimiento colectivo, financiada con fondos colectivos y que promete poner fin a una de las peores catástrofes colectivas que nos ha tocado vivir. Tal parece que el covid no es la única dolencia extrema que nos aflige y que exige, también, una cura extrema.

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