Mentiras, nazis y amenazas

Trump, sin máscara

El presidente de Estados Unidos está a la zaga en las encuestas, lastrado por una pandemia que ha matado a más de 207 mil personas y mal pintado por la revelación de sus impuestos. Ahora, en el último mes de la campaña electoral, ha decidido que le conviene coquetear con los supremacistas blancos y no comprometerse a transferir pacíficamente el poder.  

El presidente Donald Trump en un acto en Minnesota el 30 de Setiembre. Afp, Mandel Ngan

VENÍA BIEN LA COSA

La muerte, a los 87 años, de la jueza del Tribunal Supremo de Estados Unidos Ruth Gingsburg, venerada por quienes abogan por los derechos de la mujer, iluminó el cielo de los republicanos: el presidente de ese país, Donald Trump, tiene ahora la oportunidad de postular a una reemplazante, por lo que la corte verá ampliada su mayoría conservadora a seis, contra una minoría de apenas tres magistrados progresistas. En Estados Unidos, los jueces del Supremo los elige el presidente y los confirma el Senado. Los republicanos tienen una mayoría frágil en la Cámara Alta, y esta coyuntura les da la posibilidad, casi única en generaciones, de plantar, por décadas, su sello en el Poder Judicial, antes de que la elección del 3 de noviembre pueda sacar a Trump de la Casa Blanca.

El tercio de los votantes, que ya no fueron mayoría en el voto popular de 2016, aclamó la decisión de Trump de postular a otra mujer, la jueza ultramontana Amy Coney Barrett, y apurar la confirmación antes del 3 de noviembre. Este no tuvo empacho en señalar la conveniencia de asegurarse una mayoría judicial que él cree le será favorable si el resultado de la elección conduce a litigios y, tal como ocurrió en 2000, el destino de la presidencia cae en manos de los jueces del Supremo. Lo más dulce para los trumpistas más entusiastas es que los demócratas nada pueden hacer para impedir la confirmación de Barrett y que, aun si Trump pierde la elección y los demócratas ganan el Senado, el perfil ideológico del Tribunal Supremo quedará tallado por muchos años. En resumen, los trumpistas estaban contentísimos y los demócratas, desalentados. El Supremo, que reanudará sus sesiones el 5 de octubre, tiene en su bandeja de pendientes decisiones sobre la Ley de Cuidado Asequible de la Salud –más conocida como Obamacare–, el aborto, la inmigración y otras querellas cruciales en el panorama estadounidense.

MALDITOS IMPUESTOS

El domingo 27, dos días antes –¡oh, casualidad!– del primer debate entre Trump y su rival demócrata, el exvicepresidente Joe Biden, el diario The New York Times publicó un extenso artículo sobre los impuestos que ha pagado o no ha pagado Trump. En Estados Unidos hay abundancia de impuestos: personales, de propiedad, de negocios, del condado/municipio, del Estado, federales… Son todos una pesadilla para los millones de personas que pagan y una fuente de negocios lucrativos para batallones de contadores y abogados expertos en encontrarle rulos a la ley para evitar los tributos. Los rulos más sabrosos son las deducciones que alguien puede reclamar, al amparo de la ley, que son muchas y no flacas para los empresarios. Así, por ejemplo, una persona o una corporación puede ser multimillonaria y, al mismo tiempo, evitarse el pago de impuestos si alega gastos y pérdidas suficientes.

Existen dos entidades, supuestamente separadas: Donald Trump, el individuo, y la Organización Trump, que opera los negocios de Trump en Estados Unidos y el resto del planeta, dondequiera que los paisajes hayan sido bendecidos con los edificios y los campos de golf que llevan su nombre. La Organización Trump es un panal con una abundancia de abejitas, empresas subsidiarias, asociadas, no asociadas, disociadas, y cada una de ellas tiene sus propias obligaciones tributarias. Entender esta maraña requiere, también, la experiencia de contadores y abogados, pero el Times resumió algunas de las conclusiones más relevantes. Entre ellas, las dos que han quedado más expuestas a la opinión pública: Trump no ha pagado impuestos federales en diez de los últimos 15 años, y en 2016 –cuando era candidato– y 2017 –ya en la presidencia– pagó, cada año, 750 dólares en impuestos federales. Sí, leyó bien: 750 dólares en los tributos de un hombre que afirma ser uno de los más ricos del planeta. El artículo del Times también indica que los negocios de Trump han tenido pérdidas multimillonarias y que encara deudas por cientos de millones de dólares que han de cancelarse en pocos años. No hay muchos detalles, por ahora, de quiénes son los acreedores.

Durante la campaña electoral de hace cuatro años, Trump prometió, una y otra vez, que divulgaría sus pagos (o no pagos) de impuestos una vez que la Dirección de Impuestos Internos completara las auditorías. Desde entonces, el ahora presidente no sólo ha postergado a ponchazo de auditoría los reclamos de transparencia, sino que ha querellado a los reclamantes añadiendo otra disputa sobre la que deberá pronunciarse el Supremo. Pero las revelaciones del Times –diario prominente en la supuesta conspiración de los medios que Trump califica de «enemigos del pueblo»– cayeron pesadas. Ya no tanto entre quienes desprecian al presidente y siempre han sospechado que es mala gente, sino entre los propios trumpistas, millones de hombres y mujeres decentes, que trabajan duro y cumplen con sus obligaciones fiscales.

MARTES ACIAGO

Hombre muy cuidadoso de su imagen, que ensanchó hace años su popularidad con un show de televisión, The Apprentice, en el que afinó sus talentos histriónicos, el martes 29 Trump estropeó el ambiente con su pésima actuación en el primero de tres debates, cuando falta poco más de un mes para la elección. El espectáculo de 90 minutos, televisado desde Cleveland, Ohio, mostró a un hombre enojado, más dispuesto al ataque personal contra Biden que a la discusión de los asuntos que preocupan a la ciudadanía, y con la habitual seguidilla de afirmaciones engañosas y citas tramposas de cifras incoherentes. Por ejemplo, el mandatario, quien empecinadamente se rehúsa a ponerse máscaras para evitar el contagio de covid-19 y ha logrado convertir su uso –o no uso– en un símbolo político, aseguró a los televidentes que faltan apenas unas semanas para contar con una vacuna que ponga fin a la pandemia.

Para desaliento de sus seguidores, Trump no ofreció una sola idea para su buscado segundo mandato presidencial e interrumpió constantemente a Biden y al moderador del debate, el periodista Chris Wallace, quien en numerosas ocasiones tuvo que rogarle que se callara y permitiera la discusión. Pero lo que –tras el debate y cuando empiezan a llegar las encuestas de opinión– causó consternación en el Partido Republicano fueron sus amenazas veladas de que no aceptará el resultado de la elección si le es adverso y su renuencia a repudiar a las bandas de extremistas blancos que se han multiplicado en meses de disturbios en todo el país.

El Departamento de Seguridad Nacional y el Buró Federal de Investigaciones advirtieron hace tiempo que las milicias nacionalistas y supremacistas blancas constituyen la mayor amenaza terrorista para Estados Unidos, más grave aún que el terrorismo extranjero. Los extremistas de la derecha autóctona han matado nueve veces más a estadounidenses que los islamistas en ataques llevados a cabo en el país en años recientes, según un análisis del Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo y Respuestas al Terrorismo Global. A esas muertes deben sumarse ataques contra sinagogas, mezquitas y cementerios judíos, amenazas de muerte y desfiles de individuos fuertemente armados en torno a las protestas raciales. Cuando en el verano de 2017 cientos de estos extremistas desfilaron en Charlottesville, Virginia, portando antorchas –un incidente en el que una contramanifestante murió arrollada por el auto conducido por uno de ellos–, Trump eludió la condena de los ultraderechistas y dijo que «había gente buena en ambos bandos».

En el debate del martes, Wallace hizo dos preguntas a Trump, directas y concisas. ¿El presidente les dirá a sus seguidores que, si el escrutinio se demora, aguarden pacíficamente los resultados? ¿El presidente repudia a los extremistas blancos? Titubeando en la búsqueda de respuestas evasivas, Trump dijo que pedirá a sus seguidores que concurran como observadores a los puestos de votación, porque, según él, esta elección puede ser fraudulenta. En cuanto a los extremistas, les pidió que «den un paso atrás y se mantengan listos para la acción» (stand back and stand by). De inmediato, el grupo fascista más notorio, Proud Boys, celebró en su página de Internet las instrucciones de Trump: «Sí, señor. Nuestro presidente. Estamos listos». La primera respuesta es una amenaza clara de posible presencia intimidatoria de extremistas blancos, armados, en torno a los sitios de votación. La segunda es la muestra más clara que ha dado de que no tiene en mente respetar el resultado electoral ni transferir pacíficamente el poder.

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