Vencedores vencidos o cómo blanquear el discurso de los blancos

Sobras de campaña.

Sobras de campaña.

Siguen resonando las declaraciones de Luis Lacalle Pou durante un encuentro de candidatos realizado por el Comité Central Israelita sobre la alternancia en el poder: “Es esencial y es sano para las democracias. La democracia se sostiene justamente sobre la alternancia, sobre el cambio de partidos políticos, lo otro es dictadura. Por eso después de tres períodos de gobierno del Frente Amplio, desde mi punto de vista, la mayoría de los uruguayos ya empezó a decidir por una alternancia”. Semejante planteo se presta a diversas lecturas. Y, a decir verdad, ninguna resulta muy feliz.

Una de esas lecturas es, desde el punto de vista histórico, el negacionismo –aunque a veces dudo si no será nomás un completo desconocimiento, cosa que no extrañaría si hiciéramos un compendio de los dichos del candidato nacionalista en los últimos diez años– de los procesos sociales y políticos desde el siglo XIX, del país que pretende gobernar. Además, resulta risible que su concepto de alternancia omita el hecho de que las familias Herrera, Bordaberry y Manini Ríos han mostrado un fecundo continuismo en los destinos de la nación, al igual que la Asociación Rural, la Federación Rural y el mismo ejército. En el segundo libro del colectivo Entre, La reacción, podemos ver que el concepto de alternancia de Lacalle Pou se sostiene en las permanentes acusaciones de autoritarismo dirigidas hacia la izquierda y la disposición al autoritarismo de la derecha. “Siempre que en Uruguay se quebró la institucionalidad democrática fue por obra de las clases propietarias y sus aliados políticos. La hipocresía de los ‘demócratas’ e ‘institucionalistas’ en esto no tiene límites. Si bien el liberalismo uruguayo no siempre fue autoritario, el autoritarismo (el verdadero, no el imaginado), en Uruguay, siempre fue liberal. Lo cierto es que existe un vínculo profundo entre clase y democracia. La democracia crece al calor de la presión de las demandas y las movilizaciones populares, y retrocede cuando los ricos mandan parar.”

Esta observación nos recuerda, o nos advierte, que lo que Lacalle Pou entiende por democracia es un concepto funcional que pone el centro de atención en el libre mercado, la reducción de expectativas de consumo y la judicialización de la política. De esta forma, su idea de alternancia plantea el corrimiento de una concepción que a duras penas se fue edificando, con base en agendas sociales, para volver a poner una pauta de mayor mercantilización de la sociedad –privatizaciones, flexibilización, alineamiento automático con la potencia hemisférica y la promoción del emprendedurismo como ideología dominante–. En esta lógica, el desarrollo no existe, la distribución es una fantasía populista, y la economía se debe orientar al crecimiento del Pbi en un esquema primarizador de la matriz productiva. Se apunta así a una gestión de la subjetividad para que a muchos sectores les parezcan plausibles los objetivos y las políticas de su plan de gobierno, a pesar de que sus propios intereses se vean algo más que afectados, por no decir destruidos. Y, dado que su neoliberalismo no ofrece nada en lo económico ni en lo social, se requiere resaltar los antagonismos y plantear opciones dilemáticas a la población entre la necesidad de elegir ajuste o corrupción, o desviar la atención mediática sobre otros asuntos. Algo no tan lejano a lo que plantea Macri respecto a las Paso, quien no para de decir que esas elecciones no existieron, porque su proyecto quedó por fuera de toda opción electoral; algo no tan lejano a la dinámica de la bancada que llevó a cabo un –vergonzoso– impeachment contra Dilma Rou-sseff o a las últimas declaraciones de Carlos Bolsonaro, hijo del actual presidente de Brasil: “Por vías democráticas, la transformación que Brasil quiere no sucederá a la velocidad que deseamos”.

Y por acá ya sabemos qué significa precisamente la palabra “cambio” en boca de Macri, Bolsonaro, Ernesto Talvi y, en particular, Lacalle Pou: es la transformación de una organización, una forma de hacer estadocéntrica y militante en otra de carácter emprendedor y asociado al voluntariado, dos marcas de los discursos economicistas más duros de la derecha.

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