No podés matar al rock and roll, llegó para quedarse.
«You Can’t Kill Rock and Roll», del disco Diary of a Madman (1981)
Pocas personas tienen la posibilidad de irse en su ley, rodeadas de amigos que les muestran su cariño y respeto, de hacerlo en la ciudad donde crecieron, junto con miles de personas y acompañados en línea por millones. Para ello hay que ser alguien muy especial. Y John Michael OzzyOsbourne lo fue y siempre lo será. Portador de un extraño y único carisma, es una de las figuras más importantes de la historia del rock y sin dudas un referente para millones de metaleros que, desde 1970, son legión.
HIJOS DE LA TUMBA
En 1968, Ozzy Osbourne, Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward, cuatro pibes de clase obrera de un barrio popular de la ciudad industrial inglesa de Birmingham, formaron una banda –inicialmente llamada Earth– que tocaba
hard rock con algo de blues y de psicodelia. Poco después, luego del breve paso de Iommi por Jethro Tull e inspirados en un filme que se estaba exhibiendo frente al lugar donde ensayaban (I tre volti della paura, película de terror de 1963 llamada en inglés Black Sabbath), cambiaron el nombre y el estilo musical de la banda.
Según cuenta la leyenda, ese mismo día empezaron a componer «Black Sabbath», primera canción de su disco debut homónimo, Black Sabbath (lanzado el viernes 13 de febrero de 1970), que cambiaría la música popular para siempre con un riff basado en el tritono, un intervalo muchas veces evitado o directamente prohibido en la música académica, y con una letra acerca de una extraña figura tenebrosa.
El sonido pesado, distorsionado y disonante de Black Sabbath, así como las letras sobre ocultismo, guerras, problemas mentales y anímicos no solo contrastaban claramente con el flower power hippie, sino que iban más allá de lo que habían hecho otras bandas precursoras del hard rock, como Led Zeppelin, Cream o Vanilla Fudge.
Si bien la crítica contemporánea rechazó casi unánimemente a Black Sabbath, al igual que las radios, que prácticamente no pasaron ninguno de los simples de Black Sabbath ni de su sucesor, Paranoid (1970), ambos discos fueron muy exitosos. No solo cosecharon millones de fanes en todo el mundo, sino que inspiraron a miles de otros jóvenes rebeldes a formar sus propias bandas en ese nuevo estilo que luego se llamó heavy metal.
TREN LOCO
En los siete años siguientes, Black Sabbath sacó seis discos más. Y aunque reinventaron una y otra vez ese heavy metal que ellos mismos habían inventado, para fines de la década todo parecía en caída.
Luego de un gran éxito de críticas y ventas con Sabotage (1975), los discos Technical Ecstasy (1976) y Never Say Die (1978) tuvieron críticas mayormente negativas y muchas menos ventas que sus antecesores. Y como además estaban hundidos en excesos, Iommi, Ward y Butler decidieron echar a Ozzy de la banda en 1979 por considerar que era el que estaba peor.
El despido de Ozzy y el auge de otros géneros (como el punk o el disco) colaboraron con la idea de que tanto Ozzy como el heavy metal habían llegado a su fin. Pero, como cada vez que alguien anunció su caída, tanto Ozzy como el metal volvieron con más fuerza.
Don Arden, mánager de Black Sabbath, consiguió que Ozzy (que planeaba gastar toda la plata que le quedaba en cocaína y alcohol, y luego inscribirse en la oficina para desempleados de Birmingham) firmara un contrato con su discográfica, Jet Records, y le encomendó a su hija, Sharon Levy, que se encargara de mantener al músico con vida. Sharon no solo lo cuidó, sino que le armó un supergrupo con el baterista Lee Kerslake (Uriah Heep), el bajista Bob Daisley, el tecladista Don Airey (ambos de Rainbow) y el virtuoso joven guitarrista Randy Rhoads (Quiet Riot), con el que Ozzy, además de formar una sociedad creativa, entabló una fuerte amistad.
Con Rhoads, Ozzy sacó los discos Blizzard of Ozz (1980) y Diary of a Madman (1981), y tuvo un éxito enorme. Pero la que prometía ser una larga y fructífera carrera de colaboración terminó en medio de una gira, cuando Rhoads murió en un accidente de avioneta a los 25 años.
El episodio sumió a Ozzy en una profunda depresión, a tal punto que solo pudo terminar la gira arrastrado por Sharon, con quien en ese momento ya tenía una relación y con quien se casaría al año siguiente. Con la muerte de Rhoads, otra vez surgieron voces que dijeron que Ozzy estaba liquidado, y Ozzy otra vez volvió. Fichó al guitarrista Jake E. Lee y al baterista Tommy Aldridge y volvió al éxito con Bark at the Moon (1983).
En los ochenta, época de conservadurismo moral y religioso en todo Occidente, Ozzy (y también otros referentes del género) fue condenado mediáticamente y perseguido judicialmente. Pero, tal como había pasado antes, salió adelante, enfrentando a los televangelistas, a los padres asustados y a los senadores estadounidenses y sus esposas.
Mantuvo su indiscutido lugar como «príncipe de las tinieblas» y sacó algunos discos discutibles, pero también algunas joyas, como No More Tears (1991) y Ozzmosis (1995) (como niño de los noventa, estos son los dos con los que lo empecé a escuchar, y eso me hace quererlos más). También fue la cara de Ozzfest, uno de los festivales de metal más importantes del mundo, giró, se pasó de rosca, protagonizó un reality show y fue para la cultura mainstream la cara visible del género que ayudó a inventar.
MATARSE PARA VIVIR
Ozzy, como el heavy metal, afrontó el rechazo, la censura y los vaticinios negativos con gracia. En 1970, cuando la crítica y las radios dijeron que Black Sabbath era una porquería, ellos siguieron fieles a su estilo, conquistando el mundo sin necesidad de apariciones en la radio. A principios de los ochenta, cuando todos creyeron que su caída en desgracia implicaba que el metal había muerto, no solo salió Blizzard of Ozz, sino que las grandes bandas de los setenta Black Sabbath (con el ex-Rainbow Ronnie James Dio) y Judas Priest sacaron dos discos exitosísimos e influyentes (Heaven and Hell y British Steel), al tiempo que nuevas bandas británicas (Iron Maiden, Def Leppard, Saxon) y estadounidenses (Van Halen, Mötley Crüe, Quiet Riot) llevaron el heavy metal al tope de los rankings y al horario central en MTV.
Una y otra vez el metal fue dado por muerto, y una y otra vez resurgió de mil maneras. Como el rugido de adolescentes disconformes, como el grito desenfrenado de jóvenes que no quieren que les digan cómo vivir, como un interminable solo de guitarra de Rhoads, un doble bombo a toda velocidad de Vinnie Paul, un falsete de Bruce Dickinson o un growl de George Corpsegrinder Fisher, un riff de Tony Iommi. Y como Ozzy haciendo el signo de la paz en un escenario, fuera en 1969 o en 2025, ya rodeado de viejas leyendas como K. K. Downing (de 73 años) y de jóvenes promesas como Roman Morello (de 14), de megaestrellas como Guns n‘ Roses y Metallica, y de bandas esotéricas y experimentales como Tool o Gojira, y tal como en 1969, acompañado por Iommi, Butler y Ward, sus viejos amigos.