El retorno de los viejos fantasmas - Semanario Brecha
Trump, Sudetes, Groenlandia y otras señales de alarma

El retorno de los viejos fantasmas

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La historia es tozuda y, con frecuencia, poco original. No avanza siempre en línea recta ni garantiza aprendizajes duraderos. A menudo, vuelve sobre sus propios pasos, repite escenas conocidas, cambia los nombres y los escenarios, pero conserva intacta la lógica profunda de los acontecimientos. Quien crea que los grandes desastres del siglo XX pertenecen a un pasado remoto debería mirar con más atención nuestro presente.

Donald Trump se ha convertido en algo más que un dirigente polémico o un líder excéntrico. Hoy representa una amenaza real no solo para la estabilidad internacional, sino para la propia continuidad de la vida humana en el planeta tal como la conocemos. Nunca antes un dirigente con semejante desprecio por la cooperación internacional, el derecho y la ciencia había tenido acceso a un poder destructivo de escala planetaria.

Groenlandia aparece, en este contexto, como un símbolo inquietante. Del mismo modo que los Sudetes fueron en 1938 el primer gran test que las democracias europeas no supieron –o no quisieron– afrontar, la pretensión de Estados Unidos de imponer su voluntad sobre un territorio ajeno, apelando a razones estratégicas, económicas o de «seguridad nacional», recuerda peligrosamente aquella política de apaciguamiento que terminó en tragedia. Entonces, Reino Unido y Francia prefirieron mirar hacia otro lado ante la anexión de esa región checoslovaca; hoy, buena parte del mundo parece minimizar los impulsos expansionistas de Trump, confiando en que se trata solo de bravuconadas retóricas.

La historia enseña que los autoritarios nunca se detienen por sí solos. Cada concesión se interpreta como debilidad; cada silencio, como complicidad. Groenlandia no ha sido –todavía– invadida, pero es un síntoma: el ensayo general de un orden internacional en el que la fuerza vuelve a imponerse sobre el derecho y en el que las potencias deciden el destino de los pueblos menos fuertes. En la reciente invasión a Venezuela –con secuestro de su presidente incluido–, lejos de intentar justificar ese movimiento para poner freno a un proceso de corte dictatorial, Trump ha manifestado con una franqueza brutal que el fin es hacerse con los recursos de ese país.

La pregunta central es incómoda pero ineludible: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que un sistema que se reivindica democrático haya permitido que un dirigente con rasgos abiertamente autoritarios, narcisistas y belicosos tenga acceso al llamado botón nuclear?

La respuesta es tan inquietante como conocida. Exactamente del mismo modo en que, hace casi un siglo, un cabo austríaco, pintor frustrado y orador furioso llegó al poder en Alemania: a través de las urnas. Adolf Hitler no dio un golpe de Estado clásico; fue legitimado electoralmente por una sociedad atravesada por la humillación, la crisis económica, el resentimiento y el miedo. Trump tampoco asaltó la Casa Blanca por la fuerza: fue elegido por millones de ciudadanos que se sintieron atraídos por su discurso.

Ese discurso no es nuevo. Es, de hecho, uno de los más antiguos y eficaces de la política reaccionaria: señalar culpables externos de los fracasos internos. Inmigrantes, minorías, feministas, ambientalistas, periodistas, organismos internacionales. Siempre otros. Otros que roban, que conspiran, que degradan, que amenazan una supuesta grandeza perdida. El mensaje es simple y emocionalmente poderoso: si tu vida no es como esperabas, no es culpa del sistema económico ni de las élites que lo controlan, sino de quienes están debajo de vos en la escala social.

Trump ha sido un alumno aventajado de esa escuela. No porque copie mecánicamente al nazismo –la historia nunca se repite de forma idéntica–, sino porque reproduce su lógica profunda: la deshumanización del adversario, la exaltación del líder providencial, el desprecio por los límites institucionales y la normalización del odio como herramienta política. Sé que esta comparación incomoda, y que muchos la rechazarán por considerarla exagerada, pero la incomodidad no es un argumento y la historia está llena de advertencias que fueron desoídas por temor a «pasarse de la raya».

Las semejanzas no se agotan en la retórica. El retroceso en derechos es una de las señales más claras del avance autoritario. El ataque frontal al derecho al aborto, la amenaza constante al matrimonio igualitario, la criminalización de la inmigración, la persecución de la disidencia cultural y política, y el cuestionamiento permanente a la prensa libre forman parte de un mismo proyecto: reducir el campo de lo democrático, vaciarlo de contenido, convertirlo en una mera formalidad electoral sin garantías sustantivas.

A ello se suma un elemento que el siglo XX no conoció en esta magnitud: la capacidad tecnológica de destrucción total. Si las dos guerras mundiales dejaron millones de muertos, una tercera conflagración global, con arsenales nucleares plenamente operativos y un planeta ambientalmente exhausto, podría significar directamente el fin de la civilización. No es retórica alarmista: es una posibilidad real.

La historia no condena de antemano, pero tampoco absuelve por ignorancia. Sabemos cómo empiezan estos procesos; también sabemos cómo terminan cuando no se los frena a tiempo. La pregunta no es si Trump es un nuevo Hitler, sino si estamos dispuestos a repetir, una vez más, el error de minimizar las señales, de confiar en que las instituciones resistirán solas, de creer que el voto, sin conciencia ni memoria histórica, es garantía suficiente de democracia.

Porque cuando se normaliza la fuerza como argumento, cuando se legitima el odio como política pública y cuando se renuncia a aprender del pasado, nadie está a salvo. Y porque, en definitiva, el futuro no se conquista mirando hacia otro lado, sino asumiendo que la historia –aunque tozuda– todavía puede ser cambiada.

Parafraseando resumidamente a Bertolt Brecht: primero fueron por otros, y, como no éramos esos otros, miramos hacia otro lado. Cuando finalmente vinieron por todos, ya no quedaba nadie para detenerlos.

La historia no se repite por falta de advertencias, sino por exceso de indiferencia. Y porque el verdadero peligro no comienza cuando los derechos desaparecen, sino cuando dejamos de defenderlos porque todavía no nos han quitado los nuestros.

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