El secretario de Guerra del gobierno de Estados Unidos, Pete Hegseth, divulgó, a fines de enero, su Estrategia de Defensa Nacional. Con menos fanfarria que la Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump, el documento es tan bizarro y revelador como el de su patrón. Conviene examinar sus principales definiciones.
La Estrategia de Defensa Nacional (EDN) está dirigida a las altas autoridades del Pentágono, en particular a los jefes de los Comandos Combatientes, así como a los directores de las 28 agencias y campos de actividad que integran el Departamento de Guerra.
Debe señalarse que el denominado hemisferio occidental aparece elevado al primer nivel de relevancia, incluso por encima de China, que mantiene su prioridad estratégica y es objeto de un cuidadoso enfoque táctico. Particularmente significativo es el bajo protagonismo otorgado a Taiwán y el llamativo énfasis en la promoción de las relaciones con el Ejército Popular de Liberación. Rusia, por su parte, queda claramente en un segundo nivel dentro de las prioridades.
Algunas definiciones generales
Conviene tomar nota de que para Pete Hegseth el orden internacional basado en reglas no es más que la «abstracción de un castillo en el aire».
Complementando la afirmación anterior, el titular de Guerra reafirma que, para imponer los intereses de Estados Unidos, la política de Donald Trump hará prevalecer la paz a través de la fuerza, gracias a sus Fuerzas Armadas, «las más poderosas que el mundo haya visto jamás».
No es extraño, entonces, que defina la política internacional de la Casa Blanca como un realismo práctico y flexible que, asegura, se apoya en una mirada de la realidad ajena al aislacionismo y enfocada en las amenazas que enfrenta Estados Unidos, sin inmiscuirse en conflictos y tareas ajenas a su gran objetivo: America First.
Finalmente, conviene enfatizar que, en la presentación del documento, además de China, solo se menciona explícitamente a nuestra región, a la que los estadounidenses designan como hemisferio occidental. Al respecto, se afirma: «Defenderemos la patria y aseguraremos la protección de nuestros intereses en el hemisferio occidental». Para, acto seguido, establecer una definición de enorme significación: «Disuadiremos a China en el Indopacífico mediante la fuerza, no la confrontación». Parece muy llamativo que Rusia no figure entre las prioridades y recién se mencione en el capítulo dedicado al entorno de seguridad y como una «amenaza persistente pero manejable por parte de los miembros del este de la OTAN». En efecto, si bien se reconoce el potencial de amenaza nuclear de Rusia para el territorio de Estados Unidos, se relativiza su poder en relación con Europa, continente en el que descarga la tarea de atender la amenaza que representa Moscú. «Afortunadamente, nuestros aliados de la OTAN son sustancialmente más poderosos que Rusia», asegura el documento.
Oriente Medio recibe apenas unos pocos párrafos de atención, pero en el marco de la consideración del caso de Irán, al que principalmente se refiere para cantar loas a la operación Martillo de Medianoche, el ataque a sus instalaciones nucleares.
Entre tanto, Israel es objeto de un tratamiento tangencial, aunque entusiasta; se lo califica de aliado modélico, capaz y deseoso de defenderse, y al que la «administración anterior» le ató las manos.
Las prioridades: América Latina y Groenlandia
En espejo con la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) divulgada por Trump en noviembre del pasado año, la primera prioridad de la EDN es la defensa de la patria, donde –es bueno tomar nota– quedan subsumidos tanto América Latina como Groenlandia.
Con relación a América Latina, Hegseth proclama abiertamente que Estados Unidos defenderá «activamente y sin temores» los intereses en toda la región, asegura que garantizará «el acceso militar y comercial a los territorios» (incluyendo el canal de Panamá, el golfo de México, Groenlandia) y promete proporcionar «opciones militares creíbles» para Trump contra los «narcoterroristas […] allí donde se encuentren».
También asegura que se comprometerá de buena fe con los «vecinos», desde Canadá hasta sus «socios» en América Central y Sudamérica. Pero precisa, a la vez, que se asegurará de que «ellos respeten y cumplan con la defensa de nuestros intereses compartidos». En caso de que no lo hagan, amenaza abiertamente: «Estaremos prontos para actuar de manera precisa y decisiva para imponer los intereses de Estados Unidos». Pero agrega, para que no queden dudas, que ello constituye el corolario Trump de la doctrina Monroe y que las «fuerzas militares están dispuestas a actuar con la rapidez, el poder y la precisión» con los que lo hicieron en Venezuela. Más claro…
Luego vienen Groenlandia y la fantasía del Domo Dorado. Hegseth reafirma la voluntad de Estados Unidos de desplegar el denominado Domo Dorado, una versión aumentada y corregida de la célebre Guerra de las Estrellas, anunciada por Ronald Reagan como Iniciativa de Defensa Estratégica en 1983 y cancelada como gran fracaso tecnológico.
En un muy reciente trabajo, publicado en el Bulletin of the Atomic Scientists, del académico de la Universidad de Princeton, Igor Moric, se muestran dos cuestiones centrales. El Domo Dorado, por el momento, es un proyecto tan irrealizable como fantasioso. Además, en el caso de que fuera realizable, si Estados Unidos llegara a ponerlo en práctica, podría hacerlo sin controlar Groenlandia, tal como pretende Trump.
El Pentágono abandonó 20 bases militares en Groenlandia al final de la Guerra Fría, sin siquiera retirar la basura peligrosa que dejó enterrada en el hielo. La única base estadounidense activa es la de Pituffik, antes conocida como Thule, que tuvo 10 mil efectivos y hoy alberga solo 100 militares que operan el Upgraded Early Warning Radar de la Space Force. Conviene recordar que, según un acuerdo de 1951 sobre «la defensa de Groenlandia», suscrito con el reino de Dinamarca y aún vigente, Estados Unidos puede instalar cuántas bases desee en ese territorio insular.
Moric también informa que, según el American Enterprise Institute, un sistema antimisilístico de protección del territorio de Estados Unidos requeriría 85 mil interceptores en el espacio, a un costo de unos 3,6 billones de dólares. Sin embargo, incluso un despliegue tan enorme no sería infalible. En efecto, resultaría ineficaz en caso de un ataque nuclear en regla de una potencia como Rusia. Hay que recordar que una sola carga nuclear que escape al escudo de protección tendría consecuencias catastróficas y que Rusia, en caso de realizar un ataque nuclear a gran escala, tendría capacidad para enviar unas 2 mil cabezas nucleares al territorio estadounidense, sin contar con un número similar de señuelos y ayudas de penetración.
La realidad es que el Congreso de Estados Unidos aprobó 25.000 millones de dólares como inversión inicial para el Domo Dorado, al que Moric se refiere irónicamente como «esperanza dorada». Hasta el momento, no se conoce detalle alguno sobre el proyecto. No se sabe qué empresas han sido contratadas para desarrollar los interceptores ni el monto de los contratos firmados.
El nuevo lenguaje con China
Coherente con sus propias definiciones generales, Hegseth reconoce que se enfrenta a un actor poderoso. Así, con cautela señala: «El presidente Trump busca con China una paz estable, un comercio honesto y relaciones respetuosas». Recuerda también que ha establecido directivas en el Departamento de Guerra para iniciar amplias relaciones militares con el Ejército Popular de Liberación de China, con el objetivo de apoyar la estrategia de estabilidad estratégica con Pekín. Su objetivo es desescalar la conflictividad. En tal sentido, el documento reconoce la necesidad de observar con «atención y realismo la escala, rapidez y calidad del histórico fortalecimiento militar de China».
Y abunda en su lenguaje apaciguador: «No queremos dominar, ni estrangular, ni humillar a China. Nuestro objetivo, en cambio, es simple: que nadie –tampoco China– esté en condiciones de dominarnos ni de dominar a nuestros aliados. En esencia, buscamos establecer en el Indopacífico el balance de poder que propugna la ESN de Trump y que nos permita disfrutar una paz digna a todos».
También resulta llamativo que, en lugar de hacer referencia a Taiwán, el documento opte por concentrarse en lo que se denomina Primera Cadena de Islas, que recorre el mar de China desde Japón hasta Malasia. Obviamente, Taiwán es un punto central del mencionado cordón insular, pero el recurso de no nombrar a la isla parece reflejar la intención de no humillar a China.
La conclusión sobre las relaciones con China es clara: «La manera de hacer realidad la paz por medio de la fuerza, que busca Trump en la vital región del Indopacífico, será ser fuertes pero no confrontativos».
Finalmente, las otras dos prioridades de la EDN son conocidas: repartir la carga con los aliados y potenciar la base industrial militar de Estados Unidos.
Conclusión: la EDN, según Hegseth, conducirá a Estados Unidos hacia una «nueva edad dorada» e impondrá una paz duradera en el mundo a través de la fuerza. En dicha tarea, el Departamento de Guerra será «la espada y el escudo de la patria».









