Durante los últimos dos años asistimos con espanto y rabia a la destrucción sistemática de la población en Gaza. Sabíamos que la impunidad del gobierno de Israel para asesinar y destruir expresaba una nueva ofensiva colonial imperialista que iba más allá del territorio palestino. Los conceptos nos resultan insuficientes para hacer inteligible el nivel de crueldad y cinismo de los acontecimientos. Rita Segato dice que el mundo de hoy es un mundo de dueños «porque el panorama corresponde más a una refeudalización del planeta en la cual las propiedades tienen magnitudes nunca antes conocidas y el espacio común ha desaparecido prácticamente, es avasallado, rapiñado y engolfado a diario por este patrón de “conquistualidad”».1
La «dueñidad» en América Latina tiene una dramática actualidad después de los sucesos en Venezuela y el cerco sobre Cuba que coloca a la población en una situación de extrema precariedad. La administración de Donald Trump quiere estrangular a la isla cortando el combustible, los vuelos y suministros cruciales para la supervivencia para provocar el sufrimiento cotidiano a toda la población.
El 7 de febrero el gobierno cubano anunció un paquete de medidas de emergencia para enfrentar la grave crisis energética que atraviesa la isla, caracterizada por apagones diarios que superan las 20 horas en todas las localidades. No se necesita demasiada imaginación para pensar lo que ello significa en la vida cotidiana de las personas. Según la publicación independiente Alas Tensas de febrero de este año, el gobierno cubano está «atrapado en una situación desesperada […] y hace malabares entre promesas de recuperación, llamados a la confianza y aumento de la represión a quienes disienten».
Es recurrente la represión como respuesta en los momentos de crisis y esa es una de las fronteras infranqueables para cualquier proyecto emancipador. ¿Qué es una revolución que recurre a la violencia estatal para acallar los disensos? ¿Podemos hablar de Cuba rompiendo el binarismo que obliga a estar del lado del oficialismo o pasar automáticamente a ser neoliberal anticastrista? Para la izquierda latinoamericana, Cuba ha sido desde hace muchos años una cuestión incómoda, difícil de manejar bajo la amenaza de «contrarrevolucionario» ejercida por las lógicas de poder político que no admiten el disenso y la crítica.
En 2011 participé en la Semana de la Cultura Italiana en Cuba. En una de las actividades dedicadas a la música, una joven rapera denunció la «mentira en la que había crecido» como un grito de protesta contra los discursos repetidos que han perdido su sentido frente a realidades inequitativas, de privilegios inexplicables y control estatal. «El consenso se erosiona en su núcleo mismo cuando la igualdad deja de figurar como promesa plausible, la soberanía se percibe como abstracción desvinculada de la vida cotidiana y la participación se vacía de eficacia política», dice Wilder Pérez Varona en un excelente artículo publicado en Nueva Sociedad.2
Cuba y su revolución han formado parte de mi historia personal y política y la de mi generación desde los sesenta, cuando alimentamos la formación militante con los discursos de Fidel Castro y la Declaración de La Habana, pero también muchos años más tarde, y ya desde las perspectivas feministas, con los debates acerca de una revolución que no cambiaba las relaciones sociales y sus raíces patriarcales, sexistas y racistas. Como dice Rita Segato, «las derrotas de la historia reciente nos van mostrando que, sin colocar en foco y dar centralidad al desmonte del mandato de masculinidad y a la desarticulación del orden político patriarcal, no será posible reorientar la historia hacia un mundo capaz de traer más bienestar para más gente».
La corriente feminista con la que me identifico pertenece a un campo de izquierda que siempre está en solidaridad y disputa con los partidos que dicen representarla. Asumimos prácticas políticas con la izquierda bajo la piel y pensamos en plurales para hablar de autonomías, de derechos, de revoluciones y de políticas. Por eso buscamos referentes en las luchas cotidianas, en los pensamientos críticos y autogestivos, en las voces que no pactan con el autoritarismo y tienen el coraje de denunciar, de opinar y de construir miradas plurales sobre las realidades complejas del capitalismo depredador. «Actores que no se definen como oposición, pero que producen efectos de contestación. Movimientos feministas, redes antirracistas, colectivos LGBTI+, agrupaciones ambientales y proyectos comunitarios desplazan el conflicto hacia dimensiones que el universalismo estatal tendió a subsumir bajo la igualdad abstracta. Al visibilizar discriminaciones, violencias estructurales y déficits de reconocimiento, estos actores erosionan el monopolio estatal sobre la definición de justicia y ciudadanía, aun cuando no articulen estrategias clásicas de confrontación política», dice Pérez Varona.
Salir del binarismo para enriquecer el debate y no pactar con el silencio frente a respuestas autoritarias sin olvidar la imposición imperialista de Estados Unidos con el alto costo para las vidas humanas en Cuba. ¿Cómo rescatar denuncias como las de Kamil Zayas Pérez, integrante del proyecto audiovisual independiente El4tico, encarcelado en Cuba a principios de febrero,3 y, a su vez, convocar y convocarnos a expresar una vez más la más amplia solidaridad para frenar la prepotencia colonialista de Trump?
Una nueva flotilla de solidaridad zarpará desde múltiples puntos del mar Caribe para romper el cerco y expresar la voluntad de plantar cara a los tenebrosos planes imperiales.
Lilián Celiberti activista feminista y de derechos humanos uruguaya. Integrante de Cotidiano Mujer.
- Escenas de un pensamiento incómodo, de Rita Segato. Prometeo, 2022. ↩︎
- «Imaginarios en disputa. ¿Cómo se está transformando el espacio sociopolítico cubano?», Nueva Sociedad, enero-febrero, 2026. ↩︎
- Véase «Carta pública de Kamil Zayas Pérez, joven del colectivo cubano El4tico, detenido por la Seguridad del Estado», Alas Tensas, 7-II-26. ↩︎








