La Policía de Argentina detuvo ayer martes al militante brasileño Thiago Ávila a su llegada a Aeroparque y le prohibió ingresar al país. Ávila había sido invitado por organizaciones sociales a dar una conferencia en la Universidad de Buenos Aires en apoyo a la Flotilla Sumud, que este mes intentará una vez más llevar ayuda humanitaria a Gaza. Las autoridades argentinas dijeron al militante y a sus anfitriones que la prohibición se debe a una decisión política del «más alto nivel». Hasta ahora no hubo comunicado público del Ejecutivo argentino, pero la decisión ocurre a pocos días de que el presidente Javier Milei dijera que se siente «orgulloso de ser el presidente más sionista del mundo» y luego de que dirigentes políticos y sindicales argentinos comparecieran ante la Justicia por criticar a Israel.
Ávila había volado a Argentina desde Uruguay, donde el lunes brindó una conferencia en la sede del PIT-CNT, en su rol de coordinador internacional de la flotilla. El año pasado, la iniciativa intentó ingresar a Gaza varias toneladas de ayuda humanitaria y romper el bloqueo naval que Israel mantiene sobre ese enclave palestino desde 2007, considerado ilegal por la Corte Internacional de Justicia. Fueron más de 40 embarcaciones, con 500 participantes de más de 40 países. Ávila acaba de participar, además, del convoy humanitario Nuestra América, en el marco de las amenazas de invasión y el bloqueo energético impuesto a Cuba por Estados Unidos. De estos temas conversó con Brecha.
—¿Cuál fue el objetivo de la misión humanitaria a Cuba y cómo encontró ese país?
—La misión del convoy y de la flotilla Nuestra América buscó dejar en claro que Cuba no está sola. Para traducir eso en una práctica concreta, llevamos más de 50 toneladas entre los barcos que salieron desde México, el avión de carga que salió de Estados Unidos y los cientos de personas que llevaron en sus maletas medicinas y alimentos. La situación en Cuba es dramática tras la intensificación de un bloqueo que ya lleva más de seis décadas. Hay gente muriendo en los hospitales por la falta de electricidad. Hay mucha gente con problemas de alimentación. La población pasa por privaciones que dejan bien claro por qué un bloqueo como este es un arma de guerra y por qué es condenado por el derecho internacional. El bloqueo anterior que vivía Cuba ya era un acto criminal, condenado una y otra vez en los últimos 33 años consecutivos por la Asamblea General de la ONU. Estados Unidos no solo sigue creyendo que puede violar el derecho internacional, sino que ahora avanza con un acto de guerra aún más brutal: impedir la llegada de petróleo a Cuba. Esta misión tenía la tarea de demostrar que los pueblos no aceptan esa ideología colonial que piensa que no solo Cuba, sino también Uruguay, Brasil y todos los países de Latinoamérica son su patio trasero.
Cuba merece, además, mucha solidaridad. Es el país más solidario del mundo: ha enviado brigadas médicas a todas partes, ha hecho campañas de alfabetización en incontables rincones del Sur global, ha apoyado las luchas de liberación de tantos países, ha sido refugio de tantas personas que escapaban de dictaduras militares, como la uruguaya. Entonces esta misión es también un acto de retribución. Fue un éxito en tanto mostró al mundo que Cuba no está sola, pero también demostró a Estados Unidos que no va a poder atacar Cuba y hacer como si no pasara nada. Todavía hay mucho para hacer. Este es apenas el primer paso.
—La derecha latinoamericana ha sido muy crítica con esta misión. La acusa de ser parte de una campaña de propaganda manipulada por el gobierno cubano, y sostiene que sus integrantes hacen «turismo revolucionario». ¿Qué piensa al respecto?
—Bueno, es exactamente lo mismo por lo que pasamos en relación con la flotilla hacia Gaza, los mismos ataques. Primero, el intento de atacar esta misión es parte de una acción ideológica consciente: saben que, si deterioran la solidaridad entre los pueblos, será más fácil dominarlos. Esa idea de dividir para conquistar, de crear procesos de desagregación es característica de este tipo de ataques. ¿Qué será peor? ¿Intentar en la medida de nuestras limitadas capacidades llevar comida y medicamentos a un país que los necesita o ser quien apoya un bloqueo criminal violatorio del derecho internacional? Esa derecha que ataca nuestra misión es la misma que vio cómo morían de hambre niños en Gaza y no hizo nada. Es la misma que ve este sistema horrible y desigual que deja a las personas morir en la calle o vivir las peores privaciones en medio de tanta desigualdad y se opone a cualquier acción de solidaridad. Es de esperar que una misión como esta no sea compartida por quienes manejan y se benefician de este sistema de explotación de las personas y de destrucción de la naturaleza.
Las acusaciones de que fue una actividad turística son obviamente falsas. Quienes participaron de ella pasaron por varias cosas difíciles, entre ellas intentos de criminalización. Me ocurrió a mí al pasar por Panamá, pero también a toda una delegación de Estados Unidos, más de 40 personas que fueron detenidas al regresar a su país para ser sometidas a interrogatorios por parte de su gobierno.
Hay una intensa propaganda de guerra del imperialismo y del sionismo que quiere convencernos de que como algunos países tienen problemas y divisiones internas es aceptable que Israel y Estados Unidos los ataquen o los invadan. Y la verdad es que no. Estados Unidos dijo que iba a llevar democracia a Afganistán, a Irak, a Libia, a Siria. Dijo lo mismo cuando apoyó las dictaduras de Latinoamérica. Y lo único que ha llevado a todos estos países es destrucción, control y dominación. Esos intentos de descalificar esta misión buscan dejar el camino libre a Donald Trump y sus socios en el caso Epstein, a criminales de guerra como Benjamin Netanyahu, a los billonarios del complejo industrial militar que lucran con la guerra e intentan controlar nuestra vida.
Estas misiones tienen sus falencias. Hicimos lo que podíamos con los recursos que teníamos y con la solidaridad de mucha gente, y eso fue bonito porque vimos que fue muy bien recibido, y no solamente porque llevamos ayuda. De hecho lo que llevamos es una gota en un océano de necesidades y no soluciona para nada el problema. Mismo siendo poca cosa, la gente en todo el mundo vio que es posible desafiar los planes de Trump y Marco Rubio, y ese factor pedagógico es inestimable.
—Cuando venía para Uruguay desde Cuba, fue detenido en Panamá por varias horas e interrogado por las autoridades panameñas. ¿Cómo fue ese episodio?
—En medio del proceso de conexión de vuelos me llevó detenido la Policía y me sometieron a una serie de interrogatorios y a una colecta de mis datos biométricos. Me hacían preguntas, me dejaban esperando en una sala, iban, volvían, intentaban impedir que usara mi teléfono y me comunicara con mis compañeros y familiares. Aunque el equipo que me detuvo hablaba español, en un momento apareció otro que solo hablaba inglés y realmente no parecían ser panameños. Esas personas nunca se identificaron. Sabemos que Panamá, desafortunadamente, tiene antecedentes de ser un país sometido al dominio de Estados Unidos, de ser, por ejemplo, el país donde la CIA entrenaba a los oficiales de las dictaduras latinoamericanas. Es un país donde el Mossad y el lobby israelí tienen mucha fuerza. Muchos de los buques que llevan armas y combustible a Israel para mantener el genocidio llevan bandera panameña. No sé de quién fue la iniciativa de detenerme, lo que sí sé es que no fue el interés del pueblo de Panamá. En estos días recibí cientos de mensajes de solidaridad del pueblo panameño. Solo puedo lamentar que un país de nuestro continente sirva como puesto de avanzada de los intereses de dominación.
—En abril parte una nueva flotilla de acción humanitaria rumbo a Gaza. ¿Qué aprendizajes sacaron de la experiencia del año pasado y qué novedades habrá en este nuevo intento?
—La experiencia anterior fue una demostración de lo que es posible con el poder popular. Los Estados nacionales se mantuvieron en silencio, callaron lo que ocurría en Gaza, incluso aquellos que dicen dar valor a los derechos humanos ignoraron su tarea, una tarea que no es solo de buenas prácticas políticas, sino que es su deber según las leyes internacionales. Son los pueblos los que dieron un paso adelante, con campañas masivas, con protestas, con boicot, rompiendo el bloqueo comunicacional de las redes que intentan censurarnos, el silencio cómplice de los medios tradicionales, enfrentando las campañas de criminalización por atrevernos a decir que un genocidio es algo malo. El año pasado la flotilla logró un levantamiento masivo con huelgas generales en Italia, con protestas simultáneas de millones en todo el mundo. En nuestras redes alcanzamos, a pesar del intento de manipular el algoritmo en nuestra contra, a 2.000 millones de personas. Donald Trump quería que en 2025 se completara el proceso de limpieza étnica en Gaza, expulsando a los palestinos a Egipto y Jordania. Cuando eso fracasó, empezó a decir que los llevaría a Somalilandia, Sudán del Sur, Eritrea. Y cuando eso también fracasó, seguía diciendo que iba a construir en Gaza su resort, su riviera del Oriente Medio. El levantamiento popular global y la lucha de los palestinos lo obligaron a cambiar de estrategia. Empezó a decir que era un promotor de la paz, intentó ganar el Nobel, impuso a Netanyahu un alto el fuego que Israel no quería.
Ahora intentan seguir con el genocidio de otra manera, con un falso alto el fuego que mantiene a Gaza en una situación espantosa. Pero personas de todas partes del mundo demostramos que tenemos capacidad de acción civil no violenta, y autofinanciada. Lo logramos con donaciones de personas comunes de todo el mundo, compramos barcos viejos y fuimos con cientos de personas en una acción de desobediencia civil. No logramos aún una victoria final junto con el pueblo palestino. Pero también costó terminar con la guerra en Vietnam, también costó terminar con el apartheid en Sudáfrica.
Ahora tenemos que movilizar mucho más, estar más enraizados en las comunidades, involucrar más a los trabajadores y sus organizaciones para que paren la producción, bloquear aeropuertos y mares para impedir que se mantenga funcionando la máquina genocida, presionar más a los gobiernos para que acabe la complicidad. Tenemos que tener más botes porque la última vez estuvimos muy cerca de llegar a Gaza y, si hubiéramos tenido más botes, habríamos llegado.
Tenemos a favor que la última misión alcanzó el corazón de millones de personas y logramos aumentar la presión. Varios países en ese proceso reconocieron el Estado palestino, rompieron acuerdos militares, ensayaron sanciones, rompieron acuerdos, incluso hubo países que rompieron relaciones con Israel.
El otro aspecto a tener en cuenta es que el ambiente ahora es más hostil. Trump y Netanyahu han mostrado su disposición a causar daño a los pueblos y a pasar por encima del derecho internacional cuantas veces quieran. Ellos se benefician con la violencia generalizada. Y para una misión como la nuestra, eso plantea un escenario muy desafiante. Pero no hacemos esto por nosotros, lo hacemos por el pueblo palestino. La situación allá no es de alto el fuego. En estos cinco meses, más de 650 personas fueron asesinadas en Gaza por Israel y 1.600 han sido heridas. La ayuda humanitaria sigue obstaculizada. La ONU ha dicho que para solucionar la mínima necesidad nutricional tendrían que entrar 1.500 camiones por día. El acuerdo de alto el fuego prometía el ingreso de 600 camiones por día. Pero desde entonces el promedio de ingresos es solo de 200. Ahora hace ya un mes que el paso de Rafah está completamente cerrado por Israel. La ONU denuncia que en este período han muerto niños de hipotermia y de enfermedades fácilmente curables. Israel implementa ahora un proceso de saqueo de la tierra palestina. Todos los días avanza un poco más con su llamada línea amarilla, ocupando por la fuerza más territorio, y ya se ha hecho con el 63 por ciento de Gaza. Encima, quieren que Gaza sea manejada por un consejo de criminales de guerra, pedófilos, representantes del complejo industrial militar. Todo contra la autodeterminación y la soberanía del pueblo palestino, que está sometido a las peores vejaciones en una lógica distópica tecnofascista.
Seguimos llamando a todos los gobiernos del mundo a que rompan la complicidad con Israel. Si hicieran lo que los tratados internacionales les demandan, la flotilla no sería necesaria. Como no lo hacen, venimos recorriendo el mundo para movilizar a las personas para esa tarea. Llegó el momento decisivo de nuestra generación. Esta batalla es parte de una lucha que determinará lo que serán las condiciones de reproducción de la vida para las próximas generaciones. Cuando llamamos a las personas en Uruguay a que se unan, no es solamente para que se suban a un bote, sino para que vengan a organizarse con nosotros en un movimiento que es antimperialista, antisionista, anticolonial y que sueña junto a las personas de todas partes del mundo con una sociedad libre de la explotación, libre de opresiones, libre de la destrucción de la naturaleza. Ese movimiento tiene una táctica de flotilla, pero también tiene las protestas, los boicots, los campamentos, la presión al gobierno, la producción de información libre. Si no hacemos nada ahora, el costo para las futuras generaciones será muy alto. Tenemos una responsabilidad que cumplir.








