Hemos pasado buena parte de nuestras vidas protestando contra un mundo que no está organizado para responder con justicia a las necesidades humanas básicas. Un mundo que privilegia la competencia sobre la cooperación, que saluda la acumulación de capital y anestesia las ansias de libertad, solidaridad y paz. Exigíamos un cambio y estamos viviendo un cambio. No es el cambio que queríamos, sino uno que asusta, que promete más opresión, que exige la sumisión total a un imperio.
El imperio tiene una propuesta para reorganizar el mundo en su más estricto beneficio. Su herramienta principal es la fuerza, que exhibe y practica sin tapujos y con crueldad. Nosotros tenemos las nuestras, construidas sobre años de lucha, de sacrificios. La lucha de clases, los derechos de las mujeres, la defensa de minorías, el cuidado del medio ambiente, la inclusión, el respeto a las diferencias y tantos otros motivos de promover justicia marcaron décadas de movilización. Pero hoy vivimos la fuerza desatada para que los intereses del imperio se impongan sin límites por encima de todos. El imperio demuestra así que también está asustado. Existen fuerzas reales que lo cuestionan y donde antes tenía la hegemonía ahora tiene un terreno de competencia con China, que elude el enfrentamiento directo, pero no ceja en sus esfuerzos de avanzar.
Estamos obligados a cambiar porque cambiaron las condiciones de nuestras luchas. El siglo pasado empezó con la esperanza de un mundo dirigido por y para los trabajadores, donde cada cual da lo que puede y recibe lo que necesita. El siglo avanzó entre dos campos enfrentados. Vivimos la historia eligiendo entre ellos. Fue un siglo con las dos guerras más mortíferas de la historia de la humanidad y resulta que ya no alcanza con trazar una línea y definir un campo. Denunciar la invasión imperial y atroz de Estados Unidos e Israel no transforma a la autocrática teocracia iraní en buena. Lo que corresponde es levantar las banderas de un mundo con reglas, rechazar esa manera de bombardear impunemente las poblaciones civiles y denunciar la colección de mentiras con las que se escudan los agresores y la miseria intelectual de quienes lamentándose de ser víctimas son, en realidad, victimarios.
A LA DEFENSIVA Y SIN HOJA DE RUTA
Pero, por supuesto, eso no alcanza. Estamos ya en una fase nueva. La solidaridad para enfrentar el genocidio en Gaza nos muestra que se movilizan millones cuando la información llega y las redes sociales son eficaces para convocar. Ya se siente una toma de conciencia y un sentimiento de solidaridad con Cuba, que parece ser un próximo objetivo del odio imperial. Pero estamos en un momento de pura defensiva. También quedamos huérfanos de modelos alternativos que sostengan la esperanza.
Para poder pasar a iniciativas que estén a la altura del momento agresivo y brutal de la reacción y el imperio, necesitamos abrir nuevos caminos. La mayoría de la humanidad aspira a vivir en paz y seguridad, gozar de cosas sencillas pero fundamentales ligadas a la estabilidad y las oportunidades de una vida decente, y confiar en los demás. Quienes se movilizan no lo hacen solo por indignación, sino porque existe en nuestra naturaleza una fuerza de solidaridad producto de la conciencia de que dependemos los unos de los otros, que hay desafíos de orden global y debemos enfrentarlos. Pero hemos perdido en buena parte las hojas de ruta para lograrlo.
Se esfumaron las utopías, estamos abrumados de malas noticias para el medio ambiente, para la justicia social, para los proyectos de largo alcance que tengan como meta una economía que produzca soluciones para las necesidades básicas de las mayorías. No hay un plan. ¿Cómo hacer para que el poder lo manejen quienes quieren hacer realidad un mundo sustentable, pacífico y justo? Quienes gobiernan, incluso los mejor intencionados, hacen piruetas y practican la moderación y la prudencia. Es una estrategia lógica y responsable frente a tantas amenazas y prepotencia en curso. Pero esa actitud apenas sirve para agacharse y esperar que pase el temporal, y se aleja de los objetivos, deseos y necesidades populares.
Vemos vivir ese dilema en nuestro continente, en los gobiernos más progresistas y populares, que pierden pie ante sus bases preocupadas.
¿Cuál es el camino, entonces? No veo otra salida que tomar las cosas en nuestras manos. Desresponsabilizar al gobierno de nuestras iniciativas. Reafirmar nuestras convicciones y actuar en consecuencia. El enemigo está en otro lado, pero no dejaremos que nos paren el carro. Los gobiernos juegan a la prudencia, tienen su razón y allí los pusimos con nuestros votos. Nosotros vivimos nuestros compromisos con nuestros valores y convicciones, y tenemos un sentimiento de urgencia frente a las injusticias que nos interpelan, aquí, ahora y en cualquier parte del mundo.
¿Qué quiere decir «tomar las cosas en nuestras manos»? Significa tener iniciativas que no solo expresen nuestra indignación frente a lo que ocurre, sino que se concreten en acción. Constructiva y movilizadora. Ya vendrán los ejemplos.
DE ABAJO HACIA ARRIBA
Es prioritario superar un déficit universal que es indispensable resolver: necesitamos poner en claro, simple y fuertemente, los principios que nos motivan. Tenemos que recuperar los grandes objetivos que nos convocan. Pasar a la ofensiva ideológica, decir con claridad y fuerza que rechazamos un mundo organizado a prepo en beneficio de unos pocos, porque queremos un mundo con paz, justicia social, respeto al medio ambiente, inclusivo y respetuoso de las diferencias, solidario a todo precio. Estamos convencidos de que los grandes cambios se harán de abajo hacia arriba, en beneficio de una sociedad con reglas, con mecanismos de diálogo permanentes, con un multilateralismo renovado, abierto y que tenga en cuenta los profundos cambios en curso. Esa narrativa debe reflejar los deseos de nuestras bases y tener ambición universal, ya que los desafíos mayores son universales.
Necesitamos despertar nuestros sueños de un mundo mejor. Volver a imaginar ese futuro deseable para hacerlo posible. Nuestras ilusiones han sufrido duros golpes, nos hace falta ponerlas al día, a la luz de la experiencia, porque sus principios siguen vigentes. Porque es la manera de aguantar la ofensiva desesperada de un imperio que tiene como aliados a los representantes del negacionismo de la ciencia, de la reacción supremacista, del egoísmo megalómano. Las movilizaciones para denunciar y repudiar las prácticas imperiales no solo serán muestras de nuestra indignación, tienen que ir acompañadas de esperanza y alegría por compartir un combate de valores humanos.
Necesitamos poner en práctica, por iniciativa popular, los primeros pasos de un mundo mejor.
Hablando de la utopía, Eduardo Galeano decía: «Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, y ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar. ¿Qué tal si deliramos por un ratito?, ¿qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible?».
Y en «El derecho de soñar» escribía:
El aire estará limpio de todo veneno que no provenga
de los miedos humanos y de las humanas pasiones.
En las calles los automóviles serán aplastados por los perros.
La gente no será manejada por el automóvil
ni será programada por el ordenador
ni será comprada por el supermercado
ni será tampoco mirada por el televisor.
El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia
y será tratado como la plancha o el lavarropas.
Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez
que cometen quienes viven por tener o por ganar
en vez de vivir por vivir nomás,
como canta el pájaro sin saber que canta
y como juega el niño sin saber que juega.
En ningún país irán presos los muchachos
que se nieguen a cumplir el servicio,
sino los que quieran cumplirlo.
Nadie vivirá para trabajar,
pero todos trabajaremos para vivir.
Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo
ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.
Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.
Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos.
Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.
La solemnidad se dejará de creer que es una virtud
y nadie nadie
tomará en serio a nadie
que no sea capaz
de tomarse el pelo.
La muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes
y ni por defunción ni por fortuna
se convertirá el canalla en virtuoso caballero.
La comida no será una mercancía
ni la comunicación un negocio
porque la comida y la comunicación son derechos humanos.
Nadie morirá de hambre
porque nadie morirá de indigestión.
Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura
porque no habrá niños de la calle.
Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero
porque no habrá niños ricos.
La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla
y la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla.
La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas,
volverán a juntarse bien pegaditas, espalda contra espalda.
En Argentina las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental
porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.
La santa madre iglesia corregirá algunas erratas de las tablas de Moisés
y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo.
La iglesia dictará también otro mandamiento que se le había olvidado a Dios:
amarás a la naturaleza de la que formas parte.
Serán reforestados los desiertos del mundo
y los desiertos del alma.
Los desesperados serán esperados
y los perdidos serán encontrados
porque ellos se desesperaron de tanto esperar
y ellos se perdieron por tanto buscar.
Seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan
voluntad de belleza y voluntad de justicia,
hayan nacido cuando hayan nacido
y hayan vivido donde hayan vivido
sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa ni del tiempo.
Seremos imperfectos
porque la perfección seguirá siendo
el aburrido privilegio de los dioses,
pero en este mundo,
en este mundo chambón y jodido,
seremos capaces de vivir cada día
como si fuera el primero
y cada noche
como si fuera la última.









