El aplazamiento de la visita de Donald Trump a China, prevista para el 31 de marzo, que había definido como «monumental e histórica», se produjo según el presidente por la necesidad de estar en Washington mientras se alargue la guerra contra Irán. Un argumento casi infantil toda vez que había asegurado que la guerra ya estaba ganada y cuando todos sabemos que el presidente no dirige las operaciones, sino que apenas las justifica ante los medios. Más sintomático aún es que no fijó una fecha para una próxima visita, diciendo que sería en un mes «más o menos», lo que revela el estado caótico de la administración que encabeza. La pregunta es si Trump podía presentarse ante su principal adversario sin haber conseguido la rendición de Teherán y la reapertura del estrecho de Ormuz, bazas que le h...
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