En especial, fue un regalo de Diego, diez años mayor que yo, amante de la música y el cine, que también me hablaba mucho de la Cinemateca Uruguaya. Yo soñaba desde muy chica con llegar a la capital, comprarme mi abono para conocer todas esas salas de las que él me hablaba con entusiasmo cuando iba a Melo. Nuestra adolescencia estuvo plagada de música. Aunque al vivir en la frontera con Brasil hubo mucha influencia del rock brasilero, Los Redondos fue la banda que definitivamente marcó nuestro ritmo. Las ganas de conocer el secreto de esas palabras que flotaban en el aire y resonaban por la potencia de su misteriosa poesía, ese universo que abría y abría posibilidades, que nos ayudaba a soñar despiertos. Era el verano del 93 y una madrugada, después de un baile de carnaval, mientras comíamo...
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