Para quienes vemos el Mundial a distancia, sin el miedo natural que debe asaltar a quienes están en suelo yanqui (a perder una conexión, a no pasar un control de seguridad, a ser abordados por el ICE, a tener que dar explicaciones por algún comentario suelto en Twitter sobre la situación en Oriente Medio), la primera semana de disputa viene siendo positiva. Me he sorprendido viendo partidos disputados a la una de la mañana por países que me costaría ubicar en un planisferio en blanco, o gritando ese gol catarí que te otorga los puntos necesarios para meterte en la disputa del primer premio de la penca.
No sé si será la edad, la casi absoluta falta de expectativas de triunfo o la presencia de tantos equipos débiles por los que resulta imposible no hacer fuerza, pero confieso que he venido disfrutando del torneo mucho más que en ocasiones anteriores. Dejando de lado las condicionantes políticas que lo rodean, las insólitas medidas de seguridad a las que son sometidos los planteles y el sentimiento que nos generan las máximas autoridades tanto de Estados Unidos como de la FIFA, la Copa del Mundo es algo divertido de ver. Acaso opere como bálsamo de tranquilidad para los hinchas del fútbol uruguayo que ya tendrán tiempo para volverse a preocupar por el Intermedio.
A continuación me permito analizar algunos de los componentes que vienen haciendo de este, en el balance, un buen mundial.
LAS TRANSMISIONES
La oferta televisiva es muy variada, aunque quizás no en el mejor sentido. Por primera vez, los canales privados uruguayos no transmiten los partidos, aunque tengan más enviados que nunca, aprovechando que –multiempleo mediante– los periodistas apostados en suelo norteamericano cumplen tareas para no menos de cuatro medios diferentes en promedio, cada uno con sus diversas plataformas.
Buena jugada de Canal 5, que, si bien transmitirá apenas 32 partidos (menos de la tercera parte del total), ofrece la única transmisión televisiva cien por ciento uruguaya, en algo tan sensible para un hincha de nuestro país como la Copa del Mundo. Cuando veo un mundial exijo que el periodista al menos sepa acentuar «Araújo», «Óscar» o «Ruben» en el lugar correcto.
La apuesta del gobierno parece haber sido un éxito: cerca de un millón de uruguayos vieron el debut ante Arabia Saudita por el canal oficial de acuerdo a la empresa Ibope, con un pico histórico de 35,6 puntos de rating. En el debe quizás esté la elección de la pauta, que, lejos de aportar información sobre la programación del canal para promocionar sus propios contenidos frente a un público poco habitual, privilegió anuncios de empresas privadas y de diversos organismos públicos.
Quienes quisieron deleitarse con un Irak-Noruega debieron, empero, someterse a la experiencia de apreciar el partido a través de las transmisiones de DSports, que llegan por diversos sistemas de televisión para abonados, a los que de manera sorpresiva se sumó la aplicación Paramount+. Pero claro: el costo es dejarse seducir –generalmente sin éxito– por la dupla de periodistas argentinos de turno e intentar ver algo de fútbol entre las publicidades de casas de apuestas y los videos institucionales de la FIFA en los que nunca aparece un jugador de celeste.
En un momento del fútbol uruguayo en el que tenemos más relatores y comentaristas televisivos que nunca (gracias a la división en lotes de los derechos de transmisión), da cierta pena que nos tengamos que fumar a profesionales argentinos más preocupados por conocer la evolución del dedo del Dibu Martínez que por explicar cómo se para Cabo Verde. Máxime, teniendo 32 comunicadores uruguayos (31 hombres, una mujer) que viajaron desde Uruguay y que bien podrían hacerlo, y hacerlo bien.
Además, para quienes no somos seguidores habituales de los canales deportivos de DirecTV, la presencia de figuras argentinas desconocidas hablando con la impunidad que da el saberse –o más bien creerse– una estrella mediática global genera un desfasaje difícil de llenar con otra cosa que no sea la desaprobación. Una cosa es que Mariano Closs chicanee a un periodista uruguayo con el tema de las estrellas del escudo; otra muy diferente es que lo haga Toti Pasman, de cuya existencia no habíamos tenido referencias desde que Diego Armando Maradona le hizo ver que «la tenía adentro», hace ya 17 años.
EL JUEGO
Aunque cada vez cueste más recordarlo, el fútbol sigue siendo un juego, un deporte, una instancia de naturaleza lúdica en la que dos equipos compiten por marcar más goles que su oponente. En ese sentido, la primera semana ha sido más que auspiciosa: partidos entretenidos, con planteamientos eminentemente ofensivos y con menos diferencias en los trámites de lo que se podía suponer en lo previo.
La novedad principal es, respetando la tendencia de los últimos 30 años, negativa: la distribución del juego en cuatro cuartos con un entretiempo largo y dos cortos es un auténtico atentado a la filosofía que ha hecho del fútbol el deporte más emocionante de todos los tiempos. Ya no es necesario estar atento durante 90 minutos: ahora hay tres minutos por tiempo para ir al baño, revisar TikTok o comprarse un tostado de bondiola y queso de cabra en pan de nuez. Ya ni siquiera son 90 minutos: son por lo menos 96.
Además, que las transmisiones dediquen la ahora llamada hydration break para poner publicidad en lugar de mostrarnos el diálogo entre entrenadores y dirigidos nos hace valorar aún más nuestro fútbol, que sigue siendo un reducto de amateurismo del bueno. Lo más parecido a la vieja y exitosa fórmula de los 22 hombres corriendo detrás de la pelota que, si quiere meterte publicidad a lo sumo te pondrá un gráfico impreso en pantalla, justo en el momento en que la acción se desplaza hacia el lateral más cercano a la cámara. El que quiera agua, que se acerque al banco y pida una botellita, como ha pasado siempre.
El VAR dejó de ser el principal enemigo de los amantes del fútbol digno. En el Mundial se usa poco y bien. Tanto que los árbitros asistentes entraron en riesgo de extinción: ya ni siquiera pueden darse el lujo de inventar un córner, que desde la cabina podrán corregirlo. Su único papel es la indigna tarea de señalar en una dirección u otra cuando la pelota sale por la línea lateral. ¿Cuánto demoraremos en ver que el chip de la pelota determine a ciencia cierta quién fue el último en tocarla?
Pero no todos los cambios son negativos: la decisión de obligar a que aquel jugador que necesite atención médica deba pasar un minuto fuera del campo ha curado más dolencias que la crema Doctor Selby. Gracias a ese pequeño gran acto, ahora los jugadores de campo lo piensan muy bien antes de tirarse al piso a dar vueltas sobre su propio eje. Queda todavía el problema de los arqueros, que sostienen la moderna costumbre de hacerse atender tras mandarse una buena atajada. Antes, el golero sacaba una del ángulo, se levantaba, se golpeaba el pecho y ponía cara de «pateen que
acá estoy yo». Hoy, se toma el isquiotibial, pone cara de estar estreñido y le da trabajo al cuerpo médico, sabedor de que hasta que no se haya tomado su merecido descanso, el juego no seguirá.
Otras novedades menos trascendentes:
–Los partidos nunca arrancan en hora. Tanto le costó al fútbol uruguayo comenzar los partidos a la hora señalada que ahora es tendencia que los partidos comiencen dos o tres minutos más tarde.
–La cuenta atrás para comenzar los partidos. ¿Se imagina usted algo semejante en un Cerro-Danubio en el Tróccoli por puntos que duelen en el descenso?
–Los zapatos son casi todos rosados, dado que las marcas se dieron cuenta de que el rosado destaca mucho mejor sobre el verde.
–Los árbitros lucen camisetas con las tres tiras. Reafirmando el concepto de que los colegiados son deportistas y no agentes del orden, comenzaron a vestirse como cualquier futbolista, salvo por los bolsillos. Vienen en seis colores: el clásico negro, amarillo verdoso, anaranjado flúo, celeste, lila y verde agua. Además, la marca alemana reserva el color rosado para los árbitros de élite, supongo que por el mismo motivo que los zapatos: para hacerlos destacar. Como en Uruguay no tenemos ni canchas verdes ni árbitros de élite, no tendremos que preocuparnos por este detalle.
–A propósito: las tres tiras de la marca alemana son más anchas que nunca en las camisetas titulares de las 14 selecciones a las que viste: de 10 milímetros de ancho (norma que se venía cumpliendo desde la irrupción del citado diseño, en 1967) se pasó a 18 milímetros. El diseño clásico con tiras finas, acompañado por el viejo logo símil trébol de tres hojas, se mantiene en las equipaciones suplentes. En la camiseta titular aparece el logo más nuevo, el triangular.
–La camiseta titular de Uruguay es casi blanca, pero las franjas de nuestra bandera son cada vez más turquesa. En algún momento tenemos que dar la discusión país de fijar el Pantone de nuestra bandera y evitar que crean que es igual al de la camiseta. Porque donde la marca de la pipa siga bajándole la intensidad al celeste, nos va a quedar la bandera totalmente blanca.
Y YA QUE HABLAMOS DE LA CELESTE
La selección de Bielsa jugó su mejor partido de la era pos-Suárez. De hecho, desde que terminó la última Copa América, Uruguay disputó 19 partidos, de los que solo ganó cuatro. En ninguna de esas victorias había tenido una supremacía semejante a la que los hombres de celeste pálido marcaron contra los árabes, fundamentalmente en el segundo tiempo.
Uruguay pateó 27 veces en dirección al arco defendido por Al-Owais. Diez de esos remates estuvieron bien dirigidos. Para comparar: en todo el Mundial de 2022, el equipo entonces comandado por Diego Alonso acumuló 11 remates al arco, apenas uno más que los que generó el Uruguay de Bielsa en un solo partido.
Acaso por eso, y gracias a que España no pudo con Cabo Verde, la sensación que nos invadió una vez culminado el partido fue levemente mejor que la esperada en los hinchas de una selección que ha venido generando de todo menos ilusión. Es que, por primera vez en mucho tiempo, Uruguay no tiene figuras, no tiene referentes, no tiene caudillos. No hay ningún uruguayo en los videos institucionales de la FIFA, ni en los de DSports, ni en los vasos que vienen con los combos, ni en los sobres de Panini. El único jugador con buen presente europeo es el capitán Valverde, pero su expresión de preocupación y desesperanza perenne no es la que uno espera de un ídolo. Encima, vaya a saber uno por qué, se cambió el número horas antes del arranque del Mundial, por lo que todas las camisetas que se venden con su nombre, desde las que se ofrecen en las tiendas oficiales hasta las disponibles en cada esquina concurrida de Montevideo, llevan el 15 y no el 8. Como si quisiera desprenderse de la presión que supone ser el elegido por la gente, como si quisiera ser uno más.
En cualquier caso, esto recién empieza. Valverde tiene la posibilidad de meterle dos goles desde afuera del área a Cabo Verde y sacar patente de ídolo, como la que sacó Forlán con un par de zapatazos en Sudáfrica. Mientras, Messi seguirá empecinado en recibirse de mejor jugador de todos los tiempos; Mbappé, en ser el máximo goleador mundialista, y Ronaldo, en tener un despido digno.
De eso parece tratar este mundial.







