Desde hace una semana, los informativos de todos los canales de televisión muestran varias veces al día las imágenes de la misma noticia policial. Una mujer que llora en brazos de allegados, un hombre con una venda ensangrentada en la mano que grita que a su hijo lo acribillaron como a una rata, que lo mataron como a un perro, como si esperara que, con los sinónimos suficientes, se entienda lo que acaba de pasar, porque él no parece terminar de comprenderlo. Después, los «incidentes», porque a veces, cuando la Policía mata a un adolescente dentro de su casa, el barrio responde a las pedradas. Brayan Leites tenía 16 años y estaba armado. No solo eso, sino que la pistola Glock 19 que portaba tenía borrada la numeración identificatoria, señal contundente de su ilegalidad, aunque eso se fuera ...
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