No me referiré a fútbol, pues no sé nada de ese deporte y apenas miro los mundiales con un par de propósitos: uno de ellos, el de las juntadas familiares con ricas y bien regadas picadas, y otro, el de hinchar por las delegaciones de los países más pobres. Uruguay primero, por supuesto.
Escribo estas líneas a propósito de una nota publicada por Constanza Moreira y Agustín Daguerre en la edición de Brecha del 3 de julio, titulada «De fútbol, política y otras tristes pasiones uruguayas». Porque la política y la filosofía sí me interesan mucho. Y plantearé varias preguntas e inquietudes al respecto, principalmente sobre la actuación del actual gobierno, el de la «revolución de las cosas simples».
Tal vez –como afirma el artículo citado– en la actualidad las lunas de miel duran cada vez menos y las condenas de la población llegan más rápido que nunca, tanto en el fútbol como en la política. Y eso quizás suceda, en el caso de la segunda, porque los votantes no ven en forma clara cuál será el o los caminos que serán recorridos para lograr los objetivos declarados en la campaña electoral.
Tal vez también incide la serie de desafortunados sucesos ocurridos al inicio del gobierno en los que fueron «renunciadas» personas que recién habían sido designadas para ocupar cargos de mucha responsabilidad en instituciones importantes (la titular del Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial, la vicepresidenta de Administración Nacional de Puertos, el presidente de Instituto Nacional de Colonización) y otras fueron denunciadas por irregularidades en declaraciones vinculadas a la Dirección Nacional de Catastro (el director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto).
Cuestiones estas que fueron resueltas, sí, pero que enturbiaron el ambiente con la ayuda de la prensa conservadora y los políticos de la actual oposición, que un día tras otro se referían a esos temas, mientras el gobierno no era contundente en su accionar ni en sus declaraciones públicas. Hubo tibios intentos de justificaciones que también fueron tomados y replicados una y otra vez por los elementos más conservadores de la prensa y la política. Nuevamente se enturbiaron las aguas.
Es verdad que para contrarrestar esto, como indican los autores de la nota, debe existir construcción política en forma permanente. También es verdad que la construcción política tiene varios actores, cada uno de ellos con pesos diferentes en el delicado equilibrio de la democracia –tan golpeada, vapuleada y subestimada en estos momentos a escala mundial–. Uno de los actores son las y los ciudadanos de a pie, frenteamplistas que militamos y votamos este gobierno.
¿Qué deberíamos responder en una encuesta sobre seguridad cuando a 15 meses de gobierno lo que hay son idas y vueltas en temas complejos, discusiones estériles y falta de concreción, que otra vez la prensa conservadora, las redes y los partidos de oposición aprovechan para cuestionar, criticar y desestimar a los responsables de concretar las políticas públicas sobre el tema?
¿Qué deberíamos hacer u opinar sobre los vaivenes declarativos y la tibieza inaudita sobre el genocidio en Gaza y sobre la anulación de la Oficina de «Innovación y Emprendimiento» que abrió Uruguay en Jerusalén en convenio con la Universidad Hebrea o sobre una reunión entre la embajadora de Israel y la ministra de Defensa Nacional en la que la embajada destaca la colaboración conjunta en materia de seguridad y defensa entre los dos países?
¿Dónde deberíamos plantear las incongruencias del gobierno respecto a los temas de derechos humanos vinculados al pasado reciente? (A modo de ejemplos: la cesión en comodato por 30 años hecha por el Ministerio de Defensa Nacional a la ANEP [Administración Nacional de Educación Pública] del apartamento donde residiera Elena Quinteros y cuyas condiciones impiden que ese lugar se transforme en un sitio de memoria, y sigue siendo el ministerio quien ejerce la tutela administrativa y jurídica del bien; o la reserva de 15 años aplicada por el Ministerio del Interior a toda la documentación existente relativa a la tortura, asesinato y autopsia del cuerpo de Álvaro Balbi, dirigente comunista apresado por la inteligencia policial y asesinado en 1975.)
¿Cómo deberíamos tomar la opinión de nuestro presidente sobre la laicidad del Estado uruguayo? ¿De verdad el presidente asocia espiritualidad con religión? ¿Qué puerta se abrirá si esto es así? Tal vez debería leer el artículo 5 de la Constitución de la República Oriental del Uruguay, en el que se expresa que el Estado no sostiene religión alguna.
Apenas mencionaré el asunto de la camioneta. Una desprolijidad enorme…
Quien se considera honesto además debe parecerlo y quien se considera de izquierda debe demostrarlo todos los días en todas sus actitudes, declaraciones y decisiones. Quienes nos representan son personas como el resto y pueden equivocarse. Lo que no pueden es no cumplir con sus deberes cívicos, y pagar los impuestos es un deber cívico. Nada de esto ocurre con nuestro presidente ni con su gabinete.
Buscando un paralelismo entre la selección uruguaya de fútbol y el desempeño del actual gobierno, dicen los autores del artículo: «La política necesita enojo, indignación, pero irremediablemente se pierde cuando ya no “nos sentimos parte”: ni del equipo que alentamos ni del gobierno que votamos».
Y yo pregunto: ¿Cómo sentirse parte del equipo que alentamos y del gobierno por el que militamos y al cual votamos cuando hay una enorme cantidad de decisiones, declaraciones y comportamientos que se alejan de la esencia de un gobierno de izquierda?
Dicen los autores: «Las democracias necesitan ciudadanos exigentes, desconfiados y dispuestos a controlar el poder». Somos exigentes, sí, pero parecería que en el artículo de Moreira y Daguerre se pretende criticar ese comportamiento.
¿Y, además, cuales son actualmente las herramientas disponibles para controlar ese poder? ¿Ante quién y dónde se deberían hacer las críticas? Quienes legislan ¿controlan los pasos de quienes ejecutan? ¿Conocen la vida de los seres comunes, los venticincomilpesistas, los jubilados con jubilación mínima o apenas una escasa pensión? ¿Conocen o visitaron los cantegriles (o asentamientos, término más elegante) que pululan en los barrios más periféricos? ¿Hablaron con sus habitantes?
Continúan los autores: «Pero también necesitan [las democracias] gente dispuesta a remangarse y a hacer política todos los días: no la formal, pero sí la cotidiana que, en el lugar de trabajo, en el barrio, en la clase, construye solidaridad, sentido y pertenencia».
Y yo pregunto: los que nos remangamos durante años, hicimos política todos los días en el trabajo, en la familia, los que somos solidarios, sacrificamos tiempo personal, trabajo y familia, tenemos sentido de pertenencia a una clase social, somos de izquierda, somos frenteamplistas, ¿qué política deberíamos hacer ahora?, ¿quién nos oirá si ni siquiera comprendemos lo que está ocurriendo en los círculos cerrados del gobierno y de la fuerza política?, ¿con quiénes tendríamos que ser solidarios?
No se debe y no se puede estar en las dos veredas a la vez, no se puede decepcionar a las y los militantes y continuar exigiéndoles apoyo, militancia y justificación.
Según Baruch Spinoza, el filósofo mencionado por los autores, este gobierno de izquierda y frenteamplista estaría estimulando las pasiones tristes que disminuyen nuestra potencia de actuar. Muchos estamos tristes y muy frustrados, es verdad, aunque no hay personas culpables o erradas. Sencillamente se está demostrando en el accionar que existe una ideología política que no es de izquierda, y parecería que quienes no están de acuerdo con ese accionar político no lo manifiestan, no lo plantean, no lo debaten. Y no me refiero a la prensa, me refiero a la fuerza política, que es quien debería analizar lo que acontece.
¿Siguen estando nuestras y nuestros representantes dentro de la fuerza política? ¿O todos concuerdan en que el partido político es una cosa y el gobierno otra? ¿O todos opinan, quizás, que es mejor no hacer mucho ruido y no hacer olas?









