Martha Casal, superviviente - Semanario Brecha
(1933-2026)

Martha Casal, superviviente

Martha Casal. Archivo familiar.

Cuando a algunos de mis amigos de Facebook se les muere alguien cercano, suelen publicar algo lindo, orgulloso, celebratorio y triste al mismo tiempo. Siempre lo leo con ternura, pero con pudor y con dudas de si, llegado el caso, haría lo mismo. Llegó el caso, y dudo, pues sí, me da pudor. Pero mayor que el pudor es la sensación de que me sentiré culposo si no digo nada. Lo de culposo lo debo heredar de mi madre. Lo de reaccionar haciendo algo para no sentirme mal también. Era una tipa de esas que ahora llaman proactiva, una superviviente.

El viernes 10, en Montevideo, murió Martha Casal de Rey, ella, mi madre, la de Daniel, la de Adriana. Es la chica de esa foto de hace 62 años, de cuando tenía 30. Los últimos tiempos los estaba viviendo de a poquito, que es muy distinto a irse muriendo; ella no haría eso, pues aun estando mal siempre estaba viva, en cada momento de manera distinta, superando la catástrofe anterior y habitándola.

La primera catástrofe que me supo contar fue la que la llevó a dejar atrás a sus padres, a su primera familia. Las catástrofes más fuertes son las que tuvieron que ver con la desaparición de su marido, mi padre, y la de Adriana, su hija, mi hermana; en medio estuvieron las rupturas del exilio (de los exilios: de Uruguay a Argentina, de Argentina a Francia, de Francia a España y cuando se desexilió, volviendo a Uruguay, en 1999) y, en estos años últimos, otras rupturas dolorosas e incomprensibles y la muerte inesperada de su nieto o de algunas de sus amigas; lo capeó como pudo. Y la vejez, que no le gustaba, pero en la que se instaló igualmente. Pero eso, tras cada una de esas mierdas de la vida, supo vivir.

Conoció muchas familias en esas vidas: la de nacimiento –migrantes gallegos y calabreses, de primera generación ambos, llegados a Uruguay a principios del siglo XX, gente de la que poco sé y de la que se separó pronto (se ve algo de ambos orígenes en esa cara de rasgos grandes de 1964)–, la de adscripción –un clan, el Gatti-Antuña, del Uruguay esplendoroso de los cincuenta y sesenta, una comunidad feliz de esas clases medias batllistas tan poderosas, en la que se sumergió al casarse; es un mundo que, aunque apenas conocí, me enseñaron a extrañar–. Y tuvo las familias de sus varios exilios, en las que hubo «camaradas», «comunidades cristianas de base», «amigos de Moratalaz», «compañeros de trabajo» como correctora de estilo, que lo fue desde Marcha hasta que se jubiló en Alianza; era una máquina para eso. O nosotros tres, «los de Bilbao», con los que pasó meses. O su barrita de amigas de Montevideo; María, Martita y Susana le faltaron mal, murieron muy pronto. Y al final, la familia de los cuidados, que la rodeaba en estos dos o tres últimos años. La familia, la de verdad, quiero decir, yo y otros, la biológica, no estaba tanto. Somos pocos, abollados, estamos lejos o están alejados. Y los amigos envejecieron y se fueron retirando. Pero encontró otra, un mundo peculiar de afectos al que le agradezco el cariño que fue construyendo con/sobre/para ella. Son muchas personas, mujeres casi todas: Laura, Giovana, Camila… Algunas de estas personas que cuidan estaban en el Buceo el pasado sábado; también estábamos parte de sus otras familias, y de las familias de esas familias. Éramos muchos. Tiene mérito poder dejar eso en el mundo, semejante red. Esta gente sabía tejer.

Noventa y dos años largos es mucha vida, sí, y dan para mucha cosa, pero «estos momentos» suelen invitar a la síntesis, a resaltar una faceta fuerte de quien vivió todo ese tiempo: que fue una madre cariñosa, o una prolija ama de casa, o una lectora empedernida –¡cómo leía!–, o una abuela atenta, juguetona y preocupada, o una luchadora, o una persona culta, o una primorosa usuaria del castellano –nivel «ironía fina»–, o una correctora perfeccionista, de las que no quedan, o una anfitriona excesiva y desprendida, que te llena de sánguches y masitas, o una mujer autónoma. También se puede agregar algo negativo a la lista, pero no me sale ahora. Tampoco me sale resaltar una sola de esas cosas con mi madre; era todo eso, no era nada de eso. Tenía todas esas capas, que afloraban, según el caso, según la catástrofe a la que se sobreponía.

Y qué capacidad esa, la de sobrevivir; la envidio, es dato suyo, pero también es generacional. Cómo agradezco esa virtud: con ella en la mochila se supo proteger y protegerme a mí de la brutal avalancha de rupturas que nos fueron rodeando, imposibles de gestionar si alguien no pone su espalda y te deja crecer más o menos a resguardo. Desapariciones, cambios de escuela, de país, de casa, denuncias, comunidades de exiliados que desean regresar, muertes a distancia… Uf, son cosas pesadas para cualquiera. Durante un tiempo las paró antes de que me llegasen, y me enseñó a administrarlas hasta que pude más o menos hacerlo solo.

En Montevideo, la semana pasada, en el poquito tiempo que pasé allí, mientras ella se iba yendo, exploré con cierta paz los objetos que había en la que fue su casa desde que regresó a Uruguay, en 1999. No eran muchos: una vida con tantas rupturas no deja muchas cosas. Pero deja. Encontré muchas fotos. Una es esta de 1964. Mis dos hermanos eran chicos, 5 años Adriana y 6 Daniel, creo. Yo nacería tres años y medio después. ¿En qué estaría soñando? En los últimos meses la mirada cambió de dirección, e iba más para atrás y para adentro que para adelante y para afuera: quería volver a «su casa» y se calzaba una carterita al cuello para que la llevasen a algún hogar que resumiese todos los que tuvo; soñaba con ver a «mamita», que invocaba, a alguna mamita que resumiese a todas las que la rodearon. Hablaba de abuela, de Adriana, de su padre, de Juan, a veces de María… Ellas nos resumían a todos los demás… Fue la última vida que soñó y que vivió.

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