La paradoja resulta especialmente evidente si se observa la China actual. La economía, la sociedad, la estructura productiva, las relaciones internacionales y hasta buena parte de las condiciones de vida de sus ciudadanos se encuentran muy lejos de la China maoísta. Sin embargo, Mao continúa presente en Tiananmén, en los billetes, en el paisaje monumental de numerosas ciudades y en la memoria oficial del Partido Comunista de China (PCCh). No es una supervivencia puramente sentimental: sigue desempeñando una función en la comprensión que el propio sistema hace de su historia y, sobre todo, de su proceso de modernización.
La clave continúa siendo la resolución de 1981 sobre algunas cuestiones de la historia del PCCh desde la fundación de la república popular. Su fórmula, convertida en una especie de regla de equilibrio –los méritos de Mao fueron principales y sus errores secundarios, en la conocida proporción 70-30–, permitió resolver una cuestión tan extraordinariamente delicada como reconocer los desastres provocados por determinadas políticas sin poner en cuestión la legitimidad histórica de la revolución ni la continuidad del partido.
El Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural podían y debían ser criticados; Mao podía ser considerado responsable de graves errores. Pero esa crítica no podía convertirse en una impugnación del proceso histórico que había conducido a 1949. La operación tenía una enorme importancia política, separando al Mao histórico del Mao fundador, cuya centralidad debía permanecer intacta.
Deng Xiaoping necesitaba esa distinción para emprender las reformas. El denguismo suponía una ruptura profunda con numerosos aspectos de la experiencia maoísta, pero no podía presentarse como una negación de Mao ni de la revolución. La reforma y la apertura necesitaban, precisamente, legitimarse como una nueva etapa de la república popular y no como el comienzo de una nueva China.
TRES ETAPAS
Con Xi Jinping se ha producido, sin embargo, una recuperación mucho más visible de Mao y de determinados elementos de su pensamiento. No significa un regreso al maoísmo económico o social. Significa una reivindicación de la continuidad histórica. Mao, Deng y Xi aparecen cada vez más integrados en una misma secuencia: Mao funda la nueva China; Deng la reforma y desarrolla; Xi conduce su revitalización y su transformación en una gran potencia.
Mao no modernizó China en el sentido económico en que lo haría posteriormente Deng, pero creó las condiciones políticas y estatales desde las cuales esa modernización posterior pudo producirse. La revolución puso fin a la fragmentación política, consolidó la soberanía del Estado, reunificó el país y estableció un poder central capaz de movilizar recursos a una escala desconocida. La China que emprendió las reformas en 1978 no partía de cero al contar con una estructura estatal construida durante las décadas maoístas.
Aquí reside una de las claves de la memoria de Mao. Para una parte de la sociedad china, su atractivo tampoco procede necesariamente de una nostalgia por la economía planificada o por las condiciones sociales de aquella época. Mao representa, sobre todo, el momento en que China dejó de ser objeto de la historia para recuperar la condición de sujeto de su propio destino. Encierra la memoria de la soberanía recuperada, de la reunificación y del final del llamado siglo de humillación.
Esa dimensión explica que Mao pueda ser reivindicado incluso por generaciones que no vivieron la China maoísta. Para unos representa igualdad y justicia social frente a las desigualdades producidas por el enriquecimiento posterior; para otros, dignidad nacional y la demostración de que un país pobre y debilitado podía recuperar su posición en el mundo. Son significados diferentes, incluso contradictorios, pero todos contribuyen a mantener su capacidad simbólica.
SACRALIZACIÓN
Por eso resulta tan significativa la presencia material de Mao. Su retrato en Tiananmén, su mausoleo, las estatuas y su imagen en los billetes no son simples elementos decorativos. Constituyen parte de la iconografía fundacional de la república popular. El sistema puede condenar la Revolución Cultural y reconocer los errores del Gran Salto Adelante sin renunciar a esos símbolos porque, desde su propia lógica, no existe contradicción entre condenar determinadas actuaciones del fundador y reconocerle tal condición.
El caso del artista Gao Zhen, condenado este agosto por unas esculturas satíricas sobre Mao, ayuda a comprender dónde se encuentra hoy una de las fronteras. La crítica histórica puede ser aceptada dentro de ciertos límites; la ridiculización de la figura de Mao resulta mucho más problemática. Existe una suerte de sacralización política de su imagen. No porque el partido sostenga oficialmente que Mao fue infalible, sino porque su figura se encuentra estrechamente vinculada a la legitimidad histórica del Estado y del propio partido.
Cincuenta años después de su muerte, Mao sigue siendo, por tanto, mucho más que un personaje histórico. Es el primer capítulo de la narrativa oficial de la modernización china. La secuencia que conduce de la revolución a la reforma y de la reforma a la revitalización necesita un origen. Ese origen es Mao.
Quizá por eso la China de Xi no necesita volver al maoísmo para recuperar a Mao. Le basta con reivindicarlo como fundador de una trayectoria histórica que continúa. El mensaje es que las transformaciones de China no son sucesivas rupturas, sino etapas de un mismo proceso de reconstrucción nacional.
La verdadera vigencia de Mao, medio siglo después, reside precisamente ahí. No tanto en lo que China sigue siendo de Mao como en aquello que el partido sostiene que China ha llegado a ser gracias a la continuidad de la historia que él inauguró.
LA PARÁBOLA DEL VIEJO TONTO
Más allá de las enormes contradicciones y tragedias del maoísmo, en su pensamiento político ya estaba presente una determinada concepción de la transformación de China: la modernización como una tarea histórica de largo aliento, que exigía una voluntad colectiva capaz de afrontar obstáculos aparentemente insuperables.
Hay una parábola que permite aproximarse a esa idea con particular nitidez: la del Viejo Tonto que mueve las montañas (Yugong yishan), procedente de la tradición clásica china. Según el relato, un anciano decide retirar dos enormes montañas que dificultan el paso delante de su casa. Ante las burlas de quienes consideran absurda la empresa, responde que, aunque él no consiga terminarla, continuarán sus hijos, sus nietos y las generaciones posteriores. La montaña, por tanto, acabará desapareciendo.
Mao recuperó esta parábola en momentos decisivos. En 1945, poco antes de la victoria comunista, la utilizó para expresar una idea que trascendería el contexto revolucionario inmediato: las grandes transformaciones históricas exigen perseverancia, organización y confianza en la capacidad humana para modificar una realidad aparentemente inmóvil. No era solamente una metáfora sobre la revolución. Era también una determinada filosofía de la acción histórica.
Aquí podemos encontrar una de las conexiones más sugerentes con la modernización china posterior. La China que emerge de la revolución de 1949 heredaba un país extraordinariamente atrasado, fragmentado y debilitado tras décadas de guerras, intervención extranjera y convulsión política. La recuperación de la soberanía era inseparable de la recuperación de la capacidad para transformar el país. Modernizar China no podía ser, desde esa perspectiva, una operación limitada a la economía, pues implicaba reconstruir el Estado, transformar la sociedad, elevar la educación, desarrollar la ciencia y la industria, y recuperar una posición internacional acorde con su dimensión histórica.
El problema es que la voluntad transformadora del maoísmo acabó errando en varias ocasiones. El Gran Salto Adelante constituye probablemente el ejemplo más dramático. La convicción de que la voluntad política podía superar los límites económicos y materiales condujo a una movilización cuyos costos humanos y económicos fueron enormes. La Revolución Cultural llevó todavía más lejos esa lógica al considerar que la propia sociedad podía ser remodelada mediante una movilización ideológica permanente, incluso contra las instituciones, el conocimiento especializado y buena parte de la propia tradición cultural china.
LÍMITES
La paradoja es significativa. La misma cultura política que podía proporcionar una extraordinaria capacidad de perseverancia podía alimentar también una peligrosa confianza en la omnipotencia de la voluntad política. El Viejo Tonto podía representar la paciencia de las generaciones, pero también podía ser interpretado como una invitación a ignorar los límites de la realidad.
Después de la muerte de Mao, la modernización china experimentaría una profunda rectificación. Deng Xiaoping no abandonó la idea de la transformación del país, pero modificó radicalmente sus instrumentos. La prioridad pasó de la lucha de clases al desarrollo económico; de la movilización ideológica a la experimentación; de la ruptura con la tradición a la recuperación de elementos útiles del pasado, y de la voluntad de transformar inmediatamente la sociedad a la construcción gradual de las capacidades materiales necesarias para hacerlo.
En cierto sentido, el Viejo Tonto regresaba, pero con una lectura diferente. La montaña ya no tenía necesariamente que ser derribada de una vez: podía ser rodeada, perforada, atravesada o removida poco a poco. La modernización china posterior a 1978 fue, en buena medida, un aprendizaje sobre cómo convertir la voluntad transformadora en un proceso más pragmático, experimental y acumulativo.
Esto ayuda también a comprender la continuidad entre etapas políticas que a veces se presentan como radicalmente contrapuestas. Mao, Deng y Xi representan modelos muy diferentes de ejercicio del poder y distintas fases de la modernización, pero comparten la convicción de que China debe recuperar, mediante una acción deliberada y sostenida, su capacidad de desarrollo y su posición en el mundo. La diferencia fundamental reside, en buena medida, en la respuesta a una misma pregunta: ¿cómo se mueve la montaña?
El denguismo confió especialmente en el crecimiento, la apertura y la experimentación. A partir de los noventa, la integración económica internacional se convirtió en una poderosa palanca de transformación. Con Xi Jinping reaparece con fuerza la dimensión estratégica y nacional de la modernización. La innovación tecnológica, la seguridad económica, la reducción de las vulnerabilidades externas, la revitalización rural, la prosperidad común o la construcción de un país fuerte forman parte de un proyecto que vuelve a subrayar la necesidad de una dirección política capaz de mantener el rumbo durante décadas.
Por eso resulta interesante contemplar los 50 años de la muerte de Mao como una ocasión para preguntarnos qué permanece de aquella concepción de la transformación. La China tecnológica de las inteligencias artificiales, los vehículos eléctricos, los trenes de alta velocidad o la exploración espacial parece muy alejada del país rural y empobrecido de 1949. Y, sin embargo, detrás de esa extraordinaria transformación existe una cultura política que concede enorme importancia a la planificación, a la continuidad histórica, a la movilización de recursos y a la capacidad de perseguir objetivos durante largos períodos.
También existen importantes zozobras. La historia china del último siglo demuestra que la voluntad de modernizar puede producir avances extraordinarios, pero también costos inmensos cuando carece de contrapesos, de información fiable o de capacidad para corregir los errores. Esa es quizá una de las grandes lecciones que separan la experiencia maoísta de la posterior, pues no basta con saber adónde se quiere llegar: hay que saber medir el camino, reconocer los obstáculos y rectificar cuando sea necesario.
El Viejo Tonto, finalmente, no es tanto el símbolo de un hombre que consigue mover una montaña como el de una sociedad que acepta que determinadas empresas históricas no se completan en una sola generación. La modernización china puede leerse así como una sucesión de generaciones que reciben una tarea, la modifican, la corrigen y la transmiten a la siguiente.
UNA EMPRESA TRANSGENERACIONAL
La revolución liderada por Mao pretendía cambiar China en una generación; la modernización descubrió que cambiar China era, en realidad, una tarea de generaciones. Y la parábola del Viejo Tonto, mucho más antigua que el maoísmo, continúa ofreciendo una imagen poderosa de esa larga marcha que no aporta la certeza de que la montaña desaparecerá mañana, sino la convicción de que merece la pena empezar a moverla hoy.
Mao aporta muy tempranamente la idea de la transformación como empresa histórica intergeneracional, pero el maoísmo incurre en la tentación de acelerar artificialmente ese proceso; Deng introduce la paciencia, la experimentación y el pragmatismo, mientras que Xi recupera una visión más estratégica y deliberada de la modernización.
(Xulio Ríos. Fundador y director emérito del Observatorio de la Política China)










