Hora de respuestas - Semanario Brecha
Un liceo de bachillerato para La Teja

Hora de respuestas

Mauricio Zina.

Su corazón aurirrojo, de sangre y trigo
hoy saluda a toda la barriada
que trabajan por igual motivo.
Vivan los barrios humildes
siempre sinceros
derramando vida en la tarea
y su corazón está primero.
[…]
No habrá ninguna igual, ninguna nunca,
como mi vieja Teja no habrá igual.

José Morgade,
saludo La Reina de La Teja, 1981

Mi infancia de los ochenta transcurrió en La Mondiola, ese pedazo de Pocitos que queda atrás del club Bohemios. En ese entonces, Falta y Resto, la murga en la que estaba mi padre, trabajaba mucho junto con La Reina de La Teja: tocaban juntas, la cultura de izquierda se expandía por Montevideo y el amor de la gente era muy grande. Mi madre, siempre tan frenteamplista, me llevaba a recorrer la ciudad atrás de la bañadera en el auto de alguna amiga, porque a las mujeres y a los niños no nos dejaban subir con los murguistas. Cuando llegábamos a algún tablado de La Teja, me agarraba la mano y me decía: «Ves, mijita, este es uno de los barrios más hermosos de Montevideo, un barrio de trabajadores». Mi viejo había estado ahí en julio del 73, cuando se apagó la llama de la refinería durante la huelga general. Con mi hermano Felipe, cuatro años mayor, nos largábamos a cantar la presentación del 81. Él se sabía la letra enterita y me guiaba con orgullo. La admiración por La Teja se nos metió en el cuerpo; a la Falta la recibían con un cariño inmenso que perduró en el tiempo, casi como un milagro.

Soy docente de literatura en secundaria y este año tuve la alegría de agarrar horas en un noveno del Liceo 38 de La Teja. A pesar de los pesares, los chiquilines muestran un interés genuino por el estudio, se apoyan entre ellos, son inquietos, rebeldes y cariñosos. Me gusta pasear por las calles del barrio, comer pastafrola en una panadería especialísima de la vuelta y conversar en la sala de docentes. Se respira un amor profundo, una comunidad educativa con un compromiso difícil de encontrar en otros espacios. Mi madre tenía razón, es un barrio de trabajadores en el que sobrevive esa moral que supo entenderse tan afín, tan básica para la izquierda frenteamplista. No es el barrio que nosotras recorríamos, claro; la fragmentación, la ignorancia y la violencia de nuestro presente están ahí, como un eco infinito. Pero generalizar esas cosas es tan mentiroso e ingenuo como mantener una mirada romántica; todo sucede al mismo tiempo, las problemáticas profundas y esa cultura de solucionar en conjunto, de hacer de a muchos, de mantener una identidad popular y barrial que otorga sentido a la vida cotidiana.

En 2023, algunos compañeros docentes detectaron la necesidad de que se creara un liceo de bachillerato en el barrio, para que los cientos de gurises que egresan cada año del ciclo básico no se tuvieran que ir a otros liceos superpoblados de los barrios vecinos, con el gasto en transporte que eso implica. Convocaron una comisión con las organizaciones del barrio: gente de la Institución Atlética La Cumparsita, del colectivo La Teja Vive, del club Progreso, del Sindicato de Trabajadores de la Industria Química, del Centro de Maquinistas Navales, del Club Arbolito y de muchos otros lugares. Llevaron adelante una campaña de recolección de firmas y juntaron 7 mil, que fueron presentadas a fines de 2023 al Consejo Directivo Central (Codicen) de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP). Propusieron, además, que el nuevo liceo lleve el nombre de Carlos Pilo, viejo luchador social fallecido hace dos años, referente de la lucha barrial contra la contaminación por plomo en 2001. Los artistas populares afines tomaron la reivindicación; muchas voces se alzaron para pedir acciones concretas que pudieran sacar adelante el sueño del barrio organizado.

La propuesta inicial era la de un liceo con 20 salones, un gimnasio, laboratorios y salón de dibujo y la disposición a negociar. Junto con la Intendencia de Montevideo, la comisión de vecinos y docentes consiguió que Ancap cediera un terreno de media manzana en la calle Emilio Romero esquina Vicente Yañez Pinzón, de 3.700 metros, junto con el compromiso de reparar las veredas y construir espacios verdes, una calle peatonal y plazas con juegos nuevos. Así, la concreción del liceo se acompañaría con la mejora de los espacios públicos del barrio, incluida la luminaria callejera. Pero el Codicen comenzó a negarse a recibir a los trabajadores –hablamos de un barrio de trabajadores, ¿se acuerdan?– que están preocupados por el futuro de sus hijos. Cuando las autoridades hablan con ellos, no los dejan pasar el hall de entrada, no los dejan ni sentarse, los reciben de manera informal. Se trata de trabajadores que se movilizan con fuerza, que demuestran con el ejemplo la importancia de reclamar lo que se necesita, que saben que no es solo en la educación pública donde sus hijos deben aprender a ser ciudadanos responsables de su barrio. También tienen que hacerlo en la calle, reclamando por sus derechos, porque, al contrario de lo que parecen pensar los políticos que salen en las redes, en este país nadie les va a regalar nada.

Pablo Caggiani, presidente del Codicen, accedió a construir en ese predio por el que pelearon los trabajadores del barrio otro liceo de primer ciclo, aunque ya hay cuatro y son suficientes. ¿Será porque es más barato construir sin laboratorios ni salones multiuso para hacer actividades artísticas? ¿Será porque ceder a la voluntad de los trabajadores que quieren oportunidades reales para sus hijos, en un momento en el que el número de estudiantes de bachillerato crece de manera sostenida, supone hacer enojar a la derecha? ¿Será también para que no se enoje la derecha que los dirigentes frenteamplistas no pueden explicar ni resolver el conflicto en el que se encuentran con los estudiantes y docentes de formación docente, justo en un momento en el que se debería estar discutiendo la universidad de la educación? ¿Será por eso que tampoco resuelven el que tienen con otros trabajadores, los del Ministerio de Desarrollo Social? ¿Qué más tienen que hacer trabajadores que organizaron un festival, varias movilizaciones en el barrio y en el Codicen, murales, pasacalles, volantes, que se han reunido dos veces con la vicepresidenta Carolina Cosse, con la Comisión de Hacienda del Senado y de la Cámara de Representantes, que hablaron con Caggiani antes de que asumiera el gobierno y que necesitan un nuevo liceo para sus gurises? ¿Cómo se lleva adelante la educación en un proyecto de izquierda que no escucha a los trabajadores?

La propia ANEP reconoce que hay 20 mil estudiantes más de bachillerato, el nivel educativo que más ha crecido y en el que no hay oferta. Pero el desprecio y la falta de comprensión de la realidad que supone, de parte de sus autoridades, la negación de este proyecto tan importante para una comunidad que pelea por él hace años demuestra una ceguera preocupante. ¿Cuándo va a entender el Frente Amplio que son, justamente, los trabajadores –y en especial los de la educación– sus aliados principales para motivar un sostén ideológico que alimente el deseo de justicia social que dicen representar? Basta de preguntas. Necesitamos respuestas.

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