Asesinos de Palestina, asesinos de América Latina - Semanario Brecha
Un plan global

Asesinos de Palestina, asesinos de América Latina

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Palestina al olvido, tal y como el sueño sionista aspira. Palestina recluida, de nuevo, al ser negada. Los medios no son neutrales respecto de la Nakba, constituyen parte de ella, de su maquinaria de borramiento, precisamente en el instante en que docilizan al espectador con un genocidio en vivo destinado a normalizar las pasiones y despotenciar el horror que experimentamos. La idea sionista de colonización de Palestina no consistió jamás en la simple «ocupación» del territorio para vaciarlo, expulsando enteramente a su población. Su apuesta fue siempre más allá: no solo expulsar población, sino negar por completo su existencia.

Todo el proyecto de colonización sionista no solo implicó la sustitución de la población nativa por la población colona, sino también la negación de que dicha población nativa realmente existía. Bien decían Elías Sanbar y Gilles Deleuze a principios de los años ochenta: el proyecto sionista sobre Palestina consistió en la producción de un vacío.

Sin embargo, este proceso de borramiento ya no es solo un proyecto circunscrito a Palestina. Es, sobre todo, una apuesta desplegada a nivel global: los medios no solo niegan la existencia de Palestina y, con ello, colaboran todos los días con la empresa de la Nakba perpetrada por Israel y el imperialismo occidental, sino también a las multitudes que resisten la imposición de su dominio.

Los asesinos de Palestina ahora vienen por América Latina. Vienen por el agua para intensificar el capital de la gran agricultura en contra de los pequeños, para nutrir de armas a las Fuerzas Armadas e involucrarnos en sus guerras, para abastecer de ciberseguridad a las proliferantes empresas de seguridad e intensificar los dispositivos de control para que miles de Cerimedos sean posibles, y así las repúblicas latinoamericanas sean destruidas y sustituyan al sujeto pueblo por el sujeto algoritmo.

Pero, sobre todo, la penetración estadounidense-israelí (el sionismo, al fin y al cabo) en América Latina va sobre los recursos naturales: el agua y las tierras raras. El desarrollo de la industria de inteligencia artificial (IA) por parte de Estados Unidos e Israel así lo demanda. Hoy asistimos a una palestinización de América Latina. No solo Estados Unidos ha sometido al continente a partir del Escudo de las Américas, sino que, en conjunto con Israel –a partir de los Acuerdos de Isaac que ha firmado con Argentina–, intenta proyectarse en el continente en función de la sangrienta competencia por la IA. En este marco, la sionización de las oligarquías latinoamericanas y la palestinización de sus pueblos es ya una realidad: el gobierno de José Antonio Kast es el primer gobierno sionista de la República de Chile.

La palestinización del mundo y la sionización del imperialismo no constituye una novedad para la historia. En 1492, mientras las naves de Cristóbal Colón llegaban a las imaginarias «Indias» para encontrar un atajo a China, los Reyes Católicos terminaban la conquista de Al Andalus obligando al último reino musulmán de Granada a su capitulación. Los métodos que los católicos usaron contra los musulmanes y judíos en orden a la conquista de la península ibérica fueron utilizados, luego, en la conquista de las tierras americanas. Por eso, la palestinización del mundo no es una anomalía en el funcionamiento del orden imperial, sino su regla. Al igual que la experiencia andalusí, las tecnologías de despojo que Israel aplica contra los palestinos las vende globalmente a través de sus empresas de armas, seguridad y aguas.

EL NOMBRE DE LA COSA

Ahora bien, detengámonos en el nombre dado a los acuerdos reservados para América Latina: Isaac. Hay que leerlo bajo la rúbrica de la teología política sionista, que traduce el relato bíblico en una narrativa de muerte que proyecta su vocación hacia el dominio planetario. Se trata de una expropiación del vocabulario de la teología judía para ponerla al servicio de un léxico neofascista que, en nombre de la «libertad», apuesta por el dominio totalitario. En estos términos, Isaac condensa la idea de elección, del hijo y del territorio.

En primer lugar, bajo mandato divino, Isaac fue originalmente llevado al cadalso para ser sacrificado por Abraham. La irrupción del ángel permitió a su padre soltar el cuchillo con el que lo ejecutaría. Desde este punto de vista, Isaac es ya un «elegido» de Dios que fue salvado del sacrificio, y se sitúa en el terreno de los vencedores.

En segundo lugar, es relevante que Abraham sea el padre de Isaac, precisamente porque los acuerdos que llevan su nombre se presentan como una réplica o, si se quiere, como el «hijo» de aquellos consumados por Israel y Emiratos Árabes Unidos: los Acuerdos de Abraham. Hijo que, por serlo, deberá depender del legado paterno en una relación de absoluta dependencia.

En tercer lugar, Isaac, según el relato bíblico, habría sido el único de los patriarcas en permanecer en la «Tierra de Israel» al no trasladarse a Canaán. Bajo la hermenéutica de la teología política que aquí está en juego, Isaac constituye el nombre de aquel que permanece en el territorio, que indica la vocación conquistadora del imperialismo sionista (estadounidense e israelí a la vez), el salto mortal para apropiarse de los territorios de América Latina.

Se trata, en fin, de tres características de la modalidad imperialista por la que Estados Unidos e Israel se aferran al «hemisferio occidental». La sionización de la política latinoamericana nos muestra un asunto decisivo: por más que pretendan hacernos olvidar de Palestina, Palestina está necesariamente aquí donde los asesinos de Palestina pretenden ahora apropiarse de América Latina.

Por supuesto, nada tiene que ver todo esto con el famoso Plan Andinia, un supuesto plan inventado por los nazis latinoamericanos, de corte antisemita, que acusaba a Israel de pretender colonizar la Patagonia. Es mucho peor que ese ingenuo y conspirativo plan. Es la forma de dominio imperial impulsado por el sionismo estadounidense e israelí para incrustar sus intereses sobre el continente, convertir a los países de la región en simples centros de datos y consumir sus recursos naturales para engrandecer las fortunas de Peter Thiel y los oligarcas tecnológicos.

¿Qué lugar ocupa Israel, con su lectura perversa de la propia biblia hebrea, en la asonada geopolítica estadounidense en América Latina? Ante todo, Israel es al sacerdote como Estados Unidos al príncipe. El primero bendice la guerra de conquista y la vuelve «justa»; el segundo la ejecuta gracias a la legitimación promovida por el primero. Entre ambos articulan la máquina «moral» del último reducto de cristianismo imperial que, desesperado y agónico, intensifica su fuerza mortal, acelera incondicionalmente el capital y, al igual que Colón, busca un atajo hacia China.


(Rodrigo Karmy. Doctor en Filosofía por la Universidad de Chile. Brecha publica esta nota (aparecida en su origen en la revista digital chilena La Voz de los que Sobran) con autorización del autor, en una versión levemente modificada.)

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