El Turco y la nube - Semanario Brecha
Inteligencia artificial, trabajo y saber colectivo

El Turco y la nube

Nato Olivera

En 1770, en la corte de Viena, se presentó un autómata que jugaba al ajedrez. Vestido a la usanza otomana, le ganaba a nobles y estadistas y recorrió Europa durante décadas como prueba de que una máquina podía pensar. Lo llamaron el Turco. El secreto se conoció mucho después: dentro del gabinete se escondía un jugador de carne y hueso que movía las piezas.

Dos siglos más tarde, una de las mayores corporaciones del planeta bautizó con ese nombre a su plataforma de microtareas, donde miles de personas hacen por centavos lo que los algoritmos no logran hacer solos. El homenaje fue involuntariamente honesto. Frente al asombro que hoy despierta la llamada inteligencia artificial (IA), conviene hacer la pregunta que durante décadas nadie le hizo al Turco: ¿quién está adentro de la máquina?

I. TRABAJO Y SABER COLECTIVO

Cada ola tecnológica trae de vuelta el anuncio del fin del trabajo. Sin embargo, mientras haya capital, habrá trabajo: lo que cambia es su morfología, su geografía y su precio. Los depósitos de las grandes plataformas de comercio electrónico son fábricas de nuevo tipo, y el repartidor que pedalea bajo la lluvia responde a un patrón sin rostro que lo evalúa, lo premia y lo desconecta. El resultado es una doble cara: quienes tienen trabajo trabajan más y con menos derechos, mientras crece la población que sobra para el capital.

Los datos matizan también el apocalipsis del reemplazo. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que uno de cada cuatro trabajadores del mundo está en una ocupación expuesta a la IA generativa, pero apenas un 3,3 por ciento se ubica en el grado más alto de exposición, con casi el doble de incidencia entre mujeres que entre varones. En lo inmediato, la IA trae recomposición de tareas, intensificación de los ritmos y vigilancia algorítmica.

Pero la IA hace algo más que expulsar trabajo vivo. Lo que estos sistemas «saben» es el lenguaje, la cultura, los oficios y las conversaciones que la sociedad produjo en común durante siglos, comprimidos en un modelo estadístico y puestos bajo propiedad privada. Como muestra Matteo Pasquinelli, las grandes tecnológicas diseñan la máquina copiando la división social del trabajo y la cooperación que luego pretenden desplazar. Al mismo tiempo, capturan el conocimiento colectivo de universidades y redes de investigación y crean verdaderos monopolios intelectuales. Así, expulsan el trabajo y expropian el saber.

Para funcionar, además, la máquina necesita reponer al jugador escondido. Millones de etiquetadores de datos, moderadores de contenido y microtrabajadores, en buena medida del Sur global, le enseñan a la máquina por pagos de miseria y sin protección alguna. La cara más nueva del capital lleva puesto su rostro más viejo: explotación, expropiación y saqueo con la estética de Silicon Valley.

II. ANTAGONISMOS

El relato dominante presenta la innovación como obra del genio emprendedor o del cálculo de rentabilidad. La historia de la automatización también es una historia política: allí donde los trabajadores fueron acumulando poder, el capital aceleró la introducción de máquinas o impulsó drásticos cambios políticos y de régimen. Tras oleadas de huelgas portuarias, por ejemplo, la llegada del contenedor transformó el trabajo en los puertos del mundo, redujo tiempos e incrementó la productividad. Junto con esos cambios, desarmó buena parte del saber y de la capacidad de negociación de los trabajadores portuarios.

El Chile de la Unidad Popular muestra el reverso de esa historia, y también su desenlace. Entre 1971 y 1973, un grupo de ingenieros y técnicos chilenos, los Santiago Boys, montó junto con un cibernético británico el proyecto Cybersyn: una red de télex que conectaba las empresas del área social con una sala de operaciones en Santiago, pensada para planificar la economía con participación de los trabajadores. En octubre de 1972, durante el paro de los camioneros impulsado por el empresariado, esa red permitió coordinar el abastecimiento con los vehículos que seguían en servicio. Por una vez, la máquina se puso del lado del trabajo frente a una huelga del capital. El experimento terminó con el golpe de 1973, contra un gobierno que ya había sido blanco de la conspiración de corporaciones como la ITT. Los Chicago Boys ganaron la partida a los Santiago Boys, y con ellos llegó un modelo en el que la técnica quedó subordinada al mercado. La disputa por la tecnología fue, desde entonces, también una disputa de régimen político.

Conviene, por lo tanto, invertir la pregunta: donde hay nuevas máquinas, hay que buscar a qué antagonismo responden. La IA generativa apunta al corazón de lo que durante tres décadas nos vendieron como «sociedad del conocimiento»: administrativos, traductores, docentes, periodistas, programadores, investigadores. Según la OIT, las ocupaciones administrativas encabezan la exposición y las más digitalizadas son las que más crecieron desde 2023. La exposición alcanza al 34 por ciento del empleo en los países de ingreso alto y al 11 por ciento en los de ingreso bajo. La promesa de que el saber nos protegería se revela frágil: asistimos a la descualificación y la precarización del trabajador y la trabajadora intelectual.

Esta captura, además, tiene domicilio: la «nube» son cables, galpones, energía y agua. Por eso la expansión desenfrenada de las grandes tecnológicas abre nuevos frentes de conflicto: comunidades que resisten el impacto ambiental de los centros de datos y formas de desobediencia frente al extractivismo del conocimiento y el monopolio intelectual de las empresas de IA.

En 2023, mientras Montevideo bebía agua salobre en plena sequía, se conoció el proyecto de un centro de datos de Google en Canelones. Sus requerimientos de agua para refrigeración desataron una polémica y abrieron procesos de resistencia. ¿Son estos centros de datos la puerta del nuevo cielo? ¿Ahora sí tendremos crecimiento y desarrollo? Lo que se recrea es una forma antigua de dependencia, ahora digital. Como muestra Cecilia Rikap, la cadena de valor de la IA reproduce la vieja división internacional del trabajo: el diseño, el cómputo y la renta quedan en el Norte; al Sur le tocan el etiquetado, la moderación y los recursos naturales.

III. TIEMPO, DERECHOS, COMUNES

La pregunta decisiva es quién se apropia de los beneficios de la IA y quién carga con sus costos. Hay dos caminos para responderla. Uno disputa la distribución: salarios, horarios, derechos. El otro disputa el propio saber expropiado o «intelecto colectivo»: las capacidades que la humanidad depositó en las máquinas y que hoy vuelven a nosotros capturadas y fragmentadas, como servicios individuales por suscripción mensual. Esa disputa define qué es el conocimiento y, al mismo tiempo, a quién pertenece, y la resuelven las relaciones de fuerza. En el Sur, donde adentro de la máquina hay repartidores, etiquetadores de datos y moderadores de contenido, los dos caminos son inseparables. Frente a una ofensiva de esta escala, una izquierda que se limita a administrar y reducir daños queda por detrás de los acontecimientos, mientras la ultraderecha se presenta como antisistema siendo la expresión más funcional del sistema. Hacen falta consignas realistas y transformadoras a la vez, capaces de unir ambos caminos, como lo fueron en su momento las ocho horas.

En primer lugar, tiempo. Si la máquina condensa saber colectivo, la productividad que genera nos pertenece. La reducción del tiempo de trabajo sin pérdida salarial ni intensificación de los ritmos, con reparto de horas entre ocupados y desocupados, se vuelve la forma concreta de reapropiarnos de lo que producimos en común. El tiempo liberado es, además, el espacio donde ese saber puede volver a elaborarse en colectivo. El movimiento sindical uruguayo ya puso la reducción de la jornada sobre la mesa; el desafío es vincularla explícitamente con la disputa tecnológica.

En segundo lugar, derechos. Ningún trabajo sin derechos, empezando por el que se organiza bajo mando algorítmico. Hoy un repartidor puede ser evaluado, castigado o desconectado por un sistema cuyos criterios desconoce, y ese mismo método de gestión avanza sobre el puerto, la industria y la oficina. Disputar ese mando supone reconocer la relación laboral que encubre y conocer las reglas con las que se asignan tareas, se fijan pagos y se aplican sanciones. También supone exigir revisión humana de toda decisión automatizada y poner límites a la vigilancia. Y supone negociar colectivamente el diseño y el uso de la tecnología, con acceso sindical a los datos que produce el propio trabajo: ese registro también es parte del saber colectivo en disputa.

En tercer lugar, comunes. Si el capital se apropia del intelecto colectivo como fuerza productiva, la tarea es reapropiarlo junto con los sujetos colectivos que lo producen. Eso exige intervenir en el proceso mismo de producción del conocimiento: formas de coproducción en las que trabajadores, investigadores y comunidades elaboren en común, una universidad pública abierta que haga de la extensión una vía de soberanía tecnológica, e infraestructuras digitales públicas para que el saber circule como bien común. Uruguay conoce bien esa pedagogía y ha comenzado a trazar un camino desde la Universidad de la República, las organizaciones sociales del trabajo y la economía social y solidaria. Y como los monopolios operan a escala planetaria, la respuesta requiere la vuelta de un internacionalismo que una al trabajo precarizado con redes de investigación, discusión y movilización, y que enlace lo local, lo nacional y lo regional sin perder el contacto con las luchas de base, como ocurre hoy en la revuelta estudiantil en Francia.

Al Turco lo desenmascararon cuando alguien se animó a abrir el gabinete. Abrir hoy la caja negra de la IA es volver a preguntar para qué y para quién producimos.

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