Cantar chiquito que crece

Con Mariana Lucía.

Mariana Lucía, cantante / Foto: Héctor Piastri

Dos años en Bogotá y una maternidad iniciada al compás de la cumbia nutren el quinto disco de la cantautora luso-uruguaya Mariana Lucía.1 Ocho temas le bastan para transmitir una madurez artística hija del autodidactismo.

La prensa del disco menciona que está atravesado por la maternidad, aunque su título es La eternidad y sus tantos sentidos; ¿cuál de esas identidades debemos respetar?

—Creo que si bien la maternidad tiene un alcance filosófico amplio y profundo a la vez, en la medida en que un hijo o hija de algún modo te continúa y porta un cuantioso bagaje de información genética, también, al ser una vida que trasciende a la tuya, conecta con un sentido de lo eterno. Lo que sucede es que buena parte de las canciones de este disco las compuse durante el embarazo y un poco en el puerperio, y es una experiencia que marcó un antes y un después en mi existencia. Pero es un trabajo que toca varios temas filosóficos, digamos.

También da a entender, la información de prensa, que el ritmo sobre el que apoyás tus fusiones es la bossa nova, ¿concordás con eso?

—No hay una influencia directa de la bossa en mi música, lo que sí siento es que por haber nacido y vivido en Brasil hasta los 11 años algo de esa identidad bilingüe está presente en mi forma de cantar, en el fraseo y en la colocación nasal de la voz. Es una estética intimista, un arte de cantar chiquito más vinculado a lo brasileño, creo, que a la bossa en sí.

¿Componés letra y música de tus canciones?

—Ambas, sí, en la guitarra; los arreglos, después, surgen en las juntadas con músicos y músicas. Con Diego Drexler y Leíto Rodríguez, que me acompañan en este disco, hace tiempo que tocamos juntos y logramos un código común.

¿Alimentás tu creación con literatura, biografía, sociedad?

—Con literatura en este disco imposible porque Salvador tiene 2 años; si por casualidad intento leer, me quedo dormida [risas]. Este disco tuvo que ver con haberme ido a vivir dos años a Bogotá, donde Salvador nació, y a la amistad con cantautores bogotanos como Lucio Feuillet, Andrés Correa, Cavito Mendoza. El tema “Chupate esta uchuva”, por ejemplo –la uchuva es una frutita que acá escasea y llamamos aguaymanto–, evoca una cumbia, género que aprecio, admiro y con gran atrevimiento intenté “robar”, enriqueciéndolo con referencias a usos y costumbres de allá, como los cigarrillos Piel Roja, que fuma la gente bohemia. O el currulao, ritmo que se toca en el Pacífico colombiano.

¿Cuándo apareció la música en tu vida?

—Muy temprano, mis padres eran melómanos, él tocaba la guitarra y ella era artista plástica. La dictadura los llevó a exiliarse en Brasil; yo nací en San Pablo, pero vivimos mayoritariamente en Rio, escuchaban desde Zitarrosa a tropicalismo, rock brasileño, Titãs, Léo Jaime, Rita Lee, variedad de géneros y estilos, todo en discos de pasta. Yo de niña era más bailarina, que es otra manera de conectarse con la música, aunque nuestra cultura, habituada a fragmentar y dividir, tienda a separar el mundo de la danza del mundo de la música. Y aquí te ofrezco otra respuesta a la pregunta por mis fuentes de inspiración, creo que trabajo holísticamente, integrando a mi proceso creativo distintas experiencias vitales, en una actitud coherente con mi pertenencia a una generación posmoderna caracterizada por la heterogeneidad. Artísticamente soy una especie de collage, de recorte y pegue apoyado en el autodidactismo, porque nunca estudié música y siempre confié en mi instinto. Y tuve la suerte, a los 15 años, de andar en barra con Nicolás y Martín Ibarburu, Gustavo Montemurro, Martín Buscaglia, Martín Morón; teníamos un rancho en Cabo Polonio con Buscaglia, Montemurro y Macarena González, y pasábamos de la noche a la mañana haciendo covers, versionando, componiendo. Un estilo de vida era.

¿Nunca sentiste el autodidactismo como un punto débil en tu desarrollo artístico?

—Cada tanto me digo que estaría bueno estudiar un poco de armonía y tremendos músicos amigos se encargan de desestimularme; “está bueno que sigas haciendo canciones guiada por tu oreja”, dicen. A lo largo del tiempo percibo, además, que la constancia compositiva va enseñándome algunas cosas.

Cinco discos solistas hablan del alcance de tu madurez artística, ¿qué elementos de esa consolidación resaltan en este último trabajo?

—Es fuerte, en este disco, la presencia de lo vocal y de los coros, todos interpretados por mí. También el intimismo que logramos con Diego y Leo suprimiendo la batería y privilegiando la guitarra, enriquecida con un amplio espectro de instrumentos de percusión. A eso agrego el compromiso amoroso de los cuatro músicos especialmente invitados que, en algún caso, como el de la cantautora española-uruguaya Queyi, nos sorprendió. Tocó teclados y cuando estábamos grabando el último tema del disco fue ensimismándose en un solo sin fin, y nosotros seguimos grabándola.

1. La eternidad y sus tantos sentidos. Quinto disco solista de Mariana Lucía junto con Diego Drexler y Leonardo Rodríguez, con producción de Diego Drexler y participación de Queyi, Martín Buscaglia, Lucas Vidal y Gonzalo Gutiérrez. Mariana Lucía Barros nació el 22 de setiembre de 1978 en San Pablo.

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