Con Verónica Artagaveytia

Espiralada

La artista plástica Verónica Artagaveytia crió dos hijos sin agua corriente ni energía eléctrica y viajó dos años sola por Europa e India. Con el mismo coraje dice que la palabra femenina basta para definir la exposición de esculturas que está presentando en el museo Blanes.<sup>1</sup>

Obra de la exposición La fuente de la Damaluna de la artista Verónica Artagaveytia. Difusión

La Damaluna, nombre de la pieza que organiza la muestra, comenzó a gestarse hace 30 años; ¿por qué continuás identificándote con ella?

La Damaluna y sus «hermanitas» pertenecen a una serie de siete creaciones que di en llamar Felices Formas Femeninas, de las cuales ella es la más bella; una belleza simple, de semilla cósmica. Como vasca testaruda que soy, doy vueltas alrededor de lo mismo y La Damaluna también, es un canto rodado y redondeado por los años. Acompañada, siempre, por la espiral, que es la otra forma que me identifica. Y La Damaluna, que ha estado en sótanos, criptas y otros espacios, hoy encontró alivio y disfrute de la vida en el claustro del museo Blanes, con el agua cayendo sobre ella en un continuum que hace bien. Pensando en el claustro materno, podemos decir que está en el centro de la creación, y desde ese lugar se despliega toda esta muestra altamente femenina.

—¿Que La Damaluna haya encontrado alivio en el Blanes significa que en los lugares en los que estuvo antes recibió hostilidad?

—Con alivio me refiero a cómo fue elaborado el espacio donde está, en esa fuente hermosa del Blanes, rodeada por la música de Juanita Fernández. Es esa serenidad que nos obsequia la naturaleza; el alivio azul, por ejemplo, es mirar el cielo. A partir de tu pregunta, pienso, ¿será que La Damaluna era un pedregullo cuadrado que fue puliéndose? Simplemente la vi y la hice redondeada, antes de que la redondeara la vida; porque era drástica y extremista yo.

Decís que la muestra es altamente femenina, ¿insinuando que también es feminista?

—Toda mi obra plástica es femenina porque hago, básicamente, mujeres, pero no reivindicativa en términos feministas. Lo cual no quiere decir que no sienta que como mujeres tenemos mucho por reivindicar y conseguir.

—¿En qué sentido eras extremista?

—Hasta los 24 años no tenía paz y eso me provocaba, entre otras cosas, trastornos en la alimentación. A esa edad encontré el arte y me aferré a él; lo único que me tranquilizaba, antes de eso, era hacer cosas con las manos, entonces, hacía florcitas copiadas de revistas, porque me consideraba incapaz de crear algo propio. Al regreso de un viaje a Europa y Oriente empecé a fortalecer la autoestima y a realizar performances encarnando a una diosa; pasé de gusano a divinidad [risas]. Dos años después experimenté otra metamorfosis, de diosa a madre, y abandoné Buenos Aires para irme a vivir al medio del campo en Córdoba, donde tuve dos hijos y con el padre los criamos sin agua corriente ni luz eléctrica. Prefería que jugaran con ramitas y bichos antes que con computadoras y Teletubbies. En esa naturaleza aparecieron La Damaluna y la espiral.

—¿Tus hijos tienen el mismo sexo?

—Tengo una hija y un hijo. En el campo, también, me puse a confeccionar esculturas más pequeñas, para poder venderlas, y de ese movimiento surgieron las antijoyas.

—¿Qué son?

—Miniesculturas en aluminio nacidas de doblar, en un solo trazo, un alambre que termina en un anillo, un colgante, y así.

—¿A qué lugar de Oriente viajaste y por qué?

—Me fui a los 28 años siendo y sintiéndome escultora, interesada en conocer diversas manifestaciones artísticas. Anduve un año en Europa y cuando llegué a India pensé: «Yo distrayéndome en Europa, cuando todo es más fuerte y más interesante acá». Estuve un mes en Bangladesh, uno en Nepal, y así hasta completar un año, luego del cual pedí una extensión de la visa, porque no quería venirme por nada del mundo. La extendieron sólo un mes más, volví, creé la performance de la diosa, y, como no tenía ganas de retomar las esculturas, comencé a trabajar con cosas que juntaba en la calle. Cuando la conversión en taller del apartamento donde vivíamos acumuló tantos objetos que ya no podíamos caminar adentro y la condición de ciudad poco saludable que hasta hoy caracteriza a Buenos Aires me saturaron, huí a la campiña cordobesa, donde viví diez años. Agradezco infinitamente haber encontrado, en todos estos remezones, a Alcides Martínez Portillo, un ser que me ayudó a salir del pantano, acercándome al arte.

—¿Es un artista uruguayo?

—Artista visual que nació en Uruguay y vivió muchos años en Argentina; estoy procurando recuperar su obra para situarla en el lugar que merece en el net art contemporáneo. Alcides me empujó a incorporarme a un taller de escultura cuando yo me creía boba, filmaba mis ejercicios creativos, fue mi primer curador cuando ese título no existía y el autor del nombre antijoyas. Otra persona que apuntaló mi trayectoria como escultora es Jacqueline Lacasa.

—¿Vas a afincarte en la escultura o estás explorando otras vías expresivas?

—Ni loca me quedo sólo con la escultura. Aunque me encantaría cubrir con esculturas, en coordinación con arquitectas y arquitectos, esos planos gigantescos y tan rectos de los edificios contemporáneos. Mi próxima exposición será de dibujos, mientras macera el retorno a la performance.

1. La fuente de la Damaluna. Muestra individual e intervención de Verónica Artagaveytia, con curaduría de Cristina Bausero y diseño sonoro de Juanita Fernández; hasta el 20 de setiembre, de 12 a 18 horas, en el Museo Blanes. Verónica Artagaveytia Pardo Santayana nació el 19 de setiembre de 1955 en Montevideo.

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