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Sobre Un poeta, película de Simón Mesa Soto

Cuaderno con brillos

«Los poetas bajaron del Olimpo», escribió Nicanor Parra. Con humor, patetismo y una incorrección que por momentos pierde sutileza y gracia, la película Un poeta* los encuentra en la periferia, entre premios, dinero, fracaso, deseos y buenas intenciones. La poesía, mientras tanto, se enciende en otra parte.

Fotograma de la película.

En una de las primeras reuniones de poesía, el protagonista, Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos) se define como un «buscador de quimeras a través de la palabra». Habla de sí mismo en tercera persona y con una solemnidad que la película enseguida empieza a desarmar. Pasados los 50 años, hace mucho que no escribe y vive todavía del recuerdo de una juventud en la que publicó dos libros, obtuvo algún premio y llegó a ser considerado una promesa. Ahora está desempleado, aunque fue profesor universitario; no tiene dinero, vive con su madre y toma mucho alcohol. Entre el hombre que Óscar es y el que alguna vez creyó que llegaría a ser se abre una distancia que la película recorre sin demasiada piedad, sin reducir el fracaso a una condición plana.

«El fracaso» se titula, precisamente, la primera de las cuatro partes del segundo largometraje del director colombiano Simón Mesa Soto, estrenado la semana pasada en Cinemateca Uruguaya tras un extenso recorrido internacional por festivales con numerosos premios. Filmada en 16 milímetros, Un poeta hace visibles el grano y cierta aspereza de la imagen en su recorrido por Medellín. Buena parte del humor que atraviesa la película nace de las desventuras de un protagonista que parece reunir los atributos del perdedor: la precariedad económica, el alcohol, una relación compleja con su hija, una obra interrumpida y un reconocimiento que pertenece al pasado. No lo idealiza ni lo absuelve de sus decisiones, pero tampoco lo entrega a la crueldad. Su torpeza y su grandilocuencia pueden ser ridículas y, al mismo tiempo, hay en Óscar un pathos que hace posible cierta empatía que evita que la burla termine de definirlo.

¿Qué significa, entonces, fracasar cuando se ha querido ser poeta? No poder vivir de la escritura, dejar de publicar, perder reconocimiento y premios son algunas de las respuestas que se desprenden de la historia. Óscar quiere seguir siendo poeta, aunque ya no escriba. Presionado por sus dificultades económicas acepta, casi como última alternativa, el puesto de profesor que su hermana le consigue en un colegio. El trabajo no parece despertar en él ninguna vocación pedagógica; llega incluso a tomar alcohol antes de entrar a clase. En el colegio conocerá a Yurlady (Rebeca Andrade), una adolescente cuya escritura consigue, por un momento, desviar su mirada de sí mismo. Óscar reconoce enseguida que en los poemas de la adolescente brilla algo. Lo que todavía no sabe –y acaso tampoco se pregunta– es qué hacer con aquello que ha reconocido.

La respuesta del profesor será involucrarse. Son los propios compañeros de Yurlady quienes la señalan como poeta y él, intrigado, le pide el cuaderno en el que escribe poemas y hace dibujos. Lo que encuentra lo entusiasma y piensa en el Festival de Poesía, cuyo premio económico podría significar una ayuda para Yurlady. Para participar, deberá asistir primero a la Escuela de Poesía que funciona en la Casa de la Poesía, un espacio al que está vinculado. A medida que avanza el plan, Óscar va conociendo las condiciones en las que vive Yurlady: una casa atravesada por la precariedad, donde convive con su madre, su abuela, un hermano y hermanas jóvenes con hijos. El Medellín de los barrios de clase media baja y de los sectores pobres que aparece en la película no se convierte en un paisaje de miseria ni reduce la identidad de quienes lo habitan a su pobreza. Las imágenes limpias de la ciudad, sus colores y su arquitectura se apartan de las miradas que homogenizan la periferia entre la pornomiseria y lo real maravilloso.

POETAS Y MENTORES

Que Óscar imagine que la poesía podría abrirle a Yurlady otras oportunidades en su contexto no parece, en sí mismo, el problema. El asunto es que en esa voluntad empieza a insinuarse la posibilidad de realizar, a través de ella, parte de lo que siente perdido en su propia vida. Generosidad y proyección conviven, y buena parte de la incomodidad del vínculo nace justamente de que no siempre resulta fácil distinguirlas. La relación está atravesada, además, por una asimetría que las buenas intenciones no eliminan. Óscar es un adulto y su profesor; Yurlady, una adolescente y su alumna. Cuando Óscar resuelve acompañarla en su acercamiento al circuito de la poesía, su papel de profesor empieza a superponerse con el de un mentor. Esa superposición, una de las ambigüedades que la película sostiene con acierto, permite problematizar la idea de mentoría, tan en boga últimamente: la profundidad y la responsabilidad del vínculo pedagógico pueden desdibujarse cuando quien acompaña empieza a proyectar sus propias aspiraciones sobre el futuro de la otra persona. Es que reconocer un talento en alguien no significa saber qué debería hacer esa persona con él.

En una conversación, Yurlady le cuenta a Óscar que empezó a interesarse por la poesía después de conocer a Alejandra Pizarnik en una clase. Si bien el detalle puede resultar menor, desplaza la escena del descubrimiento. Antes de Óscar, ella ya había iniciado una relación propia con la escritura a través de otra poeta. En ese breve parlamento puede leerse también una ironía, y cabe preguntarse por qué la enorme circulación de ciertos poetas consolida su lugar en una tradición, mientras que la popularidad de una poeta entre lectoras jóvenes despierta con tanta facilidad la sospecha de la moda, la masividad o una lectura superficial. La escena permite, además, precisar el alcance de la intervención de Óscar: si bien puede imaginar para la joven un porvenir en la poesía, no puede inaugurar una relación con la palabra, que ya existía antes de él. Sí puede, en cambio, introducir a Yurlady en un circuito al que hasta entonces no tenía acceso. En la Escuela de Poesía conocerá a Efraín (Guillermo Cardona), figura central de la Casa de la Poesía, que acumula premios y sabe moverse dentro de la gestión cultural. Cuando escucha a Yurlady leer, también advierte su talento, insiste en que Óscar la acerque y termina proponiéndola para abrir el Festival de Poesía. Con Efraín, el problema se desplaza: ya no basta con reconocer una voz, también importan las condiciones que permiten su circulación.

MERCADO Y REBELIÓN

Un poeta introduce el dinero sin plantear una oposición sencilla entre poesía, mercado y capital. La propia Casa de la Poesía necesita apoyos para sostenerse: organizar festivales, conseguir fondos y establecer colaboraciones con extranjeros forman parte de las condiciones materiales de la actividad cultural. Valdría traer al presente a Émile Zola y su polémico ensayo L’Argent dans la littérature, aunque más no sea por hacer convivir ya desde el título literatura y dinero. La película pone en cuestión qué esperan encontrar en el arte latinoamericano quienes aportan fondos desde Europa. Cuando Efraín le sugiere a Yurlady que, para abrir el festival, escriba un poema más ligado a las condiciones en que vive, pensado también para «los de afuera», la tensión entre redistribución y reconocimiento se vuelve más nítida. Abrir el festival y ganar visibilidad no modifica las desigualdades materiales de las que parte; al mismo tiempo, esas desigualdades se convierten en materia esperada de su poesía. Un poeta evita la pornomiseria, pero hace visible la contradicción que implica su demanda a través de escenas como en la que vemos a la adolescente sentada en la cama, con los ojos cerrados y el sol sobre la cara: esa luz también forma parte de su mundo y ya había encontrado lugar en su poesía.

«El arte nos salvará», anuncia el tercer capítulo de la película. La frase queda, sin embargo, en suspenso. La cuestión no parece ser simplemente si el arte salva o no, sino quién decide de qué precisa ser salvada otra persona y qué forma debería adoptar esa vida mejor. Óscar puede imaginar, incluso con buenas razones, que la poesía le abrirá otras posibilidades a Yurlady. El problema no está en ofrecérselas, sino en pensar en la poesía como el destino que debería querer. Ella tiene otros deseos: quiere hacer uñas, aprender peluquería, maquillar; oficios con los que, además, espera ganar dinero y ayudar a su familia. Nada de eso supone abandonar la poesía. Puede escribir y, al mismo tiempo, pedirle a Óscar plata para comprar un esmalte con «brillitos». Hay ahí una pequeña rebelión, acaso incluso más allá de lo que la película o su director se hayan propuesto. La poesía y esos otros modos de trabajar con la belleza conviven en ella sin pedir permiso. Yurlady no reconoce como propia la supuesta contradicción que separa esas formas de sensibilidad. Es que la escisión pertenece a cierta concepción del arte y la estética, todavía atravesada por sesgos masculinos, que ha reservado prestigio para unas formas y relegado otras.

El impulso por salvar también aparece en la relación de Óscar con su hija Daniela (Alisson Correa), que vive con su madre y tiene prácticamente la misma edad que Yurlady. Ante la posibilidad de que no salve la prueba de ingreso a la universidad, Óscar se ofrece a pagarle los estudios. Pero Daniela ya no parece creerle: dará la prueba y, si la pierde, volverá a darla. Las dos adolescentes rechazan, de maneras distintas y con una lucidez notable, los futuros que otros imaginan para ellas, aunque esos futuros nazcan del afecto o de buenas intenciones. Yurlady no acepta que la poesía deba convertirse en su destino; Daniela conoce demasiado bien a su padre como para confiar su futuro a una de sus promesas.

Después del festival, la relación entre Óscar y Yurlady llega a su punto más delicado. Ella termina tan alcoholizada que él debe cargarla hasta su casa y la deja inconsciente en la escalera, donde la encuentra su familia, con marcas en el cuerpo. La sospecha de un posible abuso sexual no surge de la nada. El abuso no existió; la situación que lo vuelve imaginable, sí. Hubo, además, una cadena de malas decisiones de un adulto responsable de una adolescente. La película pone así en juego una distinción decisiva: culpa y responsabilidad no son lo mismo. El colegio separa a Óscar del cargo. La medida devuelve al primer plano algo que el vínculo de mentoría había ido desdibujando: Óscar seguía siendo el profesor de Yurlady y había incumplido, además, los protocolos previstos para autorizar una actividad extracurricular con una alumna menor de edad. Efraín interviene, a su vez, para preservar la Casa de la Poesía ante una situación que también puede comprometerla: habla con la familia, ofrece dinero y propone que Yurlady grabe un video explicando lo sucedido. La familia acepta la propuesta, aunque el video finalmente no se grabe. El dinero, que ya atravesaba las formas del reconocimiento, reaparece en una negociación incómoda para plantear el problema de la reparación.

La película no abandona el humor en este punto narrativo. La parodia y la sátira siguen formando parte del registro; en esa persistencia reside uno de sus mayores aciertos y también uno de sus riesgos. Permite sostener la ambigüedad de los personajes y evitar que cada conflicto quede fijado de antemano en un juicio moral. Pero la burla exige precisión. Hay que afinar la mirada para que la incorrección no termine en simplificación, sobre todo cuando se cruzan desigualdades de género, edad o clase. La película casi siempre consigue caminar sobre esa incorrección; no siempre. La escena en que una joven parafrasea una canción feminista frente a Óscar mediante gestos hiperbólicos es uno de esos momentos en que el humor pierde sutileza. En lugar de abrir otra arista del conflicto, lo reduce a una burla demasiado fácil.

POESÍA ENCENDIDA

Resulta llamativo que durante gran parte de la película haya, paradójicamente, más poetas que poesía. Se problematizan los nombres, los premios, las influencias y los festivales: quién puede llamarse poeta, quién dejó de escribir, quién reconoce una voz y quién tiene autoridad para legitimarla. Mientras la figura del poeta concentra una parte importante de esas disputas, la poesía –escritura, género, experiencia e imagen, incluso como pregunta por su propia vigencia– tiende a desvanecerse. Entonces, aquella mención a Pizarnik, que pasaba casi inadvertida, cobra otra potencia. Mientras la película se ocupa de quién puede llamarse poeta, quién reconoce una voz y quién tiene autoridad para legitimarla, la escritura de Pizarnik ya había llegado hasta Yurlady antes de la intervención de Óscar, sin mentor, sin festival, sin Casa de la Poesía. Pizarnik pudo escribir, muchas noches, algunos de los versos más tristes y bellos, y su lugar como autora se afirma en la persistencia de sus lectoras, que vuelven una y otra vez a sus poemas.

Hacia el cierre, la poesía comenzará a hacerse visible también como imagen. Óscar se sentará en una plaza, cerrará los ojos y dejará que el sol le dé en la cara. Sobre su rostro volverá la luz que Yurlady ya había convertido en poema. El cuaderno con brillos que Daniela había olvidado en el auto de su padre terminará en manos de Yurlady. En sus páginas, Yurlady no solo le dirá a Daniela que Óscar es inocente, también dejará por escrito algo de sí misma y de ese proyecto construido alrededor de su talento que nunca llegó a sentir como propio. La tapa con brillos enlaza, casi en silencio, a las dos adolescentes: pertenece a Daniela y remite al esmalte con «brillitos» que había querido comprar Yurlady. En el cuaderno, la escritura comparte superficie con una forma de belleza que nunca sintió ajena a la poesía. Después de tantas intervenciones sobre qué debía hacer con su talento, qué debía escribir y para quién, Yurlady elige quién será su lectora: Daniela. Una joven le escribe a otra. En ese mismo cuaderno, Óscar logrará, después de años, volver a escribir un poema. La poesía que tendía a desvanecerse se enciende, indócil, en un cuaderno con brillos.

* Un poeta, de Simón Mesa Soto. Colombia, Suecia, Alemania, 2025. Con Ubeimar Ríos, Rebeca Andrade, Guillermo Cardona y elenco. En Cinemateca Uruguaya.↩︎

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