Cuando dejamos de ser lo que éramos - Semanario Brecha
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Con Pablo Messina, sobre los economistas dependentistas en el Uruguay de los sesenta

Cuando dejamos de ser lo que éramos

La tesis de su doctorado en Historia Económica estudia a una generación de uruguayos que hizo aportes sustanciales a la teoría de la dependencia: un campo de ideas que tuvo al socialista Vivian Trías como un «precursor» y marcó buena parte de los debates de la izquierda, con Marcha como un espacio central de discusión y circulación. Messina reflexiona sobre los cambios históricos en la figura del economista –antes más asociada al académico y hoy al consultor o al ministro– y advierte sobre el riesgo de perder interrogantes relevantes en ese proceso: «Es importante no obturar caminos y permitir que exista diversidad intelectual» en el pensamiento económico.

Pablo Messina. FCEA, Instituto de Economía.

Los encontramos en el Instituto de Economía de la Universidad de la República. Mientras recorremos los mismos pasillos que habitaron varias de las figuras centrales de su investigación, Pablo Messina reconstruye la historia de una generación de economistas que, a partir de la década del 60, pensó los problemas del desarrollo, el estancamiento y la dependencia de la economía uruguaya. Estas discusiones formaron parte de un debate más amplio, latinoamericano, en el que emergería una de las corrientes más influyentes de las ciencias sociales de la región: la teoría de la dependencia, un intento de explicar por qué las economías periféricas encontraban obstáculos persistentes para alcanzar los niveles de desarrollo de los países centrales. Su reciente tesis doctoral1 sigue las trayectorias intelectuales de los economistas dependentistas uruguayos y las transformaciones de un campo de ideas que durante décadas marcó buena parte de los debates de la izquierda uruguaya. Los nombres abarcan un numeroso grupo de destacados economistas. Entre quienes participaron de una de las obras centrales de esa generación, El proceso económico del Uruguay (1969), se encuentran Alberto Couriel, Raúl Trajtenberg, Raúl Vigorito, Octavio Rodríguez y Luis Macadar. A esa generación pertenecen también figuras como Danilo Astori, Jorge Notaro y Celia Barbato, que realizaron contribuciones posteriores fundamentales, junto con otros y otras que, con distintos grados de cercanía, participaron de ese campo de ideas.

En esta conversación hablamos sobre ellos, pero también sobre nosotros: sobre cómo pensamos lo que éramos y cómo imaginamos lo que podíamos llegar a ser.

—¿Por qué centrarse en los economistas de la década del 60?

—Me resultaba interesante la forma en que pensaban: las preguntas que se hacían y los marcos teóricos que utilizaban. Entender cómo se formaron esas ideas me parecía un problema intelectual muy atractivo. Pero no solamente eso: sus trayectorias también eran extraordinariamente ricas como objeto de estudio.

Esta generación atraviesa procesos muy significativos, que la convierten en algo mucho más amplio que un grupo de economistas que abrazó la teoría de la dependencia en Uruguay.

Son de los primeros egresados del Plan 1954, que introdujo por primera vez una distinción –todavía incipiente– entre economistas y contadores. En ese sentido, forman parte de la primera generación que empieza a parecerse a lo que hoy entendemos propiamente por un economista. Además, mantienen una fuerte vinculación con las organizaciones sindicales y con los debates políticos de su tiempo, interviniendo en medios de prensa como el diario Época o el semanario Marcha.

A partir de 1967, con el gobierno de Jorge Pacheco Areco, se ven crecientemente impedidos de trabajar en el Estado. Por eso se concentran en el Instituto de Economía de la Universidad de la República. Luego les sobreviene la dictadura: para algunos, el exilio; para otros, la creación de centros privados como única forma de continuar investigando ante la imposibilidad de hacerlo en la universidad.

—¿En qué contexto emergen los economistas de la teoría de la dependencia?

—La dependencia era una manera de pensar el subdesarrollo que empezaba a tener mucha importancia en las ciencias sociales del Cono Sur. En ese contexto se suma el impacto de la revolución cubana y una mayor presencia del marxismo en la política y en las ciencias sociales latinoamericanas, por el que estaban fuertemente influenciados.

Si uno amplía aún más la mirada, aparecen factores estructurales. La crisis del modelo económico uruguayo desde mediados de los años cincuenta pone en cuestión las ideas de la Cepal [Comisión Económica para América Latina y el Caribe], que habían tenido en Uruguay una influencia muy temprana. De hecho, muchos de estos economistas trabajaron como jóvenes técnicos asesores en la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico [CIDE], el gran proyecto de planificación inspirado en las ideas cepalinas para diagnosticar los problemas del desarrollo y el estancamiento uruguayos. Ese fue, en muchos sentidos, su primer marco interpretativo.

También hay transformaciones importantes en la izquierda uruguaya, con la emergencia de Rodney Arismendi en el Partido Comunista del Uruguay y Vivian Trías en el Partido Socialista. Este último es una figura clave, a quien presento como un precursor del dependentismo en Uruguay y como una influencia decisiva para estos economistas.

Había también un clima cultural de trasfondo: una intensa circulación intelectual y política. Uno podía estar recorriendo los bares y boliches de Montevideo y, casi sin proponérselo, tener una panorámica de la política latinoamericana a partir de esos encuentros. En ese contexto, el semanario Marcha cumple un rol central como espacio de discusión y divulgación del pensamiento latinoamericano, en general, y del dependentismo, en particular.

Los cambios que se observan en el Instituto de Economía forman parte de una transformación más amplia que atraviesa a la sociedad uruguaya, especialmente en el plano cultural. El libro El proceso económico del Uruguay, del que son coautores varios de los economistas de esta generación, es, en muchos sentidos, una de sus expresiones más acabadas: funciona casi como un best seller del boom del ensayo crítico sobre la realidad nacional. Durante al menos dos décadas, buena parte del debate económico uruguayo se ordenó en diálogo con ese texto: para ratificarlo, discutirlo o refutarlo.

—¿Qué aportes conceptuales traían los dependentistas?

—Hay toda una serie de preguntas en torno a si es viable el desarrollo industrial, si es viable el desarrollo agrario, si es posible insertarse virtuosamente siendo un país periférico en el capitalismo internacional. Son preguntas previas a los enfoques dependentistas, que podrían englobarse en lo que algunos llamaron desarrollo del subdesarrollo, en las que estaban incluidas las ideas de la Cepal.

A esas preguntas, tanto los cepalinos como las distintas corrientes dependentistas les van agregando cada vez más preocupaciones sociales y culturales. ¿Cuáles son los sujetos que pueden encarnar determinados procesos de desarrollo? ¿Qué alianzas hay que establecer? ¿La dependencia se manifiesta también en lo cultural? Eso impacta en el consumo, en las formas de vida, en un montón de cosas.

En el caso de los dependentistas marxistas, como los uruguayos, además, aparece una duda de fondo: si todo esto es posible con relaciones de producción capitalistas. Esa es la gran pregunta.

—¿Qué factores explican su declive?

—Con el diario del lunes, sabemos que los enfoques dependentistas hoy son marginales en las ciencias sociales latinoamericanas. Y como ese declive se dio en casi todos lados, buscar una especificidad exclusivamente uruguaya para explicarlo no parece tener demasiado sentido.

Dicho eso, hay una primera cuestión central: cuando el dependentismo empieza a consolidarse como un programa de investigación pujante en las ciencias sociales del Cono Sur, es interrumpido de forma violenta. En Chile y en Uruguay, el golpe de Estado de 1973 lo detiene literalmente a balazos. No cae por problemas internos de sus hipótesis o de sus conclusiones empíricas, sino porque las condiciones sociales, políticas e institucionales impiden su desarrollo.

El programa no desaparece del todo: sobrevive en el exilio –especialmente en México– y, en menor medida, en algunos centros privados durante las dictaduras. Pero pierde la capacidad de desplegarse con la misma fuerza.

Luego se suman otros procesos más generales. El dependentismo tenía una fuerte influencia del marxismo y, con la caída del bloque soviético, esa tradición intelectual se ve afectada en su conjunto. Algunas hipótesis dependentistas –como la idea de que el desarrollo era inviable dentro de relaciones capitalistas de producción– comienzan a enfrentar dificultades. En el caso uruguayo, por ejemplo, la adopción de nuevas tecnologías en el agro obliga a revisar diagnósticos previos sobre estancamiento e inversión.

En ese sentido, más que una teoría agotada, el dependentismo fue enterrado antes de tiempo. Por eso sobrevive de forma espectral: como un zombi teórico que nunca termina de desaparecer.

—¿Qué nos dice la teoría de la dependencia sobre los problemas del desarrollo en Uruguay hoy?

—Me parece que algunas de las preguntas que se hacían los dependentistas sobre la viabilidad del desarrollo siguen siendo importantes. Tal vez las respuestas haya que cambiarlas, y sin duda surgieron otros problemas que en ese momento no estaban en el centro.

Pero hay preocupaciones que siguen siendo relevantes. Por ejemplo, la cuestión de la desigualdad y su vínculo con el desarrollo. Esa articulación entre los problemas productivos y los problemas sociales estaba muy presente en esas discusiones y me parece que sigue siendo importante. Hoy da la sensación de que esas preocupaciones tienen menos gravitación, al menos en la economía.

El mayor interés en estos enfoques se encuentra, paradójicamente, en la academia de Europa y la de Norteamérica, que, luego de la crisis de 2008, tienen un revival del pensamiento crítico, y del heterodoxo en economía en particular, tanto marxista como no marxista. No me parece que suceda lo mismo en Uruguay, aunque algunos enfoques muy específicos que abordan el problema del capitalismo latinoamericano tienen puentes con estos abordajes, como los estudios sobre los extractivismos y la renta diferencial de la tierra.

—¿Qué cambió entre los econo-mistas que interpretaban el Uruguay de ayer y los que lo interpretan hoy?

—Yo estudio a economistas que son académicos y, en el período que analizo, a fines de los años sesenta, estoy mirando a un contingente muy representativo dentro de la profesión. Entre ellos existía una idea bastante clara: el programa de investigación estaba ligado a una concepción ideológica y política. Me parece que eso empieza a cambiar en los años ochenta y es muy distinto hoy.

Eso no quiere decir que no investigaran en serio. Hay que tener cuidado con la idea de que la motivación política le quita rigor a la investigación. El rigor no lo da la ausencia de motivación política, sino el método, la disciplina para investigar, la construcción de hipótesis y su contraste.

Hoy día el proceso de circulación de ideas es mucho más fragmentario.

Si uno avanza hacia los noventa, y mucho más hacia el presente, eso cambia. Los académicos que yo estudio ya no sé si son hoy los más representativos de la disciplina. Existe un conjunto muy amplio de técnicos que no se dedican a la academia. Probablemente, si hoy le preguntás al gran público qué es un economista, piense más en un ministro de Economía o en un consultor que en un académico.

—¿Considerás tu investigación una defensa del pluralismo en economía?

—No fue un objetivo que me propuse explícitamente cumplir. Pero, sinceramente, estudiar este período te lleva a una enseñanza que Martín Fierro resume bien cuando dice: «Y naides se muestre altivo/ aunque en el estribo esté,/ que suele quedarse a pie/ el gaucho más alvertido».

Algo que este trabajo me permitió constatar –aunque en parte ya lo sabía– es que lo que entendemos hoy por economista es una construcción histórica, contingente: lo mismo que las preguntas de investigación que se hacían. Esa construcción tiene un pasado que muestra que los economistas pudieron haber sido algo muy distinto, y que también podrían volver a serlo en el futuro. En ese sentido, hay algo interesante en ir a buscar raíces para pensar lo que uno hace hoy. Hay toda una historia intelectual de los economistas uruguayos que todavía está por escribirse.

Esa idea funciona como una advertencia. No es que hayamos ido abandonando marcos interpretativos demodés para ir mejorando linealmente; muchas veces, en ese proceso, se pierden preguntas relevantes. Las preguntas sobre las posibilidades de desarrollo de Uruguay –muy centrales en los sesenta y todavía en los ochenta– hoy tienen mucha menos gravitación. Los economistas estudian muchas cosas importantes, pero cada vez menos la producción: cómo se produce, cómo se organizan los procesos productivos o cómo se genera valor.

Las ideas que hoy están muy de moda pueden dejar de estarlo mañana, y viceversa. Por eso es importante no obturar caminos y permitir que exista diversidad intelectual.

—¿Qué te quedó afuera de la tesis que te hubiese gustado dejar planteado, pero no hubo espacio?

—Un día, un sindicalista ya veterano me contó que había estudiado Economía en el Penal de Libertad, porque había sido preso político. Esa historia me resultó fascinante. A partir de ahí empecé a indagar y a entrevistar a presos políticos, algo que finalmente quedó fuera de la tesis, aunque estuvo en el origen de muchas de las preguntas que la atravesaron.

Se organizaban en grupos de estudio. En algunos casos, pude acceder a esos materiales y trabajar con ellos. En las entrevistas que hice –que no llegué a terminar– apareció con fuerza la idea de que el estudio formaba parte de una resistencia y de una reafirmación de identidad. Incluso las diferencias políticas se expresaban allí. Cómo pensar los problemas productivos también marcaba diferencias dentro de la izquierda. Me llamó mucho la atención descubrir que los comunistas no participaban de los grupos de estudio de El proceso económico del Uruguay. No porque estuvieran al margen de estas discusiones, sino porque tenían sus propios marcos interpretativos y polemizaban con algunos diagnósticos del libro. Fue uno de los disparadores que me llevó a preguntarme qué historia había detrás de ese libro y de la influencia que tuvo en la izquierda uruguaya.

Me parece interesante porque permite ver cómo una cárcel, en el contexto de una dictadura, podía ser también un lugar de circulación de ideas económicas, de debate y de información. Parte de esto lo avanzó en paralelo Alberto Silva con el libro El socialismo en el Penal de Punta Carretas. Pero siento que hoy hay algo que todavía tengo que terminar, que quiero hacer: restituir ese pedacito de memoria.

  1. La tesis Los economistas dependentistas en Uruguay: surgimiento, contribuciones y trayectorias fue realizada en el marco del Doctorado en Ciencias Sociales opción Historia Económica del Programa de Historia Económica y Social de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, bajo la tutoría de los doctores Luis Bértola y Aldo Marchesi. ↩︎

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