El fracaso de la COP26 y el greenwashing de las grandes empresas

Ecolavado

Mientras el mundo se adentra en la catástrofe climática, los Estados y los grandes capitales que la provocan siguen dominando las conferencias y las iniciativas llamadas a combatirla. Nadie parece atreverse con las causas de la debacle.

Pastores de Mugla, Turquía, tratan de alejarse de uno de los incendios que arrasaron con grandes extensiones de bosques vírgenes en el país durante julio y agosto de este año Musée Afp, Yasin Akgul

El martes 9 se dio a conocer el primer borrador de la declaración final de la cumbre climática organizada por la Organización de las Naciones Unidas, que culmina hoy, viernes, en Glasgow, Escocia: la COP26. La que debía ser la cumbre de este tipo desde París 2015, la COP21 –otra calificada de histórica–, es muy probable que termine pariendo un ratoncito, una serie de generalidades, obviedades y vagos compromisos no vinculantes, que, como los de reuniones similares anteriores –la francesa incluida–, quedarán en letra muerta en poco tiempo, serán revisados, darán lugar a nuevas quejas, nuevas alertas y nuevos llamados a la acción inmediata.

El borrador difundido habla de la «urgencia» de «trabajar hacia lograr el objetivo» establecido en París de llegar a 2030 con un aumento de la temperatura media del planeta de 1,5 grados centígrados; reconoce la pertinencia de los últimos informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), que hace muy poco dibujaron una serie de escenarios catastróficos para los próximos años de no modificarse las tendencias actuales (véanse «Está ocurriendo del peor modo, de la forma más acelerada» y «Último aviso», Brecha, 20-XII-19 y 27-VII-21, respectivamente); insiste en la «necesidad de ayudar» a los países más pobres a que tomen las «medidas adecuadas» para atajar las consecuencias más terribles del cambio climático, que a ellos los afecta particularmente… Nada muy distinto a lo dicho y constatado en la COP22, la COP23, la COP24, la COP25 y en una serie de reuniones intermedias.

En ese primer texto difundido no se hacía mención alguna a los combustibles fósiles (petróleo, carbón, gas), esos que los tan alabados científicos del IPCC identifican como los principales causantes del calentamiento de la Tierra, pero cuya producción sigue y seguirá en aumento. Tampoco era una novedad. La declaración final de la conferencia de París omitía igualmente el tema. Pero en los seis años transcurridos desde ese evento se acumuló tanta literatura científica sobre la responsabilidad de la industria de combustibles fósiles en la generación del cambio climático –uno cuyas consecuencias se estaban haciendo sentir cada vez más fuertemente– que esta vez la ausencia sonaba a tomadura de pelo. Hacia la noche del miércoles 10 se conoció un nuevo borrador, en el que sí se evocaba el problema, pero sin que se previeran mecanismos para obligar a los países signatarios a respetar lo que firmarían. Y de las ayudas a los países más afectados ahora mismo por sequías, inundaciones, desertificaciones y otros «episodios extremos» y repetitivos, ni pío. Al cierre de esta edición la presión en todas las direcciones se multiplicaba, en vistas de la adopción de un texto cuyo cumplimiento se jugará, como siempre, en otro lado.

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Si la parisina COP21 fue considerada un punto de inflexión, esto se debió, sobre todo, a que en ella se reconoció oficialmente que el cambio climático era una realidad y no una mera fantasía distópica de delirantes ecoterroristas; que era consecuencia de la acción humana, muy fundamentalmente de algunos humanos (grandes potencias, megaempresas), y que se podía revertir la tendencia si se trabajaba para ello. Fue un punto de inflexión, también, porque se estamparon, negro sobre blanco, algunos objetivos concretos. Poco esperable era que en esa COP o en cualquier otra se cuestionara a fondo el modelo productivo y que las salidas imaginadas se alejaran del más estricto marco del capitalismo. Obviamente, no sucedió. Pero el reconocimiento oficial fue un paso y el hecho de que se fijaran metas cuantificables fue otro. «Volver a París», a los objetivos de la COP21, es una cantinela que se repite año tras año. Glasgow no será la excepción.

Desde 2015, sin embargo, no se ha pasado del reconocimiento ni de las consabidas y sucesivas alertas. En vez de ir a la baja, la emisión de gases de efecto invernadero ha ido al alza. Al paso que se va, a corto plazo no solo no se podrá «contener la elevación de la temperatura media del planeta netamente por debajo de los 2 grados centígrados en relación con los niveles preindustriales» ni por debajo de los 1,5 grados hacia 2030 –ambos objetivos de la COP21–, sino que se habla (se habló en los corrillos escoceses) de un aumento de 2,7 grados de la temperatura media para fines de esta década. La transferencia de fondos de los países más ricos a los más pobres para que adoptaran «planes de contingencia», que debían ser de 100.000 millones de dólares al año, según se fijó en la COP15 –de 2009, en Copenhague– y se ratificó en París, no se ha acercado ni ahí a esa cifra y el 70 por ciento de los fondos entregados se dieron en forma de préstamo, es decir, aumentando el endeudamiento de los supuestos beneficiados.

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En la jerga cópica uno de los tópicos más habituales es el de la neutralidad de carbono. Se dice que un país, una región e, incluso, una empresa es carbononeutral cuando sus emisiones de gases de efecto invernadero se compensan con emisiones equivalentes o mayores de oxígeno. Algunos países entran en esa categoría. Son menos de una decena; entre ellos, Suecia, Noruega, Nueva Zelanda e Islandia. No hay COP en la que no se hable de alcanzar «lo antes posible» una neutralidad de carbono global. Pero se ha hecho costumbre hace unos años postergar esa meta. Los países más contaminantes ya no se comprometen a acciones contundentes que puedan acercarlos al miti-miti de emisiones malas/emisiones buenas. No al menos en los tiempos cortos que permitirían revertir un panorama planetario que, de la boca para afuera, ellos mismos describen como catastrófico. Hablan ahora de 2050, de 2060, de la segunda mitad del siglo. E insisten en que el esfuerzo debe ser «de todos por igual».

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La semana pasada, en el contexto de la COP26, la asociación Oxfam Intermón presentó un informe en el que queda claro que si fuera solo por la huella de carbono (el total de gases de efecto invernadero) dejada por los millones de habitantes más pobres del mundo, no se estaría hablando hoy del calentamiento de la Tierra. Con su nivel de (infra)consumo, esos 1.000 millones largos de personas no mueven la aguja del cambio climático. Hacia fines de este decenio, dice el documento, titulado «Carbon inequality in 2030», el 1 por ciento más rico de los pobladores del mundo emitirá, en cambio, 30 veces más dióxido de carbono del que debería para que la temperatura media de la Tierra aumentara por debajo de los 1,5 grados centígrados fijados como objetivo. Jacobo Ocharán, responsable del área Iniciativa Climática de Oxfam Intermón, puso un ejemplo bien de hoy: «las emisiones que produce el vuelo de un milmillonario al espacio» superan, en apenas unos minutos, «las que puede producir una de las 1.000 millones de personas más pobres del planeta a lo largo de toda su vida» (El Salto, 5-XI-21).

Hasta ahora, dijo también Ocharán, el problema de la crisis climática y el de la desigualdad han sido abordados de manera separada, lo que ha conducido a una serie de distorsiones, como que los países más industrializados –los mayores causantes, por acción y por demanda, del cambio climático– exijan al resto unas prácticas que ellos no adoptaron ni adoptan y que los ricos del mundo, independientemente de su origen nacional, reclamen a los pobres que tengan un comportamiento respetuoso de normas ambientales que ellos jamás han tenido. Más datos de la desigualdad: en 2020, en África, las emisiones de dióxido de carbono por habitante no llegaron a 1 tonelada; en América del Sur fueron de 2,2; en Asia, donde están algunos de los países actualmente más contaminantes, de 4,3; en Europa, de 6,6, y en América del Norte, de 11,2. Pero incluso esos datos son ambiguos. Ocultan, por ejemplo, que buena parte de la contaminación producida en Asia obedece a industrias que trabajan para satisfacer la demanda de los países más ricos. Y ocultan la historia, el tiempo largo. Si se aceptara que las cosas se midieran por el dióxido de carbono lanzado a la atmósfera, desde la revolución industrial los campeones mundiales nunca salieron de Europa y América del Norte. Contracara: según una investigación publicada en la revista científica The Lancet sobre los efectos contantes y sonantes en vidas humanas debidos a temperaturas anormalmente altas o bajas producidas entre 2000 y 2019, el 74 por ciento de las 5 millones de muertes al año registradas en ese período las pusieron los países asiáticos y los africanos.

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A las prácticas de ecolavado, de lavado verde de cara, se las conoce habitualmente como greenwashing. Las llevan a cabo empresas, por lo general las más contaminantes o las que las financian. Pero también gobiernos que pretenden hacer pasar por «respetuosas del ambiente» medidas o políticas que no lo son ni un poquito.

La COP26 fue un festival del greenwashing. Comenzando por sus patrocinadores: 11 grandes compañías vinculadas, directa o indirectamente, a las industrias petrolera y gasífera o a las nuevas tecnologías. Sumadas, esas empresas emiten más dióxido de carbono que todo Reino Unido, ubicado en las listas de los países más contaminantes (Público.es, 8-XI-21). Entre las 11 figuran Hitachi, National Grid, Scottish Power, Microsoft y Unilever. Pero, además, el lobby de las industrias fósiles cuenta en Glasgow con una representación mayor que la de cualquier delegación oficial. Si este grupo de presión fuera un país, apunta la asociación Global Witness, «sería el que tendría un mayor número de delegados»: 503 personas. La suma de los representantes de los ocho países más afectados por el cambio climático (Puerto Rico, Birmania, Haití, Filipinas, Mozambique, Bahamas, Bangladesh y Pakistán) ni se arrima a ese total. Global Witness observa, además, que en algunas delegaciones oficiales (menciona las de Canadá, Rusia y Brasil) hay representantes de empresas nacionales de combustibles fósiles.

Los ejecutivos de Google, Coca-Cola y Nestlé, de petroleras como Total y Shell, de bancos como Santander, BBVA y JP Morgan, campeones todos del greenwashing, organizan ruedas de prensa, participan en reuniones bilaterales o multilaterales y convocan a charlas para enseñar «buenas prácticas ambientales». «Pretenden meternos en la cabeza que el problema puede ser resuelto con la suma de comportamientos individuales, como si todos fuéramos igualmente responsables de lo que está sucediendo, lo que diluye la responsabilidad de los actores sistémicos», dijo en Glasgow un integrante de la asociación francesa Comité Católico contra el Hambre y por el Desarrollo-Tierra Solidaria.

Algunos medios españoles destacaron la omnipresencia en la COP de representantes del banco Santander, el mayor de la península. En 2019, Dow Jones Sustainability, publicación vinculada a la bolsa de Nueva York, ubicó a Santander entre las instituciones más sostenibles del planeta y destacó su compromiso de alcanzar la neutralidad de carbono hacia 2050. Un premio al greenwashing. Un informe de marzo sobre la financiación de industrias contaminantes («Banking on Climate Chaos 2021», elaborado por seis grupos de la sociedad civil estadounidense) determinó que en los últimos cinco años el banco español aumentó un 102 por ciento sus inversiones en la industria de los combustibles fósiles en todo el planeta, de África a América Latina. Santander se ubica entre los principales respaldos de la transnacional cárnica brasileña JBS, que está talando bosques y expulsando población local de la Amazonia para dedicar esas tierras a las pasturas para el ganado. También financia el proyecto gasífero Nigeria LNG, llevado a cabo por tres de las empresas más contaminantes del mundo (Total, Shell y Eni) y que ha arrasado con comunidades enteras en el país africano.

El miércoles 3 fue el Financial Day en la cumbre de Glasgow. Unas 450 instituciones financieras, que controlan el 40 por ciento de los activos globales, se comprometieron a destinar, de aquí a 2050, unos 130 billones de dólares a la «transición ecológica». Además de que son simples papeles (nadie les pedirá que rindan cuentas), «parecen muy poco creíbles», comentó en Escocia la ONG Reclaim Finance. Según «Banking on Climate Chaos», entre 2016 y 2020 el núcleo duro de esos bancos de comercio e inversión, alrededor de 60, invirtió unos 3,8 billones de dólares en desarrollar proyectos petroleros, gasíferos o para extraer carbón. Planean, además, seguir haciéndolo. «¿De qué transición ecológica pueden hablar en esas condiciones?», se preguntó Patrick McCully, uno de los autores de la investigación (Público.es, 8-XI-21). Lo mismo ha sucedido con los gobiernos de los países del G20. Desde 2015, año del Acuerdo de París, dedicaron tres veces más dinero público al petróleo, el carbón y el gas que a las energías renovables. Y ahora, en sus planes de relanzamiento económico pospandemia, dice el portal francés Mediapart (30-X-21), prevén invertir el doble de dinero en actividades industriales climaticidas que en proyectos supuestamente verdes.

En una nota publicada en su blog de La Vanguardia (7-XI-21), el economista y sociólogo británico Andy Robinson alerta sobre el peligro del gatopardismo rampante que se cierne sobre la llamada transición ecológica: «El camino hacia las emisiones cero netas no será posible si el programa de cambio […] es gestionado por los sospechosos habituales de la era de los combustibles fósiles: las mismas multinacionales energéticas, tras un rebranding verde, las mismas corporaciones del automóvil ya recicladas para la era del litio, los mismos bancos internacionales que financiaron la destrucción medioambiental que ahora denuncian». En Glasgow ese fantasma hizo mucho más que asomar.

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Jeff Bezos, el fundador de Amazon, uno de los milmillonarios que viajaron al espacio a los que aludía Ocharán, no se trasladó a Glasgow. Poco antes de la inauguración de la cumbre escocesa estuvo en una cala de la costa turca en la megafiesta de cumpleaños de uno de sus pares, Bill Gates. Elon Musk, el hombre más rico del mundo, y Mark Zuckerberg, el propietario de Facebook, que no le va demasiado en zaga en fortuna, tampoco fueron a Escocia, y a la fiesta de Bill Gates faltaron con aviso. Pero algunos de los ejecutivos de las empresas de los cuatro sí estuvieron en la COP26 haciendo lobby. Y ellos mismos enviaron a la conferencia escocesa dolidos mensajes sobre el estado del planeta, exhortaciones a cuidarlo y a ser todo lo verdes que se pueda ser. «Nos estamos jugando la vida», dijo Musk por estos días, mientras ajustaba los planes de un nuevo vuelo al espacio de una nave de su compañía Spacex, que se concretó el miércoles 10, y al mismo tiempo anunciaba los nuevos modelos de sus autos eléctricos «100 por ciento sustentables» de Tesla, otra de sus empresas… También en el mundo del greenwashing Gates, Musk, Zuckerberg, Bezos y sus empresas compiten con los grandes de las industrias fósiles.

La historiadora Jill Lepore llama muskismo (New York Times, 7-XI-21) a esa «forma extravagante de capitalismo» hipertecnológico surgida en Silicon Valley en los años noventa y expandida por empresas que se ven a sí mismas como salvadoras de un planeta que va camino a la autoextinción, a la que ellas, paradójicamente, contribuyen. Sin decirlo directamente, Lepore sugiere que, si hay salvación, no vendrá de los tecnobillonarios ni de sus rivales fosilizados en vías de reconversión verdolaga. Robinson es más explícito. «La transición ecológica que necesitamos no es compatible con el capitalismo», dice, haciendo suya una frase del antropólogo económico Jason Hickel. Pero, por el momento, nadie parece encaminarse en esa vía.

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