Adiós, Macunaíma.

El terror de los tímidos

Por la pinta, por la impronta, por el tono, por los versos o por el no parar de hacer, Atilio Duncan Pérez da Cunha nunca pasaba desapercibido. Su trabajo cultural constante y su entusiasmo por la vida calaron hondo en el sentir de mucha gente.

Ilustración: Federico Murro

Hace no muchos años, cuando Antonio Dabezíes se agotó de la burocracia y resolvió cerrar Espacio Guambia, alguien le preguntó si podía definirse con un solo oficio luego de haberse dedicado a tantas cosas en su vida. A Antonio siempre le había costado responder esa pregunta, aunque aquel movilizado presente lo agarraba reflexivo, repasando muchas de las cosas que había hecho. Finalmente, encontró una palabra para definirse: creativo. No en el concepto del creativo publicitario, sino en uno más amplio, que se refiere a quien inventa cosas a partir de ideas propias, ajenas o de la suma de las dos variables, aplicándolas a su gusto. “Eso siempre fue lo mío”, decía.

A esa lógica, esa forma de andar el camino, que no es generacional, sino intuitiva y sensible en cualquier tiempo, Macunaíma la elegía, la aplicaba. Porque, ¿acaso no era el Macu un Frankenstein uruguayo? Si le preguntaban a qué se dedicaba o cómo se definía, decía que era comunicador: en la radio, en el escenario, en la publicidad, en el aula, en la calle, en la vida.

DOCENTE. Dependiendo del día, la librería de Boris Faingola le quedaba de pasada. Si no se podía quedar un rato a charlar, igual marcaba tarjeta con un “hola, me voy que estoy apuradísimo y atrasado”, y seguía expreso para la Facultad. “Ahí se iba, con su bagaje de cosas amontonadas y su chaleco”, lo grafica Boris. Resolver los problemas del Frente Amplio y Peñarol quedaría para la próxima.

En estos días, los encuentros virtuales o presenciales de quienes trabajan en la Facultad de Información y Comunicación se llenaron de mensajes en recuerdo del Macu. El año pasado dio clases de publicidad en un curso de introducción a las profesiones de la comunicación, que coordina Sabrina Martínez. Ella pinta su entrada al salón como la de alguien con el aura de un rockstar apasionado: “Quedábamos en silencio profundo, porque parecía que la docencia lo volvía hechicero; definitivamente, hacía magia. Me pidió ayuda para recorrer los conceptos con bandas sonoras, nos hizo cerrar los ojos y escuchar a Sinatra y a Mozart en un salón lleno de jóvenes. Nos entregamos a la experiencia sin hacer preguntas. Nos hizo reír, generó silencios incómodos, nos habló del amor, nombró a su compañera e hijos, la militancia y, obviamente, alzó la voz con interés por la creatividad publicitaria. Lo que parecía desordenado tenía una perfecta conexión. No voló una mosca, lo aplaudieron espontáneamente. Lo que para mí había sido una experiencia psicodélica, para él era la vida misma”. Junto con su amigo Alejandro Barreiro –con quien fundó la agencia de publicidad Utopía hace 40 años–, Macu dio clases mucho tiempo: “Fueron años de trabajo y de estudios intensos e intercambios con estudiantes ansiosos por conocer la profesión desde adentro. Trabajar con él era tener entendimiento, respeto por el conocimiento, crecimiento profesional y mucha cuota de diversión. No siempre el trabajo está rodeado de un aspecto lúdico, no siempre nos acordamos de divertirnos mientras trabajamos. Con Macu, eso no faltaba”. Sabrina hizo la carrera de comunicación en la Liccom. De aquella época, tiene muy presente la alegría de mucha gente, cuando en los pasillos del viejo edificio de Leguizamón y Bustamante se comentaba: “¡Macunaíma ganó el llamado: viene a dar clase acá!”.

AGITAR LA CULTURA. La abuela María y el abuelo Casiano eran pernambucanos. De adolescentes se habían ido, juntos, a Tacuarembó. Fue María quien rebautizó al niño Atilio como Macunaíma, y eso a Casiano le daba mucha gracia. A Rosario Peyrou aquello siempre le pareció un acierto: “Yo conocí a Macu en el Ipa cuando teníamos 20 años, y él era un niño grande, tal cual el personaje de Mário de Andrade: un hombre bebé”. Se refiere a Macunaíma: O herói sem nenhum caráter, una de las grandes novelas del modernismo brasileño, que tuvo su adaptación cinematográfica en 1969.

Así, la sangre, los vínculos y el tiempo fueron generando, en Macu, a uno de los más grandes conocedores de la cultura de Brasil, y uno de sus más fervorosos divulgadores. Todos los testimonios concuerdan en que, sin él como puente, en Uruguay se sabría mucho menos sobre música y literatura brasileña. Para Gustavo Wojciechowski (Macachín), con la muerte del Macu “Brasil ya queda un tanto más lejos, ni se divisa Porto Alegre”.

Otro renombramiento fue el del propio Macu a Mariana Ingold: la llamó “Oreja Emergente”. “Era una especie de ‘título nobiliario’ que se iba transformando en Oreja Campestre, Transoceánica, Virtual, sin repetir jamás, dependiendo de dónde me encontrara. El tema era nunca dejar de crear y que nada se estancara”,desmenuza Mariana.

El Macu publicista fue quien buscó al Pájaro Canzani en París y lo invitó a componer una canción para la Copa América de 1995, algo que terminó concretándose. Previamente, en Montevideo, había pinchado a Mariana: “Me dio manija para componer un candombe para la Copa América. Hice dos, pero a la agencia de publicidad no le cerró que el tema fuera cantado por una mujer. A él le encantaron. ‘Lo intentamos’, me dijo”.

Casi veinte años atrás, un jovencísimo Fernando Cabrera estaba ensayando sus primeras canciones junto con Gustavo “Pacho” Martínez, con la idea de hacer algo de a tres: “Macu era un notorio promotor de espectáculos, como los Conciertos de la Rosa (a los que yo había asistido como espectador adolescente) y otros. En setiembre de 1977, nos invitó a participar de una especie de happening o performance colectiva que se iba a hacer en el taller de Zina Fernández, un artista plástico que tenía un gran sótano en el repecho de la calle Paysandú, luego de la esquina con Rondeau. Allí debutamos con nuestro trío, ya llamado Montresvideo (con Pacho y Roberto Lieschke), y fue un honor compartir esa tarde y noche con el legendario Horacio Buscaglia y sus ‘mojos’, el grupo Contraviento, bailarinas, poetas y muchas propuestas más. Fue Macu, entonces, quien primero confió en nosotros haciéndonos debutar públicamente”. Años atrás, había organizado con Buscaglia los Conciertos del Colibrí, con lo más fermental de la música popular y el teatro independiente. Se ve que la imagen del colibrí lo sobrevoló para siempre, porque fue a Macu a quien se le ocurrió utilizar uno como imagen de la campaña No a la Baja en 2014.

EL POETA. Macachín quedó impactado por su voz, y ese es el primer signo de identificación que recuerda: “Cuando empecé, él era uno de los pocos poetas que yo creía ‘vivo’. Para empezar no usaba corbata, y eso, en aquella época, ya era mérito suficiente”. Macu era un decidor, un poeta de micrófono y pluma, pero que no necesitó de un cúmulo de libros publicados que lo avalaran. En los primeros tiempos, “andaba por los escenarios diciendo sus cosas”,describe Macachín, con quien juntó energías: “Hicimos varios recitales juntos. Macu versus Maca, poesía en blanco y negro. Nariz contra nariz. Me ganaba, pero por poquito. Éramos la bandera de Peñarol: amarillo y negro. Uno medio bolche, otro medio anarco. ‘Finalmente, acabamos convergiendo’, siempre decía”.Hace demasiado poco, Macu cumplió uno de sus grandes anhelos, conversar con Ernesto Cardenal en la radio. Fue gracias a las gestiones de Boris y otros amigos: “Estaba emocionadísimo, había charlado con su ídolo”.

En el ejercicio del recuerdo, Milton Fornaro se zambulle en el abrazo: “Macunaíma era un abrazador contumaz y altamente efusivo. Un verdadero terror para los tímidos. El abrazo, el ‘atenazamiento’, el chaleco de fuerza que dejaba inmóvil a la víctima de tanto cariño, era el final de una serie de movimientos y gestos que se habían iniciado apenas ocurrido el avistamiento”.El comentario no es exagerado, quienes fuimos abrazados por él lo sabemos. Te agarraba, te sacudía y te hablaba fuerte, de cerca. Sacarte la saliva de la cara quedaba para después. Milton soslaya que, tal vez, la técnica del abrazo no fuese tan distinta a la media, pero su condición atemporal la hacía única: “Si uno hacía muchos meses que no se veía con Macunaíma, su abrazo restablecía el orden, volvía a poner las cosas en su lugar entre los dos, como si no hubiese mediado la menor interrupción desde el momento en que había ocurrido el último encuentro. Paradójicamente, podía suceder la situación inversa: haber visto al Macu de mañana y volverlo a encontrar la tarde del mismo día. De más está decir que eso provocaba un segundo abrazo, tan profundo y sincero que uno sentía, realmente, que los dos hacía muchísimos años que no se veían”.

Macachín creyó que la vitalidad atropelladora de su amigo dejaría a la muerte dando vueltas, “por prepotencia de trabajo, como decía Roberto Arlt”.Lamentablemente no lo logró, aunque pudo darse una panzada de cariño con su nieta recién nacida, en un encuentro frenado por su enfermedad y por la pandemia. El día de su muerte, muchos seres queridos mostraron particular satisfacción por ese hecho, y en las redes sociales aparecieron cientos de voces que lo recordaban con entusiasmo, el sustantivo más acorde a su historia. Entre esas despedidas, alguien le puso un nuevo título: “El feo más bello del mundo”.

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