El verdadero modelo chino - Semanario Brecha
Cómo China se volvió un líder tecnológico mundial

El verdadero modelo chino

Intentar contener a China con aranceles no funcionará, dicen los autores de este ensayo. El país dedicó las últimas décadas a construir una poderosa infraestructura profunda que le permite liderar la transición tecnológica actual. Su fórmula combina de manera inédita el emprendedurismo privado, la capacitación de la fuerza laboral, y un enorme control y gasto estatal.

Un trabajador prepara productos de varillas de cobre para transporte en el taller de una empresa en Huai’an en la provincia de Jiangsu, en el este de China, el 19 de enero. Xinhua, Yin Chao.

Hace una década, los planificadores de Pekín anunciaron el ambicioso esquema Made in China 2025, con el fin de liderar las industrias del futuro. El plan identificó diez sectores para la inversión, incluidos la energía, los semiconductores, la automatización industrial y los materiales de alta tecnología. Apuntaba a fortalecer la producción nacional, reducir la dependencia de las importaciones y de empresas extranjeras, y aumentar la competitividad de las firmas chinas. El objetivo era transformar a China en una potencia tecnológica y convertir a sus principales empresas en líderes mundiales. El gobierno le dio un respaldo financiero colosal: entre el 1 y el 2 por ciento del PBI anual en subvenciones directas e indirectas, créditos blandos y exoneraciones fiscales.

China ha sido tremendamente exitosa. Pasó a ser líder mundial en vehículos eléctricos y energía limpia, pero también en drones, automatización industrial y otros productos electrónicos. Su dominio sobre los imanes de tierras raras precipitó un rápido acuerdo comercial con Estados Unidos y la marcha atrás de Donald Trump. Las compañías chinas van camino de superar los productos tecnológicos más sofisticados fabricados por Estados Unidos, Europa y otras regiones de Asia.

Aun así, persisten las voces escépticas. La financiación excesiva, dicen, deriva en despilfarro y corrupción. El sistema produce sectores saturados, con decenas de competidores que fabrican productos similares y tienen dificultades para obtener ganancias. La deflación resultante hace a las empresas mostrarse cautelosas a la hora de contratar nuevos empleados o aumentar salarios, lo que debilita la confianza del consumidor y ralentiza el crecimiento. La economía china, que parecía destinada a superar a la de Estados Unidos como la mayor del mundo, se desaceleró y podría no alcanzar nunca a la estadounidense en producción total.

No son problemas menores. Pero pensar que bastan para descarrilar el impulso tecnológico de China es un grave error. La política industrial de Pekín no triunfa solo por elegir y subvencionar los sectores adecuados. Tiene éxito porque el Estado construyó la infraestructura profunda necesaria para sostener una superpotencia tecnológica duradera. Creó un ecosistema de innovación sustentado en sólidas redes eléctricas y digitales y formó una enorme fuerza laboral dotada de conocimientos avanzados en manufactura. Se trata de una estrategia tecnológica integral. Esto permite a China desarrollar nuevas tecnologías y aplicarlas a gran escala con más rapidez que cualquier otro país. Es poco probable que este modelo se desvíe por un crecimiento económico lento o por sanciones estadounidenses. La fortaleza industrial y tecnológica de China es ahora una característica permanente de la economía global.

HACERSE FUERTE

Al circuito automovilístico de Nürburgring, famoso por su recorrido sinuoso de 21 quilómetros en las montañas de Alemania, se lo conoce como el Infierno Verde. Su trazado pone a prueba a los pilotos más audaces y a los vehículos más avanzados. Tradicionalmente, los autos que ofrecen el mejor rendimiento en este circuito son diseñados por marcas alemanas, como BMW, Porsche o Mercedes-Benz, o por fabricantes de Italia, Japón o Corea del Sur. Pero en junio de 2025 se batió en Nürburgring un nuevo récord de velocidad para vehículos eléctricos, y el auto que lo logró no vino de uno de los fabricantes habituales. Fue producido por Xiaomi, una empresa conocida por sus celulares baratos y arroceras eléctricas. Xiaomi venía de fabricar su primer coche apenas un año antes.

El éxito de Xiaomi simboliza el asombroso ascenso de China en el sector de la energía limpia. En 2024, el país produjo casi tres cuartas partes de los vehículos eléctricos del mundo y el 40 por ciento de las exportaciones globales de estos automóviles. China domina por completo la cadena de suministro de energía solar. Sus empresas fabrican la mayoría de las baterías del planeta y producen, además, el 60 por ciento de los electrolizadores empleados para obtener hidrógeno a partir de agua, el método más eficaz de generar energía basada en hidrógeno limpio.

La explicación tradicional de este éxito es que el gobierno central selecciona sectores estratégicos, les da cientos de miles de millones de dólares en subvenciones, exoneraciones y créditos blandos, y ayuda a que las empresas roben o copien tecnología extranjera. Esta versión tiene una parte de verdad, pero omite lo esencial: China no triunfa solo por subvencionar industrias específicas, sino por invertir en la infraestructura profunda que sustenta la innovación y la producción eficientes: los sistemas físicos y la experiencia humana que los hace posibles.

Parte de esta infraestructura son los sistemas de transporte: carreteras, trenes y puertos. En los últimos 30 años, China construyó una red nacional de autopistas que duplica en extensión a la de Estados Unidos; su red de trenes de alta velocidad tiene más quilómetros que la del resto del mundo combinado, y cuenta con un poderoso sistema de puertos. El mayor de ellos, Shanghái, mueve más carga que todos los puertos estadounidenses juntos.

Pero si China hubiera parado ahí, nunca habría alcanzado su actual cumbre tecnológica. Otros sistemas de infraestructura fueron cruciales. Entre ellos, su red digital. En los primeros años de internet se creía que esta debilitaba a los regímenes autoritarios, al eliminar el monopolio sobre la información y permitir que la gente se organizara incluso a distancia. En el año 2000, Bill Clinton afirmó que controlar internet era como «intentar clavar gelatina en la pared». Los dirigentes chinos pensaron exactamente lo contrario: una infraestructura de datos de alta calidad haría más fuerte al Estado al permitirle observar y gestionar mejor la opinión pública, seguir los movimientos de la población y beneficiar a la industria y al ecosistema de alta tecnología.

China clavó la gelatina en la pared. Construyó una internet nacional que conecta rápidamente a toda su población, pero que filtra el contenido que viene de afuera. Gracias al impulso temprano y decidido del gobierno a los celulares, las empresas chinas se convirtieron en pioneras del internet móvil. Plataformas líderes como ByteDance, Alibaba y Tencent se transformaron en innovadores de alcance global. Huawei se convirtió en el mayor fabricante mundial de equipos 5G. Hoy, el pueblo chino usa smartphones todo el tiempo y el Partido Comunista sigue en el poder.

PODER + ELECTRIFICACIÓN

Otro de los sistemas de infraestructura clave detrás del poder de China es su red eléctrica. Este último cuarto de siglo ha sido el líder en construcción de centrales eléctricas: cada año agrega a su red el equivalente a todo el suministro energético de Reino Unido. Hoy produce más electricidad anual que la suma de Estados Unidos y la Unión Europea. Invierte masivamente en líneas de transmisión de ultra alta tensión y en todo tipo de almacenamiento energético. Esta abundancia de energía permitió el rápido crecimiento de sus medios de transporte eléctricos.

China superó los obstáculos que durante mucho tiempo le impidieron a la electricidad ser la fuente primaria de energía mundial y reemplazar la combustión directa de combustibles fósiles: era difícil de transportar, difícil de almacenar e ineficiente para impulsar vehículos. Ya no. El país va camino de convertirse en la primera economía del mundo impulsada mayormente por electricidad. Esa fuente de energía representa el 21 por ciento del consumo energético global y el 22 por ciento del estadounidense. En China, alcanza cerca del 30 por ciento, más que en cualquier otra economía avanzada, salvo Japón. Además, esta porción crece a un ritmo del 6 por ciento anual frente al 2,6 por ciento global y al 0,6 por ciento de Estados Unidos.

La electrificación de China no nació de un único plan maestro. Fue el resultado de soluciones tecnocráticas a problemas específicos, como cortes eléctricos en zonas industriales o la necesidad de liberar trenes para fines distintos al transporte de carbón. Pero hoy la electrificación acelerada cumple un objetivo estratégico. El Estado es consciente de que una oferta abundante y barata de electricidad da al país una ventaja decisiva en las industrias energéticamente intensivas del futuro, como la de la inteligencia artificial.

La parte más refinada de la infraestructura profunda de China es su fuerza laboral industrial: más de 70 millones de personas, la mayor del mundo. Gracias a la densa construcción de cadenas de suministro manufactureras complejas, gerentes, ingenieros y obreros chinos adquirieron décadas de conocimiento de proceso: saber práctico derivado de la experiencia. Este conocimiento permite la innovación iterativa, es decir, el ajuste continuo de los procesos para producir bienes de manera más eficiente, de mayor calidad y a menor costo. También permite la escalabilidad: las fábricas chinas pueden movilizar rápido una fuerza laboral amplia y experimentada para fabricar casi cualquier cosa nueva. Lo más importante: este conocimiento permite a China crear industrias completamente nuevas. Una obrera en Shenzhen puede ensamblar iPhones este año, teléfonos Huawei Mate el que viene y luego drones para DJI o baterías de autos eléctricos para CATL.

El conocimiento de proceso de la fuerza laboral china podría ser el mayor activo económico de Pekín, pero es difícil de cuantificar. Esta es una de las razones por las que el resto del mundo sigue subestimando las capacidades de China. Algunos analistas suponen que el país produce la mayoría de los celulares y dispositivos electrónicos del mundo solo porque su mano de obra es barata. Sin embargo, China mantiene su liderazgo porque su fuerza laboral demuestra su valor en términos de sofisticación, escala y velocidad.

Muchos pasan por alto el ardor emprendedor de los empresarios chinos. El país está lleno de personas lo suficientemente optimistas, audaces o incluso temerarias como para intentar transformar por completo sectores enteros. En 2021, Lei Jun, el legendario fundador de Xiaomi, anunció que invertiría 10.000 millones de dólares en vehículos eléctricos. Su compañía valía entonces 80.000 millones. Su apuesta triunfó en el circuito de carreras alemán. Se apoyó en el ecosistema electrónico, en socios del sector de baterías y en una fuerza laboral experimentada.

Comparemos esa experiencia con la de Apple. En 2014, la gigante estadounidense consideró ponerse a fabricar autos eléctricos. No era una idea loca: Apple tenía un valor de mercado de 600.000 millones de dólares y 40.000 millones en reservas de efectivo. Y en términos convencionales, estaba tecnológicamente más avanzada que Xiaomi. Pero Estados Unidos carece del sistema energético y la capacidad manufacturera de China, así que Apple no la tenía fácil en materia de infraestructura. En 2024 sus directivos pusieron fin a una década de esfuerzos en el desarrollo de autos eléctricos. Ese mismo año, Xiaomi amplió su capacidad productiva y elevó sus metas de entrega una y otra vez. Mientras tanto, Tesla, el gigante estadounidense de los vehículos eléctricos, enfrentó caídas en las ventas en todos los grandes mercados, incluida China.

CRECIMIENTO ENLENTECIDO

Subestimar a China es un error. Pero el país sí que enfrenta graves desafíos económicos y muchos de ellos derivan, al menos en parte, de las mismas políticas industriales que lo han hecho exitoso. Sus tecnócratas destinaron recursos a infraestructuras que favorecen una alta productividad, pero también a empresas estatales que aportan poco al ecosistema tecnológico del país, incurren en un endeudamiento masivo y reducen la eficiencia de la economía. El control político sobre algunos de los emprendedores más creativos del país, como Jack Ma, fundador de Alibaba, o Zhang Yiming, cofundador de ByteDance, mina la confianza del sector privado.

Mientras tanto, las subvenciones generalizadas provocaron una corrupción generalizada. El ejemplo más evidente está en la industria de los semiconductores, que desde 2014 recibió más de 100.000 millones de dólares en apoyo estatal directo. Algunos de los proyectos financiados resultaron ser un fraude; otros eran legítimos, pero empresarios y funcionarios los usaron para desviar fondos. Desde 2022, más de una docena de altos cargos del sector han sido encarcelados por corrupción. Dos ministros en funciones de Industria y Tecnología de la Información fueron destituidos.

Las subvenciones chinas pueden a veces sofocar la innovación. Aunque el gasto productivo generoso estimula el ecosistema tecnológico, también deja que empresas menos eficientes sobrevivan mucho más tiempo que en una economía de libre mercado. Eso obliga a las compañías a reducir constantemente sus precios para mantener su cuota de mercado, lo que erosiona los márgenes de ganancia. Eso hace que empresas eficientes dispongan de menos recursos para invertir en investigación y desarrollo, y se vean obligadas a actuar con cautela en la contratación de nuevo personal o en el aumento de salarios. Aunque los sectores tecnológicos chinos son casos de éxito global, sus empresas suelen estar exhaustas y obtener ganancias relativamente pequeñas.

China es muy generosa con las industrias tecnológicas y manufactureras, pero no tanto con los proveedores de servicios. Pekín hiperregula los sectores que considera que pueden incurrir en prácticas monopólicas o amenazar la estabilidad política o social. Controla con firmeza las finanzas, la salud y la educación. Así, el crecimiento del empleo en estos ámbitos es débil, lo que afecta la expansión del empleo en toda la economía. Aunque el país conserva una estructura industrial dominante, los servicios emplean al 60 por ciento de la fuerza laboral urbana y son responsables de todo el crecimiento neto del empleo en la última década. Dado que encontrar trabajo se hace más difícil, los salarios siguen estancados y los precios de la vivienda caen, los consumidores chinos se muestran reticentes a gastar. Las empresas privadas, que perciben una demanda débil, se muestran aún más reacias a contratar o aumentar salarios.

El modelo económico actual de China garantiza un crecimiento más lento. Gracias al círculo vicioso creado por Pekín, la economía tiene dificultades para lograr su meta anual del 5 por ciento de crecimiento y batalla contra la deflación. La débil demanda interna obliga a que una proporción creciente de la producción manufacturera se exporte, lo que genera superávits comerciales cada vez mayores. El superávit exterior de China ya se acerca al billón de dólares, más del doble que hace cinco años.

Los riesgos para Pekín son evidentes. Un crecimiento más lento puede erosionar el dinamismo económico y debilitar la motivación de las empresas tecnológicas para innovar. Los superávits comerciales crecientes podrían provocar un proteccionismo más severo y coordinado a nivel mundial: decenas de países podrían unirse a Estados Unidos e imponer aranceles a las importaciones chinas.

Pero es probable que Pekín logre sortear estos riesgos, como hizo con los múltiples desafíos del pasado. Las autoridades ya reconocen que las subvenciones son excesivas y las están retirando de a poco. Los actores pequeños y menos eficientes desaparecerán del mercado. Ya se observa una consolidación en el sector de vehículos eléctricos: desde 2022, el número de empresas se redujo de 57 a 49. En cuanto al proteccionismo, la mayoría de los países difícilmente encuentre alternativas competitivas a los productos chinos. Además, hay formas de eludir los aranceles: enviar los productos a través de terceros países o poner plantas de ensamblaje en el extranjero, como hizo BYD en Brasil y Hungría.

Para las autoridades chinas los costos asociados al bajo crecimiento, la deflación y las tensiones comerciales son un precio aceptable. «Debemos reconocer la importancia fundamental de la economía real… y nunca permitir la desindustrialización», dijo Xi Jinping en 2020, cuando en plena pandemia los productores chinos apostaban a aumentar la fabricación de equipos médicos y bienes de consumo. El mensaje fue claro: el objetivo principal de Pekín no es el crecimiento acelerado, sino la autosuficiencia y el progreso tecnológico.

Dan Wang es investigador de la Universidad de Stanford y autor de Breakneck: China’s Quest to Engineer the Future (2025). Arthur Kroeber es fundador del grupo de investigación de la economía china Dragonomics, con sede en Pekín, y autor de China’s Economy: What Everyone Needs to Know (2016). (Publicado originalmente en Foreign Affairs. Traducción de pasajes del texto original a cargo de Brecha.)

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