ancestría: Fulgor de los ancestros - Semanario Brecha
ancestría

Fulgor de los ancestros

ancestría. apostillas a la bicicleta etrusca, de Pablo Thiago Rocca y Domingo Ferreira. Ediciones de la Luna, 2023.

Este poema y todos, los seis que componen ancestría, empiezan con minúsculas, significativa discreción. También el título se imprime en minúsculas. Dice el poema «ancestría», el último del conjunto, lo arrojo sin más: «leo un libro de 1914/ y recuerdo al abuelo/ el pasado se me acerca entonces/ en vasos sanguíneos/ escancia/ la noche de los míos/ su fulgor distante/ y desolado/ pero hasta las perdidas mascotas/ beben/ de mi memoria/ yo no sé lo que soy sin ellos/ sin este relumbre opaco/ desquiciada flor/ de antaño/ corren guaraníes y etruscos/ por mis cabellos/ el ansia del bisabuelo/ con su pompa y en su talle/ estoy solo con mi gente/ una muchedumbre/ se agolpa en los ojos/ y veo en el futuro/ como a través/ de un vidrio/ niños extraños/ que ya me olvidaron».

Convendría dejar todo aquí, que el poema se instale y suceda en el lector sin la ansiedad que proviene de la línea que sigue, de esta misma. Pero hay tiempo, consecución y diacronía, la labor de contar que este poema –un poema en voz baja, sosegado como la margen de un río– pertenece a Pablo Thiago Rocca (Montevideo, 1965), poeta desde hace más de dos décadas, crítico de arte –de esta casa, entre otras–, investigador, curador, creador de Arte Otro en Uruguay, notable proyecto, y director del Museo Figari.

Y seguir, seguir diciendo, certificar que el otro cocreador –que no es mero ilustrador– de este ancestría es Domingo Ferreira (Tacuarembó, 1940): artista, ilustrador, diseñador gráfico, dibujante exquisito. Todo lo que atañe a la gráfica de esta plaquette o plegable –el gramaje y la textura del papel, la potencia de los dibujos, el diseño entero de la cosa– también pertenece a Mingo, que así se lo conoce en la aldea. Plaquette o plegable, la disquisición entre ambos términos es interesante pero soslayable, toda vez que el propio Ferreira quiso definirlo como un «artefacto gráfico», uno, además, que se despliega como un mapa.

Pablo Thiago subtitula el libro con un «apostillas a la bicicleta etrusca», y es que estos seis poemas provienen del mismo envión poético que resultó en La bicicleta etrusca (Pozo de Agua, 2014, premio Onetti de poesía), segundo libro de una trilogía que empezó con Nada (Estuario, 2009) y que tal vez concluya con el prometido Un millón de perros. Acaso una trilogía sobre el tiempo, sobre el tiempo pero toda vez que la naturaleza vaya de su mano.

«ancestría», el poema citado al comienzo, ilustra con exquisita afinación la estirpe, el cerno de los textos que componen el poemario: «corren guaraníes y etruscos/ por mis cabellos», confiesa el poeta, y «yo no sé lo que soy sin ellos». El propio título de este plegable confiesa, además, su búsqueda: pensar la ancestralidad es meditar, necesariamente, sobre el tiempo; sobre el tiempo y la naturaleza, y la consustanciación de ambos. Ancestría, preciosa palabra: la ciencia la estudia en unos términos y los poetas, este poeta al menos, en otros. El mapa abre con una cita de Lucas Prieto Floriani –hombre de la antropología biológica–, unas palabras que parecen atrapar con precisión el concepto de ancestría en la exégesis de la ciencia. Más abajo en el mapa, Pablo Thiago ofrenda su propia, breve y lírica versión. Es una suerte de introducción a los textos y dice que estos, como los ancestros, «son como la constatación de una catástrofe –el tiempo lo es– y de lo que se mantiene a flote después del gran derrumbe».

La poesía de este mapa intima, de forma exquisita, con la naturaleza: los días, los ciclos, las estaciones, la variabilidad o la perpetuidad de esa serpiente tozuda que siempre muerde su cola. Y es que sí, acá hiende su pico, tal vez subliminalmente, el viejo asunto del «eterno retorno». El poeta advierte reencarnaciones milagrosas, transmigraciones oportunas, pero calladas, serenas. Recuerdo ahora las clases de José Pedro Díaz y, de su mano, imagino a estos poemas al amparo del «Uno» y el «Todo» románticos, o de las baudelerianas correspondencias. Más acá en la tierra y la cordura, la poesía de Pablo Thiago ha sido emparentada –así lo entendió, entre otros, Gerardo Ciancio– con la del entrerriano Juan L. Ortiz, enorme poeta. Ambos discurren con una parecida disposición contemplativa y a los dos parece herirles una análoga belleza. Es el prodigio de la naturaleza, sí, pero en la recuperada inocencia de los ojos. También Mathías Iguiniz recoge el parentesco en una crítica de Brecha; descarta, sin embargo, todo signo criollista o nativista y arriesga que los poemas de Los cuadernos del Dios Verde (premio Onetti de poesía, 2019), otro poemario de Rocca, «no procuran expresar un carácter local, se trata de poetizar una naturaleza que, al no soportar los sentidos universales, se lanza al intento de descubrirse a sí misma, ensayando una multiplicidad de puntos de vista».

Pero volvamos a ancestría, llamemos a los ancestros. Mingo Ferreira expresa, a su forma, también cosas de ellos. Sus figuraciones son cargadas como racimos de uva en las parras de febrero. La tinta dibuja nubes negras, cargadas, inminentes. Y flores y bulbos de herbario antiguo, un caballero de sombrero (¿etrusco?) escapándole a la oscuridad de la tormenta y una suerte de cintita blanca –fina, larga– en ese cielo, que seguramente esconde la palabra que lo explicaría todo. Luego, dos peras suspendidas, barcas, damas inesperadas, árboles y pájaros y, faltaba más, su forma de concebir una «bicicleta etrusca». La cosmogonía de Mingo Ferreira es misteriosa, oscura y, al mismo tiempo, diáfana. Y en todos los casos, finísima. Los dibujos de Ferreira acercan otro vuelo, uno que es propio y a la vez próximo a los textos, lo que agrega otra singularidad al conjunto.

Un gigante etrusco se cuela en Salinas, Uruguay, siglo XXI, y hay «una larga túnica tejida con ramas de mimbre» en forma de epifanía o destello. O el poeta viaja en el tiempo y reencuentra a los suyos: él es aquí y allá, pero con el cuerpo en una misma «posición hitita». Asistimos un tráfico melancólico entre estirpes y civilizaciones. Tienen forma de relámpagos, de vislumbres. Los hombres y las cosas siempre han jugado, a su modo, con la luz y con el tiempo.

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