—¿Qué es el stack y en qué se diferencia de modelos políticos y geográficos convencionales como la cartografía? ¿Qué significa describir el mundo en términos de una topología de capas computacionales en lugar de fronteras?
—En The Stack sostengo que la infraestructura tecnológica a escala planetaria constituye el sustrato fundamental de la sociedad global, y que debemos definir la computación no solo en términos de algoritmos y dispositivos, sino como una artificialización de la ecología, la geología y la biología de la Tierra. Describo esto como el stack, una arquitectura de seis capas (tierra, nube, ciudad, dirección, interfaz y usuario) mediante las cuales la computación organiza hoy cómo vivimos, pensamos y gobernamos.
Estas capas conforman juntas un nuevo tipo de geografía política planetaria, una que supera el viejo orden westfaliano de los Estados nación. Las fronteras, los ciudadanos y los territorios están siendo redefinidos no por la ley o la guerra, sino por protocolos, plataformas y la propia computación planetaria. Mi tesis es que la computación se ha convertido en la arquitectura de la geopolítica, y que para confrontar o diseñar nuestro futuro colectivo debemos comprender y recomponer deliberadamente esta pila (stack) que ya habitamos.
—Afirmás que la soberanía se ejerce cada vez más a través de plataformas en vez de los Estados nación. En una era de crisis institucional, en la que la legitimidad democrática y la gobernanza están bajo tensión, ¿cuáles son las implicaciones políticas de este cambio?
—Esto ha sido cierto probablemente durante dos décadas. Está poniendo bajo presión a las instituciones democráticas del siglo XX (democracias parlamentarias, sindicatos, partidos políticos, medios tradicionales, etcétera), y esto puede tener implicaciones extremadamente negativas. Pero eso no equivale a decir que la democracia en sí esté bajo presión.
Podríamos definir la democracia como «un sistema político que construye inteligencia colectiva al indexar insumos provenientes del grafo social de la sociedad», en contraposición al gobierno de un solo hombre, un punto único de falla. Hoy existen múltiples maneras de construir sistemas democráticos, algunas de las cuales son la base del funcionamiento de las grandes plataformas. Y, si acaso, las patologías que observamos en ellas (populismo, captura regulatoria, demagogia, excesos simbólicos) son las mismas que han acompañado a las democracias desde su origen.
—Desde la publicación de The Stack hemos visto un creciente conflicto entre Estados y plataformas, como Estados Unidos versus TikTok o Brasil versus X. ¿Las plataformas podrían llegar a tener más poder que los Estados o estos van a encontrar formas de reafirmar su soberanía?
—Estamos viendo una transformación en las tecnologías que median la sociedad, y este cambio en la dinámica del poder resulta, sin duda, desconcertante para muchos.
En primer lugar, las plataformas ya han superado a los Estados en ciertos aspectos. Sus poblaciones de usuarios se cuentan por miles de millones, y las economías que median son mayores que el PBI de muchos países. Son, en gran medida, pacíficas: Google y Meta no irán a la guerra pronto.
Las plataformas globales, de WeChat a ChatGPT, influyen enormemente en la sociedad porque, en muchos sentidos, es allí donde la sociedad ocurre. Evidentemente, esto implica un cambio importante en quién detenta el poder, pero no se trata simplemente de que las corporaciones estén tomando el control de la esfera pública.
Sin embargo, según el lugar donde te encuentres, la realidad es muy distinta. En América Latina es diferente que en China o en India, donde vive la mayoría de los usuarios del stack. Allí el Estado está evolucionando hacia una plataforma en la medida de lo posible. La afirmación de la soberanía estatal no está en déficit en el país más poblado ni el modelo chino es una anomalía.
Otra forma en que las plataformas han superado a los Estados es que estos se están volviendo más parecidos a plataformas digitales que a burocracias del siglo XX. En este sentido, la coevolución no es de suma cero, sino simbiótica.

—Recientemente, la mayoría de las grandes plataformas estadounidenses se alinearon o acercaron a Donald Trump. ¿Puede esto interpretarse como una señal de soberanía estatal persistente o revela una creciente vulnerabilidad del Estado ante la influencia de las plataformas?
—Es más complejo que eso. La política de Silicon Valley no es monolítica. Hay verdaderos ideólogos y muchos más pragmáticos. En muchos aspectos, el voto pro-Trump fue más bien un voto antitecnología, es decir, un voto anti Kamala Harris, dado que ella había sido muy clara en su intención de regular federalmente la inteligencia artificial [IA]. Sus planes probablemente habrían sido contraproducentes.
El Partido Demócrata de Estados Unidos y la izquierda se han consolidado alrededor de una plataforma cultural muy antitecnológica. Esto podría cambiar pronto. Una izquierda pro-IA obtendría más votos en Silicon Valley que un Trump antinmigrante. Creo firmemente que poner la IA en manos de la gente lo más rápido posible es tanto la forma más democrática de alinearla con los múltiples intereses sociales como una manera de inmunizarla frente a su captura por una corporación o un interés estatal monopolístico.
—Has señalado que las capas superpuestas del stack desafían la jurisdicción tradicional del Estado nación. Sin embargo, las grandes plataformas siguen dependiendo de jurisdicciones locales, aunque operan globalmente y se ven envueltas en luchas geopolíticas entre Estados o bloques. ¿Cómo coexiste esta dependencia de marcos legales locales con tu visión de una soberanía poswestfaliana, según la cual todo Estado tiene soberanía sobre su territorio?
—En realidad, no he argumentado que estemos viendo el colapso de la soberanía westfaliana, sino su evolución y, en algunos casos, su sobrepaso por otros modos de geografía política. China es, probablemente, el Estado plataforma más exitoso, y no parece que vaya a colapsar pronto.
He sostenido que la geopolítica del presente y del futuro estará definida por los conflictos incongruentes, superpuestos e irresolubles entre múltiples reclamaciones de soberanía sobre datos, lugares, personas e interacciones.
Todos somos a la vez usuarios de plataformas y ciudadanos de países. Ninguna de las dos condiciones es definitiva.
—Has destacado la creciente relevancia de los agentes no humanos (IA, algoritmos, sensores, pero también animales o la propia Tierra) dentro de los sistemas planetarios. ¿Qué papel tienen en la configuración de la gobernanza? ¿Deberían recibir algún tipo de reconocimiento o agencia política?
—Ya tienen agencia. Tienen la capacidad de afectar el mundo; son causas tanto como efectos. En cuanto a su papel en la gobernanza, es importante recordar que gobernanza también tiene un significado en la cibernética: se refiere a cómo un sistema complejo percibe, modela y actúa recursivamente sobre sí mismo para recalibrarse. Un termostato es un simple gobernador de temperatura.
Todas las cosas que mencionás ya participan en redes de gobernanza en múltiples escalas, tanto espaciales como temporales. Dicho esto, no tengo prisa por otorgarles ciudadanía a mis sensores, eso me parecería un antropomorfismo poco imaginativo.
—Dados el carácter accidental y emergente del stack y la complejidad fractal de sus sistemas, ¿cómo podemos diseñarlo o gobernarlo de manera significativa? ¿Es siquiera posible la gobernanza en el sentido tradicional?
—¡No, espero que no! Muchos Estados son, en el mejor de los casos, andamios rotos de gobernanza, y poner la IA bajo su control sería un error criminal. La complejidad fractal requiere nuevas normas, procesos e instituciones que emerjan de manera más orgánica, y lo están haciendo si sabés dónde mirar. Si solo buscás lo que querés ver, como muchos hacen, te perdés lo que realmente está ahí.
—¿Podríamos conceptualizar versiones completamente distintas del stack, no solo como alternativas a la infraestructura existente, sino como nuevas arquitecturas basadas en principios culturales, ecológicos o políticos diferentes? ¿Qué significaría diseñar para futuros planetarios plurales en lugar de un único sistema global?
—No tenemos un único sistema global ahora. Fuera del hemisferio occidental es donde se está desarrollando buena parte de la verdadera historia. Sería un error conceder a Estados Unidos una posición monopólica que no tiene ni debería tener.
Invito a cualquiera a construir sobre principios alternativos, pero hacerlo requerirá un compromiso directo con la tecnología y aceptar que la ingeniería no es simplemente una expresión de valores, sino una negociación con la física. Las alternativas no se ensamblarán solo mediante la crítica, sino construyendo. Y, una vez que empieces, puede que descubras que los mayores obstáculos no son las plataformas mismas, sino muchas cosas que creías que eran tus aliadas.
—Sos muy crítico con las actuales políticas globales ambientales o de salud. ¿Qué papel puede desempeñar el stack frente a las crisis del Antropoceno?
—Es esencial recordar que la única razón por la que sabemos que el cambio climático está ocurriendo es gracias a la computación planetaria. La ciencia climática se basa en un enorme conjunto de sensores, estructuras de datos y, sobre todo, simulaciones supercomputacionales del clima pasado, presente y futuro. La computación planetaria nos dio la ciencia climática, y la ciencia climática hizo posible el concepto de Antropoceno.
Así que mi primera respuesta a la pregunta es que hizo posible la idea misma del Antropoceno.
—El crecimiento del stack implica un enorme consumo energético, extracción de recursos y desechos electrónicos, lo que acelera en lugar de mitigar la crisis ecológica. ¿Es posible imaginar (o diseñar) uno más verde que concilie la computación planetaria con los límites ecológicos?
—Esto debe preguntarse en comparación con qué. El problema de los límites planetarios no lo impulsa la computación en sí, sino las cosas más comunes que los humanos hacemos sin pensar.
La huella energética de un vuelo a Europa equivale al impacto energético marginal de 6 mil años de mis consultas en Gemini (unas 20 al día). Si incluís los costos de entrenamiento del modelo, construcción del centro de datos, etcétera, eso se reduce a solo 100 años de consultas.
En el estado estadounidense de Arizona hay mucha controversia porque los centros de datos de IA usan hasta 1.000 millones de galones de agua al año (unos 3.700 millones de litros). Suena enorme, pero los campos de golf en Arizona usan 45.000 millones.
Apreciarás mi molestia cuando me encuentro en un vuelo con un golfista que se preocupa por los costos ecológicos de la IA. Extiendo esta molestia a los activistas antitecnología que aprovechan las preocupaciones ecológicas para desinformar al público sobre los verdaderos intercambios involucrados, fusionando IA y cambio climático en una amenaza genérica de propósito general.

—La idea de una megaestructura singular podría sugerir un sistema orgánico y coherente, pero en realidad está llena de conflictos e incompatibilidades internas, tanto figuradas como literales. Las interfaces entre sistemas (protocolos, formatos, compatibilidades) a menudo fallan, y la creciente centralización de la computación planetaria en unas pocas plataformas vuelve todo más dependiente de su funcionamiento continuo. ¿No crea esto cuellos de botella que vuelven el stack cada vez más vulnerable a fallos sistémicos?
—Por supuesto. El stack trata precisamente de los conflictos y las extrañas costuras entre interfaces, que es donde ocurren las cosas interesantes. Pero reconozcamos que solo pueden ocurrir en las costuras porque existe un sistema stack que las provee en primer lugar.
Vivimos en un mundo de totalidades múltiples, superpuestas y entrelazadas. Esto no significa que debamos (o que efectivamente lo hagamos) vivir en un capullo computacional cristalino y sin fisuras. Me pregunto de dónde viene esa mala interpretación, porque es común. Temo que algunos lectores sientan cierta incomodidad con mi argumento, perciban que puede socavar sus posiciones filosóficas, y por ello presuman que sostengo lo contrario de lo que creen. La verdad es más enmarañada.
—¿Qué se necesitaría para que el Sur global recupere agencia infraestructural dentro del stack planetario?
—Hay otra forma de mirar el momento actual que recomiendo como mejor alternativa a esperar que el gobierno nacional nacionalice la IA, construya una alternativa y logre la autarquía tecnológica.
Probablemente el problema mayor sea la concentración de agencia en el Norte global. A menos que vivas en una de 15 ciudades y hayas estudiado en una de 30 universidades, es probable que estés excluido, por inteligente que seas.
Como escribí recientemente en un texto sobre las erradas políticas de IA en Europa: ¿y si te dijera que existe una máquina hipotética que integra la información profesional, los procesos y la agencia colectiva que han sido artificialmente concentrados –no solo en el Norte global, sino en una docena de ciudades y dos docenas de universidades– y que ahora ofrece acceso funcional, útil y simple a todo ello mediante interfaces intuitivas, en todos los idiomas a la vez, por un precio mensual similar al de Netflix o incluso gratis? Esta máquina no es solo un canal de acceso multipunto a la información, sino una plataforma generativa de agencia generativa, tan abierta como la inteligencia colectiva misma.
Los mayores beneficiarios potenciales de este recurso son aquellos cuya inteligencia y contribuciones se encuentran hoy suprimidas por la concentración artificial de agencia. Probablemente sean los mismos que habitan en ese Sur global que los guardianes del sistema invocan como escudo retórico para justificar su propio sistema de creencias de lujo, solo accesible para quienes siempre han tenido acceso. En todas partes, los mayores beneficios de una inteligencia general funcional disponible al instante pueden recaer en individuos que trabajan fuera de esas zonas de agencia artificialmente escasa. Las grandes corporaciones ya tienen acceso a una amplia gama de agentes expertos; ahora todos los demás también, en principio. Esto es una ganancia neta para quienes están fuera de la burbuja, pero una pérdida neta para la Ivy League.
—¿Ves alguna posibilidad (o ejemplos reales) de stacks alternativos o «subterráneos» (infraestructuras pirata, nubes DIY, resistencia por diseño) que apunten hacia formas más autónomas o plurales de computación planetaria?
—Adelante si creés que ahí vas a encontrar más agencia. Pero no lo creo.










