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Peripecias del vínculo entre Uruguay y Estados Unidos

La presión

En la última semana la embajada estadounidense en Montevideo ventiló un documento mediante el cual se busca presionar al gobierno uruguayo para que introduzca cambios en su relación con la misión de médicos cubanos que actúa en el país. No es el primer episodio de tensión que enfrenta la diplomacia uruguaya, cuyas respuestas no parecen del todo homogéneas frente a la –no menos– ininteligible política exterior de Estados Unidos.

Mauricio Zina.

El año arrancó intimidante para los habitantes del patio trasero de Estados Unidos y para los enemigos de sus amigos de Israel. Durante la madrugada del 3 de enero, una unidad de élite del Ejército estadounidense secuestró a Nicolás Maduro y a su esposa en una operación que duró 40 minutos; los venezolanos todavía están presos en Nueva York imputados por narcotráfico, lavado de dinero y corrupción.

Para entonces –el 16 de enero–, según las autoridades gazatíes, iban 450 muertos y 1.250 heridos a manos de las fuerzas israelíes desde el alto el fuego, decretado en octubre del año anterior. A la vez, el presidente estadounidense, Donald Trump, les prometía a los iraníes que protestaban contra el régimen que la ayuda iba en camino; sin embargo, los manifestantes seguían muriendo como moscas.

«La coalición de opinión del Sur global, que parecía estar surgiendo contra las políticas occidentales sobre Gaza y Rusia, no ha logrado defender a Cuba ni a Maduro, y permanece impasible mientras Trump y Netanyahu amenazan a Irán con la aniquilación militar», escribía Susan Watkins, editora de New Left Review.

En esos días, en Davos, el primer ministro canadiense, Mark Carney, había sonado rebelde y cosechado aplausos cuando alertó acerca del desmoronamiento del orden internacional, pero Watkins no lograba imaginar una tercera fuerza de canadienses y europeos que levantara el bloqueo a Cuba o impulsara una campaña contra los planes de Estados Unidos e Israel en Oriente Medio.

«Al igual que la UE [Unión Europea], lo más probable es que [Canadá] se convierta en el lastre de las fuerzas estadounidenses, en palabras de Régis Debray, ocupándose de primeros auxilios y banalidades», ironizaba.

Entretanto, el presidente uruguayo, Yamandú Orsi, preparaba su viaje a China, componiendo una nutridísima comitiva de jerarcas, funcionarios, empresarios y sindicalistas. El 29 de enero, Búsqueda informaba que un alto funcionario de la embajada estadounidense en Montevideo había dicho: «Seguimos de cerca el próximo viaje del gobierno de Uruguay a China».

Esa edición incluía una entrevista de Guillermo Draper e Ismael Grau al ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone. «Diría que, en las conversaciones que he tenido con autoridades del gobierno [estadounidense], claramente no somos un país de los malos; pero también claramente no estamos en el primer lugar en la lista de los buenos», afirmaba el jerarca.

Aunque así fuera, «volar bajo el radar, como en algún momento pensamos, ya es imposible. En el mundo ya no hay posibilidad de esconderse. Además, nosotros mismos tomamos decisiones que nos pusieron visibles, ¿por qué? Porque hubo eventos internacionales que hacían imposible mostrarnos indiferentes. ¿Cómo nos movemos en este mundo donde para la potencia hemisférica hegemónica hay una lista de buenos y malos, donde China avanza silenciosamente para poder establecer relaciones más estrechas con el mundo y donde Europa se encuentra buscando nuevas alianzas porque claramente la alianza atlántica está fragilizada?», se preguntaba.

Y su respuesta era sencilla: «Nuestra estrategia es […] hacer negocios con todos los países que nos quieran comprar, independientemente de cuáles sean sus regímenes de gobierno».

Pero en ese momento, mientras la comitiva presidencial volaba al encuentro con el Gran Timonel, el ministro de Economía no abandonó el edificio de Colonia y Paraguay. La nota de Búsqueda sobre la alarma de la embajada respecto del viaje se cerraba citando pasajes de la entrevista con Oddone, editados de tal modo que este parecía cuestionar la conveniencia de la visita.

Dos meses después, el mismo semanario puso en tapa que, durante una reunión con la Confederación de Cámaras Empresariales, se había producido un «intercambio acalorado» entre el ministro y empresarios del sector rural, en el curso del cual Oddone había dicho que Estados Unidos mantenía una presión insistente y enérgica para que Uruguay rompiese con China. El ministro, sin embargo, se había negado a confirmar la versión recibida por Búsqueda (26-III-26).

Por cierto que parece razonable la precaución de que el pequeño Uruguay no irrite inútilmente a Washington. Las relaciones económicas entre ambos países son bastante menos importantes que en otros tiempos, pero hace casi un lustro que se mantiene como cuarto destino de las exportaciones de bienes uruguayos, detrás de China, Brasil y la Unión Europea.

Además, Estados Unidos es por lejos el primer cliente en materia de servicios de tecnologías de la información y comunicaciones. El año pasado, representó el 78 por ciento de las colocaciones en ese rubro.
Y tanto en bienes como servicios su demanda viene creciendo.

Pero, salvo por la inviable pretensión de que Uruguay restrinja su vínculo con China, no está resultando sencillo descifrar bajo qué condiciones Washington se avendría a mantener una relación comercial normal. Según Watkins, ni los propios Estados Unidos podrían definirlas con claridad. De acuerdo a su visión, Trump ha desmontado la lógica centralizada que tenía el diseño de la política exterior de su país, suplantándola por un esquema formado por tres tendencias que compiten por imponer su punto de vista caso a caso.

La corriente del vicepresidente James D. Vance representaría el clásico aislacionismo de los conservadores yanquis; el secretario de Guerra, Pete Hegseth, en cambio, preferiría ocuparse exclusivamente de terminar con China; por otra parte, Marco Rubio –jefe del Departamento de Estado– sostendría que, para dirimir el contencioso con China, Estados Unidos debe mantenerse fuerte en todos los frentes y, especialmente, restituir a América Latina a la condición de patio trasero.

Y, según la editora de New Left Review, a tal triángulo habría que añadir a los «confidentes y compinches nocturnos» del presidente yanqui, entre los que figuran su yerno, Jared Kushner, entre otros ricachones.

El relato del New York Times sobre la forma en que el 26 de febrero se tomó la decisión sobre la propuesta israelí de invadir Irán parece confirmar la tesis de Watkins: Vance la rechazó, previendo un empantanamiento; Hegseth acordó, pero advirtiendo que sus subordinados planteaban los riesgos de cierre de Ormuz y la escasez de municiones; Rubio aprobó la operación si se restringía a debilitar a Irán en vez de embarcarse en un cambio de régimen.

POR CASA

Salvando las distancias, la política exterior uruguaya también tendría sus diferentes caras, aunque responderían más bien a una división del trabajo, de acuerdo a las versiones recogidas por Brecha.

El ministro de Economía no tiene ninguna aversión a los viajes. Solo este año, encabezó en febrero una delegación a Reino Unido, en abril una a Estados Unidos y en mayo otra a Brasil. Se ocupa junto con la subsecretaria de la cancillería, Valeria Csukasi, quien ingresó al servicio exterior hace 24 años y se ha especializado notoriamente en aspectos económicos y comerciales; por ejemplo, en la negociación del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea.

Otra dimensión de las relaciones exteriores es la llamada «diplomacia presidencial», a cargo del analista Álvaro Padrón, asesor presidencial en materia de integración regional. El viaje a China es un ejemplo de esa línea de trabajo, cuya fecundidad ha sido cuestionada desde el primer momento.

«Yo tengo bastante recelo frente a la idea misma de la diplomacia presidencial», observó el historiador y politólogo Gerardo Caetano cuando se anunció que se apostaría a ese recurso. «Creo que los presidentes, por lo general, no son buenos negociadores en el plano internacional […], creo mucho más en la diplomacia profesional […], [el expresidente Luis] Lacalle Pou quiso hacer diplomacia presidencial con resultados a la vista. Y este acuerdo Unión Europea-Mercosur no se lo puede atribuir ningún gobierno, porque es una política que Uruguay viene acumulando», explicó en una entrevista con La Diaria (7-XII-24).

Y, finalmente, estarían las dimensiones estrictamente atendidas por el canciller Mario Lubetkin, quien al cabo de una prolongada carrera periodística que lo mantuvo alejado del país desde 2002, comenzó a trabajar, en 2014, en la comunicación institucional de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación
y la Agricultura. En adelante, asumiría diversas responsabilidades en la organización. Era su representante para América Latina y el Caribe cuando el presidente le ofreció la cancillería.

«Siempre es imprescindible un horizonte estratégico claro y un liderazgo. Y se siente más su falta cuando tenés una división de tareas de este tipo. Sobre todo cuando del otro lado tenés a Estados Unidos con su propia “cacofonía estratégica”, de la que habla Watkins», dijo a Brecha un diplomático que también lee la New Left Review.

En estos meses se acumularon perplejidades relativas a las relaciones con ese país. El 2 de mayo, un tuit de la embajada estadounidense mostró al presidente de visita en el portaaviones USS Nimitz, sorprendiendo a propios y ajenos. Caetano le dijo al semanario Brecha que aquello le parecía «en más de un sentido ininteligible» (véase «Visita imperial», Brecha, 8-V-26).

El 16 de julio, la noticia sería la participación del embajador uruguayo en Estados Unidos, Daniel Castillos, en un evento organizado por Marco Rubio acerca de un presunto resurgimiento del «terrorismo político de extrema izquierda». El canciller intentó negar que hubiese ido el embajador, pero sin suerte. También quiso negar que había existido una propuesta concreta de Estados Unidos para que Uruguay recibiera deportados de ese país, hasta que el 6 de agosto Búsqueda citó fragmentos del documento sobre «cooperación migratoria».

La tragicomedia no impidió que el 24 de julio Uruguay fuese incluido en una lista de 60 países a los que Washington impuso nuevos aranceles. A partir de entonces, el 22,5 por ciento de las exportaciones uruguayas pasaron de pagar un 10 a pagar el 12,5. La pena era aplicada porque –según Washington– el Estado no imponía ni aplicaba de manera eficaz «la prohibición de importar bienes producidos con trabajo forzoso».

Algo pareció moverse un poco desde entonces. El 19 de agosto el gobierno rechazó participar de los ejercicios militares Panamax –organizados por el Comando Sur– por razones de «valoración política» vinculadas con el «contexto hemisférico actual», lo que alteró el hábito de participar que hubo en la administración pasada. Sí fue aceptada la invitación a concurrir a la decimoctava cumbre de los Brics en Nueva Delhi, lo que evidentemente no busca agradar al señor Rubio.

Ayer Búsqueda confirmó que las autoridades sabían desde el 4 de setiembre que el «trabajo forzoso» que molestaba en particular era el que –de acuerdo con el Departamento de Estado– cumplen los médicos cubanos que forman parte de la Operación Milagro y que el gobierno uruguayo trabaja en modificar la forma de pago por la que la oficina de Rubio establece la imputación. Por esos días se oyó hablar bastante mal del secretario del Departamento de Estado en Colonia y Paraguay.

El canciller uruguayo, que otra vez había querido minimizar las cosas, fue preguntado en la cumbre de Nueva Delhi por un medio local acerca de la presión estadounidense en la región; afirmó que existe y que es «básicamente de carácter económico». «No hay cuestiones relacionadas con la democracia», afirmó primero, pero después matizó y expresó que Estados Unidos «desempeña un papel muy importante en algunas elecciones», pero, aun así, «lo que no está en riesgo son las democracias» (13-IX-26).

Por su parte, entrevistado por Informativo Carve (16-IX-26), el encargado de negocios de la embajada gringa, Chris Andino, había dicho que su gobierno está dispuesto a negociar un régimen arancelario similar al establecido con Argentina (admitiendo cuotas extraordinarias de carne sin gravámenes, por ejemplo) si Uruguay pasa a remunerar directamente a los médicos cubanos, en vez de depositar su salario en la cuenta del Estado cubano.

Entre tanto, el panorama global no ha hecho más que seguir sacudiéndose. Quizá lo más o menos seguro es que se están confirmando los temores de Vance y Hegseth sobre el agotamiento de Estados Unidos. Quizá no sea necesaria la tercera fuerza que deseaba Watkins para que cambie bastante el escenario en el que discurrieron estos meses de relaciones tropezadas con la administración Trump.

Pero aun en las mejores hipótesis, aunque en las próximas elecciones brasileñas y estadounidenses ocurra lo mejor, América del Sur ha cambiado bastante desde el 3 de enero. A una Venezuela tutelada se añadieron una Colombia y un Ecuador donde los marines tienen licencia para actuar, y los Andes eslabonan una Sudamérica dispuesta a llegar muy lejos por la amistad de Estados Unidos. Probablemente, el liderazgo y el horizonte estratégico reclamados se vuelvan inexorables.

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