Lucía Garibaldi es una de las voces más singulares del cine uruguayo actual. Su ópera prima, Los tiburones, obtuvo importantes reconocimientos internacionales –incluido el premio a mejor dirección en el Festival de Cine de Sundance–, algo que la posicionó como una cineasta de mirada precisa, atenta a los cuerpos, a las sensaciones y a los pasajes vitales. Su trabajo se inscribe en un registro poco habitual dentro del panorama nacional: un cine directo que apuesta por las atmósferas, de gran economía expresiva y dotado de una impronta autoral clara y en expansión.
Con Un futuro brillante, su segundo largometraje, Garibaldi se llevó premios en los festivales de Tribeca y Huelva. Es una historia que se vale de la ciencia ficción para construir un mundo apenas desplazado del nuestro: en un país del Sur global, donde ya no quedan jóvenes, una de las últimas mujeres en edad de fertilidad –la notable actriz debutante Martina Passeggi– es seleccionada para emigrar a un Norte idealizado. Entre presiones familiares, expectativas sociales y una promesa de progreso que lo ordena todo, la protagonista, de treinta y pocos años, deberá decidir si acepta o resiste ese destino.
—¿Cuáles fueron tus primeros contactos con el cine?
—De niña, mis primeros acercamientos fueron películas como Mi primer beso, que me hizo sentir muchas cosas y me disparó preguntas sobre el amor, la muerte, lo efímero. También me encantaba El jardín secreto. Fue una época de mucho videoclub: íbamos al del Parque Posadas o al de Willie, en Suárez y Lucas Obes. Tengo dos hermanos varones, pero no compartía gustos con ellos; cada cual se alquilaba sus películas. Alquilé La bella durmiente como 50 veces. Daniel el travieso me gustaba mucho; hoy mismo la veo con mi hija y me encanta. Mi pobre angelito tiene algunas flaquezas en el guion [se ríe], pero la miraba… Después empecé a sacar mucho cine de terror. Belleza americana me marcó la vida; me acuerdo de las múltiples sensaciones que me generó en su momento. Y con I.Sat empecé a entender lo que era el cine de autor. Pero lo más importante fue Cinemateca. Estaba en el liceo, iba al Bauzá; tendría 15, 16 años. Me tomaba el bondi desde el Prado al Centro y me veía dos películas juntas. En esa época es que empiezo a encontrar un cine verdaderamente rico y diverso.
—¿Y cuándo decidiste hacer cine?
—Después del liceo entré en la Escuela Universitaria de Música y en Bellas Artes. Hice el primer año de ambas carreras, al mismo tiempo. Mi madre se empezó a preocupar porque yo vacilaba mucho: un día quería ser ceramista y otro día dibujar. No era buena en ninguna de estas cosas, pero tenía mucho entusiasmo. Ella me comentó algo así como que el audiovisual era algo que se venía y me sugirió estudiar. La ECU [Escuela de Cine del Uruguay] quedaba en la calle Chucarro, muy cerca de Bellas Artes. En la vereda, veía a sus estudiantes, todos vestidos de negro, como personajes de The Matrix, y me empezó a interesar. Decidí meterme yo también.
—¿Y hoy mantenés los mismos grados de cinefilia?
—Hoy, la maternidad no me permite seguir con esos ritmos, pero tengo mis momentos.
—La adolescencia es un tema crucial en tus películas.
—Hasta ahora he querido plasmar cosas de las que supiera, que hubiera vivido. Me interesaba transmitir las sensaciones de los personajes, y se me dio por crear a esas protagonistas, con edades y vivencias que yo ya había transitado. Ahora, en cambio, estoy tratando de escribir más sobre cosas de las que quiero saber.
—¿Podemos decir que el tuyo es un cine de sensaciones?
—En parte. Creo que Los tiburones era más bien mínima, experimental. Tiene un tiempo particular, pone la lupa en sensaciones del cuerpo, de la piel, como, por ejemplo, el detalle de la protagonista depilándose. Tenía ganas de contar la adolescencia desde los sentidos. En cambio, Un futuro brillante tiene un corte más clásico en su narrativa.
—Pero el cuerpo sigue estando muy presente. Todo lo relativo a la transformación, a los olores, a la mirada de los demás.
—Sí, puede ser. Pero es algo que se desprende de la lógica del mundo en el que vive la protagonista, consecuencia de ser la última persona joven en el mundo.
—Además, la película explora varios asuntos cruciales de nuestro tiempo: la fuga de cerebros, la hegemonía y el dominio del Norte global, y la obsecuencia del Sur, la forma en que desde ese Sur se rinde culto a una cierta idea de progreso, a toda esa mitología del self-made man. ¿Son inquietudes que has vivido en carne propia?
—Puede ser. Siempre viví la disyuntiva de si irme al norte (siempre que nos vamos, nos vamos al norte) o si quedarme. También hay un tema de fetichismo con el extranjero en la juventud, pero uno empieza a crecer y empieza a ver todo de otra manera. El tema de la autoexplotación, esto de ser superproductivos, de no poder frenar ni disfrutar del aquí y el ahora casi nunca, no poder dormirse una siesta, por ejemplo, no conseguir disfrutar de la existencia. Y todo eso sí viene de una preocupación personal. Pero la inquietud de escribir sobre estas cosas no parte de un lugar consciente, no fue: «Bueno, estoy pasando esto y quiero escribir de este tema». La idea, junto con mi coguionista, Federico Alvarado, era hacer una película sobre la última mujer joven. Para crear ese mundo, para justificar esta fuga de la población joven, teníamos que inventar algo, una catástrofe. Y para generar estas posibles variaciones empezamos a volcar ideas de una forma más bien inconsciente.
—Es interesante esta clase de ciencia ficción, una de variaciones y cambios muy sutiles respecto del presente, del mundo conocido.
—Sí, me gusta mucho. En este sentido, fueron muy inspiradoras Coherence, Another Earth y toda una serie de películas que, con muy pocos recursos, proponen ideas buenísimas: Alphaville, de Jean-Luc Godard, Hombre mirando al sudeste, Brazil, Blade Runner (esto más bien por los lentes que usamos) o Wall-E (me gustó esta idea del robot solo, en un mundo ruinoso, hecho de restos).
—Es realmente triste la idea de un mundo sin mascotas…
—Sí, de hecho, fue precisamente eso lo que nos dijimos: vamos a inventar lo más triste que pueda concebirse, cómo hacer que ese mundo en el que ella vive sea realmente desolador, y ahí surgió la idea de eliminar a las mascotas (y que en el Norte, en la película, sí continuaran existiendo). También creo que es interesante que ella le diga que no a ese «paraíso». Una discusión que teníamos al escribir el guion es que parecía no haber, en apariencia, ninguna falla en ese Norte, por lo que no parecía estar demasiado justificada la decisión de la protagonista de no quererse ir. Pero, justamente, ella no quiere ir precisamente porque es un paraíso, y esto hace mucho más valiosa su decisión, su rebelión.
JUVENTUD, DIVINO TESORO
—¿Se puede afirmar que tus películas se inscriben en el coming of age? Son historias de momentos visagra, de aprendizaje, de pasaje a la adultez. ¿Te gusta el género?
—Me encantan esa clase de películas, siempre me gustaron. Además de las que ya nombré, también están Fish Tank, Blue. Encuentro algo muy atractivo en estos personajes que son bastante soñadores y que de golpe se dan de lleno contra la realidad. Verlos chocar es interesante porque ves también hasta dónde pueden llegar. ¿Qué acepta esta persona del mundo real y qué le quiere cambiar?, ¿lo puede cambiar? La adolescencia es un momento de una energía vital enorme, capaz de muchas cosas.
—Es curiosa la mirada social de hoy sobre lo joven: por un lado, el culto a la juventud es total, pero –y en particular en nuestro país– el mundo es realmente complicado para la gente joven: las dificultades para poder trabajar, para ganarse la vida, para alquilar… A un joven le cuesta mucho abrirse paso en un mundo de gente grande. Hay un culto a los cuerpos jóvenes, pero, a la vez, un botijeo hacia las personas jóvenes.
—Ella sufre una presión enorme de todos, de la familia, del barrio. Ella y su hermana se formaron para este momento y entonces tienen que estar agradecidas a los suyos, y se los hacen saber. Pero lo lindo es que la protagonista está dispuesta a decepcionar a todos. Tiene algo de esa adolescente que se ganó una beca en Harvard y decidió no ir. Pero sí, entiende, además, que el ser joven cotiza bien, entiende ese valor y lo usa. Ve que puede hacer su propio camino sacándole provecho a su cuerpo y a su juventud.
—Hay algo de incómodo en ese sacar provecho del cuerpo que lleva adelante la protagonista. Supongo que algunos espectadores te habrán expresado alguna inquietud moral.
—Sí, está bueno. Hay gente a la que no le gusta. Pero no es una prostitución propiamente dicha: es como un dejarse oler a cambio de dinero… Es interesante la discusión sobre ese límite, y ahí cada cual se hace su película.
UNA PELÍCULA DE DISNEY DIRIGIDA POR LYNCH
—¿Hay algo en tu forma de filmar que heredaste o que adaptaste de otros cineastas?
—Sí, creo mucho en la referencia, soy un collage de referencias. Jim Jarmusch decía: «Roben de donde sea. La originalidad es inexistente, la autenticidad es invaluable». Y Godard: «No importa de dónde tomes las cosas, sino adónde las lleves». Me interesa mucho el cine de Miranda July, por ejemplo, me encanta. Hay algo en su humor, en ese tono extraño y corrido que ella maneja –y que es, al mismo tiempo, tierno, absurdo e incómodo– que me seduce mucho. Tú, yo y todos los demás y Kajillionaire tienen bastante de eso. Luego, crecí viendo las películas de David Lynch, así que supongo que está presente en mi cine –en el sonido, sobre todo, intuyo–, pero se trata de herencias inconscientes. Hay planos en mis películas que recuerdan a [Alfred] Hitchcock, y [Pedro] Almodóvar también está presente (en los peinados, por ejemplo, en cómo se concibe su encuadre). También hay algo de Disney en mi cine, algo como de fábula. Un futuro brillante podría ser una película de Disney dirigida por David Lynch [se ríe].
Últimamente vi mucho de Robert Altman. Me impresionó mucho su trabajo en Popeye, con Robin Williams, lo que este hace con su cuerpo. Me encanta cuando el cine se sirve del lenguaje expresivo de los cuerpos y piensa las escenas como coreografías. Entiendo que el cine es un gran diálogo entre la cámara, el actor, la luz. Todo es como una gran partitura. Un atributo notable de Martina Passeggi es que es bailarina, y entonces entiende todo en términos de ritmos, de tiempos. Raúl Perrone una vez me dijo: «Siempre que puedas trabajá con músicos». Y yo agregué después: y mejor aún si se trata de bailarines, porque tienden a hacer todas las tomas iguales y en el tiempo en el que necesitás. Esto te sirve, te ayuda a mecanizar. El director de fotografía, Arauco Hernández, hace aikido, por lo que también maneja ciertas nociones sobre el movimiento del cuerpo y de sus tiempos. Me encanta pensar en las escenas como grandes coreografías.
—Martina tiene rosácea en el rostro, algo bastante insólito de ver en una actriz protagonista. ¿Te gustaba esta característica?
—Su cara me resulta magnética, sobre todo por la rosácea. Recuerdo que el productor, Pancho Magnou, me dijo que era igual a los cuadros de niñas de [Pierre-Auguste] Renoir. Y sí, es muy pictórico su rostro, difícil de olvidar. Me parece importante que una protagonista tenga un rostro que nunca te canses de ver. Claro que tuve algunas dudas. Mi gran inquietud con Martina, al principio, tenía que ver con la continuidad de la película: es que la rosácea se mueve, cambia. Si ella entra en calor o si grita, las manchas tienden a agrandarse, se estiran hasta las orejas. Pero lo hablamos con la maquilladora, Sofía Sellanes, y me dijo que no habría problema. Hasta pudimos replicar esa misma piel en el personaje de su madre, lo cual creó un parecido muy importante entre madre e hija.
LA COPIA DEL ORIGINAL (Y NO LA COPIA DE LA COPIA)
—Debe ser difícil concebir una película de ciencia ficción con los presupuestos que se manejan acá. ¿Cómo pensar el género desde una perspectiva tercermundista?
—Bueno, la referencia a Alphaville, de Godard, que hice antes, se debe a que esa película fue hecha con dos mangos. Estaba bueno irse a referencias viejas, porque esa clase de cine se acerca mucho más a lo que puedo hacer; al nuevo, nunca podría pagarlo. Pero, además, prefiero recurrir a la copia del original que a la copia de la copia de la copia. Prefiero ir a Cuando Harry conoció a Sally que a Antes del amanecer o a todas las que después se copiaron de ella.
—Es que en los últimos años la ciencia ficción, en el cine, se apoyó mucho en la espectacularidad. Creo que ahora se ha vuelto bastante a las bases.
—Sí, Coherence es también eso: construir un mundo con ideas, no con efectos especiales y miles de extras.
—Me gusta la ciencia ficción que plantea una realidad muy parecida a la nuestra, pero apenas un poco corrida, con algún detalle que exacerba y altera ciertos aspectos sociales. Un referente, en este sentido, sería Black Mirror. ¿Te gusta la serie?
—Sí, me gusta, pero el Black Mirror que más me gusta no es aquel de los personajes pedaleando en una cinta generando energía, sino el del marido que es un muñeco, en realidad, o el del tipo que con un dispositivo implantado en el ojo filma todos los instantes de su vida. También en la literatura de ciencia ficción me gusta cuando la historia es más cercana a nuestro tiempo; asusta más.
—Supongo que en el proceso de crear es muy importante el conseguir aterrizar las ideas a los presupuestos que se pueden manejar y a las posibilidades prácticas. ¿Fue muy difícil en esta película?
—Pensamos en filmar más en exteriores, y fue imposible. Queríamos calles vacías con barricadas. El plano secuencia inicial en el que ella anda en moto sola por la carretera fue dificilísimo, porque tiramos como 20 tomas y siempre se aparecía algún auto y nos arruinaba la escena. Otro desafío era lograr un mundo sin mascotas. En Montevideo siempre se escucha algún perro ladrando, algún pajarito de fondo.
—¿Cómo influyó la pandemia en la historia?
—Creo que a partir de la pandemia nos dimos cuenta de que lo que más queríamos en el mundo era estar en una esquina, conversando con amigos y tomando cerveza. En un momento te decías: «No me importa mi carrera. ¿Qué es, además, la carrera?». Me encantó un comentario que leí en Letterboxd sobre Un futuro brillante. En un momento dice: «Qué ganas de mandar todo a la mierda y ser feliz».










