A sus 73 años, Jim Jarmusch ya forma parte del podio de las leyendas vivas. A lo largo de 46 años de actividad cinematográfica, el director ha sido consistente en la construcción de películas personales, independientes y, en la mayoría de los casos, sobresalientes. Dentro de ese recorrido, el cine episódico siempre le resultó especialmente afín: basta pensar en Mystery Train, Una noche en la tierra o Coffee and Cigarettes.
Father Mother Sister Brother,1 León de Oro en el Festival de Venecia 2025, entre varios otros premios, retoma y depura esa estructura episódica. Tres mediometrajes de alrededor de 40 minutos componen un fresco sobre las relaciones familiares contemporáneas. Las dos primeras historias se inclinan hacia una comedia seca, de incomodidades y desajustes, mientras que la tercera deriva hacia un registro abiertamente dramático. Los relatos dialogan entre sí mediante rimas internas –objetos, frases, situaciones que se repiten–, aunque cada segmento despliegue un tono propio. El planteo no podría ser más actual: lejos de cualquier ideal de unidad armónica, las familias que retrata Jarmusch aparecen fragmentadas, son vínculos distantes, ocasionales y, en su mayoría, forzados. No hay cohesión, sino restos de una cercanía que, tal vez, alguna vez existió.
Se trata, una vez más, de un cine de comportamientos, de ambigüedades y de dramas íntimos. En las primeras dos historias, las situaciones están atravesadas por silencios, malentendidos o conversaciones truncas; en estos vacíos puede leerse algo profundamente doloroso: la imposibilidad de expresar afecto. En todo momento resuena una idea que el propio Jarmusch ha sostenido: «El aburrimiento de un personaje me parece más atractivo que un ataque de furia. Me gusta que el espectador sienta el paso del tiempo, por lo que uso un estilo mínimo, austero». Esa ética se traduce aquí en una puesta en escena despojada, donde cada gesto –o su ausencia– adquiere un peso específico. El tercer relato ofrece un contraste profundamente emotivo: hay en la comunicación auténtica, fluida y sentida de dos hermanos mellizos un destello de esperanza; un fragmento que redondea y resignifica los episodios previos y supone un cierre colmado de calidez, en el que Jarmusch logra uno de los mejores momentos de su carrera.
Hay, en los tres relatos, una extraña cadencia, un estado de incomodidad y suspensión, acompañada por una música mínima y dosificada, de tonos melancólicos y leves derivas atmosféricas. Se impone una reflexión sobre el paso del tiempo y su peso atroz, sobre vidas que mucho han cambiado con los años y se preparan a cambiar mucho más. Jarmusch se detiene en la erosión de los vínculos: lo que fue cercanía deviene recuerdo y lo que persiste lo hace bajo la forma de una melancolía sorda. El director logra así un sentido pathos, un existencialismo nostálgico por todo aquello que fue y ya no está, que lo impregna todo sin subrayados.
Los escenarios funcionan como extensiones del estado anímico. Hay, por un lado, lugares de tránsito: viajes en auto, encuentros fugaces, superficies donde los personajes parecen apenas apoyarse. Pero luego están las casas visitadas, microuniversos rebosantes de significación. La estética es depurada, de una precisión casi pictórica: encuadres frontales o levemente desplazados, una imagen limpia pero nunca ostentosa. Algunos objetos –o su ausencia (el sofá en la primera historia, las habitaciones desnudas en la última)– adquieren una potencia expresiva descomunal. También el elenco es formidable (Tom Waits, Adam Driver, Charlotte Rampling, Cate Blanchett o Vicky Krieps, para solo nombrar a los de mayor fama).
La radicalidad de Father Mother Sister Brother pasa por su madurez y su depuración. No hay aquí grandes gestos ni revelaciones estridentes, sino una paciente observación. Y en ese discurrir, ese desgaste y esa imposibilidad de decir y de recuperar, el filme encuentra una forma honesta –y conmovedora– de belleza.
- Estados Unidos, 2025. ↩︎








