Melania y el fascismo «con estilo» - Semanario Brecha
Universo Trump

Melania y el fascismo «con estilo»

Estimulado por el relativamente exitoso lanzamiento del libro autobiográfico del mismo título, el documental Melania debutó en las pantallas a fines de enero y luego en streaming. La película, que muestra los valores del universo Trump, es, además, dirigida por un acosador sexual serial «refugiado» en Israel.

Publicidad del documental Melania sobre la primera dama estadounidense MelaniaTrump en una avenida de Madrid. AFP, Thomas Cox.

Luego de una proyección privada en la Casa Blanca, Melania tuvo su estreno oficial en el Kennedy Center, rebautizado como Trump Kennedy Center for Performing Arts, algo que ni a un dirigente norcoreano se le ha ocurrido hacer con un teatro de Piongyang.

La primera secuencia muestra, a vuelo de dron sobre las palmeras, el campo del Trump International Golf Club. Se ve a los jugadores vestidos de blanco que se mueven como hormigas sobre el césped, hasta llegar a la mansión –un castillo más bien– de Mar-a-Lago, el club y hotel en el cual, en un área separada, se ubica la residencia familiar de los Trump. Desde el aire se ve cómo Melania aborda una de las enormes camionetas negras del Servicio Secreto, que es seguida a través de la vegetación tropical mientras se mueve como una caravana siniestra.

El sentido común político tradicional vuela en pedazos desde el primer momento. El desparpajo con el cual el documental deja claro que su principal objetivo es mostrar opulencia y poder sin pudor alguno dejaría a cualquier espectador con la boca abierta durante al menos el primer minuto. La palabra que viene a la mente es obscenidad.

De Mar-a-Lago en Florida vuela en el avión privado de Trump –que deja pequeño a los humildes jets en los que se mueven los millonarios del montón– al apartamento en la Trump Tower en Nueva York, de una decoración donde el color dorado satura la vista, con puertas y salones que parecieran copias de algún palacio imperial ruso.

Kitsch es la segunda palabra que viene a la mente. Un término adoptado por los teóricos del arte del siglo XIX para definir un estilo de belleza ostentosa que copia estilos considerados «cultos» con la pretensión social de parecer sofisticado, pero que termina siendo lo contrario.

La protagonista se mueve entre su oficina y una sala en la que tiene encuentros sucesivos con sus diseñadores para probarse varios vestidos, lo que resulta todo un reto para la paciencia del espectador. Los planos sobre los rostros remarcan la composición étnica del equipo: los modistos son franceses y los costureros, chinos. Una distribución jerárquica del trabajo que la cámara –nada inocente– trata de remarcar.

Si se logra pasar los largos minutos dedicados a ese momento, el metraje ofrece varios momentos tan perturbadores como significativos. Tras una secuencia del traslado a través de la ciudad, con la protagonista custodiada por los agentes del Servicio Secreto, que da una imagen de mujer rodeada de masculinidad, se pasa a una escena en la que, sentada frente al televisor, se pretende presentar al personaje como expuesto, enfrentado y sensible ante los horrores del mundo. Su voz en off hace una reflexión sobre «catástrofes», «niños que sufren», «hogares destruidos» y «familias que lo han perdido todo», mientras en la pantalla pasa un reportaje… sobre los incendios en Pacific Palisades, un barrio de clase alta en Los Ángeles.

Según la web estadística Places, enfocada en economía y población, el valor promedio de las casas de esa localidad es de 2 millones de dólares, un 89 por ciento más que el nacional de Estados Unidos; el ingreso promedio por hogar ronda los 200 mil dólares anuales, 67 por ciento más que el resto de las familias estadounidenses; el 93 por ciento de los habitantes son blancos –aunque irónicamente el 71 se declara demócrata–, y es uno de los tres residenciales más exclusivos de Los Ángeles, junto con Bel Air y Beverly Hills. En conclusión, la protagonista presenta como referente mundial de «devastación inimaginable» una tragedia que afecta no solo a una localidad de su país, sino a su propia clase social. Para el momento en que se grabó la escena, en 2025, decenas de miles de personas habían muerto en los bombardeos israelíes sobre Gaza y más de un millón estaba en peligro de inanición, luego de que todos los edificios de la Franja fueran reducidos a escombros.

Precisamente, el documental usa el momento para pasar a un encuentro con una ciudadana israelí que había sido liberada, pero cuyo esposo aún permanecía como rehén. Lo chocante de la escena, que abre con un plano –innecesario de mostrar– en el que la mujer es sometida previamente al pase de un detector de armas por su cuerpo, es la distancia con que dialoga con ella, no solo física, sino humana; incluso el abrazo que llega a darle se siente instrumental, para luego retirarse, al estilo de una tarea cumplida, y refugiarse entre su staff en el fondo del ascensor, como quien se aparta tras una cortina de algo que le incomoda. La secuencia, lejos de lograr el objetivo de resaltar el pretendido compromiso de la protagonista, más bien hace sentir compasión por la exrehén y esposa, que queda reducida a un instrumento, una representación de la utilización política de la que fueron objeto los rehenes israelíes y sus familias para justificar los bombardeos y el genocidio contra la población palestina, y para dar lugar a un megaproyecto inmobiliario en Gaza dirigido por Jared Kushner, yerno de Trump.

PRINCESAS DISNEY

El contraste es brutal cuando llega la escena con una mujer que considera su igual, la reina Rania de Jordania, a la que recibe con besos en su palacio de Mar-a-Lago –parece un encuentro de princesas Disney– para una conversación cercana e íntima sobre cómo ser «una fuerza inspiradora para el mundo» organizando becas y fundaciones para huérfanos.

El estimado de la fortuna de la familia real jordana, aunque no llega a ser tan grande como la de la monarquía saudí y la de los Emiratos Árabes, ronda los 800 millones de dólares. Suficiente para ser recibida en Mar-a-Lago.

La edición pretende enfatizar que se trata de dos mujeres similares al mostrar los pies de ambas caminando con idénticos zapatos de tacón de aguja mientras hacen un preámbulo y se ponen al día sobre sus hijos. Rania pronuncia mucho mejor el inglés que su anfitriona, cuyo fuerte acento del este europeo hace las delicias de los humoristas en los late shows estadounidenses.

Pero, una vez sentadas, la conversación posterior muestra una diferencia de desenvolvimiento que es inevitable notar: mientras que Melania abandonó los estudios a solo meses de iniciar el primer año en la Universidad de Liubliana para convertirse en modelo, Rania se graduó en la American University de El Cairo y trabajó para Citibank y Apple antes de conocer al monarca Abdalá II. Ya casada, comenzó a manejar responsabilidades institucionales en su país para temas de infancia y educación, además de ser embajadora de Unicef, oradora frecuente en eventos globales y entrevistada mordaz en cadenas televisivas.

Aun así, parece una buena scene partner para Melania. No solo por tener exactamente la misma edad, 55 años –y una amplia experiencia corporal en cirugías estéticas–, sino por ser la reina una figura habitual en las páginas de revistas de moda y referente para casas de alta costura. Quizás estos criterios primaron para incluirla en el filme en un rol de asesoría, y de paso intentar un balance diplomático de proyección internacional, junto con una videollamada con Brigitte Macron, esposa del presidente francés, para hablar de posibles acciones a favor de la infancia, quizás pensada para limar las burlas de Trump sobre el mandatario galo. Pero otros consideran a la reina jordana como una presencia nada conveniente. Resulta que desde hace años esta se expresa como una activa opositora a la ocupación israelí en Palestina, a la que denuncia como genocidio y crimen de guerra, al tiempo que critica la hipocresía y la pasividad internacional ante el exterminio. Voces proisraelíes la consideran «antisemita», lo que le sumó ataques al documental desde sectores sionistas.

EL FESTÍN Y LA BASURA

El documental tiene varios momentos bien logrados, pero que lo convierten en una pieza perturbadora: la secuencia en que el matrimonio Trump asiste al tradicional banquete ofrecido por el presidente electo a los mayores contribuyentes a su campaña para celebrar el resultado, en el patio del National Building Museum de Washington. Una candlelight dinner –cenas tradicionales en las que comensales adinerados y de alta sociedad pagan por su asistencia en beneficio de alguna causa o institución– en la que la condición para recibir la tarjeta de invitación era haber donado al menos 250 mil dólares para actividades de celebración por su victoria.

La sucesión de planos, en los que el único rostro negro pertenece a uno de los camareros, muestra al ritmo de las notas de Bach el festín de la máxima élite económica estadounidense, la que Bernie Sanders llama nuestra oligarquía. Si algo deja claro la secuencia del banquete en Melania es que, superando con creces los tiempos de los Astor, Morgan, Vanderbilt y Rockefeller, nunca antes la Casa Blanca había sido utilizada tan abiertamente y sin tapujos ante el resto del país por una élite empresarial en su beneficio y el de sus allegados. Es un poder que ya no necesita disimular ni siquiera frente a su propia población.

En otra secuencia memorable, al ritmo de una sinfonía se alternan de manera burlona la preparación del arrogante sombrero con el que asistió a la investidura de su esposo con la retirada de la Casa Blanca de las «pertenencias personales de los Biden»: un desfile por la puerta de mesas, sillas y alfombras hacia un camión de mudanzas que termina con una bolsa de basura.

La presentación ridiculizada de Joe Biden y Kamala Harris se hace evidente otras veces. Primero, cuando se regodea en la ancianidad del presidente demócrata cuando este, junto con su esposa, recibe a los Trump para la entrega del cargo moviendo los brazos como muñeco de cuerda. Luego, con la secuencia de la espera tras bambalinas para salir al público en la toma de posesión, en la que, parados en medio del staff como quien espera sin reservación en la cola de un restaurante, Biden aguarda con las manos en los bolsillos y Harris, de brazos cruzados, mira el reloj con cara de ansiedad por comenzar y terminar el suplicio.

Otras situaciones son más sutiles, como la secuencia en la que Melania visita la Catedral de San Patricio en Nueva York, en la que camina hacia el altar que convenientemente estaba decorado por Navidad con flores rojas –el color republicano– y, mientras enciende una vela por la memoria de su madre, se escucha la voz de Aretha Franklin. La diva afroamericana cantó en 2009 en la toma de posesión y en otras ocasiones ante los Obama, con una fuerte identificación, por lo que su uso en la banda sonora puede entenderse como un intento de apropiación simbólica.

La prensa más crítica no dejó de hacer referencias al documental alemán El triunfo de la voluntad de 1935, un encargo de Hitler a la cineasta Leni Riefenstahl para resaltar su imagen y el poder del movimiento nazi. Es considerada una de las obras más icónicas del cine de propaganda y una pieza principal del universo visual del fascismo. Pero si quizás algún momento del trabajo audiovisual del director Brett Ratner para resaltar a los Trump puede hacer pensar en ese clásico de hace 90 años, por la construcción narrativa y la presentación de los personajes, es la secuencia del Cementerio Nacional de Arlington. Es cuando el espectador siente la relación que une la ideología que representan los Trump, el establecimiento del movimiento MAGA (Make America Great Again) en una parte de la población estadounidense a través de los mismos resortes usados por el fascismo, junto con la soberbia proyección global del imperialismo estadounidense una vez en el poder.

El montaje visual y sonoro de la escena del cementerio militar, su ubicación y significado dentro del ritmo general del documental y el uso de recursos visuales y sonoros provocan una asociación inmediata para los que conocen la película de Riefenstahl. El triunfo de la voluntad muestra un gigantesco evento de militantes nazis concentrados en Núremberg para conmemorar el primer año de su ascenso al poder. Luego de un despliegue de multitudes y fanfarrias al ritmo sinfónico de Wagner, la música se sumerge en una profundidad sobrecogedora. Hitler camina un largo trayecto silencioso entre la multitud para rendir homenaje a los soldados alemanes muertos en la Primera Guerra Mundial. Saluda ante una enorme corona de laureles. Regresa al podio. El montaje espera a que llegue a la tribuna. La imagen de las filas de 100 mil uniformados capaces de moverse en perfecta formación coreográfica refleja el control sobre la fuerza. Los soldados se llevan las trompetas a los labios y suena la orden de iniciar el desfile. En Melania, en medio de la parafernalia pop de la banda sonora, la música hace una súbita inmersión en notas de violín. Los Trump caminan en silencio entre las banderas de barras y estrellas. Salen al campo mientras la cámara recorre las hileras de tumbas. Depositan flores. Hay un momento discreto con los familiares ante las lápidas. La imagen silenciosa de las camionetas alineadas a la espera representa las fuerzas del poder a su disposición. Retornan a ellas. Tras llevar al espectador al clímax interno, un sonido de sirenas rompe con un corte a la caravana en movimiento.

Fuera de esto, el documental parecería destinado a convertirse en una obra de culto para los aficionados a la podofilia, un tipo de fetichismo por los pies. El metraje muestra fácilmente un centenar de planos diferentes de los pies de Melania con zapatos de tacón stiletto, superando quizás a la teleserie Sex and the City. Apela al trillado cliché de que este sea el primer y último elemento que se vea de ella al bajar o subir de un auto. La última de las veces, su voz en off dice que se siente «con energía para servir a los estadounidenses una vez más, siempre con un propósito, y por supuesto… con estilo».

Como colofón, en los últimos minutos se muestran los cuadros de varias esposas de presidentes exhibidos en la Casa Blanca: Eleanor Roosevelt, Mamie Eisenhower, Jacqueline Kennedy, para terminar con la protagonista en una sesión de fotos buscando lograr una pose entre poderosa e intimidante.

Melania muestra una mujer cuya función es mantenerse convertida en un objeto decorativo, un adorno que, lejos de humanizarse, se cosifica más, una barbienalización del fascismo. Pero el documental no es un artefacto inútil, sino una pieza que podrá ser estudiada por los historiadores del futuro como una ventana a una época vivida por el pueblo estadounidense y por el mundo.

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