La región en la encrucijada

Nuevos tiempos interesantes en América Latina

El domingo, Uruguay y Argentina elegirán sus próximos presidentes y demás representantes políticos, mientras arde Chile, en Ecuador no se apagan los ecos rebeldes, en Perú no termina de resolverse la crisis política con un parlamento cerrado, Bolivia enfrenta la incertidumbre de los resultados por una elección reñida y en Colombia continúan las protestas y las masacres de líderes populares. ¿Qué ciclo se está gestando en América Latina?

Manifestación en contra del alza de los precios del transporte público, en Santiago de Chile. A 18 se elevó el número de muertos en el país desde el inicio de las protestas sociales / Foto: Xinhua, Jorge Villegas

La ola impugnadora del neoliberalismo, desplegada en la región en los primeros lustros del siglo XXI, dio vida a numerosos movimientos en lucha y consagró a varios gobiernos populares, impulsores de políticas redistributivas que beneficiaron a amplios segmentos sociales. Con mayor o menor radicalidad, estos gobiernos intentaron satisfacer demandas postergadas y para ello aprovecharon los excedentes producidos por el ciclo de bonanza de los precios de los commodities. Las mejoras, sin embargo, no partieron de promover grandes cambios productivos, sino que se apoyaron en la profundización de una herencia estructural caracterizada por el extractivismo primarizador, y en promover la recuperación de empleo y en expandir el gasto social en los segmentos sociales más sumergidos. La crisis mundial, con la consecuente reducción de los precios de las exportaciones primarias, puso en serias dificultades económicas a la región y la ofensiva del capital global volvió a ocupar el centro de la escena, llevándose puestos a varios gobiernos y desestabilizando otros. Las derechas sociales y políticas, resentidas por el ascenso social de amplias masas y temerosas de perder privilegios, lograron reagruparse y disputar con éxito la conducción estatal, en un clima de revancha social y regresividad económica y sociocultural muy acentuada.

Se puede decir que el llamado “ciclo de impugnación al neoliberalismo en América Latina” (Cinal) no fue una etapa nítidamente distinta de la neoliberal precedente, sino un tiempo intenso de disputa hegemónica que se desplegó de norte a sur del continente y que hoy atraviesa un momento de intensa conflictividad y luchas. El triunfo del conservador Mauricio Macri, a fines de 2015, puso a Argentina a la cabeza de lo que apareció como un nuevo ciclo neoliberal con inédito apoyo electoral. El golpe judicial-parlamentario-mediático a Dilma Rousseff, el encarcelamiento de Lula y el arribo del ultraderechista Jair Bolsonaro en Brasil conformaron un sombrío panorama para la región. Mientras el presidente colombiano Iván Duque dejó atrás los atisbos conciliadores de su antecesor, Juan Manuel Santos, para volver a posiciones represivas, el chileno Sebastián Piñera, en su segundo mandato, mostró un perfil más genuinamente derechista del que había exhibido en el primero, cuando coexistía con Lula, Chávez y los Kirchner. Sólo la victoria de Andrés Manuel López Obrador en 2018, a quien un escandaloso fraude dejó fuera de la presidencia de México en 2006, ofrecía algún punto de alivio en un contexto derechizado, con Venezuela colapsada y bajo asedio, Bolivia en disputa –pese a un desempeño económico envidiable en la región– y Cuba soportando nuevas presiones de la administración Trump.

Pero lo que parecía una irremediable vuelta de péndulo derechista está crujiendo de manera impensada hasta hace poco tiempo. Por empezar, el gobierno del empresario Macri fue derrotado en las elecciones primarias del 11 de agosto pasado, por una diferencia irremontable para las elecciones del próximo domingo. En sólo cuatro años, destruyó todos los indicadores económicos y sociales. Lejos de las fantasías de derecha moderna y eficiente, vendidas a una porción de la sociedad refractaria al kirchnerismo, la performance del elenco de los Ceo y directivos de Ong de caridad resultó la peor desde la recuperación democrática. Mostró con claridad de qué modo las conquistas populares que cuesta tanto conseguir pueden ser arrasadas con mucha facilidad y rapidez desde el comando estatal. Macri empezó por desfinanciar el Estado al eliminar las retenciones a las exportaciones, abrió la cuenta de capitales y habilitó la fuga de divisas mientras endeudaba velozmente al país. Subió las tarifas de todos los servicios públicos hasta un 1.600 por ciento y, con una política monetaria ortodoxa, fogoneó la inflación anual hasta casi un 60 por ciento. Provocó el cierre masivo de industrias y comercios y el alza de la desocupación y la pobreza, que trepó al 40 por ciento de la población.

En 2018, acorralado por la huida de los capitales que no trajeron la prometida lluvia de inversiones productivas, sino que llegaron atraídos por las ganancias financieras de corto plazo, el gobierno se refugió en el Fmi y tomó una deuda sin autorización parlamentaria que, ya al final del mandato, no puede pagar. Muy lejos de la amable imagen de la meritocracia uberizada que propagandizó, el discurso punitivista de la ministra de Seguridad se volvió predominante, junto con la estigmatización del kirchnerismo, las izquierdas y toda posición alternativa a su visión.

En estos años, sin embargo, se produjeron grandes momentos de resistencia popular, como las movilizaciones por los derechos humanos ante la intención gubernamental de consagrar la impunidad a genocidas e imponer el negacionismo de los desaparecidos y por la desaparición y muerte del activista Santiago Maldonado, en el marco de una represión de la Gendarmería en territorios mapuche del sur del país. La impresionante marea verde de los feminismos, que congregaron a cientos de miles de personas en las marchas del Ni Una Menos y por la ley de aborto legal, seguro y gratuito, fue un eje clave en la recomposición del campo popular. La enorme batalla de sindicatos y movimientos sociales frente al Congreso en diciembre de 2017, para oponerse a la ley de reforma previsional regresiva, es otro hito fundamental.

En términos políticos, la jugada de Cristina Fernández de Kirchner de ceder el primer lugar en la fórmula presidencial a Alberto Fernández, ex funcionario crítico de su gestión, y producir de este modo la reunificación del peronismo, consolidó una herramienta política que logró articular exitosamente las disidencias y, a la vez, encauzar políticamente los graves efectos de la crisis en los sectores populares. Llegamos así a las elecciones que ganará el Frente de Todos por amplísima mayoría, en un contexto regional signado por la implosión de los modelos neoliberales y ajustadores, lo que pone límites precisos al recetario derechista. La rebelión popular de Ecuador, liderada por el movimiento indígena organizado en la Conaie, provocada por el intento de subir el precio de los combustibles y, sobre todo, la insurrección masiva que atraviesa a Chile en estos días, son ejemplos claros de los nuevos tiempos. El famoso modelo chileno de raíz pinochetista, sueño dorado de las elites de la región, acaba de estallar en “la revolución del metro” y provocará, sin dudas, un quiebre fundamental en la correlación de fuerzas del Cono Sur.

Netuy marzo21

*    Doctora en derecho político (Uba). Directora del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (Fsoc/Uba).

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