En Albania, un movimiento social de amplia convocatoria resiste en la calle un proyecto especulativo de gran calado de la Organización Trump. En Reino Unido, la caída del primer ministro, Keir Starmer, no augura cambios radicales en el laborismo gobernante.
«Albania no está en venta»
Desde 2013, Albania es gobernada por el Partido Socialista, habitualmente presentado como heredero del Partido del Trabajo, una formación del más puro cuño estalinista que ejerció el poder en el pequeño país balcánico entre 1945 y 1991. Hoy el país, que en 2009 ingresó a la alianza atlántica (OTAN), está plenamente alineado con el campo occidental y ha hecho de la incorporación a la Unión Europea (UE) una política de Estado. El primer ministro socialista Edi Rama, en el cargo desde hace 13 años, se presenta como cercano a Donald Trump, una proximidad que se ha plasmado, entre otras cosas, en la mano tendida a inversiones milmillonarias de la Organización Trump. El conglomerado empresarial dirigido por Ivanka Trump, hija del presidente estadounidense, y su marido Jared Kushner, está levantando un resort de lujo en la isla de Sazan y en un área costera protegida contigua. Affinity Partners, empresa con base en Miami propiedad de Kushner, prevé allí la construcción de un complejo para 10 mil habitaciones, un rascacielos y un puerto deportivo con una inversión de 5.000 millones de euros.
Pues bien, el proyecto ha motivado, desde el 23 de mayo, una serie de acciones de protesta que han derivado en las mayores manifestaciones que el país haya conocido en al menos dos décadas. El sábado 20, más de 300 mil personas coparon el centro de Tirana, una capital cuya población, contando el área metropolitana, no llega a las 900 mil (Albania toda apenas alcanza 2,75 millones habitantes). Las protestas estallaron cuando unas excavadoras comenzaron a talar bosques y arrasar dunas en el área. «Están destruyendo uno de los hábitats costeros más críticos de toda Europa sin haber hecho ningún estudio de impacto ambiental ni contar con permisos», denunció la asociación ecologista Protección y Preservación del Medio Ambiente Natural en Albania. Rápidamente, las protestas fueron escalando bajo la consigna «Albania no está en venta», presididas por el símbolo de un flamenco rosado, un ave propia de la zona afectada. Vallas, casetas, alambrados y muros fueron derribados por vecinos y tirados colina abajo. «La revolución de los flamencos rosados», como la llamaron algunos en búsqueda de fórmulas, terminó reclamando la renuncia del primer ministro. Edi Rama dijo que se trataba de «acciones claramente dirigidas contra la figura del presidente Trump», aseguró que detrás de ellas había «intereses foráneos» y aludió a una «mano iraní». «Son enemigos de Albania e Israel», llegó a decir de los manifestantes. Rama es un estrecho aliado de Benjamin Netanyahu e integra el fantasmagórico Consejo de la Paz formado por Trump para, se supone, definir el futuro de la Franja de Gaza.
En la gigantesca marcha del sábado, uno de los puntos fuertes fue la presencia de jóvenes. También de numerosísimos albaneses de la diáspora, llegados al país para las vacaciones de verano. «Está naciendo una nueva Albania», le dijo al portal francés Mediapart Ilda Mara, una militante ecologista. «Se está movilizando toda una generación a la que se tildaba de resignada» en un país en el que un tercio de la población tiene menos de 30 años, «es enorme». A su vez, Edmond Budina, un veterano cineasta y escritor albanés, dijo al diario italiano Il manifesto: «La defensa del medio ambiente es solo el motor de manifestaciones que nacen de un descontento con toda la dirigencia política». En las calles había también militantes de un todavía pequeño grupo de izquierda, el Lëvizja Bashkë («Juntos»), un movimiento que ve en los dos grandes partidos que dominan la vida política desde los noventa, el socialdemócrata y el democrático, de centroderecha, «las dos caras de un mismo sistema neoliberal».
Esta semana, Rama estuvo en París reclamándole apoyo a su «amigo» Emmanuel Macron. Francia considera que el anclaje de la minúscula pero estratégica Albania en el «dispositivo de seguridad occidental» es clave para el control de los Balcanes y presiona por la rápida adhesión de Tirana a la UE.
Para la Organización Trump, abandonar su proyecto inmobiliario en Albania es «impensable», según dijo el propio Kushner. En simultáneo al de la isla de Sazan, el grupo codirigido por el enviado especial de Trump a Oriente Medio, Ucrania y Rusia había apuntado a levantar un hotel de lujo en Belgrado, capital de Serbia. Otras manifestaciones populares obligaron a que esa iniciativa fuera dejada de lado a fines de 2025. El hotel iba a ser construido en un sitio de alto valor simbólico: el complejo del Estado Mayor del Ejército de la antigua Yugoslavia, bombardeado por la OTAN en 1999.
Paola Ghione
Desplome sin ruptura
El lunes 22 dimitió finalmente el primer ministro laborista británico Keir Starmer. La presión se le había hecho insoportable tras una serie de derrotas electorales resonantes. Llegado al gobierno de la mano de la cómoda mayoría obtenida por los laboristas en las legislativas de julio de 2024, Starmer había jugado un papel central en la marginación y posterior expulsión del partido de Jeremy Corbyn, líder del ala izquierda del laborismo contra quien se desató una fenomenal campaña de desprestigio por su denuncia al genocidio palestino. A lo largo de sus dos años de gestión, Starmer se alineó sin chistar con Israel y reprimió a las manifestaciones propalestinas que se sucedieron en Reino Unido a medida que la limpieza étnica en Gaza fue avanzando. También jugó fuerte en favor de Ucrania y del rearme europeo en la perspectiva de una guerra con Rusia.
El fracaso en algunas de las promesas centrales de su campaña de 2024 –mejorar el nivel de vida de las mayorías, favorecer el acceso a la vivienda de las clases populares– lo fue llevando a la ruina. En una sucesión de elecciones municipales y regionales, el laborismo fue perdiendo peso en favor, a su derecha, de los ultras de Reform liderados por Nigel Farage, y, a su izquierda, de los verdes y los independentistas escoceses. La respuesta de Starmer ante el auge de Farage, el político mejor posicionado en la actualidad para convertirse en jefe de gobierno, fue endurecer la política migratoria y reprimir la disidencia interna. Quien con toda seguridad lo sucederá al frente del laborismo y como primer ministro será Andy Burnham, un carismático dirigente de 56 años que, desde 2017 y hasta hace unos días, ejerció como alcalde en el Gran Mánchester. La semana pasada, Burnham dio un paso clave: fue electo diputado, una condición necesaria para pretender dirigir el laborismo y aspirar a la jefatura de gobierno. Y lo hizo de una manera consagratoria: derrotando, en una circunscripción del norte de Inglaterra y por bastante margen, a dos candidatos de extrema derecha. «Estar en condiciones de enfrentar a los ultras es esencial para encabezar al laborismo. Starmer ya no podía, Andy sí», dijo un allegado al «rey del norte», como llaman a Burnham por el poder que irradia desde Mánchester.
Burnham gusta de presentarse como ajeno al aparato central del laborismo, a pesar de haber sido ministro bajo gobiernos de Tony Blair y de Gordon Brown. Al haberse consagrado a la alcaldía del Gran Mánchester, estuvo al margen de los tejes y manejes contra Corbyn, por lo cual lo que resta del ala izquierda del partido no lo sitúa entre sus adversarios más claros. «Es, sin embargo, claramente de una izquierda muy moderada», comentó Lotte Hargrave, politóloga de la Universidad de Mánchester. Él mismo definió su línea como la de «un socialismo favorable a las empresas». A ese híbrido combinado con la búsqueda de un reequilibrio del poder territorial en favor de las regiones le llamaron manchesterismo. Burnham cree que replicarlo a escala nacional puede bastar para derrotar a la ultraderecha. «Existen similitudes y continuidades argumentales reales entre Starmer y Burnham», incluidas las políticas hacia la inmigración, admite Matthew Lawrence, animador de un think tank cercano al exalcalde del Gran Mánchester. «Andy le suma su carisma y su buen contacto con los sectores populares. No es una ruptura radical ni nada que se le parezca, pero sí un cambio claro de estilo.» Solo eso.
P. G.







