Una entrega dedicada a contextos electorales: Lula y la inteligencia brasileña alertando sobre la injerencia de Estados Unidos a menos de dos semanas de las presidenciales; el triunfo del partido de Putin en Rusia; una Alemania dividida entre la victoria de La Izquierda en Berlín y un nuevo avance de la ultraderecha en el este; Trump anunciando (otra vez) el fin de la guerra o la desaparición de Irán, ahora para después de las elecciones estadounidenses.
Los puntos sobre las íes
El fin de semana pasado, la Agencia Brasileña de Inteligencia (ABIN) alertó al gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva sobre el «nivel crítico» que estaba alcanzando la intromisión de Estados Unidos en las elecciones brasileñas del 4 de octubre. Lo hizo en un informe titulado Amenazas al proceso electoral de 2026, convenientemente filtrado poco antes de la intervención de Lula ante Naciones Unidas. Dijo la ABIN que la administración de Donald Trump apoya sin disimulo alguno en América Latina a candidatos y partidos que puedan «reorientar» la política exterior de sus países para permitirle a Washington acceder a «activos y estratégicos y recursos naturales» y sacarlos del alcance de «potencias rivales» como China. «Hay una tendencia de escalada en la presión sobre Brasil», señaló, aludiendo a la reciente injerencia washingtoniana en Honduras, Colombia, Ecuador, Argentina y Perú. «La reafirmación de la hegemonía de Estados Unidos en América Latina es la prioridad del segundo gobierno de Trump», dice el informe, y cita, por ejemplo, la Estrategia de Defensa divulgada a fines del año pasado y otros documentos estratégicos similares de la administración republicana y su voluntad de actualizar la doctrina Monroe de «América para Estados Unidos».
La difusión del documento de la ABIN se produjo apenas unos días antes de que el presidente de Brasil abriera la Asamblea General de las Naciones Unidas, el lunes 21, con un esperado discurso en el que confrontó directamente con Trump. «Brasil no cabe en el patio trasero de nadie», dijo, y disparó sobre la administración estadounidense y sus actos imperiales y sobre la propia ONU y su incapacidad para resolver guerras y detener campañas de exterminio. «Desde que subí a este estrado por primera vez, en 2003, este es el momento más crítico para las Naciones Unidas. El sentimiento que me impulsa hoy es de indignación», afirmó, y en especial el papel de la ONU en el genocidio organizado por «el gobierno de Benjamin Netanyahu» en Gaza. Al defender el multilateralismo, Lula volvió a reclamar el derecho de potencias como la suya y otras del Sur global a ocupar un lugar permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, una instancia que, sugirió, llegó al summum del anacronismo y el inmovilismo combinados. «Las concesiones a la ley del más fuerte pasaron los límites», dijo.
Refiriéndose a las elecciones en su país, cargó sobre las presiones de los Estados Unidos de Trump en favor del ultraderechista Flávio Bolsonaro en asociación con las grandes tecnológicas, con las que ya confrontó en años anteriores, en especial con X y el magnate Elon Musk. «Un puñado de tecno-oligarcas quiere resucitar una versión de neoliberalismo digital sin reglas ni transparencia», afirmó, antes de anunciar que su gobierno «no tolerará este modelo de negocio» depredador de «la democracia». Un día después, le tocó el turno a Javier Milei, y el presidente argentino, que al llegar a Nueva York se había reunido con Netanyahu y anunciado un nuevo encuentro con Trump, fue la contracara de Lula: defendió «el alineamiento sin ambigüedades con Occidente», en particular «con Estados Unidos y con Israel», y se pronunció contra todo intento de regulación del sector tecnológico.
Daniel Gatti
Pero Berlín no es Alemania
Las elecciones regionales del domingo 20 en dos Lander (estados federados) representaron un golpazo para los partidos del establishment alemán, si por eso se entiende a las dos grandes formaciones que dominaron la política en el oeste del país desde el fin de la segunda guerra mundial: la democracia cristiana y la socialdemocracia, que actualmente están (de nuevo) gobernando juntas en el marco de una «gran coalición». La ultraderechista Alternativa por Alemania (AFD) los barrió a ambos en el este, en el estado de Mecklemburgo-Antepomerania, fronterizo con Polonia, y La Izquierda (Die Linke), lejanísima heredera del antiguo partido comunista de la ex República Democrática Alemana, los derrotó en Berlín, la capital germana desde la reunificación de 1990.
Para AFD, la victoria en Mecklemburgo-Antepomerania se suma a la que obtuvo dos semanas atrás en otro estado del este, el de Sajonia-Anhalt, donde había arrasado, con casi 44 por ciento de los votos. Esta vez no llegó a tanto, pero superó el 38 por ciento, desplazando al segundo lugar a los socialdemócratas del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) y, sobre todo, dejando fuera del parlamento local a la Unión Cristiano Demócrata (CDU en alemán), el peor resultado de su historia del partido fundado por Konrad Adenauer y hoy liderado por el jefe del gobierno federal Friedrich Merz. Debilitadísimo ha quedado en definitiva el canciller, uno de los más fervientes impulsores de la deriva militarista en la que se ha embarcado el país. «Son los extremos los que han salido ganando de estas elecciones, pero la democracia alemana es fuerte y los terminará derrotando», dijo Merz pretendiendo establecer una conexión ideológica entre AFD y La Izquierda. A decir verdad, el único punto en que se tocan ambos es en el desafío que suponen para las fuerzas tradicionales. Por lo demás, representan visiones absolutamente antagónicas: si el partido de extrema derecha basa su ascenso en un discurso de exclusión que tiene su punto central en la propuesta de «alemanizar Alemania» y expulsar a los inmigrantes, La Izquierda gana teniendo como principal referente en Berlín a Elif Eralp, una hija de inmigrantes turcos de izquierda que escaparon a la dictadura militar en su país en 1980 y se instalaron en Múnich. El domingo, Eralp festejó su triunfo dirigiéndose en turco y en alemán a sus votantes. Die Linke es, además, el único de los principales partidos alemanes con un programa anticapitalista y el único que ha denunciado, tras un ajuste interno, el genocidio en la Franja de Gaza, distanciándose de un arco político alineado en mayor o menor grado con Israel.
HAS HECHO UN LARGO CAMINO
A Eralp se la ha llamado «la Mamdani alemana». Por una serie de factores: su defensa de la causa palestina y, sobre todo, el impulso a un programa de reformas, en la ciudad estado de Berlín, que apuntan a resolver problemas centrales de los sectores populares como el acceso a la vivienda y la recuperación de los servicios públicos. Como el alcalde neoyorquino Zohran Mamdani, la jurista alemana de 45 años se propone expropiar parte del parque de viviendas manejado por grandes empresas inmobiliarias y financiar la medida con impuestos a los más ricos. También levantar una red de supermercados subvencionados, potenciar el transporte público y estatizar los centros de salud privados que «no presten la debida atención a los menos pudientes y tengan como principal objetivo el lucro». En las elecciones anteriores en Berlín, en 2023, Die Linke apenas llegó al 12 por ciento. En estas trepó más allá del 25, y dejó atrás a la CDU, a la AFD, a los Verdes y al SPD, en ese orden. Sus mejores resultados los obtuvo en la franja más joven –entre los electores de 16 a 18 años, que votaban por primera vez, y entre los de 18 a 24 llegó casi al 50 por ciento– y entre los habitantes «con dificultades financieras». Ahora Die Linke deberá intentar formar gobierno junto con los Verdes y con el SPD. No le será fácil, porque los socialdemócratas no comparten en lo más mínimo la política de expropiaciones inmobiliarias y Eralp dice que a ese «principio» no renunciará. La otra alternativa de gobierno para Berlín sería una alianza entre verdes, socialdemócratas y CDU, pero un politólogo consultado por el portal francés Médiapart señaló que, de formarse un Ejecutivo de ese tipo, los ecologistas y el SPD continuarán perdiendo pie en favor de La Izquierda, como lo han hecho en estas elecciones.
Tampoco la tendrá fácil la AFD para gobernar en Mecklemburgo-Antepomerania. La CDU dijo que no aceptará una coalición formal con la extrema derecha –que sí se plantea una alianza con la democracia cristiana–, pero podría haber salidas intermedias, como un Ejecutivo en minoría, o alianzas de hecho que obturen el «cordón sanitario» que todos los partidos acordaron constituir en torno a esta formación política.
Tanto en el empobrecido estado oriental como en Berlín las negociaciones pueden durar varias semanas.
Hay, por otra parte, una diferenciación adicional entre AFD y Die Linke. La Izquierda no está creciendo en el resto del país al mismo nivel que la ultraderecha. En algunos estados ha incluso retrocedido. Nadie se la imagina como una opción de gobierno a escala federal. A AFD sí.
Daniel Gatti
Bajo drones y ciberataques
Las elecciones a la Duma Estatal, la cámara baja del parlamento ruso, desarrolladas entre el viernes 18 y el domingo 20, acabaron con un contundente triunfo de Rusia Unida (RU), el partido del presidente Vladímir Putin, seguido, de bastante lejos, por el Partido Comunista. De acuerdo con la Comisión Electoral Central rusa, RU obtuvo 355 de las 450 bancas de diputados, una holgada mayoría que le permitirá aprobar, únicamente con sus votos, reformas constitucionales que requieren un respaldo especial. El Partido Comunista logró, a su vez, 40 escaños. El único partido del espectro político ruso opuesto a la intervención militar en Ucrania, Yábloko, fue excluido de las elecciones por decisión de la Justicia. Este hecho fue uno de los que motivó que dirigentes de países occidentales y de la Unión Europea calificaran de «ilegítimos» y «manipulados» los comicios rusos. Cabe recordar que en Ucrania no hay elecciones desde 2019 y que no se prevé que las haya a mediano plano, que Kiev ilegalizó a numerosos partidos, fundamentalmente de la oposición de izquierda, y que el mandato del presidente Volodímir Zelenski venció en mayo de 2024.
La participación fue la más alta en varias décadas, casi del 60 por ciento, nueve puntos más que en 2021. La situación de guerra hace que ese dato sea en especial relevante. Durante el fin de semana, las fuerzas ucranianas, alimentadas con armas de las principales potencias occidentales, intensificaron sus ataques en Rusia y tomaron como blanco incluso a sitios donde se votaba. Varios funcionarios electorales murieron en los bombardeos. Fuentes oficiales rusas dieron cuenta, además, de casi un millar de «ciberataques al sistema electoral organizados desde el extranjero, así como tráfico con direcciones IP rusas falsificadas desde nodos internacionales».
La participación resultó particularmente elevada en ciudades como Lugansk y Donetsk, pertenecientes a la región del Dombás, la zona rusoparlante del este de Ucrania, epicentro de la guerra actual. Rusia se anexionó en 2022 esas ciudades y otras de la región. Tanto en Donetsk como en Lugansk más de 80 por ciento de los electores fueron a votar.
Paola Ghione
Para después de las elecciones…
Cuando inició la guerra contra Irán, junto con Israel, hace ahora siete meses, el presidente de Estados Unidos dijo que duraría unos pocos días. Luego unas semanas. Fue aplazando el final una y otra vez, y, cuando vio que esa victoria no llegaría y que, por el contrario, estaba siendo derrotado en el terreno, amenazó con arrasar a Irán y «devolverlo a la edad de piedra» en unos pocos segundos. «Una civilización entera arderá esta noche», llegó a escribir unas pocas horas antes de la supuesta hora D en su red Truth Social. Nada pasó. Luego anunció varios acuerdos con Teherán que nunca llegaron a ponerse en marcha porque él mismo, o su socio israelí, los boicoteaba. Y así hasta ahora. El martes pasado, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Donald Trump volvió a plantearle a Irán la disyuntiva de pactar o resignarse a la desaparición. «¿Los mando al infierno sin posibilidad de supervivencia y sin esperanza de grandeza o generaciones futuras?», se preguntó. Enseguida se contestó: «Creo que lograremos un pacto después de las elecciones» estadounidenses de mitad de mandato de noviembre. Irán «especula con que yo las pierda» y está retrasando un acuerdo, especuló él en voz alta, para después fanfarronear con que no va a perder esas elecciones, que saldrá más fortalecido que nunca y que, ahí sí, los iraníes deberán aceptar ceder o desaparecer. Pocos le creen ya admoniciones y anuncios de victorias resonantes o de pactos, pero Trump logra, al menos, que los medios hablen una y otra vez de él. (Como aquí, bah.) Le queda, eso sí, la capacidad bien real de meter miedo con bombardeos y muertes. Y de sembrar resignación.
P. G.









