La edición del 3 de mayo de la revista británica The Economist titula en la tapa que «el desafío de Taiwán está más cerca de lo que se piensa». Señala que las tarifas de más de 100 por ciento impuestas mutuamente entre Washington y Pekín cortaron el comercio bilateral, mientras se disputan la dominación de las tecnologías del siglo XXI y está en curso un armamentismo masivo. «Hoy, todo indica que la determinación de Estados Unidos será puesta a prueba en Taiwán antes de lo que muchos piensan», dice la revista en su editorial, en el que destaca que Washington está perdiendo su capacidad de disuasión. En 2024 Donald Trump afirmó que si China intentaba invadir Taiwán, le impondría tarifas de entre 150 y 200 por ciento. En abril le impuso tarifas de 145 por ciento y China respondió con aranceles de 125 por ciento. La administración de Trump está negociando con sus socios comerciales una reducción de las tarifas anunciadas a cambio de la adopción de medidas contra China.
El domingo 11 China y Estados Unidos decidieron suspender durante 90 días esos enormes aranceles, que paralizarían el comercio bilateral. Mientras tanto, Estados Unidos redujo a 30 por ciento las tarifas a los productos chinos y China, a 10 por ciento a los productos estadounidenses. Además del radical descenso de aranceles, fue significativo que las negociaciones las liderara del lado estadounidense el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y no apareciera el radical consejero comercial de Trump, Peter Navarro, impulsor de la ofensiva arancelaria.
A pesar de esta pausa, la tensión entre las dos mayores potencias económicas del planeta no ha dejado de aumentar en los últimos años, como lo demuestran las maniobras navales de China en torno a Taiwán, en abril pasado –Trueno del Estrecho, con 38 navíos–, que apuntan a una toma de la isla por la fuerza.
«Lo que realmente cambió la dinámica entre las dos potencias fue el inigualable éxito económico de China. En 1995 el PBI de China era 10 por ciento del PBI estadounidense. En 2021 había crecido hasta 75 por ciento», señala, a su vez, el historiador noruego de la Universidad de Yale Odd Arne Westad, especialista en la Guerra Fría, en un artículo en la revista Política Exterior titulado «Sonámbulos hacia la guerra» (véase «Cabeza de dragón», Brecha, 8-V-25).
Pekín cuenta con un abanico de opciones para anexar Taiwán: una invasión militar que puede provocar una guerra con Estados Unidos, un bloqueo naval que igual sería un casus belli o cuarentenas por parte de sus guardacostas para desgastar a la isla.
«COEXISTENCIA COMPETITIVA»
En el número de marzo-abril de la revista Foreign Affairs, dos analistas militares, Jennifer Kavanagh, de la Universidad de Georgetown, y Stephen Wertheim, del Carnegie Endowment for International Peace, le pidieron a Washington que evite de todas maneras la guerra con China. Sería una guerra imposible de ganar, con un costo de entre decenas de miles y cientos de miles de soldados estadounidenses muertos, que podría implicar el uso de armas nucleares, estimaron. Y subrayaron que podría derivar en una gran recesión, peor que la de 2008. En su opinión, la incorporación de Taiwán a China no afectaría los intereses estratégicos de Estados Unidos ni su hegemonía en el Pacífico.
Kavanagh y Wertheim recomendaron, asimismo, preparar a la población de Estados Unidos y al mundo para una eventual toma de Taiwán por China sin que esta conduzca a una guerra entre las dos potencias, siempre y cuando Pekín no ataque las bases estadounidenses en Japón o Corea del Sur. Además, le aconsejaron a Washington llevar adelante una política de «coexistencia competitiva» con China junto con sus aliados y socios.
Trump hizo todo lo contrario: puso la confrontación con Pekín en el centro de su política exterior y aplicó aranceles a socios y aliados en Asia, lo que sembró desconfianza en su fiabilidad.
En su primer mandato, Trump ya había radicalizado la postura de su país hacia China. «Hizo campaña electoral calificando a China de poder maligno, y en el cargo inició una escalada militar dirigida contra China y lanzó una guerra comercial para reforzar la supremacía de Estados Unidos», escribió Westad. Su sucesor, el demócrata Joe Biden, mantuvo una política similar.
Un día después de la segunda toma de posesión del republicano, Westad les recomendó a Estados Unidos y China que tengan presentes las tensiones entre Berlín y Londres que condujeron a la Primera Guerra Mundial. Reino Unido era entonces el poder hegemónico, con el imperio más grande de la historia, y Alemania, la potencia emergente, económica, comercial y militarmente.
China cuenta con varios factores favorables en esta coyuntura creada por Trump. Estados Unidos demorará años en repatriar o recrear un poderoso parque industrial, la siderurgia, los astilleros, las fábricas de maquinaria.
En 2024, la producción industrial china representó 30 por ciento de la producción industrial mundial y la estadounidense, 17 por ciento. Diez años antes, el país norteamericano era responsable de 25 por ciento de la producción industrial y el asiático, de 5 por ciento, comparó Westad, y añadió que «estas no son las únicas cifras que reflejan la importancia económica de un país, pero reflejan la capacidad de fabricar bienes, incluido material militar». Estados Unidos demorará en producir barcos, acero, algunos medicamentos, y también lo que ahora se fabrica sobre todo en China, como teléfonos inteligentes, computadoras, paneles solares, generadores eólicos, autos eléctricos competitivos. Debe asegurar cadenas de suministros y materias primas como minerales raros, que actualmente dependen de China. La política de reindustrialización seguida por Trump no apunta solo a crear fuentes de trabajo, como dice su propaganda, sino sobre todo a reforzar la potencia militar de Estados Unidos frente a China. Una guerra de largo aliento y la disuasión requieren una sociedad poderosa no solo en armamentos. Los aranceles, sumados a la extorsión a la que Trump ha sometido a Ucrania y la humillación propinada a la Unión Europea, motivaron que socios y aliados de Estados Unidos se interroguen sobre su seguridad. Ucrania firmó un acuerdo para la explotación conjunta de sus minerales (véase «Sun Tzu y la geopolítica de las tierras raras», Brecha, 8-V-25), Europa se lanzó a rearmarse en orden disperso y no se decide a adoptar tarifas de retorsión, India negocia pero no parece dispuesta a renunciar a sus acuerdos con China (véase la nota de Rafael Moro Martins en la edición pasada de Brecha), los países del sudeste asiático también negocian, pero todo indica que no tomarán medidas contra China, imbricada en sus economías.
¿NEGOCIACIÓN GLOBAL?
Dada esta situación desfavorable para Washington, una de las interrogantes que quedan planteadas es si lo que Trump busca en realidad no sería una gran negociación global con China en la que esté incluida Taiwán.
El subsecretario de Política del Pentágono, Elbridge Colby, antiguo halcón sobre Taiwán, ahora afirma que este no es un asunto «existencial» para Estados Unidos y que la isla no puede ser defendida a un costo aceptable, informa The Economist. Colby le recomendó a Taiwán aumentar su inversión en defensa de 2,1 del PBI a 10.
Trump había instado al presidente chino, Xi Jinping, a dar el primer paso hacia una negociación, pero el orgulloso líder asiático no le hizo caso porque quizás piense que puede resistir mejor que su adversario la guerra comercial o tenga otros planes. Desde el primer gobierno de Trump, China redujo su exposición comercial a Estados Unidos a 14,8 por ciento de sus exportaciones, según cifras de 2023.
La reunificación con Taiwán sería el legado histórico de Xi Jinping, que finalizaría la unificación de China iniciada por Mao Zedong en 1949, seguida por la recuperación de Hong Kong y Macao en 1997. Xi quedaría a la altura de los dos grandes próceres chinos, Mao y Deng Xiaoping.
Taiwán quedó en poder del líder nacionalista Chiang Kai-shek cuando, en 1949, perdió la guerra civil y se refugió allí con 2 millones de sus seguidores.
La isla no puede resistir sola una invasión china. Y China no va a arriesgar una gran guerra con Estados Unidos, aunque Pekín puede incurrir en un error de cálculo como el cometido por Alemania cuando, en 1914, invadió Bélgica para atacar a Francia. Berlín apostaba entonces a que Reino Unido no interviniera, según destacó el historiador británico Paul Kennedy en su obra clásica Auge y caída de las grandes potencias. En 1914, Alemania tenía una producción de acero superior a las de Reino Unido, Francia y Rusia sumadas y dominaba las nuevas tecnologías, la electricidad, la química, la óptica. Y, sobre todo, había alterado el equilibrio naval. La Alemania guillermina exigía un nuevo orden mundial, porque había llegado tarde al reparto colonial.
Como alternativa a la invasión militar, China podría imponer un bloqueo naval a Taiwán, que importa la mayor parte de sus alimentos y de su energía, aunque sería un casus belli de efectos impredecibles.
The Economist señala que China está ensayando nuevas tácticas de «zona gris» que no implican una guerra abierta. En primer lugar, cuarentenas temporarias e inspecciones aduaneras a los navíos a cargo de su reforzado servicio de guardacostas, con el objetivo de desgastar a la población taiwanesa y sembrar dudas sobre la voluntad de Washington de defender la isla. En la coyuntura actual, Westad considera que «la posibilidad de que se produzcan malentendidos estratégicos entre China y Estados Unidos es enorme, debido a la limitada interacción entre ambas partes».
La opinión de China sobre Estados Unidos a nivel geopolítico empezó a empeorar en 2003 con la invasión y la ocupación de Irak, escribe Westad, porque demostró que, cuando le conviene, Washington viola el derecho internacional.
El presupuesto militar chino se duplicó de 2000 a 2005 y volvió a duplicarse en 2009, lo que puso fin a la ventaja militar de Estados Unidos en Asia.
China «revolucionó sus fuerzas navales y de misiles. En algún momento entre 2015 y 2020 la cantidad de buques de la Armada china superó a la de Estados Unidos», afirma Westad. Un siglo atrás, la alteración del poder naval por parte de Alemania, cuando ya era la potencia dominante en Europa continental, fue su principal desafío a Reino Unido.
Los astilleros chinos construyen hoy 50 por ciento del tonelaje mercante del planeta, mientras que a fines de los noventa producían solo 5 por ciento. Estados Unidos construye apenas 0,1 por ciento, según The Economist del 22 de febrero. Washington cuenta con los astilleros surcoreanos y japoneses, cuya producción asciende respectivamente a 28 y 15 por ciento del total mundial. Toda la industria naval de Estados Unidos puede construir solo dos destructores al año.