Releyendo Las venas abiertas de América Latina (2) 1

Una trinchera de ideas

La editorial Siglo XXI, con sede en México, Argentina y España, hizo distintas reediciones para el quincuagésimo aniversario del libro de Galeano. La tapa argentina está basada en ilustraciones de Tute, que luego recorren todo el interior: un puño que sale de una de las carabelas de Colón golpea las orillas del suelo americano, un mapa de América Latina aparece rodeado de personas que caen, una bota con las franjas de la bandera de Estados Unidos aprieta las cabezas y las espaldas de una fila de figuras humanas. Así, se subraya el carácter antimperialista del ensayo y el propósito principal de su autor: construir un relato del lugar de América Latina en el capitalismo.

Eduardo Galeano en su casa, en 1996 Óscar Bonilla

La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta», dispara Eduardo Galeano en la primera línea del texto. Así, desde el comienzo, quien comanda la narración habla desde un nosotros latinoamericano y echa mano de distintos recursos para articular el pasado colonial de América Latina, de conquista y colonización, con un presente de dependencia respecto de los países desarrollados. El gesto de Galeano se inscribe en una larga tradición intelectual latinoamericanista que tiene como uno de sus hitos fundacionales el texto Nuestra América, de José Martí, que consiste en postular la singularidad de América Latina y la necesidad de construir categorías propias para enunciar e interpretar su historia.

En estos 50 años Las venas abiertas de América Latina tuvo detractores y críticos, y en varias oportunidades el propio Galeano reflexionó sobre el asunto. En su biografía del autor, el escritor Fabián Kovacic recupera una de sus últimas intervenciones sobre este punto, en el discurso inaugural de la Segunda Bienal del Libro y la Lectura, celebrada en Brasilia en abril de 2014: «No volvería a leer Las venas abiertas…, no sería capaz de hacerlo, caería desmayado. Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital. Intentó ser una obra de economía política, solo que yo no tenía la formación necesaria. No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada».

Muchos detractores señalan la matriz maniquea del relato de Galeano, su reparto entre buenos y malos, que no da lugar a la complejidad. También una serie de errores en el manejo de las fuentes y los datos. Por un lado, Galeano coloca el ensayo en la categoría de «prosa de la izquierda tradicional», y se podría agregar que en ese casillero obtuvo un lugar privilegiado, a juzgar por los ataques de la derecha tradicional latinoamericana. Por el otro, señala que, en lo personal, se trata de una etapa superada. Sin embargo, como conmemoración de los 50 años del texto, me parece necesario contradecir un poco a Galeano y señalar algunos aspectos interesantes de su prosa, más allá de la trama maniquea que la organiza.

ENSAMBLAJES DEL PASADO Y LA MEMORIA

Uno de los aspectos del ensayo como género, señalado por Theodor Adorno y también por Carlos Real de Azúa, es su relación con el conocimiento producido, que resulta una apoyatura para las conjeturas del autor. En ese sentido, el ensayo se nutre de distintas fuentes y las organiza en función de interpretaciones, hipótesis o posturas que el autor propone y argumenta. En ese sentido, Las venas abiertas… encaja en esa definición, y las hipótesis o conjeturas y también las aseveraciones de Galeano respecto a la historia de la dependencia y los intentos de desarrollo fallidos –y no tanto– de América Latina están a la vista. De hecho, un primer elemento interesante es que esa dimensión tiene una marca gráfica en el ensayo: las itálicas. Si uno acumula todos los fragmentos en itálica, puede trazar el recorrido argumental de Las venas abiertas… y hacerse una idea completa del contenido del ensayo.

Pero también encaja en la definición por su relación con el conocimiento producido. De hecho, hay un narrador que la mayoría del tiempo se coloca en tercera persona y ausculta el conocimiento producido por historiadores, antropólogos y economistas, así como una variedad de fuentes escritas (periodísticas, literarias, documentales). Por momentos, esa enunciación es cortada por la primera persona, que se coloca a sí misma como observadora privilegiada de la historia que narra. No hay un exceso de yo en Las venas abiertas…, pero sí una voz que, cada tanto, deja constancia de su experiencia concreta de la historia en el presente y su carácter de cronista de algunos de los hechos.

Ilustraciones de Tute que integran la nueva edición de Las venas abiertas de América Latina

Este aspecto está directamente relacionado con los viajes de Galeano por América Latina en los años sesenta, que se analizan en la biografía de Kovacic. De pronto, esa voz narrativa que explica la extracción de los recursos naturales de Potosí durante la colonia se para en el presente y hace referencia al esplendor perdido y la pobreza actual: «“La ciudad que más ha dado al mundo y la que menos tiene”, como me dijo una vieja señora potosina, envuelta en un kilométrico chal de lana de alpaca, cuando conversamos ante el patio andaluz de su casa de dos siglos». Más adelante, el mismo procedimiento opera en la brasileña Ouro Preto, en la que un mendigo hace alusión a que en el pasado el oro crecía como pasto en la ciudad: «“Ahora no”, me dice el viejo. “Ahora esto no tiene vida ninguna. Aquí no hay jóvenes, los jóvenes se van”». Por cierto, hay que destacar la incorporación de Brasil y el Caribe en el análisis, una preocupación compartida con otros intelectuales, como Ángel Rama, en la búsqueda de construir un proyecto latinoamericano más allá del ámbito hispano.

Hay varias marcas en el texto de este yo cronista que articula el pasado con la memoria viva de las ciudades del continente. Esto entra en el marco retórico general que organiza el ensayo: la idea de un pasado vivo, de un proceso histórico que se respira en el presente y lo explica. Si hay una intención marcada en Las venas abiertas… es la de traer esta memoria del pasado en las palabras de sujetos anónimos. Se trata de la memoria no como recuerdo, «sino como economía general del pasado en el presente», como dijo Pierre Nora sobre los «lugares de memoria», concepto que propuso en los años noventa.

Al lado de las palabras de una señora, un mendigo o un grupo de mineros o cañeros, el cronista también coloca algunas palabras del Che Guevara en la Cuba revolucionaria: «En 1964, en su despacho de La Habana, el Che Guevara me enseñó que la Cuba de Batista no era solo de azúcar: los grandes yacimientos cubanos de níquel y de manganeso explicaban mejor, a su juicio, la furia ciega del imperio contra la revolución». La historia con mayúscula pasa por la memoria del periodista y se inserta en primera persona en el ensayo. Y también hay lugar para el archivo privado: la primera parte del libro se cierra con una larga cita de una carta que le envió el escritor Salvador Garmendia sobre la explotación del petróleo y sus consecuencias en la sociedad venezolana. «Toda memoria es subversiva», escribió Galeano en un texto firmado en el exilio en España, que se incorporó a Las venas abiertas… en 1978. Esa sola frase proyecta la aparición de los tres tomos de Memorias del fuego, que puede leerse como un intento de acompañar esta historia de la dependencia con las distintas formas de la resistencia, proyectos alternativos y memorias otras que existieron y existen en América Latina.

El ensayo de Galeano tiene varios niveles de significación que no pueden reducirse nunca a la matriz narrativa de la teoría de la dependencia o del reparto entre buenos y malos. Este reduccionismo anula el poder del texto, las distintas voces y registros discursivos, las tensiones y las contradicciones que le dan sentido, más allá de lo que Galeano pudo haber dicho en 2014 y más allá de sus detractores, tanto a la derecha como a la izquierda.

UN PROYECTO POLÍTICO Y EPISTEMOLÓGICO

En 1994 el peruano Antonio Cornejo Polar publicó Escribir en el aire. Ensayo sobre la heterogeneidad sociocultural en las literaturas andinas. En el prólogo hace referencia al «proyecto epistemológico de los setenta», una tarea colectiva, académica y política que se propuso elaborar una teoría literaria latinoamericana. El proyecto fracasó, afirmaba Cornejo Polar, pero dejó una enorme variedad de perspectivas teóricas y herramientas críticas y metodológicas para comprender los problemas de la literatura y la cultura latinoamericanas.

Una pieza de ese proyecto es el libro Para una teoría de la literatura hispanoamericana, de Roberto Fernández Retamar, publicado originalmente en 1975. En las versiones posteriores, este intelectual orgánico de la revolución cubana agregó el texto de una ponencia que leyó al año siguiente: «La contribución de la literatura de la América Latina a la literatura universal en el siglo XX». Una parte importante de esta contribución, afirmaba Fernández Retamar, pasaba por una literatura «documental», un género que la propia revolución cubana nombró testimonio, pero que tiene su expresión desde el siglo XIX. Se trataba de textos que no se podían clasificar según las categorías de géneros de la teoría europea que se usaban en aquel momento. En esa categoría inserta libros como Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento; Os Sertões, de Euclides da Cunha, y los «ensayos híbridos» de Ariel Dorfman, Rex Nettleford y Galeano.

Poco tiempo después, en 1980, Galeano publicó «Diez errores o mentiras frecuentes sobre literatura y cultura en América Latina», un texto en el que ataca una concepción burguesa de la literatura, que la compartimenta en géneros (poesía, novela, ensayo) y la contrapone a una definición amplia de literatura que abarca cualquier expresión escrita. Con una concepción burguesa, argumenta, «muchas de las realizaciones literarias de mayor eficacia y más alta belleza en América Latina» no serían consideradas literatura. A partir de esta reflexión traza una genealogía de escritores que lo preceden y que, se entiende, aparecen como sus antecedentes directos: José Martí (de quien destaca las crónicas) y Rodolfo Walsh (de quien destaca los reportajes y la carta a la Junta Militar).

El proyecto de Las venas abiertas… y una buena parte de la literatura de Galeano pueden y deben ser leídos como la puesta en práctica de este proyecto político y epistemológico latinoamericanista: la construcción de una literatura y una caja de herramientas críticas y teóricas propias. En ese sentido, Las venas abiertas… y los tres tomos de Memorias del fuego, sus libros más exitosos, se insertan en un conjunto de obras de intelectuales que ofrecieron distintas representaciones de América Latina. Los constantes ataques a la perspectiva y el discurso de Galeano, que surgieron en los años noventa, conectaron también con los odios locales y el desinterés de ciertos sectores del campo intelectual uruguayo. En la plataforma Anáforas, de la Facultad de Información y Comunicación, es posible encontrar un número especial de la revista El Estante de 1999 en el que se invita a la polémica con una imagen de un dólar americano en cuyo centro está la cara de Galeano. Un eje de los cuestionamientos pasaba por el personaje público y otro por la narrativa maniquea de Galeano, por un desajuste de su ensayo con la realidad objetiva.

Esta relación ambigua o híbrida con «la realidad», que fue parte de la búsqueda de la especificidad del discurso latinoamericano, pudo ser útil o funcional a la descalificación de la obra de Galeano en los noventa. Es una tentación bastante extendida entre los críticos locales de Las venas abiertas… leer el libro en relación con una realidad objetiva, como si se tratara de un documento o una fuente, y, por lo tanto, evaluarlo según el grado de adecuación a esa objetividad. Buscar los errores de Galeano en tal o cual interpretación de un hecho histórico, unos números o el planteo de algún autor parece estéril desde cierta perspectiva. Las venas abiertas… es una pieza central de ese horizonte político y cultural, esa utopía que fue y es la postulación de una especificidad de nuestra América, una especificidad política, social y cultural que siempre requirió un trabajo de representación, lo que hace que se mantenga como una realidad concreta. Por su masificación y diseminación en todo el mundo, el ensayo de Galeano es una pieza fundamental en las representaciones que nos hacemos –y que se hacen los otros– de América Latina y el Caribe. No importa cuán «erradas» están esas representaciones, porque su terreno no es, necesariamente, la contrastación con una realidad objetiva que pudiera estar fuera de todo relato y de la cual fuera posible hablar en un lenguaje que no represente o re-presente fielmente la realidad. No hay realidad, en ese sentido, sin representación, sin relato.

Al lado de esta crítica se plantea otra: el libro ofrece una narrativa de América Latina en la que hay una lucha entre buenos y malos, en la que las culturas prehispánicas eran puras y fueron destrozadas por los conquistadores, en la que se establece una continuidad de la empresa colonial en las empresas multinacionales que siguen explotando los recursos naturales, llevándose esa riqueza a otra parte y dejando una pila de ruinas a su paso. Esta matriz narrativa –ellos y nosotros– es muy simple y, aparentemente, si la tragamos, somos unos «perfectos idiotas latinoamericanos». El problema no es si hay una verdad que Las venas abiertas… decide no presentar, sino que hay unas representaciones de América Latina que sus detractores prefieren no ver o ciertos sesgos de la interpretación de Galeano que no comparten y les molesta que se diseminen. El asunto no debería ser, como se pretende, clausurar una interpretación (mal)intencionada de América Latina, sino leerla en diálogo y tensión con otras representaciones. De las luchas actuales por la interpretación de América Latina es posible que surja otra literatura de izquierda (¿ya surgió?, ¿existe?, ¿sería deseable que existiera?), como surgió la de Galeano, que alimente nuevos significados para eso que seguiremos llamando nuestra América.

1. Este texto complementa el publicado en la edición anterior de Brecha, escrito por Pablo Messina y disponible en https://brecha.com.uy/cincuenta-anos-de-que/.

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