A partir del 1 de enero, y como resultado de la desidia del Congreso, donde el partido trumpista tiene mayoría, y del propio presidente, que sigue sin presentar un plan de salud, más de 20 millones de estadounidenses con afiliación subsidiada en el programa de asistencia sanitaria conocido como Obamacare encaran un aumento promedio del 114 por ciento en sus cuotas de este año. Dos días después, por orden de Trump, fuerzas militares de Estados Unidos atacaron Venezuela y secuestraron al presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. El costo de la atención médica pasó a tercer o cuarto plano.
Una encuesta de YouGov para The Economist, realizada entre el 2 y el 5 de enero, mostró que el índice de aprobación ciudadana para la gestión de Trump era del 39 por ciento y el de desaprobación se encontraba en el 56. Imperial e impertérrito, tras el ataque a Venezuela Trump añadió sus amenazas contra Colombia, México, Cuba e India, y reiteró su ambición de anexar Groenlandia.
Medio mundo y entidades como la Organización de Estados Americanos y las Naciones Unidas escucharon protestas estentóreas y justificaciones rebuscadas con una alharaca sin acciones, porque ¿quién podría ponerle freno al ejercicio de la fuerza por parte de Estados Unidos?
Por su parte, el Departamento de Estado afirmó en X que «este es nuestro hemisferio y el presidente Trump no permitirá que se amenace nuestra seguridad». Algo puede reconocerse como mérito de Trump: no se molesta ni pierde el tiempo con proclamaciones acerca de la democracia, los derechos humanos y las libertades civiles como las que habitualmente se multiplican en estas crisis. Este es, sencillamente, un manotazo al petróleo de Venezuela y Trump así lo dijo: «Vamos a manejar ese país».
Trump declaró a los periodistas que su gobierno ha sustituido la doctrina Monroe y acuñó el neologismo de la doctrina Donroe. La primera, que data de la presidencia de James Monroe en 1823, proclamó a Estados Unidos como protector del hemisferio occidental frente a eventuales incursiones de potencias extrarregionales. La segunda pretende el derecho de intervenir en cualquier país de las Américas que disguste al presidente de Estados Unidos.
DECEPCIONADOS
Uno de los conceptos centrales en el atractivo de Trump para los votantes estadounidenses, y sagrado para sus fieles seguidores en Make America Great Again (MAGA), fue el aislacionismo, la opinión de que el gobierno de Estados Unidos debería evitar involucrarse en conflictos extranjeros y, con más alergia aún, los intentos de modificar los regímenes políticos de otros países. La consigna política de America First halló en las últimas décadas su territorio dentro del Partido Republicano.
Durante sus campañas electorales, Trump cultivó ese yuyo, criticando tanto a los demócratas como a los neoconservadores responsables por la debacle estadounidense en «guerras sin fin», con un gasto enorme en vidas y recursos, y réditos magros. MAGA y algunos agitadores de la derecha ya expresaron su discordia cuando en junio Trump ordenó el bombardeo de instalaciones de energía nuclear en Irán. Y hoy critican la intrusión estadounidense en la guerra en Ucrania.
El exasesor presidencial Steve Bannon expresó su respaldo a la operación militar rápida y la captura de Maduro, pero añadió que «la cuestión mayor que preocupa es que el presidente Trump diga: “Vamos a poner tropas en el terreno” y a reconstruir el país». Candace Owens, otra agitadora derechista locuaz en el ambiente de las redes sociales, opinó que «Venezuela ha sido “liberada” como fueron “liberados” Siria, Afganistán e Iraq. La CIA efectuó otro copamiento hostil de un país», cumpliendo el mandato de «los psicópatas globalistas», dijo.
La exrepresentante republicana y adalid de un segmento sustancial en MAGA Marjorie Taylor Greene mostró una vez más que no hay peor resentimiento que el de los amantes desobligados. «Cambio de régimen, financiación de guerras en el exterior y los dólares de los impuestos de los estadounidenses canalizados de forma constante para guerras dentro y fuera del país, mientras los estadounidenses encaran, también de forma constante, un creciente costo de vida, de la vivienda, del cuidado de la salud, y se enteran de estafas y escándalos», declaró Greene.
«El disgusto de los estadounidenses con la agresión militar sin fin de nuestro gobierno y el apoyo a guerras extranjeras se justifica porque estamos forzados a pagar por ello y los dos partidos, republicano y demócrata, mantienen financiada la maquinaria militar en Washington», agregó. «Muchos en MAGA creyeron que votaban para que se pusiera fin a esto. Cómo nos equivocamos.»
CÁLCULO ELECTORAL
Una encuesta de Gallup encontró que la proporción de ciudadanos que considera a Trump como «fuerte y decisivo» ha bajado del 59 por ciento en el comienzo de su primer mandato, en 2017, al 48 por ciento de diciembre de 2025. La Encuesta Marista para la cadena PBS News señaló que el 57 por ciento de los ciudadanos desaprueba la gestión económica de Trump y solo el 36 cree que está haciendo un buen trabajo, el nivel más bajo en esta encuesta a lo largo de sus dos mandatos.
La atención del presidente, mientras tanto, oscila de la construcción de un enorme salón de baile en la Casa Blanca y un «arco del triunfo» al añadido de su nombre sobre el Centro Kennedy de Artes y Cultura o la pintura dorada sobre los ornamentos en la Casa Blanca.
En las elecciones legislativas de mitad de mandato, en noviembre próximo, Trump no estará en las papeletas de votación, pero el grado de aprobación para el presidente tendrá un impacto en la suerte del Partido Republicano en el Congreso. Actualmente los republicanos tienen 220 legisladores en la Cámara de Representantes y los demócratas 213. En el Senado la diferencia es de 53 a 47.
La pérdida de unos pocos puestos legislativos puede costarle a Trump una parálisis de sus planes en lo que le reste de presidencia y, aún más grave, la posibilidad de que una mayoría demócrata lo someta a un juicio político, que sería el tercero de su colorida historia política. Eso si no es que antes el Congreso, ya medio abochornado por el escándalo del proxeneta de alto vuelo Jeffrey Epstein, saca a luz documentos más procaces sobre la amistad de Trump con el violador difunto.
Los riesgos para Trump, incluidos los vinculados a lo que ocurra en Venezuela, no provienen tanto de los demócratas, sino de los propios republicanos que, para evitar su propia ruina, vayan alejándose de un presidente debilitado. En diciembre al menos 13 representantes republicanos sumaron sus votos a los demócratas para anular un decreto del presidente que le hubiese permitido despedir a empleados federales.
En su hora de jactarse por una operación militar espectacular y la captura de un granuja, Trump ingresa ahora en la trampa de todo éxito por la fuerza: el otro bando puede resultar retobado, lo cual requeriría la introducción de tropas de Estados Unidos en otra guerra interminable.
Trump-Petro
¿Desescalada?
Hacia Colombia miraron muchos en estos días. Donald Trump no se cansó de mencionar ese país y a su presidente, Gustavo Petro, como posible nuevo blanco de sus ataques. «Que Petro cuide su trasero», había amenazado con su habitual elegancia el presidente estadounidense apenas salido de su incursión venezolana. El miércoles 7 la tensión, que había aumentado a tal punto que se hablaba de una «situación prebélica», súbitamente bajó tras una comunicación telefónica de una hora entre ambos. «Tuve el honor de conversar con Petro», dijo Trump por la noche, y aludió a la «voluntad de cooperación» que habría manifestado el sudamericano. «Los colombianos pueden estar tranquilos», dijo a su vez Petro, y Trump dejó trascender que, a cambio del magnánimo gesto de no atacar, Bogotá estaría dispuesta a «cooperar» en el «tema drogas» y en la represión a las disidencias de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y el ELN (Ejército de Liberación Nacional). El diario español El País afirmó ayer, jueves, que Petro llevaba meses negociando entre bambalinas con Estados Unidos. Continuará.
P.P.










