Más realistas que el rey - Semanario Brecha
La era del trumpismo bolivariano

Más realistas que el rey

opinion

Veintisiete veces fueron las que Donald Trump pronunció la palabra petróleo en el discurso de 21 minutos en que anunció el secuestro de Nicolás Maduro. El término democracia, un favorito de otros presidentes estadounidenses, no ameritó mención alguna. Curioso espejo: durante los nueve días siguientes, el diario uruguayo El País dedicó seis de sus editoriales diarios a celebrar la captura de Maduro por Estados Unidos. En todo el conjunto, petróleo aparece una única vez: entre sus muchos crímenes, Nicolás Maduro sustentaba a «la tiranía cubana» «con su dinero de tráfico de drogas y petróleo», nos dice el editorial. En cambio, democracia y democrática son traídas al ruedo por El País 16 veces. Mientras tanto, libertad, otra palabra ausente en el discurso trumpiano, fue el concepto estrella escogido por el expresidente Luis Lacalle Pou («Hoy puede amanecer la libertad en Venezuela») y por varios de sus adeptos.

El País, en atropellada seguidilla:

–«Se acabó el régimen chavista», publicó con los ánimos por las nubes, el 4 de enero;

–«Maduro cayó, es verdad, pero el régimen se mantiene en pie», corrigió, admitiendo su total confusión, el 6 de enero;

–«Decir que esta intervención es inadmisible […] es preferir que siga Maduro, con Rusia, Irán y Cuba […] Esa es la discusión real. Todo lo demás es retórica», argumentó, atacado de ira, el 8 de enero;

–fingiendo demencia, el 10 de enero matizó: «Lo de Venezuela es importante en sí. Pero…»;

–el 11 de enero entró en etapa de negociación: «La transición venezolana debe construirse sobre legitimidad democrática, no solo sobre control administrativo»;

–un día más tarde terminó en otra pataleta: «Varios actores políticos de relevancia, tanto de la oposición como del gobierno», son torpes y faltos de originalidad, y no entienden que «el respeto por la no intervención internacional de tipo imperialista era algo totalmente de recibo hace sesenta años», pero ahora no lo es, y son tan duros de sesera que no comprenden que ese principio depende de cuánto dure en el tiempo una dictadura o de si el gobierno en cuestión tiene o no lazos con Irán.

Hay evidentes dificultades para adaptarse al nuevo guion. La derecha latinoamericana, quizás más debilucha que sus señores de Estados Unidos, quizás más precavida, está acostumbrada a otro marketing político, a otros modales: el imperialismo ya no existe, las intervenciones son para liberar a los pueblos oprimidos, los mentados genocidios son parte de un legítimo derecho a la defensa, Estados Unidos lucha por un mundo libre, Israel solo quiere vivir en paz y otras fábulas similares. Mientras, los conservadores locales repiten el viejo casete, Trump tiene «muy buenas conversaciones» con la «tremenda persona» que ha dejado a cargo de Miraflores, María Corina Machado se humilla en público sin mayores resultados y la Venezuela bolivariana se prepara para recibir en marzo una delegación de magnates petroleros estadounidenses.

Trump también dejó en orsái a otros jugadores. ¿Cómo puede ser que la «compañera antimperialista» Delcy Rodríguez ofrezca a Washington una «agenda común de cooperación» tras el secuestro de Maduro? ¿Qué clase de jugada maestra de resistencia anticolonial llevan adelante los «revolucionarios» de Caracas que el resto de los mortales nos estamos perdiendo? Cuando Rodríguez dice que ella y Maduro han decidido excarcelar a centenares de personas y revisar las detenciones relacionadas con «delitos contra el orden constitucional y el odio», cuando anuncia que el objetivo es abrir a Venezuela «a un nuevo momento político que permita la tolerancia, el entendimiento desde la divergencia y desde la diversidad política ideológica», ¿qué está insinuando? ¿Acaso la «construcción del socialismo» encabezada por Hugo Chávez y Maduro no permitía hasta ahora tales libertades?

En Venezuela, nos decía hace no tanto un dirigente de la izquierda uruguaya: «No hay presos políticos, hay políticos presos». Parece que sus «compañeros» de Caracas piensan distinto.

La verdad se sabe hace tiempo. Tiene casi siete años el informe de la entonces alta comisionada para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas Michelle Bachelet, que denunció que el gobierno venezolano venía hace tiempo llevando adelante torturas, ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, prisión ilegal de líderes políticos, sindicalistas y parlamentarios, represión de protestas populares, vulneración de los derechos a la salud y a la alimentación de los pueblos indígenas, y cerrando medios de comunicación (véase «Vio, escuchó y disparó», Brecha, 12-VII-19). Son viejos ya los informes de economistas venezolanos de izquierda que advertían que el desplome económico del país, uno de los más catastróficos de la historia moderna, precede con mucho a las sanciones estadounidenses y tiene su origen en la incapacidad y corrupción de sus élites políticas chavistas (véase «Asfixiar al ahogado», Brecha, 13-IX-19). La destrucción de las instituciones democráticas venezolanas por Maduro y su séquito es tan o más vieja (véase «Constituyente en vía rápida», Brecha, 9-VI-17), pero llegó a un punto tragicómico con el fiasco de 2024, en el que el chavismo fue incapaz de cumplir sus propias normas electorales y proclamó en contra de las urnas la continuidad de un régimen de «perfecta unión cívico-militar-policial» (véase «Cívico-militar», Brecha, 17-I-25). No sorprende que una dictadura que desconoce con tanto desparpajo la voluntad de sus ciudadanos sea tan solícita con el emperador de Washington. «Salvo el poder, todo es ilusión», entonaban décadas atrás los militantes de Sendero Luminoso.

Con su agresión imperial descarada, Trump dejó a varios a pie. A aquellos que en la derecha latinoamericana no pueden ver una intervención estadounidense sin postrarse a ensalzar la excelencia del invasor y de sus espejitos de colores (Trump ha puesto un embargo sobre tales espejitos) y a aquellos que cantaban las loas de un supuesto gobierno antimperialista y popular en el Caribe (los supuestos revolucionarios han entregado su patria en bandeja de plata).

Son tiempos aciagos. El imperialismo, que nunca se fue, ya no pierde tiempo en excusas. Las élites mundiales –y la uruguaya, faltaba más– callan o aplauden un genocidio. Mientras se abrazan con los asesinos de Gaza, nos prometen lazos más fuertes con Israel. La tentación de encontrar aliados poderosos, ejes autoritarios de la resistencia, que nos den una ilusión de cierto poder de contrapeso es muy alta. Pero el costo de sentirnos poderosos con una fuerza prestada, también.

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