Fue una cumbre por invitación. El presidente anfitrión, Donald Trump, la reservó a sus aliados más estrechos, a los que reunió el sábado pasado en Miami, su ciudad predilecta. Le dio un nombre al grupo que pretende formar, «Escudo de las Américas», y un objetivo teórico: constituir una «coalición americana contra los cárteles». Once presidentes en ejercicio y primeros ministros estuvieron en la cita y dieron al magnate distintas muestras de pleitesía: los de Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Honduras, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay y Trinidad y Tobago. También el entonces presidente electo de Chile, José Antonio Kast, que asumió su cargo este miércoles. Todos «muy buenos amigos de Estados Unidos», los elogió Trump. Y sugirió que quienes no estaban allí en su gran mayoría algo habían hecho para no merecer el convite. Mencionó expresamente a México: «Es un caos, es el epicentro de los cárteles», y a su presidenta «le falta dureza para combatirlos», dijo; también tuvo palabras para Colombia: «No veo que tenga el nivel de cooperación necesario». No habló del otro gran ausente, Brasil, pero sus asesores subrayaron, al margen de la cumbre, cuán poco les agrada la evolución que ha tenido en estas últimas semanas el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien suspendió sine die una visita a Estados Unidos ya programada y habló –durante una reunión con su par sudafricano Cyril Ramaphosa, socio de Brasil en el Brics– de la necesidad para los países «emergentes del Sur» de una defensa militar y una planificación estratégica conjunta para «evitar ser invadidos». También canceló su proyectado viaje a Santiago para la asunción de Kast para no toparse con Flavio Bolsonaro, hijo de Jair, dilecto amigo del magnate que pretende presidir el mundo.
Dos días antes de «Escudo de las Américas», el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, había preparado el terreno reuniendo a jefes militares de 18 países latinoamericanos en la sede del Comando Sur, en Doral, también en Florida. Los convidó a participar en la «guerra abierta contra los narcotraficantes», pero les advirtió que llegado el caso Estados Unidos actuaría solo, «en donde sea», como lo está haciendo ahora en los mares de la región. «Los narcos deben ser tratados con la misma brutalidad que los terroristas de Oriente Medio, como Al Qaeda y el Estado Islámico», lo completó el subjefe de Gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller.
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En la cumbre, en todo momento Trump dejó en claro que la alianza tendrá un jefe y que ese jefe será él. Lo remarcó en varios tonos. De puro y simple ninguneo: «No voy a aprender su maldito idioma. No lo haré»; de broma, o de vaya a saber qué: «Ya hemos reducido en 95 por ciento el tráfico de drogas por mar y estamos investigando quiénes son ese 5 por ciento restante, porque o son las personas más valientes del mundo o no ven la televisión»;1 de patrón de la vereda: «Si quieren, les damos misiles» para que ustedes maten por su cuenta a sus narquitos. «Son extremadamente precisos esos misiles. ¡Pum!, y van directo a la sala.» Los sudacas rieron y aplaudieron.
Hubo espacio en el discurso a reproches retroactivos a quienes gobernaron en el «hemisferio occidental» en los últimos tiempos: «Durante décadas, los líderes de esta región han permitido que grandes franjas del territorio del hemisferio occidental queden bajo el control directo [de los narcos], y bandas transnacionales han tomado el control y han controlado áreas de sus países. Se acabó». Lo hubo igualmente para reflexiones sobre lo bueno que resulta someterse: la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, dijo, «está haciendo un gran trabajo porque trabaja con nosotros». «Ahora allí están las petroleras, nosotros estamos ganando un poco y ellos mucho más que en toda su historia, tienen oro y tierras fértiles, pero si dejan de hacer bien su trabajo, saben lo que les espera.» O sobre lo malo que resulta plantear algún tipo de resistencia: «Cuba está muy al final del camino. […] No tienen nada, ni el petróleo que antes les mandaba Venezuela. Estoy esperando con ansias que llegue el gran cambio para Cuba». Cuando llegue ese cambio, él mismo lo conducirá, anunció para beneplácito de su comedido público: «Cuatro de ustedes vinieron a verme para decirme: “¿Podría hacernos un favor, presidente? Encárguese de Cuba”. Yo me encargo. ¿De acuerdo?». De acuerdo.
Y así.
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Que el combate al narco era una excusa, un pretexto, una entradilla para una alianza militar –y no solo– más amplia quedó meridianamente en evidencia en las bilaterales que mantuvo el magnate y en declaraciones de sus asesores. Al presidente de Panamá, José Raúl Mulino, con quien había tenido sus pequeños tira y afloja cuando el centroamericano dijo que la soberanía sobre el canal de Panamá sería solo panameña, Trump le señaló entre indirectas cómo luego había debido agachar el lomo y dejar sin efecto millonarios contratos con empresas chinas para operar en dos puertos del país y aprobar una reforma del canal para devolverle a Estados Unidos prerrogativas que había perdido. Ninguna advertencia o indirecta fue necesaria, obviamente, para el argentino Javier Milei o el hondureño Nasry Asfura, que se han deshecho en elogios al liderazgo estadounidense y, en especial, trumpiano sobre el mundo libre, pero aun así se permitió recordarles a ambos cuánto le deben a él sus victorias electorales. Al ecuatoriano (nacido en Miami) Daniel Noboa le palmeó la espalda y lo felicitó por la «estrecha colaboración» que estaban teniendo los dos países en el combate a misilazos contra los narcos (véase en esta edición «Un laboratorio de injerencia externa», de Decio Machado). A fines del año pasado soldados estadounidenses comenzaron a desembarcar en Ecuador y ya han participado en operaciones en el marco de una «nueva fase» de la «guerra contra las drogas», según dijo Noboa. Esta semana las operaciones se ampliaron a bombardeos a bases de disidencias de las FARC colombianas a lo largo de la frontera entre los dos países y se anunció la instalación de una oficina permanente del FBI en Quito.
En la cumbre Trump lanzó: «La única forma de derrotar a estos enemigos es desatando el poder de nuestros ejércitos. Tenemos que usar nuestro ejército. Ustedes tienen que usar el suyo». Y remarcó que se está implementando «en toda América» una «nueva doctrina». «Es una doctrina. No permitiremos que una influencia extranjera hostil se afiance en nuestro hemisferio», dijo, aludiendo sin demasiada sutileza a China. En un apartado con medios de prensa, la portavoz del Departamento de Estado, Natalia Molano, explicó lo que supone el acuerdo firmado en Miami: «Esta administración ha restablecido la preeminencia de Estados Unidos en la región».
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No solo México, Colombia y Brasil estuvieron ausentes de la cumbre miamesca. También Uruguay. Colorados, blancos e independientes culparon al gobierno por el horroroso aislamiento en que estaría. El presidente Yamandú Orsi dijo ayer, jueves, que quiere corregir la ignominia y que en Chile, durante la asunción del pinochetista Kast, al menos un país participante en el Escudo propuso sumar a Uruguay. Después de todo, ¿por qué no habría de estar?
- Se refería a las casi 150 personas asesinadas desde setiembre en el Caribe y el Pacífico a bordo de supuestas narcolanchas. Esta semana hubo seis nuevas ejecuciones. ↩︎









