Entre la multiplicidad de voces a las que puede recurrir un narrador al momento de contar una historia, se encuentran las de los objetos inanimados, aquellos elementos que adquieren la cualidad humana de la voz, o eventualmente la de la escritura (esto es, el dominio de la ortografía, la sintaxis y las particularidades del idioma), para propiciar un relato. No se trata de las voces imaginadas para determinados entes que por su coyuntura particular no pueden hablar como cualquier persona que pasa por la calle –piénsese, por ejemplo, en el viejo Qfwfq que imaginó Italo Calvino para Las cosmicómicas (1965) o en el feto que cuenta los hechos que se suceden en la novela Cáscara de nuez (2016), de Ian McEwan–, sino en el monólogo que de pronto desarrolla una cosa inerte. Hay varios ejemplos citables, pero puestos a graficar lo anterior con una elección caprichosa, pautada solo por el gusto del reseñista, puede mencionarse acá al gigantesco pájaro de papier mâché que sigue con sus ojos las peripecias que se narran en la novela Willard y sus trofeos de bolos (1975), de Richard Brautigan.
La casa que cuenta la historia de Una casa sola, la última novela publicada por la argentina Selva Almada, no constituye una rareza dentro de la literatura del vecino país: en 1954, ese gran escritor que fue y que sigue siendo (aunque se lo lea poco) Manuel Mujica Lainez dio a imprenta La casa, en la que un señorial inmueble erigido sobre la calle Florida, de Buenos Aires, refiere los hechos. El apunte es pertinente para subrayar que dos autores muy distintos entre sí eligieron la construcción de un punto de vista y de una voz con cualidades en común, que dieron como resultado dos obras muy diferentes: lo que en Mujica Lainez es un despliegue léxico por momentos barroco, algo recargado y deliciosamente ornamental, en la novela de Almada es puro despojamiento y sustracción. Ayudan también a ello las ubicaciones de las dos casas narradoras: la de Mujica Lainez, en pleno centro porteño; la de Almada, en medio del campo entrerriano.
La casa narradora de Una casa sola es consciente del lugar que ocupa frente a los sucesos que se propone contar –la misteriosa desaparición de toda la familia que la habitaba– y también del hecho, no menor, de que solo puede referir lo que pasa dentro de ella y a su alrededor, pues que sea un ente inerte dotado con una voz humana no le otorga ninguna capacidad extra para ver más allá de sus confines inmediatos. La primera aparición de la voz de la casa, que incluye una precisa referencia al poeta Juan L. Ortiz, paisano de la autora entrerriana, ya da la clave de la naturalidad con la que los hechos van a ser referidos: «Abrí los ojos a una mañana que presentaba poca novedad. El aguaribay florecido ardía de abejas. Las gallinas escarbaban el suelo buscando lombrices. Una pollita joven desenterró un cordón de zapatilla y armó tal alboroto que las otras la persiguieron para robarle el botín».
En el plano más episódico de la novela, esto es, en la progresión argumental que avanza sujeta a la presentación y elucubración alrededor de un misterio, se encuentra la figura del domador Damián Lucero, su esposa y sus hijos, que de un día para el otro, sin indicaciones para terceros ni una sombra de rastros, abandonan la casa solo con lo puesto, dejando tras de sí los enseres domésticos, las aves de corral y sus perros.
La presentación de esta historia pone en escena a una suerte de antagonista sin nombre, definido solo por su vínculo con el domador, además de a unos cuantos policías pachorrientos que no pretenden hacer demasiado para resolver el caso y a una anciana que moverá cielo y tierra, o al menos lo que le permitan sus acotadas circunstancias, para saber qué pasó con la familia.
OTROS DESAPARECIDOS
La relación de estos hechos avanza bajo las claves de una pesquisa policial, en la que la ausencia de testigos y la tergiversación permanente de los presuntos acontecimientos refleja una realidad de la que dos por tres dan cuenta los medios de prensa y que, lamentablemente, es mucho más común de lo que podría llegar a creerse: la desaparición de personas. En este punto, es inevitable no referirse a la desaparición del niño Loan Peña, ocurrida el 13 de junio de 2024 en la localidad correntina de 9 de Julio o, algunos años antes, el 13 de enero de 2002, la volatización de la familia Gil (seis integrantes), que fue vista por última vez al salir del velorio de un amigo en la localidad de Viale, en la provincia de Entre Ríos, y de la que más nunca se supo nada.
Si bien el misterio que rodea a la salida de escena de la familia Lucero oficia de motor de la acción, Una casa sola se asienta en otros elementos que no solo prueban el virtuosismo de Selva Almada para trabajar con lo no dicho, sino que subrayan la capacidad de mixturar voces contrapuestas (o divergentes) en un relato común, algo ya trabajado en sus anteriores novelas, El viento que arrasa (2012), Ladrilleros (2013) y especialmente en No es un río (2020). En Una casa sola, además del relato que proviene de esa construcción en decadencia en medio del campo, aparecen otras voces, entretejidas con la historia central, que se apartan de la peripecia de los Lucero para ganarse un espacio propio en la obra. Tal es el caso de La Gringa, una mujer sufriente que busca la salida definitiva para su desazón, y el de un puñado de seres fantasmagóricos que vienen desde el pasado y que no son otros que los fantasmas de los perseguidos de Justo José de Urquiza, el General mentado en la novela. Estos personajes irrumpen dos por tres en la trama, como si se propusieran boicotear el relato central, a modo de una emisora mal sintonizada que permite la captación de señales lejanas. A diferencia de la voz de la casa, los fantasmas de los ejecutados por orden de Urquiza se mueven en el plano de la escritura a partir de diálogos, en un despliegue de convenciones, regionalismos, frases truncas y sobreentendidos que le aportan al conjunto una inquietante condición mesmérica. Junto con ellos, un narrador esquivo, que también se entrevera en el relato, comenta los hechos como un cronista imparcial: «Tediosa la guerra también. Limbática, aletargada. El viento norte, su soplo caliente en los cueros, las cicatrices. Las pelotas escaldadas adentro del chiripá. El campamento tembleque al rayo del sol, un espejismo. La vaca muerta, recién carneada, la sangre coagulada sobre los pastos. El mosquerío. Los sorbitos de caña. La chacota. La lenta maniobra del entrenamiento».
Novela de cuidadísima factura y controlada complejidad interna, que jamás hace sucumbir la historia central ante los ornamentos de sus voces diversas y contrapuestas, Una casa sola es un libro en el que la materia inaprensible del tiempo está intervenida por el misterio de la naturaleza. Es en ese cruce, justamente, donde se hace fuerte la literatura.







