Alguien debería susurrarles a los oídos de los administradores que una ciudad nacida hace 300 años como San Felipe y Santiago tiene su propia personalidad política. Y que, aunque don Frutos Rivera quiso llevarse la capital a Durazno, los colorados liberales del siglo XIX supieron defenderla. Y que así fue como Montevideo terminó siendo la prueba material de que existió el batllismo, por lo menos desde el Palacio Legislativo hasta la rambla. Por eso, los conservadores de hace un siglo se empeñaban en presentarla como la Sodoma y Gomorra de Uruguay, la «bomba de succión» de la que habló Julio Martínez Lamas en Riqueza y pobreza del Uruguay, hacia donde aviesamente los rojos desviaban los recursos generados por el campo. Maltratada de este modo, San Felipe casi no ha consentido intendentes bl...
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