—¿Cómo se imaginaban que iba a ser esta etapa de la vida?
—No imaginábamos nada –dice Rita Gutiérrez, una de las integrantes del proyecto Mujeres con Historias.
—¿Nada? –le pregunto.
—Bueno, a ver. Las tres estábamos en el exilio. Ellas dos en Holanda y yo en Suecia. En mi caso acababa de tener a mi único hijo. La vida era otra cosa.
En la calle Reconquista 273, entre Colón y Pérez Castellano, donde si uno mira hacia un costado la mirada se pierde en el Río de la Plata, funciona esta experiencia de vivienda colaborativa. De momento, la antigua casona de –por ahora– una sola planta, está deshabitada. Nos reciben tres integrantes de la comisión directiva: Clara Píriz, presidenta; Rita Gutiérrez, secretaria, e Ivonne Campos, prosecretaria.
En la primera sala que da a la calle, apenas entrás a la casa, hay una mesa de madera rodeada de sillas. Clara cuenta que tienen pocos muebles porque, cuando empiece la reforma, no quieren andar trasladando cosas de un lado a otro. La casona antigua, que les fue cedida por la Intendencia de Montevideo (IM), tiene un patio, dos habitaciones y una cocina en la que más de 20 tazas de cerámica se apilan sobre una repisa de madera. «Nos las regaló una compañera del grupo, junto con otras mujeres del taller en el que participa. Son todas distintas y cada una eligió la suya», cuenta Rita.
Después de abrir las ventanas y ajustar la temperatura del aire acondicionado –«No parece prendido», dice Ivonne, que está con frío–, las tres se sientan alrededor de la mesa de la entrada. Clara retoma la conversación sobre cómo pensaban la vejez durante el exilio.
—Yo por lo menos tenía apenas una imagen muy vaga porque a nadie lo educan para atravesar las distintas etapas de la vida.
—Además –agrega Ivonne– hay una idea muy instalada de que cuando envejecés ya estás descartada.
—¿Y cómo era pensar la vida en el exilio? –les planteo, teniendo en cuenta que, en ese momento, según cuentan, eran muy jóvenes.
—Nos planteábamos otras cosas –dice Rita, mientras busca la mirada de sus compañeras.
A partir de ahí, la conversación es una especie de puzle: con respuestas que se superponen y se completan. Una historia colectiva en la que cada una necesita de las otras para contarla.
—Claro. Queríamos cambiar el mundo –dice Clara.
—Y la liberación –agrega Ivonne.
—Habíamos sufrido una derrota, nos habíamos tenido que ir y estábamos reconstruyendo una nueva vida. Pensá que teníamos poco más de 30 años –reconoce Rita.
¿QUIÉN NOS VA A CUIDAR?
El proyecto de la vivienda colaborativa está integrado por 23 mujeres: la más joven tiene 63 años y la mayor, 93. Entre ellas hay quienes vivieron el exilio o el insilio, mientras otras se acercaron invitadas por amigas o conocidas. La propuesta se inspira en el modelo cohousing, surgido en Dinamarca en la década del 60; una forma comunitaria de compartir la vivienda.
Clara cuenta que el proyecto surgió en 2014, cuando empezaron a imaginar cómo querían envejecer. «Antes la gente se moría más joven o, si llegabas a viejo, estabas sentado en un rincón esperando que pasara la carroza», dice sonriéndose. Por esos años, algunas de sus integrantes participaban en la creación del Sistema Nacional Integrado de Cuidados. Allí se empezaban a pensar respuestas para una realidad que desde hace años asoma en el horizonte: para 2070, la expectativa de vida pasará de 77 a 87 años y, como ocurre desde hace décadas, las mujeres mayores serán mayoría.
«Todo comenzó con una pregunta: ¿quién nos va a cuidar cuando seamos viejas? Y entonces ahí empezó la idea de la casa colaborativa, de vivir juntas, de cuidarnos unas a otras», recuerda Clara.
La paradoja del ciclo de la vida es que, si bien muchas de ellas fueron o son cuidadoras –las mujeres siguen dedicando casi el doble de horas que los hombres a las tareas domésticas y de cuidado: 34,4 horas frente a 20,6 horas, según el informe Encuesta de uso del tiempo 2022, elaborado por el Instituto Nacional de las Mujeres y ONU Mujeres–, también son muchas las que reconocen que no tendrán una red familiar que las acompañe en la vejez.
«Mi hija no quiso volver a Uruguay. Era muy chiquita cuando se fue y se quedó allí: hizo su vida, se casó, tiene sus hijos. Acaba de estar ahora y se fue ayer», cuenta Ivonne, que, al igual que Clara y Rita, tiene a sus hijos e hijas viviendo en el extranjero.
En las últimas décadas, los cambios sociales y culturales transformaron las formas tradicionales en que las vejeces reciben apoyo de sus familias. En un mundo de jornadas laborales más extensas, con hijos e hijas con menos tiempo disponible o con proyectos de vida en otros países, las tramas de apoyos se ven limitadas o muchas veces entran en tensión.
«El modelo hasta los años setenta era que las mujeres se casaban, algunas pocas eran profesionales, pero se dedicaban a cuidar a los hijos. Y estaba la obligación de que, cuando los padres fueran mayores, tenían que cuidarlos. Las casas se prestaban para eso, pero esta no es la realidad de hoy», reflexiona Rita.
Incluso el lugar tradicional de las abuelas y los abuelos también se transformó, aunque la expectativa de asumir ese papel de cuidado sigue presente como un mandato casi incuestionable. Según Clara, ponerlo en cuestión no significa que no quieran acompañar a sus nietos, sino que también quieren tener sus proyectos y estar activas. «Sigue pesando mucho en algunas de nuestras compañeras como algo no elegido; o sea, disfrutable, pero no elegido como único destino», comenta Clara.
Dentro del proyecto también cuestionan una forma tradicional de transitar esta etapa de la vida: la de vivir en residencias que, muchas veces, limitan la autonomía de las personas mayores y las infantilizan. «No queremos que nos entretengan; nosotras sabemos entretenernos», dice Ivonne, que cuenta que podría irse a vivir a Holanda con su hija, pero elige quedarse en Uruguay. «Me interesa hacer cosas acá y dejar un legado para las mujeres del futuro.»
UNA RED AMPLIA
La vieja casona de la calle Reconquista fue cedida en 2024 en comodato por la IM a través del programa Fincas Recuperadas. El convenio tiene un plazo de 30 años. La idea es que vivan allí 16 mujeres mayores solas. Desde el primer momento, todas trabajan pensando en la casa como un espacio que habitarán, aunque algunas todavía viven con sus parejas o participan del proyecto sin la expectativa de mudarse allí.
«Que quede claro que esto no es algo que nosotros vayamos a heredar o de lo que vayamos a sacar algún provecho. En mi caso, yo creo que ni siquiera voy a llegar al momento de venir acá», dice Ivonne, pensando en el tiempo que aún falta para la reforma. Clara la interrumpe y busca la complicidad de Rita antes de decir: «Desde que te conozco venís diciendo lo mismo». El comentario despierta la risa de las tres.
A diferencia de otros proyectos habitacionales pensados para poblaciones más jóvenes, en este caso hay que considerar que los contextos de las personas mayores cambian rápidamente. «Que me disculpe mi marido, pero él me hizo prometer que yo no me voy a morir antes que él, y yo soy bien mandada. Pero, bueno, además, la estadística dice que los varones se mueren primero», dice Clara.
Esa realidad explica por qué el proyecto está abierto a incorporar nuevas integrantes para que se sumen a la iniciativa. «Nosotras empezamos con esta idea en 2014 y la asociación civil se concretó en 2019. Ya hay muchas que no están», dice Rita. El paso del tiempo también modificó las expectativas iniciales. «La idea primaria era que todas fueran autónomas, o sea, autoválidas», pero la ampliación a personas que no cumplan esa condición «es una realidad en la que tenemos que ir pensando», reflexiona.
Desde sus inicios, el proyecto se presentó como la primera vivienda colaborativa feminista y autosustentable. Muchas de ellas vienen de experiencias de militancia feminista o de historias de compromiso político.
—¿Qué implica pensar la vejez desde esta mirada? –les planteo.
—La pregunta que yo me he hecho es: ¿por qué las feministas tienen que terminar en residenciales pequeñoburgueses? –dice Rita.
—¿Y cómo sería romper con ese modelo?
—Siempre se piensa el cuidado como algo que tiene que ser familiar o mercantilizado. Pero también puede ser socializado y comunitario, que es lo que nosotras proponemos –agrega Clara.
Para ellas, pensar el acompañamiento desde una red más amplia también implica construir nuevas formas de familia. «Hay un nuevo concepto que estuve leyendo, de una antropóloga americana, que se llama oddkin. Y es justamente tener una nueva familia en la que no estén los roles designados como en la familia patriarcal. Ahí está la cuestión», explica Rita. Se refiere a un concepto de la antropóloga feminista estadounidense Donna Haraway, quien propone la idea de los «parientes extraños» (oddkin) para pensar vínculos que rompan con la idea tradicional de familia basada en el linaje o la pertenencia biológica. En lugar de asumir los lazos como algo dado, Haraway invita a imaginar nuevas formas de parentesco construidas desde el cuidado, el afecto y la responsabilidad compartida.
ABIERTA AL BARRIO
El proyecto hoy tiene los cimientos, pero tiene también, todavía, un largo camino por delante, sobre todo porque se trata de una experiencia sin antecedentes en el país. Uno de los principales desafíos es conformar un grupo de mujeres con necesidades y expectativas que, en algunos casos, pueden ser diferentes.
Según cuenta Rita, después de varios intentos de encontrar asesoramiento, comenzaron a trabajar junto con el área de Psicología Social de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República. «Nos costó, porque hubo otras asesorías que fueron rechazadas por el grupo», repasa. Una vez al mes, un miércoles, las integrantes reciben esa mirada externa, que las ayuda a consolidar el colectivo, reflexionar sobre las dinámicas que quieren construir en la casa, despejar dudas y resolver los «cuellos de botella» que surgen durante el proceso.
Hasta el momento, no tienen un reglamento ni definieron cómo elegirán a las 16 mujeres que vivirán en la casa, aunque visitaron experiencias similares en otros países, de las que tomaron algunas ideas. Clara menciona, por ejemplo, que todavía no han conversado qué ocurriría si dos compañeras que son pareja quisieran vivir juntas. «También algunas preguntan si podrán traer perros, gatos. Una cantidad de cosas que se están adelantando, cuando todavía falta», agrega Ivonne.
Otra de las alianzas que conformaron fue con la Sociedad de Arquitectos del Uruguay (SAU). El año pasado lanzaron un concurso, financiado por la IM, para recibir propuestas de diseño para la construcción de las nuevas plantas de la vivienda colaborativa. Según cuenta Clara, se conformó un grupo de trabajo junto con profesionales de la SAU para recoger las ideas de cada una de las integrantes. «En general se tomaron prácticamente todas, salvo algunas muy locas, como la mía, que quería un jacuzzi en el techo.»
Se presentaron 54 proyectos. El ganador está expuesto en la sala principal de la casa: una serie de imágenes del prototipo que muestra una ampliación en varios niveles, con habitaciones individuales con baño propio y balcón –orientado hacia el patio o la calle–, organizadas de manera simétrica alrededor de un ascensor. Las tres se acercan y señalan su lugar favorito: una elige la huerta; otra, la biblioteca; otra se imagina los espacios comunitarios con el barrio.
Ahora el proyecto está en la etapa de búsqueda de financiación. Fue declarado de interés ministerial por el Ministerio de Desarrollo Social, pero eso no se traduce en un apoyo estatal para su ejecución. Para sus integrantes, sería importante que el gobierno tomara el proyecto como una experiencia piloto para pensar en una política pública que reconozca y facilite iniciativas de viviendas colaborativas autogestionadas para personas mayores.
Cuando el presidente Yamandú Orsi presentó en Colonia los 48 puntos que definirían las prioridades a nivel nacional, el punto 30 planteaba: Implementar proyectos de vivienda colectiva para la vida autónoma de adultos mayores. Sin embargo, con el tiempo, esa iniciativa fue perdiendo presencia en la agenda. En el plan quinquenal de vivienda se menciona, en la página 94, la creación de «un fondo rotatorio para financiar proyectos de vivienda y cuidados para personas mayores con personería jurídica cooperativa o sin fines de lucro», pero hasta el momento no hay novedades sobre políticas concretas para su implementación.
Además de Mujeres con Historias, existen otros proyectos que también desarrollan experiencias de vivienda colaborativa para personas mayores:Carpe Diem, un proyecto mixto ubicado en el Montevideo rural; Coviviendo AEM78, también mixto, localizado en una chacra de Atlántida Norte, y Angairú, integrado por mujeres que optaron por vivir juntas pero alquilando y aún se encuentran en la búsqueda de un espacio para concretarlo.
A diferencia de Mujeres con Historias, estas iniciativas se conformaron como cooperativas de consumo, ya que la actual ley de vivienda no las contempla, y por ello cada integrante realiza un aporte económico. Otra de las diferencias es que, desde el inicio, las integrantes del proyecto imaginaron la casona de Reconquista 273 como una casa abierta al barrio.
—Cuando hicimos la inauguración de la casa, vino cantidad de gente. Hicimos un espectáculo –cuenta Rita. Ese día estuvo el intendente de Montevideo, Mario Bergara, y otras autoridades de la comuna.
—Yo te diría que es la fórmula a la uruguaya del cohousing –dice Clara, que cuenta que hace unos días dos mujeres mayores –«esas de batón», describe– se acercaron y le preguntaron cuándo volvían.
—¿Qué es lo que más las entusiasma de estos primeros pasos del proyecto?
—La foto final era: qué lindo vivir con amigas –responde Clara–. Pero en el camino una va descubriendo que, como dicen, el camino es la recompensa. Y vamos teniendo un montón de espacios de participación que nos hacen vivir.









