Asterix en Piriápolis - Semanario Brecha
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Centenario de René Goscinny

Asterix en Piriápolis

De los grandes títulos de la historieta franco-belga, sin dudas es Asterix el que ha resistido mejor el pasaje del tiempo. Su guionista, René Goscinny, creó a los irreductibles galos junto con el dibujante Albert Uderzo, en 1959. La corta vida de Goscinny está llena de giros y sorpresas, entre las que se encuentra el haber pasado los veranos de su infancia en esta tierra oriental.

René Goscinny en junio de 1974. AFP, Jean-Pierre Couderc.

Una foto de 1931 así lo atestigua: el pequeño René, de 4 años, posa con traje de baño de torso cubierto junto a su madre y su hermano, a la orilla del mar en la playa de los Argentinos de Piriápolis. Atrás, el cerro San Antonio y, sobre una rambla de todavía muy pocas construcciones, la inconfundible silueta del Hotel Colón, por entonces todavía llamado Brisas del Mar.

Seis años más tarde la escena se repite, aunque con variaciones. Esta vez en la foto René aparece flanqueado por su padre Stanislas y su madre Anna. No están en traje de baño: los adultos llevan sombreros y visten ropas ligeras y claras, a diferencia de René, que lleva un trajecito oscuro de pantalones cortos. Nuevamente están en una playa, pero esta vez no se la ve, aunque, para quienes conocemos el escenario, la costa se huele y se oye. Están parados en una ancha escalera mirando hacia un río que parece mar. Detrás de ellos otro hotel: el Casino Carrasco de Montevideo.

El joven René Goscinny había llegado al Río de la Plata a los 2 años de edad, para reunirse con su padre, un ingeniero químico que había sido relocalizado en Buenos Aires. Era un niño con mirada muy vivaz y un pelo extraordinariamente crespo, lo que, visto desde el presente, lo hace parecer el hermano perdido de Georges Perec.

Stanislas Goscinny, nacido en Polonia, integraba la Jewish Colonization Association, una institución que facilitaba a los judíos de Europa oriental víctimas de pogromos del imperio ruso establecerse en colonias agrícolas de Brasil, Argentina, Canadá y Palestina. Se había especializado en agricultura en climas cálidos, por lo que había trabajado en México, Túnez y Nicaragua antes de afincarse en el Río de la Plata.

La infancia de Goscinny en Buenos Aires fue de lo más corriente, era muy buen estudiante, pero también disfrutaba de hacer reír a sus compañeros, no le gustaba el fútbol, pero sí andar a caballo, y le encantaban el cine y las historietas. Más tarde, famosamente repetiría que sus maestros de pensamiento eran más Laurel y Hardy que Kant y Spinoza y que lo que lo metió de lleno en el mundo del cómic fue su amor por Walt Disney, luego de ver en 1938 el estreno de Blancanieves. Previsiblemente, su primer intento de entrar en el mundo de la historieta no fue con la idea de escribir guiones, sino de dibujar, y lo hizo de manera solvente, pero con poca gracia.

De esa infancia en Argentina muchos (argentinos) derivarán algunas presunciones: que el color y diseño de los pantalones de Obelix es un guiño al pabellón patrio de aquel país e, incluso, para los del barrio de Avellaneda, que se trata de un homenaje al club Racing (por lo menos hasta ahora los de Independiente se han abstenido de reclamar los pantalones rojos de Asterix para sí).

¡POR TUTATIS, AHIJUNA CANEJO!

Sin embargo, la afirmación más interesante sobre la presunta influencia argentina en Asterix y Obelix proviene del ícono de la historieta de Dante Quinterno: Patoruzú, el indomable cacique tehuelche de fuerza sobrehumana y su hermano alto, panzón y simplote, llamado Upa.

Y es que, si bien resulta imposible que Goscinny no hubiera leído la revista Patoruzú, inmensamente popular en la época que vivió en el barrio Retiro, de Buenos Aires, lo que habría que preguntarse al hablar de influencia es qué tienen de parecido el universo de Patoruzú y el de Asterix. La respuesta es que realmente nada, más allá de ser habitantes originarios de sus respectivos países, con una fuerza física fuera de lo común (y, bien mirado, ni siquiera eso). Uno diría que, en realidad, lo más notable entre Patoruzú y Asterix no son las similitudes, sino las diferencias. Y es que, contrario al de Goscinny-Uderzo, el universo de los personajes de Quinterno es más bien simple e incoherente: Patoruzú es un cacique tehuelche fabulosamente rico y dueño de grandes extensiones de tierra en la Patagonia. Tiene un padrino mujeriego, tránsfuga y vividor en Buenos Aires, llamado Isidoro Cañones, sobrino de un coronel rígido e ignorante. El linaje del cacique se remonta al antiguo Egipto, a los tiempos de sus bisabuelos, el faraón Patoruzek I y Patora la Tuerta. El arraigo de esta raza fantástica en Argentina ocurre cuando Patoruzek II, el abuelo de Patoruzú, llega a estas tierras sudamericanas montado en un águila. Esto quiere decir que el cacique tehuelche es, en realidad, un inmigrante egipcio de segunda generación nacido en Argentina.

Pero bueno, uno puede elegir creer, como se dice normalmente. Pasar todo por alto y disfrutar sin tanta vuelta de unas historias que, al fin y al cabo, han sido hechas para que se entretengan los niños y con un ánimo moralizante. Quinterno indicaba de manera clara en su manual de caracterización para guionistas y dibujantes cómo era aquel indio: «Patoruzú es el hombre perfecto, dentro de la imperfección humana, o sea que configura el ser ideal que todos quisiéramos ser». Era un modelo de cabo a rabo: generoso, sano de cuerpo y espíritu, bueno, justo, defensor del más débil, estoico, desinteresado, valiente. Atributos todos ellos que, en realidad, no heredó de su padre, el Tata Patoruzú, que escondió y abandonó a Upa en una cueva simplemente porque no era un niño normal.

Asterix, por su parte, es todo lo contrario. Dentro de su fantasía –la existencia de un último reducto de resistencia de los galos ante el avance de los romanos– presenta un mundo desopilante pero verosímil y documentado. Goscinny explicaba su método diciendo que investigaba todo lo que podía y después intentaba olvidar lo que había aprendido para tener libertad creativa dentro de ese mundo. ¿Cómo era la vestimenta de los galos? Tal vez los pantalones no fueran como la camiseta de Cerro, pero eran atuendos ciertamente coloridos, ceñidos al cuerpo y con rayas y cuadros.

Sin embargo, la diferencia más patente entre Patoruzú y Asterix es que los galos no son héroes intachables. Asterix es astuto y burlón, no duda en mentir y engañar. Es valiente, pero sus misiones incluyen una buena dosis de diversión y violencia gratuita a costillas de los demás. Ambos son, ante todo, vecinos de la aldea, viven insertos en su comunidad, de allí salen y allí vuelven. No son unos justicieros universales, no buscan, digamos, desfaçer entuertos, su misión es una: defender la aldea y a los aldeanos de la invasión extranjera, tarea que los lleva muchas veces más allá de sus confines.

Si hay algo de cierto respecto a la inspiración de Goscinny en Patoruzú diremos que está en Oumpah-Pah, el primer personaje creado por la dupla Goscinny-Uderzo en 1951. Y es que, en su afán por demostrar la influencia de la revista de Quinterno en el joven Goscinny, los argentinos terminaron encontrando algo, aunque totalmente diferente a lo que buscaban: Umpah Pah es el seudónimo del escritor que firma una columna de humor llamada «Divagaciones de un alma cautiva», que aparecía en la revista Patoruzú en 1938 y que consistía en las cartas que un loco le escribe a su doctor desde el manicomio pidiendo que lo libere. Y bueno, ahí tienen la confirmación de que Goscinny leía y recordaba muy bien la revista Patoruzú. Algo es algo.

UNA MUERTE EN LA FAMILIA

El 25 de diciembre de 1943, de madrugada, el padre de René, Stanislas sufrió un derrame cerebral y murió. René, que tenía 17 años y acababa de terminar el bachillerato, pensaba ingresar en Bellas Artes o hacer una licenciatura en Letras, pero, sobre todo, quería ayudar al general De Gaulle a derrotar a los nazis uniéndose a los cadetes de la Francia Libre. Tras la muerte de su padre, no le queda más remedio que buscar trabajo. Lo encuentra como administrativo en Fate, la conocida marca de neumáticos que a mediados de los ochenta le iba tan bien como para esponsorear las camisetas de River Plate y Boca Juniors, pero que no sobrevivirá a la política económica ultraliberal del gobierno de Javier Milei, que la llevó a la quiebra en febrero de 2026.

Sin Stanislas no había demasiadas razones para seguir en una Argentina que venía sufriendo una deriva crecientemente nacionalista. Así, tras probar suerte como dibujante en algunas agencias publicitarias, el 17 de octubre de 1945, al mismo tiempo en que una multitud salía a la calle a exigir la libertad del general Perón1 –una fecha que se convertirá más tarde en el Día de la Lealtad Peronista–, Goscinny desembarcaba en Nueva York. «Me había marchado a Estados Unidos con la esperanza de trabajar en Walt Disney, pero Walt Disney no lo sabía»,2 repitió luego en más de una entrevista.

Goscinny no logrará trabajar para Disney, pero, en cambio, conocerá a quienes unos años más tarde van a crear la revista de humor más importante de los Estados Unidos: Mad. Realmente es difícil imaginar cuál era la probabilidad estadística de que Goscinny, que para entonces era un novato, terminara trabajando en Nueva York con Harvey Kurtzman, Bill Elder y Jack Davis, pero, como dice el dicho, más vale suerte que dinero. Sin embargo, deberán pasar varios años para que esta historia, contada en retrospectiva, parezca un cuento sobre la buena fortuna. Harán falta varios viajes más entre Nueva York, Bélgica y París, la creación de decenas de personajes y la fundación de una revista.

La revista es Pilote y nace en octubre de 1959 con las primeras páginas de Asterix, el galo en sus entrañas. Fue la primera vez que el mundo leyó estas palabras ahora ya míticas: «Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de legionarios romanos en los reducidos campamentos de Babaorum, Aquarium, Laudanum y Petibonum…».

QUINCE SEGUNDOS

El 14 de agosto de 2026, René Goscinny hubiera cumplido 100 años. Sin embargo, dentro de dos años y medio, habrá estado más tiempo muerto que vivo. El 5 de noviembre de 1977, a raíz del agravamiento de su enfermedad cardíaca, le habían recetado una prueba de esfuerzo. Mientras la hacía en una bicicleta fija, le dijo al médico que le dolía el brazo y el pecho, y este le ordenó seguir pedaleando 15 segundos más. Murió de un ataque al corazón allí mismo.

Nueve años más tarde, cuando su hija Anne cumplió 18 años y su madre, también de 51 años, estaba muriendo de cáncer, fue a visitar al médico de los 15 segundos, que seguía atendiendo en la Clinique Internationale du Parc Monceau, situada en el 21, calle de Chazelles, en París, y, con la mano oculta en el bolsillo, le dijo: «Hola, he venido a matarlo». No lo hizo. En lugar de eso, se dedicó a escribir novelas marcadas por la ausencia.

En la novela gráfica Le roman des Goscinny. Naissance d’un gaulois la historietista Catel narra la historia de los dos escritores Goscinny, padre e hija, empezando por esa escena. «Ese pasaje de tu libro cuando amenazas al cardiólogo es apenas creíble», le dice Catel. Y Anne responde: «Pero es absolutamente cierto. Todo ocurrió exactamente así; ¡nunca habría podido inventar una escena semejante!».3

Sería imposible ponderar la totalidad de la obra de René Goscinny y su legado como editor y guionista. Con Pilote, no solo fundó una revista cuyo primer número vendió 300 mil ejemplares (y se agotó el mismo día de su lanzamiento), sino que publicó a una galería de dibujantes y guionistas de calidad inigualable. La enumeración de sus propias creaciones aparecidas en la revista ya por sí sola quita el aliento –Asterix, El pequeño Nicolás, Iznogud, Valentín el vagabundo, Los Dingo-dossiers, Lucky Luke (con Morris)–, pero también publicó las de Charlier –Barbarroja, Las aventuras de Michel Tanguy y Laverdure– y, más adelante, nada menos que el Teniente Blueberry, entre muchas otras. La revista, además, sirvió de plataforma para toda una generación de creadores que eran totalmente desconocidos cuando Goscinny les abrió sus páginas, entre ellos (para tirar unos humildes nombres) Jacques Tardi, Enki Bilal, Jean Giraud o Claire Bretécher.

¿Qué tiene la obra de un autor muerto hace casi 50 años que, a pesar de lo mucho que ha cambiado el mundo, sigue siendo atractiva para los niños del siglo XXI? Si fuéramos a tomar su historieta más emblemática, lo que hace a Asterix inmortal es un equilibrio perfecto de ingenio, humor, inteligencia, información, burla, aventura, malicia e ingenuidad y mucho más. La fórmula del éxito de Asterix es como la poción mágica de Panoramix: se saben algunos de los ingredientes y se conoce el resultado, pero lo fundamental parece ser el perfecto equilibrio de sus partes (y una langosta para darle sabor). Y es que, si se observa bien, los elementos centrales de la historieta son siempre los mismos: la aldea gala rodeada de campamentos romanos, dos protagonistas de personalidades antagónicas, una aventura, la ayuda de la poción mágica y muchos golpes a los legionarios del César. Las aventuras siempre empiezan en la aldea, pero o bien se desarrollan por completo dentro de ella o los galos tienen que viajar a otros lugares. Asterix es el protagonista y líder –astuto y valiente, sí, pero, bien mirado, medio soso y poco simpático–. De hecho, la mejor manera de desenmascarar a un falso fanático de la serie es preguntarle quién de los dos le gusta más: si dice Asterix, es que no ha leído lo suficiente. Y es que es improbable que el pequeño galo genere apego en los lectores, porque es difícil interesarse por él en lo emotivo, ya que es un personaje sin complejidades, contradicciones o un rango decente de emociones. El verdadero ídolo de la historieta es Obelix, algo que, de alguna manera, ya parece una tradición en la historieta franco-belga, porque ¿no es el Capitán Haddock más interesante que Tintín o Fantasio que Spirou?

Goscinny era un gran observador de los tipos y comportamientos humanos y tenía, evidentemente, un enorme talento para el gag. Sus historietas están sembradas de chistes. Muchos de ellos son recurrentes no solo a lo largo de la misma historieta, sino de toda la serie, y parte de su eficacia reside en la repetición. Hay que recordar, además, que la historieta se publicaba seriada, es decir, de a pocas páginas por semana, lo que obligaba a una estructura que tenía que funcionar a la vez en el corto y en el largo plazo. Goscinny, entonces, se las ingeniaba para meter varios chistes en pocos cuadritos y en inventar subtramas que, incluso mientras construía la narración larga, pudiera usar para hacer reír. Como es bien sabido, una fuente inagotable del humor goscinniano son los juegos de palabras y las idiosincrasias nacionales. Solo los nombres de los personajes abren un campo entero de bromas. Las diferentes traducciones al español de Asterix han respetado en diferentes grados los chistes basados en los nombres galos y romanos, godos, bretones o normandos. De hecho, la última traducción en Argentina los ha aporteñado y ha sustituido, por ejemplo, el nombre de la esposa del jefe galo Abraracurcix, que en traducciones más castizas se llamó Karabella, por Buenamina. Podrá alegarse que el nombre original en francés es Bonemine, pero este es un juego de palabras con el buen semblante (bonne mine «buen aspecto, buena cara», en el sentido de «saludable»), que los argentinos parecen extender a la belleza femenina al sustituir cara por mina. Los cambios en los nombres son tan extensos en esta nueva versión que hay lugar para un griego llamado Maragatos –en honor a los suegros del traductor argentino,4 que son de San José– y para un par de homenajes a Gardel. No solo dos romanos que aparecen juntos en Asterix y los godos se llaman Tulus y Tacuarembus, sino que, cuando en Asterix en los Juegos Olímpicos todos los hombres de la aldea se van a Grecia a alentar a Asterix, van cantando «Mi Buenos Aires querido» (cambiando Buenos Aires por Lutecia). Y podrá gustarnos o no el resultado, lo indudable es que debe haber sido el trabajo más divertido del mundo.

Tal vez donde puede verse mejor el humor de Goscinny en el juego de las nacionalidades es en Asterix legionario, cuando los galos se alistan en la legión romana para ir a África a rescatar a Tragicomix, el novio de Falbala. El tema de las idiosincrasias de egipcios, belgas, godos, griegos y bretones dentro de la legión es una de las subtramas que proporciona un chiste tras otro. Sin ir más lejos, cuando los nuevos legionarios protestan enérgicamente por la calidad de la comida, el único que no comparte el juicio es el bretón, que la considera exquisita. No hay mejor chiste sobre lo mala que es la comida en Gran Bretaña.

Asterix es una creación de Goscinny con Uderzo, el enorme dibujante de la serie que, lamentablemente, opacó un poco su legado haciéndose cargo de los guiones tras la muerte de Goscinny. Pero no tengan dudas: en el Asterix canónico, Goscinny y Uderzo son Lennon y McCartney. Porque la expresividad y el cuidado del dibujo, el talento para dibujar el movimiento en una historieta que es a la vez textualmente ingeniosa pero eminentemente física, la expresividad para representar de manera gráfica las ideas de Goscinny, pero también para construir una personalidad no solo de los personajes principales, sino de los cientos de secundarios, es notable.

Eso es también lo que nos hace leer y releer a Asterix: en cada lectura es posible encontrar algo nuevo, porque hay tantos guiños, chistes y microchistes, tantas referencias y juegos de palabras, tantas caras, gestos y objetos dibujados con detalle en cada viñeta que, desde nuestra infancia hasta hoy, estamos encontrando cosas que habíamos pasado por alto.

Sin embargo, es probable que la pregunta fundamental sea: ¿qué es lo que nos hace amar tanto a la aldea de los galos? Si hay algo que ha logrado Goscinny es hacer una historieta profundamente francesa como solo podía hacerla un «extranjero»: no por nada gosc, en polaco, significa «huésped». René Goscinny siguió el consejo de Tolstói de forma literal: «Pinta tu aldea y pintarás el mundo» desde la lucidez que nos da la distancia. Así, nos contó la historia de una aldea gala tan universal que todos nos sentimos parte de ella. No hay nada más parecido a un hogar que esa aldea que es capaz de resistir la invasión porque tiene un secreto que no es precisamente la poción mágica, sino ser una comunidad unida, cada uno en su rol, como una gran familia en la que puede haber desavenencias, pero que, al final del día, se sienta toda junta en la mesa. Una aldea donde siempre hay motivo para celebrar, donde predomina la afabilidad, el compañerismo y el buen humor, donde el más inteligente es el mejor amigo del más ingenuo y todo se parece mucho, muchísimo, a la felicidad y la alegría.

  1. Preso en la isla Martín García tras su renuncia a la vicepresidencia. ↩︎
  2. Goscinny. Biographie, Marie-Ange Guillaume y José-Louis Bocquet. Actes Sud, 1997, pág. 37. ↩︎
  3. Bernard Grasset, París, 2019, pág. 17. ↩︎
  4. Leopoldo Kulesz, para Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2021. ↩︎

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