La candidata más potente de la izquierda argentina está exultante. Le sienta bien el estrellato. Aunque la presión, los viajes y la cantidad de trabajo abruman, Bregman redobla la dosis de ejercicios físicos y afronta el desafío con ánimo arrollador. Corre, anda en bici, hace taekwondo. El momentum se desató en abril, cuando una encuesta de Atlas Intel y Bloomberg sorprendió al ubicarla en la pole position de imagen positiva. La consultora venía midiendo a 11 «líderes políticos» y de golpe decidió incluir otros cuatro dirigentes: además de la abogada trotskista, sumó al expresidente Alberto Fernández, al moderado Horacio Rodríguez Larreta y al jefe de Gobierno porteño Jorge Macri. Los tres varones fueron raudos a ocupar los últimos lugares en el listado de las preferencias, mientras ella se encaramó en lo más alto. Inédito.
Luego se conocieron nuevas mediciones que confirmaron el crecimiento de la Rusa, incluso en intención de voto. Otros indicios avalan el portento: las métricas en redes sociales advierten que millones visualizan sus intervenciones en el Congreso, los medios del establishment no dejan de entrevistarla porque su presencia levanta el rating y cada vez más gente la saluda en la calle. Cualquiera diría que es una política profesional en plena campaña.
«No necesitás una encuesta», dice mientras se despliegan chorizos y morcillas en una mesa para diez comensales, con abundante vino, en la casa de uno de los editores de esta revista. «La gente me para y dice “gracias”. Me agradecen por estar, por levantar la voz. Hay una necesidad de enfrentar al poder y un retiro de la política tradicional, completo y absoluto. Un 44 por ciento de la población no votó a La Libertad Avanza y Javier Milei no logra avanzar sobre ese segmento de la población. Incluso una parte de su apoyo ya se desgranó, especialmente el sector popular y juvenil. Perdió 15 puntos entre octubre de 2023 y octubre de 2025. Ahora se recuesta sobre el voto de la derecha tradicional y conservadora. Y quienes no lo votaron están más enojados. El problema es que no hay ganas de darle representación política. Es cierto que Argentina tal vez no está desplegando niveles de combatividad como en otros momentos de la historia, pero yo no noto ese nivel de derrota y de desmoralización que te quieren mostrar por arriba. No hay nada que pacifique más que la tristeza.»
—Una lectura posible es que quienes apoyan a «la extrema izquierda» están en busca de una representación antisistema, por eso antes habían apoyado a la extrema derecha. ¿Lo ves así?
—No. El mundo, y especialmente América Latina, viene oscilando entre gobiernos reformistas y de ultraderecha. Los «reformistas» no reforman nada (fracasan y desilusionan) y los de ultraderecha no logran asentarse. Al mismo tiempo, pierden los oficialismos sistemáticamente. Lo nuevo a nivel mundial es la emergencia de un fenómeno a la izquierda del reformismo. Zohran Mamdani hizo campaña cuestionando las políticas tradicionales del Partido Demócrata, hablando de Palestina, y ganó Nueva York. El partido comunista austríaco hizo una muy buena elección. Entre la juventud alemana, Die Linke se ubica como primera fuerza. Y nosotros nos presentamos en Saint-Denis, que es el distrito más popular del Gran París, en Francia, y metimos dos concejales.1 Para mí, decir que el fenómeno es solamente pendular describe poco lo que pasa. Empiezan a surgir a nivel mundial algunos fenómenos que creo tienen base social: los dos millones de personas bloqueando todo en Italia, la revuelta en Bolivia, el movimiento pro-Palestina en las universidades de Estados Unidos y europeas, Mineápolis enfrentando los métodos fascistas del ICE [Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos].
—Entonces, ¿quienes se están viendo representados por vos son personas que antes se referenciaban en el peronismo?
—Existen distintos afluentes. No lo veo tan lineal. Hay una maniobra que consiste en decir que la izquierda le saca votos al peronismo, por ende, es funcional a la derecha. Y nada más lejano. Hay gente que no va a volver al peronismo, aunque lo haya votado alguna vez. Probó con el peronismo en las últimas elecciones como mal menor, lo dejaron en banda, ¿por qué va a seguir ahí? Yo me encuentro en la calle con muchos que me dicen «soy peronista, pero esta vez voy con vos». Entonces, creo que ese apoyo tiene muchos componentes, gente que va y viene, que prefirió votar en blanco o no ir a votar, y ahora dice «che, cuando había que estar contra este facho, la izquierda estuvo». Esa es la imagen de hoy. Después hay que ver si se traduce en votos. Antes la izquierda no figuraba en el abanico, ahora sí. Nos costó mucho porque a nosotros nos borran siempre. Todas las elecciones las plantean como una opción entre el mal mayor y el mal menor. Yo salí tercera en la ciudad de Buenos Aires y no lo sabe nadie.
—¿Ustedes tienen como objetivo estratégico superar al peronismo?
—En términos electorales no está planteado así. Sí es un pensamiento estratégico sobre qué movimientos se necesitan para sacar al país del estado catastrófico en el que está, de dependencia y decadencia. Hay que poner en pie un nuevo movimiento histórico, porque nadie puede sostener seriamente que el peronismo va a cambiar la relación de fuerzas, la sumisión del país al imperialismo, las condiciones estructurales económicas. Ni ellos mismos lo dicen. Incluso Axel Kicillof habla de «un escudo» para que no avancen más. No dice «voy a derogar la reforma laboral» ni «voy a tirar abajo la ley de glaciares».
—¿Y cómo se construye ese movimiento histórico?
—Como cualquier movimiento histórico: desde abajo, con organización, con lucha. Es todo muy inicial, pero estamos pensando este momento como un desafío político y no meramente electoral. Pensar un sistema de engranajes que haga mover la rueda para salir de esta situación. Por eso estamos insistiendo con la coordinación, porque no es que no haya lucha. Cada vez que en Argentina se movió algo fue porque hubo instancias de coordinación por fuera de las burocracias sindicales, que no van a hacer nada. Seguir esperando a la CGT [Confederación General del Trabajo] sería como esperar a los Reyes Magos. La idea es discutir qué se necesita y empezar a ver en qué sentido podemos influir, porque tenemos una responsabilidad nueva. Queremos hablar con otros sectores; articular, por ejemplo, con el colectivo de discapacidad, con la gente que está luchando por el tema del ambiente –en Mendoza hay mucha lucha ambiental, pero queda allá–, y armar una marcha federal.2 En octubre tenemos el Encuentro de Mujeres, que también hay que aprovechar para plantear este desafío. El principal peligro hoy para mí no es solo Milei, sino el mileísmo sin Milei. Que la burguesía y los sectores dominantes concluyan que Milei es una experiencia agotada, porque ya dio lo que tenía que dar, y que el proyecto sea una renovación –que puede ser Patricia Bullrich o venir del propio peronismo–, pero conservando lo que Milei hizo. Eso es lo que no tenemos que permitir.
COORDINAR HASTA QUE ACLARE
Uno de los elementos llamativos de las encuestas que favorecen a Bregman es su nivel de conocimiento, que emparda el de personajes centrales de la política nacional. Más allá del rigor que posea el dato, es evidente que la envergadura adquirida por su imagen supera por mucho la de la organización donde milita, el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), incluso el de su coalición electoral, Frente de Izquierda y de Trabajadores-Unidad. Entonces, surge la pregunta: ¿de qué está hecha esa popularidad? ¿Es solo su figura o también las ideas crecen en la consideración social? Por lo pronto vale la pena registrar algo que ya Milei había demostrado, del otro lado del espectro ideológico: no necesariamente la radicalidad discursiva y doctrinaria reduce el alcance de un mensaje. Aún más: quizás sea precisamente ese ir a fondo lo que le otorga una aureola especial.
Sin embargo, Myriam sabe que no es soplar y hacer botella. Mientras servimos algunas porciones de matambrito a la pizza y otras de un vacío jugoso, ella aborda el dilema de cómo darle carnadura a esa imagen que se proyecta más allá de lo esperado. «Estamos proponiendo la conformación de un partido de la nueva clase trabajadora. Y muchos de la izquierda se persignan: ¿qué es eso de nueva clase? Lo decimos con todas las letras: hay una nueva clase trabajadora que la izquierda no puede ignorar. Desde ese punto de vista, quizás el PTS puede dejar de ser lo que es hoy para construir algo superior.»
—La izquierda está viviendo un desafío que no había tenido antes y las herramientas organizativas que posee –me refiero al tipo de partido y las formas de la militancia– no están pensadas para una dinámica de interlocución de masas. ¿Estás pensando en poner en juego una nueva imaginación organizacional?
—Totalmente. Es una pregunta interesantísima, no sé si tenemos la respuesta, pero nos la hacemos todos los días. Hay que pensar las nuevas formas de organización que canalicen ese apoyo. Probamos con la conformación de comités en los que la gente que simpatiza con nosotros tenga un lugar de expresión donde opinar, profundizar ideas, explicar mejor por qué peleamos. Viene mucha gente que no tiene ninguna experiencia política, o que alguna vez pasó por la izquierda o el peronismo; hay una necesidad de hablar, de discutir. A la vez estamos haciendo todo un trabajo en redes, en torno a la gente que escribe, la contactamos y les preguntamos «che, ¿te querés organizar?». Es impresionante la cantidad. Miles –estoy hablando de números muy altos– de personas que cuando les escribís se sienten reconocidas y quieren participar. Les transmitimos que si vos no tomás en tus manos la pelea no hay salida, explicamos sencillamente que la relación de fuerzas la vamos a cambiar en la calle y con militancia, con organización. Estamos tratando de darle una forma más amplia a eso, porque obviamente el fenómeno supera la izquierda. Como partido podemos tener una visión sectaria y captar gente para lo que ya somos, a eso le llamamos engordar; o pensar nuevas formas organizacionales que impacten en la realidad, y también apostar a formas de coordinación de las luchas. Por eso digo que son como engranajes.
—¿Miran experiencias de otros lugares del mundo o están inventando de cero estas nuevas formas organizativas?
—Estuve con Jean-Luc Mélenchon en Francia hace poco y toda la organización de ellos [Francia Insumisa, el principal partido de la izquierda] está hecha a través de una app, donde la gente se conecta y a partir de esa conexión virtual van a buscar los materiales, les avisan de movilizaciones cerca de sus lugares. Pero me da la sensación de que eso elimina la militancia concreta y real. Lo charlé el otro día también con Die Linke, la izquierda alemana: ¿cuánto de lo digital puede volcarse a la calle? Nosotros somos marxistas, estamos convencidos de que hay que organizar las fuerzas materiales para influir en la realidad.
—¿Es un problema que la gente tenga menos tiempo hoy para militar?
—Las redes te dan una herramienta de comunicación y no es cierto que sea todo alienación, de ninguna manera. Muchas veces son la manera de conectarte, de escribirle a tu referente, de buscar una idea. El tema es qué uso le das: si es para andar escroleando sin parar en TikTok, obviamente va a ser alienante. Pero tenemos buenas experiencias, en zonas donde es más gente la que viene porque escribió en las redes sociales que la gente que podés conocer en una actividad pública o en una volanteada. Por eso no desprecio el uso de los métodos modernos, me parece que genera mucho ida y vuelta. Pero a la vez está la militancia concreta y una apuesta a que no todo quede en el nivel virtual. ¿Qué es un partido? Es una elaboración colectiva, que va leyendo las experiencias, sacando conclusiones, es una organización viva (o debería serlo, porque no sé si todas están tan vivas). En eso sigo creyendo. El problema es cómo construirlo cuando estamos ante una realidad distinta y tenés que darle un canal a toda la gente que se acerca, no decirle simplemente «vení que te incorporo», tampoco quedarte en el nivel de las redes y como subí en likes me quedo tranquila.
—Parecería que con la idea de partido no alcanza.
—Sí, el problema es el de la autoorganización de la fuerza social que está luchando.
—Como pasó en 2001 con el movimiento piquetero o las asambleas barriales, por ejemplo.
—Sí, pero en esa oportunidad faltó coordinación y alguna forma de expresión más concreta. De nuevo, hay que superar la fragmentación. En Argentina no faltan expresiones políticas, lo que sucede es que están muy fragmentadas. Ahí las redes sociales cumplen un rol que a veces cuesta dimensionar. Antes, cuando alguien quería ingresar, tenía que encontrarse con un militante para que le contara qué pensaba el partido. Hoy la gente que se acerca producto de las redes sociales conoce muchas de tus ideas. Y eso es muy bueno. Porque no se acerca alguien que dice «me gustó cómo hablás», sino que ya escuchó lo que opinás de las mujeres, de la deuda externa. Le pregunta a la inteligencia artificial qué piensa Bregman de la minería. A veces cuesta dimensionarlo, pero de este lado lo vemos. El otro día estuve en Jujuy y en Neuquén, vino gente que nunca vi en mi vida y me hablaba como si la conociera desde siempre.
—Eso significa que no hay mediaciones.
—Hay menos mediaciones y eso es muy democrático. Las mediaciones que tuvimos durante mucho tiempo, aquellos que hablaban en nombre de la izquierda y del socialismo, por ejemplo, trajeron grandes problemas a la humanidad. También te dicen: «Pero en esto no coincido». Tenés mucha posibilidad de conocer lo que piensa la gente. Vos estás todo el tiempo subiendo contenido político y hay miles y miles que todos los días van viendo qué opinás de la minería, qué opinás de si Cristina tiene que estar presa. La gente me para en la calle y me dice: «Gracias por lo que dijiste de Cristina, fuiste muy valiente». Y saben que soy de izquierda, que no tengo nada que ver con el peronismo, pero me agradecen.
—¿Les preocupa la posibilidad de que esa falta de mediaciones facilite posibles infiltraciones o ataques enemigos?
—Hoy todos tenemos un radar encima, estamos geolocalizados a toda hora y las cámaras saben dónde estamos. Te ubican en dos minutos, saben quién prendió fuego algo. O sea, hay que adaptar las formas de militancia a las nuevas tecnologías. Las formas de seguridad cambian y dependen también de la forma organizativa que tenés. Si tu forma de organización es de célula cerrada, obviamente el infiltrado te hace un daño enorme. Si vos tenés una organización más abierta y masiva, el infiltrado tiene un límite. Me parece que el impacto que puedan tener las políticas represivas del Estado depende de eso. No creo que haya que despreciar el problema, pero hay que cambiar la mirada. Me parece más preocupante el gemelo digital, o la inteligencia artificial en manos de esta gente poderosa.
TODO EL PODER A LA AUTOORGANIZACIÓN
Hay un horario de la velada en que la conversación deja definitivamente de ser una entrevista y se arma una charla sin moldes. Es el momento para las preguntas difíciles. El break point. Y ahora es cuando la Rusa ofrece su mejor versión. Le brillan los ojos, interrumpe y apabulla, se convierte en una máquina de lanzar chicanas. De repente parece como si hubiera sido teletransportada a uno de esos debates televisivos donde la palabra quema. «Yo no me enojo –aclara–. Pero que te la voy a pelear hasta el final, dalo por hecho. Soy bilardista». Entonces vamos al hueso.
—Ustedes dijeron algo que fue muy criticado: no alcanza con ganar las elecciones si no se construye una fuerza social, ya que llegar al gobierno no significa tener el poder. Si ganan la elección el año que viene, ¿qué van a hacer?
—Bueno, me parece indiscutible que son dos problemas distintos: qué pasa si ganás las elecciones y cómo se construye un poder diferente. Y hay que poder responder a los dos, porque no se puede descartar que por una carambola política el año que viene se llegue al gobierno. Cuando digo que el ejemplo de Alberto Fernández es muy significativo, no es una chicana, sino la verdad. Porque hay mucha gente que pagó consecuencias muy terribles por haber creído eso. Unieron todo: desde Juan Grabois, Victoria Donda, Sergio Massa, Sergio Berni… Ahora van a sumar a Miguel Ángel Pichetto y quién te dice si no llegan hasta Victoria Villarruel. Dentro de esa lógica entraron compañeros que quiero mucho (o quería, porque murieron), como Alcira Argumedo o Pino Solanas. Esa es una experiencia agotada porque su objetivo es ganar el gobierno y no pelear por el poder. Le pasó al reformismo en toda América Latina. Si no cambiás las condiciones estructurales, si no destruís las bases de sustentación del poder, la derecha se rearma y vuelve. Podés ganar una elección, pero el problema es cómo construir ese poder para iniciar un camino de emancipación y de liberación nacional. La estrategia supera las elecciones, aunque las incluye. Y hay distintas alternativas: si se da a través de un proceso electoral, nosotros decimos que hay que ir hasta el fondo con el mecanismo del voto, y para eso está la asamblea constituyente. Decirle a la gente «¿vos confiás en el poder de tu voto, creés que con tu voto vas a transformar esta sociedad? Bueno, utilizalo hasta el final, hagamos una asamblea constituyente». No como la del 94, que tenía como punto de partida un núcleo de coincidencias básicas y ya estaba acordado lo que podías discutir y lo que no, sino que sea libre, soberana, para decidir los fundamentos del país.
—La experiencia reciente de Chile fue ultrarradical e igual no funcionó, lo que sugiere que ser muy izquierda e ir a fondo en la voluntad de transformación no soluciona el problema del poder.
—Sí, tenés que pensar muy bien cómo conducir esa radicalidad para que no termine en una frustración. Es la pregunta del millón. El gran dilema de los setenta. Lo seguro es que si descomprimís el movimiento vas a perder. Pensemos en el kirchnerismo cuando institucionaliza todos los movimientos con los cuales llega al poder luego de 2001 y dice: «Tranquilos, muchachos, ahora desde arriba voy a solucionar todo». Está siendo su propio sepulturero, porque mientras llama a la pasividad a su propia fuerza, la burguesía no se queda quieta. Por eso es Cristina la que está presa.
—¿Realmente pensás que radicalizar, radicalizar y radicalizar es la solución?
—No, pienso que autoorganizar, autoorganizar y autoorganizar es la solución. Darles a las masas la posibilidad de expresarse democráticamente y de tomar el problema en sus manos.
—¿Qué sería deseable para vos que pase el año que viene en las elecciones?
—Construir una fuerza suficiente como para poder enfrentar el plan de Milei y el FMI, que verdaderamente es un plan de guerra contra el pueblo. Por eso insisto en que eso se hace desde ahora, no hay que esperar al año que viene. Si ganamos la elección y no construimos eso, nos pasan por arriba. Vos me decís «es poco tiempo», puede ser. Pero el tiempo que hay lo tenemos que aprovechar. Quiero aprovechar este momento de visibilidad para decir la verdad: que la solución pasa por organizarse, coordinar con otros sectores, construir la forma de poder desde abajo para sostener incluso la eventualidad de que ganemos una elección. Porque la varita mágica no te la van a entregar. Todo lo demás es Derecho al Futuro.
—La mayoría del campo popular tendrá como principal tarea el año que viene derrotar a Milei y habrá una presión fuerte por no dividir el voto opositor.
—Las elecciones son una instancia importante, pero si la izquierda sale con un bloque de diez o 15 diputados empieza a cambiar la realidad política, porque sabés que no se va a vender. Y es la expresión política de que hay algo distinto. Hay una dinámica entre la calle y las instituciones que es fundamental, que pasa por utilizar la calle para alimentar a las instituciones, pero sobre todo por utilizar las instituciones para alimentar a la calle.
—¿Qué pasa si te dicen que el precio de que vos logres el objetivo de conseguir una decena y media de diputados es dividir a la oposición y que Milei logre su reelección?
—Creo que es un pensamiento típico de alguien muy del PJ [Partido Justicialista], ni siquiera digo peronista. Porque los votos nuestros no vienen del peronismo solamente, tienen distintos afluentes, y los que vienen del peronismo son de gente que si no nos vota a nosotros se queda en la casa. La opción, en realidad, es entre que la izquierda crezca o que la gente se quede en la casa masticando bronca sin influir en la realidad política. Yo sé que muchos prefieren que se queden en la casa, o incluso que voten a Milei antes de que crezca la izquierda. Hay mucho macartismo. La alternativa sería quedarme en la casa yo, resignar cualquier pelea porque, si no, gana Milei. Me parece que es exactamente al revés: si hubo un sector del peronismo que votó contra el Fondo Monetario es porque estaba la izquierda. La izquierda cumple el rol de evitar que el peronismo se vaya totalmente a la derecha. Que acepte, por ejemplo, que la deuda es intocable, que la reforma laboral no se puede cambiar y la ley de glaciares tampoco. Entonces, la izquierda no solamente es útil por lo que gana, sino por lo que influye en la vida política. Ese razonamiento te lleva a otro planteo: que como el voto de izquierda ya lo tenés porque somos los estúpidos que te van a votar igual, entonces tenés que poner a un candidato de derecha para buscar los votos del centro. Necesitan una izquierda sometida. Con nosotros eso no va. ¡Rajá de acá!
(Reproducido de Crisis, por convenio.)
- N. de E.: véase «Qué pasa, qué pasa, que no tenemos casa», Brecha, 9-X-26. ↩︎
- N. de E.: el 19 de setiembre, el Frente de Izquierda y de Trabajadores-Unidad organizó lo que llamó la Marcha de la Bronca, una movilización social que convocó a decenas de miles de personas en más de 70 ciudades argentinas, con un punto alto en Buenos Aires. ↩︎











