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Atracón digital

Uber y sucedáneos
El taxi en entredicho

BlaBlaCar es una compañía francesa de consumo colaborativo mediante la cual, si uno quiere hacer un viaje entre ciudades de Europa, registrándose en su sitio web e introduciendo la fecha el servicio inmediatamente da cuenta de qué usuarios van con su auto a ese destino, y así uno puede elegir un transporte interurbano y alguien con quien compartir los gastos. Por su parte, la aplicación franco-belga Djump facilita el servicio de autos compartidos dentro de una misma ciudad. Un conductor se registra y accede a las solicitudes que los usuarios publican. Éstos, por su parte, ubican al auto en el momento y le dan al improvisado chofer un pago voluntario por el servicio.
Pero es Uber la aplicación de ridesharing (viajes compartidos) que más polémicas ha suscitado. Uber nació en Estados Unidos en 2009 y causó furor en su país de origen, cosechando hoy éxitos en Europa. Originalmente se llamaba ÜberCab, pero por las protestas del gremio del taxi en Estados Unidos se quitó la terminación (cab es taxi, y el prefijo alemán Über significa “por encima de”, o “más allá de”). En un principio la empresa proponía simplemente una flota de vehículos alternativa, pero luego amplió su espectro al novedoso ridesharing. A partir de entonces, un conductor puede inscribirse en Uber –lo único que se exige es tener auto y licencia– y poner a disposición sus servicios. Cuando un cliente precise un coche marcará su ubicación y su destino, y ambas personas entrarán en contacto, acordande un precio por el viaje –del cual un porcentaje irá para la empresa–. Así Uber se ha convertido hoy en una compañía multimillonaria, y su acierto fue valerse de una flota de “choferes” con auto propio compuesta por ciudadanos de a pie, y de vincularla con personas que necesitan el servicio. De hecho, nada impide que el conductor haga su recorrido habitual al trabajo y en el camino “acerque” a otras personas, compartiendo sus gastos habituales con ellas, lo que supone un beneficio para todos.
Este tipo de aplicaciones no parecen tanto “ideas geniales” como la extensión lógica hacia las redes sociales de necesidades prácticas; vías más eficientes, ecológicas y solidarias que las tradicionales, y al mismo tiempo favorables al bolsillo del consumidor. Desde la revista Letras Libres, León Krauze celebra la existencia de Uber, considerándola una vía para terminar con el poder corporativo y avanzar hacia vías de consumo más simples, basadas en esta suerte de “economía colaborativa”. “Si desglosáramos el costo de un cuarto de hotel típico en una cadena típica, evidentemente descubriríamos que el cliente paga por una larga lista de servicios y tarifas que poco tienen que ver con el cuarto en sí. Es, en cierto sentido, una transacción adulterada por el sistema corporativo tradicional. Lo mismo podría decirse de lo que ocurre con los competidores de Uber. El pago a un taxi amarillo en Nueva York incluye suficiente dinero como para pagar la tarifa de la base, el costo de la tarjeta y un largo etcétera. Con Uber el pago es al conductor más una comisión para la app. Es una transacción casi limpia: oferta, demanda y un facilitador veloz y eficaz.”
Lo que parecería un sistema notable viene siendo terriblemente resistido por las gremiales de taxis en Europa. Barcelona, Madrid, Londres y otras ciudades padecen huelgas de taxistas que protestan por la llegada de Uber y otras aplicaciones para smartphones que pasan de las licencias, los trámites administrativos, la homologación de vehículos y los impuestos, lo que para ellos significa una competencia desleal y peligrosa. Pero a raíz de estas protestas y su amplia difusión mediática, la popularidad de Uber se incrementó, pasando a ocupar los primeros puestos en los rankings de aplicaciones en España y Reino Unido. Quizá ninguna otra propaganda hubiese sido más favorable.
En Uruguay hubo reacciones variadas por parte del sector con respecto a ciertas aplicaciones que permiten ubicar taxis con facilidad, como Easy Taxi y Safer Taxi. Mientras varios taxistas se vieron beneficiados por la existencia de estas aplicaciones, la patronal impuso multas a quienes hicieron uso de ellas y se abocó a desarrollar softwares propios, de modo de capitalizar la idea y ofrecer un servicio similar (y ya anunciaron aumentos en las tarifas por la incorporación de la nueva tecnología). Pero aún no existe una posición respecto a Uber y sus sucedáneos, y es de suponer que las airadas polémicas al respecto estén por llegar.
El asunto no carece de complejidad y no deja de ser pavoroso el crecimiento exponencial de Uber, ya prácticamente una multinacional que va extendiendo sus servicios alrededor del globo. Lo que es claro es que estas aplicaciones llegaron para quedarse, y significan un sustancial cambio en el modelo. En cuanto a la reacción por parte de las gremiales en el mundo, es comprensible y hasta lógica, ya que sus propósitos son los de defender los intereses de su sector. Pero en estos casos conviene contemplar si el perjuicio de un gremio en particular no supone un beneficio inmediato para la sociedad en su conjunto. Sobre todo cuando los servicios tradicionales manejan precios prohibitivos, un trato a veces pavoroso y mamparas “de seguridad” que ante cualquier choque o frenada brusca comprometen la vida y la integridad física de los clientes.

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