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Cruces de poesía (27)

“La casa que me habita”de Melba Guariglia y la joya publicada por Banda Oriental en 1973 “Un esqueleto azul y otra agonía”, de Alfredo Fressia, se cruzan con la poesía de Peri Rossi y la coedición rioplatense del “Cantar de la hueste de Igor”.

De adentro

LA CASA QUE ME HABITA. Treinta años después de su edición original en Banda Oriental aparece nuevamente, en versión “puesta a punto”, este libro de Melba Guariglia, ahora editado en la segunda serie de la colección Todos los Gallos están Despiertos, de Yaugurú.

Dice desde la contratapa Silvia Prida que son las casas –no sólo las de ladrillo, sino también el nombre propio– las que dentro de fronteras y en la deriva del exilio van dibujando y desdibujando la identidad de quien las habita, al punto que a menudo, o al menos en este caso, “se hace necesario construir de nuevo la existencia desde la palabra”.

Guariglia, que tiene ocho poemarios y dos libros de narrativa a sus espaldas, lo hace desde sus dos ciudades: México y Montevideo. En la primera, “redimida en aposento conmovible”, donde se sumerge sin reconocer todavía los olores pero lista a perderse, también ahí, en la muchedumbre que logrará, de a poco, recomponerla y rodearla. La segunda también es cemento de añoranza, ya no de la tierra que se ha debido dejar atrás, sino de las casas perdidas.

Hay entonces una “Casa orilla”, la del “puñetazo oculto tras la trampa”. Una “Casa vieja”, de labores encorvadas y glicinas. Una “Casa oculta”, que es casa celda, casa destierro, pero que no es engaño. Las casas que le siguen pueden ser apenas residencia, hogar, o incluso huésped. La “Casa secreta” es la “pequeña mansión/ en tiempos de sospecha”, casi una intemperie “sin más escape que el peligro”, pero aun así, nido tibio de prisas, incógnitas, y “todos los verbos rescatados”. Como corresponde, tampoco faltan la “Casa sola” ni la “Casa isla”, que cierran el libro, donde todo lo deshecho de las maletas se guarda en el baúl del cuerpo.

HALLAZGO I. Fue encontrado en una cajonera de la calle Paysandú, durante la habitual feria de los domingos de Tristán Narvaja, un ejemplar de Un esqueleto azul y otra agonía, de Alfredo Fressia. Joya publicada por Banda Oriental y salida de imprenta en mayo de 1973, que demuestra la importancia de ensuciarse la yema de los dedos para dar con poesía de la buena.

De afuera

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Estado de exilio. La puerta de la casa que habita a Melba Guariglia se abre y aparece un acápite de Cristina Peri Rossi: “mi casa es la escritura… con la única compañía que no falla, las palabras”. Los interesados en la poesía de Peri Rossi, escritora uruguaya residente en Barcelona, pueden adquirir en librerías montevideanas dos de sus poemarios editados por Visor: Estado de exilio (2003) y Playstation (2009). Ambos cuestan una vez y media su precio en España.

Su ópera prima en verso, Evohé: poemas eróticos, que vio la luz en Montevideo en 1971, antes de que Peri Rossi llevara su casa al otro lado del océano, es prácticamente inencontrable. Mejor suerte se correrá si se busca lo que publicó con Lumen. Su segundo poemario, Descripción de un naufragio (1974), al cierre de esta edición todavía estaba disponible por Mercadolibre. A Las musas inquietantes, en cambio, habrá que rastrearlas en cajoneras.

HALLAZGO II. Los grandes ciclos de poesía épica comportan una cuestión central para la identidad eslava. Los rusos no son la excepción. Quienes tengan por hábito bucear en esas aguas habrán dado ya con el tomo de Gredos que incluye el “Ciclo de Kiev” y el “Ciclo de Novgorod”, libro que presenta dos inconvenientes: su precio y su –relativa– “incompletitud”. Falta en sus páginas el “Cantar de la hueste de Igor”. Para muchos una de las cumbres en su género, comparable con el “Cantar de mio Cid” o el “Cantar de Roldán”. Para otros, un texto apócrifo.

El rincón más oculto de la Librería del Cordón, donde esoterismo hace esquina con psicoanálisis, pasando el sector de textos, es un caos de polvorientos libros de Cedal, Alianza Cien, Banda Oriental y aquellos tomitos negros del Club de Sarandí. Como suele ocurrir, entre la hojarasca siempre aparece alguna orquídea. Es el caso de la coedición rioplatense del Cantar de la hueste de Igor que Arca y Galerna trajeron a estas costas en 1967, en traducción de los esposos Malkiel. El domingo pasado todavía estaba en su sitio, esperando por algún interesado que posea tres billetes de 20 pesos.

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