La Unión Europea (UE) ha sido marginada o ha quedado paralizada ante los grandes desafíos contemporáneos, sobre todo después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dejara de lado el multilateralismo y adhiriera a una política de fuerza y de zonas de influencia.
Integrada por 27 países con intereses divergentes, Europa carece de un Estado supranacional capaz de instrumentar una política exterior común y un poder militar autónomo, a pesar de su enorme mercado de 450 millones de consumidores y una fuerza de trabajo industrial superior a la de Estados Unidos.
Su debilidad proviene de haber optado por extenderse hacia el este tras la disolución de la Unión Soviética y la unificación de Alemania, en la antigua órbita de Moscú, en vez de fortalecer su soberanía, sus instituciones ejecutivas y militares, y su autonomía ante la hegemonía de Washington establecida sólidamente en las grandes guerras del siglo XX (1914-1945).
Alentada por Estados Unidos y por sus dos principales aliados, el Reino Unido y Alemania, la UE absorbió, entre 2004 y 2013, a ocho países excomunistas y tres ex repúblicas soviéticas, sin tradiciones democráticas, con fuertes corrientes nacionalistas y serios problemas económicos. Paralelamente, 14 países excomunistas se integraron a la OTAN: los 11 que adhirieron a la UE y tres de los Balcanes. Esta expansión de la OTAN es el argumento esgrimido por Vladímir Putin para justificar su invasión de Ucrania y evitar que también se integre.
Europa se suicidó en las dos grandes guerras de la primera mitad del siglo XX y Estados Unidos emergió como la superpotencia mundial dominante, con la mayor economía y las más poderosas Fuerzas Armadas, enfrentada al vencedor terrestre, la Unión Soviética, encerrada en su régimen estatista y en su gran masa territorial en el corazón de Eurasia, ampliada a países satélites y rodeada de otros hostiles. El mundo descolonizado que emergió de las ruinas de los imperios europeos fue donde se enfrentaron y compitieron los dos superpoderes nucleares.
La UE fue el gran proyecto de la posguerra para la resurrección de la vieja cuna de la civilización occidental, bajo el paraguas de la OTAN y de organizaciones multilaterales creadas por Washington. En el marco de la Guerra Fría contra la Unión Soviética, la postura atlantista de subordinación política y militar a Washington primó sobre las veleidades de independencia del líder francés Charles de Gaulle. Trump rompió la división de tareas de hecho entre Washington y la UE: esta financiaba una Europa próspera y pacífica; Washington, la alianza militar y su paraguas nuclear. Ahora la UE debe pagar también por su defensa.
Trump considera que Europa se ha aprovechado de Estados Unidos, tanto en el plano comercial como militar, y desprecia sus valores democráticos y humanistas. El documento de Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, publicado en la noche del 4 al 5 de diciembre (véanse «De Robocop global a matón regional», Brecha, 19-XII-25, y «El retorno del gran garrote», Brecha, 19-XII-25), considera que Europa sufre una «disolución de civilización» y cuestiona su fiabilidad al estimar que en 20 años varios países de la OTAN no tendrán «mayorías (demográficas) europeas» debido a la inmigración.
«La Unión Europea y otros cuerpos trasnacionales socavan la libertad política y la soberanía; políticas migratorias que transforman al continente y crean disenso; censura de la libertad de expresión y supresión de oposición política; caída de la tasa de nacimientos; y pérdida de identidades nacionales y de confianza en sí mismos», sentencia la estrategia de Trump.
Sostiene que la pérdida de confianza en sí misma de la UE «es más evidente en su relación con Rusia». Se reserva el papel de «restablecer la estabilidad estratégica en Eurasia y mitigar el riesgo de conflicto entre Rusia y los estados europeos». Y le hace otra guiñada a Putin al cortar por lo sano cualquier expectativa de Ucrania de integrar la OTAN. Estados Unidos «impedirá la realidad de la OTAN como una alianza en perpetua expansión», declara.
Trump quiere mantener en su área de influencia a una Europa a su imagen: «Sigue siendo estratégica y culturalmente vital para Estados Unidos». Así resume su estrategia anti-UE: impulsar «la celebración del carácter individual y la historia de las naciones europeas» y alentar «a sus aliados políticos en Europa a promover este espíritu de resurgimiento y la creciente influencia de los partidos patrióticos europeos», es decir, la extrema derecha.
EL REARME
Este documento escandalizó a la Europa democrática. Desde la derecha tradicional hasta la izquierda lo consideraron como la confirmación de la hostilidad de Washington y de la necesidad de independizarse política y militarmente.
Europa se está rearmando. La UE creó un fondo de 174.000 millones de dólares para financiar la industria armamentista europea. Alemania está creando las Fuerzas Armadas convencionales más poderosas de la UE y Polonia es el país que más está gastando con relación a su PBI. Europa debe llenar el vacío que dejará Washington en su defensa: inteligencia aérea y geoespacial, vigilancia y reconocimiento, puente aéreo estratégico, ataque de precisión de largo alance basado en tierra, y capacidad computacional en la nube a hiperescala, según una lista establecida por The Economist.
Pero la competencia entre las industrias militares de los grandes países crea dificultades, como en la construcción de un avión de combate de sexta generación, parte de un proyecto entre Alemania, Francia y España llamado Futuro Sistema Aéreo de Combate (FCAS, por sus siglas en inglés). La IG Metall alemana se enfrenta a la Dassault francesa para liderar la construcción del avión, según el diario madrileño El País. El FCAS incluye otros proyectos, como la nube de combate y los drones.
Trump quiere para Europa lo que quiere para Estados Unidos: un gran revisionismo histórico, volver a naciones blancas, cristianas, basadas en la familia tradicional, que consuman petróleo estadounidense y contribuyan a hacer a Estados Unidos «great again».
Putin coincide con Trump sobre la decadencia europea. Afirma que Rusia representa la espiritualidad, con su Iglesia ortodoxa sometida al Estado frente al laicismo de Europa, defiende la familia tradicional, combate la homosexualidad y, como gran potencia petrolera, al igual que Trump se burla de la lucha contra el cambio climático.
Trump excluye a Europa de sus iniciativas internacionales. La UE y el Reino Unido han sido colocados en un segundo plano en las negociaciones con Rusia para poner fin a la guerra de Ucrania, al igual que en las negociaciones con Israel y Hamás para una tregua limitada en Gaza.
Europa, a su vez, sufre de debilidad institucional y divisiones. Las reglas de toma de decisiones de la UE, por unanimidad o mayorías calificadas, han debilitado su posición en el plano internacional. Tiene socios prorrusos, como Hungría, Eslovaquia, la República Checa (Rumania anuló unas elecciones presidenciales ganadas por el candidato prorruso). Y desde luego, algunos de sus socios son pro-Trump, como el conservador canciller alemán, Friedrich Merz, con algunos matices, y la incondicional presidenta del Consejo italiano, Giorgia Meloni. Los partidos de extrema derecha europeos forman parte de la internacional reaccionaria liderada por Trump, y en su seno hay simpatizantes de Putin.
Después del Brexit, el Reino Unido se ha aproximado a la UE con el primer ministro laborista, Keir Starmer, aunque de ninguna manera se plantea reintegrarse al mercado común y mantiene una relación privilegiada con Trump, heraldo de un mundo anglosajón, blanco y anglófono.
Alemania, Austria y Hungría han convalidado de hecho el genocidio de los palestinos cometido por Israel, paralizados por la culpa de su propio genocidio de hace 80 años de los judíos de Europa. Al igual que Reino Unido y Francia, han coartado la libertad de expresión aduciendo una supuesta represión del antisemitismo. Por el contrario, España, Irlanda y Eslovenia condenaron la masacre en Gaza.
Con respecto a la financiación de la guerra de Ucrania, Alemania impulsó la confiscación de los haberes rusos en Bélgica de 180.000 millones de dólares, pero a mediados de diciembre el primer ministro belga, del partido de extrema derecha Interés Flamenco, Bart De Wever, se opuso terminantemente, y la UE no tuvo más remedio que emitir deuda por 90.000 millones de euros para financiar a Kiev en los próximos tres años. Hungría, Chequia y Eslovaquia se negaron a participar.
AISLADA
La UE se dispone a tirar por la borda 26 años de negociaciones con el Mercosur para crear el mayor espacio de libre comercio del planeta con 720 millones de consumidores, en momentos en que se ve amenazada por Trump y China. Trump le impuso tarifas del 15 por ciento y condiciones económicas leoninas, mientras China, con su superioridad tecnológica e industrial, le disputa su propio mercado interno. Algunos países europeos quieren preservar los restos de una agricultura ineficiente, que emplea a cada vez menos gente y necesita de enormes subvenciones de Bruselas.
Desprestigiado y debilitado, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, cambió de posición a último momento, atemorizado por la movilización de sus ganaderos contra el sacrificio de rebaños para detener la dermatosis modular contagiosa bovina y, de paso cañazo, contra el Mercosur. Polonia y Hungría también se oponen. Y ahora Meloni, a último minuto, pidió más tiempo, supuestamente para negociar con sus agricultores, aunque quizás sea a pedido de su gran aliado Trump, que quiere al hemisferio occidental como su zona económica exclusiva.
El presidente de Brasil, Luis Inácio Lula da Silva, le concedió un mes. Analistas europeos estiman que el acuerdo con el Mercosur no será renegociado, que Francia y los otros opositores obtendrán nuevas concesiones de la UE, dada la necesidad de Alemania de contar con un gran mercado para su industria automovilística gasolinera en crisis. La UE postergó hasta 2040 el todo eléctrico para sus vehículos. Si Bruselas plantea reabrir las negociaciones, el Mercosur debería reorientar su búsqueda de acuerdos comerciales hacia Asia, que ya domina la economía mundial.
ENTRE LA ULTRADERECHA Y EL MIEDO
La Europa democrática asiste confundida al crecimiento arrollador de la extrema derecha nativa, que ya gobierna en Italia y Hungría, y participa en coaliciones de gobierno en Finlandia, Croacia, Eslovaquia y Suecia. Holanda y Austria tienen partidos de extrema derecha dominantes, pero que no participan en el gobierno.
Trump califica a estos partidos que adhieren a su programa de «patriotas».
La derecha tradicional, incluso la socialdemocracia en algunos países, solo atinan a disputarle sus banderas. Partidos de extrema derecha crecen en Francia, Alemania, Reino Unido, España, Portugal…
La Alternativa para Alemania, calificada como extremista por los servicios de seguridad alemanes por sus corrientes neonazis, tiene un 25 por ciento de apoyo, igual que los otros tres grandes partidos nacionales (democristianos, socialdemócratas y verdes), indica The Economist. En 2024 obtuvo el primer lugar en las elecciones al parlamento del land de Turingia y el segundo en Sajonia. Propone la «reemigración», la expulsión de cientos de miles de inmigrantes. Sigue vigente el cortafuego que le hacen los otros partidos.
En Francia, el partido Reagrupación Nacional (RN) tiene la mayor bancada en la asamblea legislativa y posibilidades de ganar la presidencia en 2027 con su candidato Jordan Bardella (30 años). A pesar de ser el partido ultra que más se ha moderado en la región, Bardella declaró a la BBC que coincide «en su mayor parte» con el diagnóstico de Trump sobre Europa. La derecha tradicional muestra cada vez más su tentación de acabar con el «cordón sanitario» y normalizar sus relaciones con la RN, su única posibilidad de volver al poder.
En Reino Unido, el partido de Nigel Farage, el estratega del Brexit, es el más popular, con un apoyo del 30 por ciento. Pretende deportar un promedio de 120 mil personas anualmente. Los conservadores, incluso los laboristas, reaccionaron endureciendo sus propias políticas antinmigrantes.
El español Vox, nostálgico del franquismo, alcanzó este año el 17 por ciento de apoyos, según El País. La derecha tradicional, el Partido Popular (PP), concluyó alianzas locales con Vox y socava el cordón sanitario. A diferencia de los otros grandes países europeos, donde la derecha tradicional tiene raíces antinazifascistas, el PP y Vox tienen sus raíces en el franquismo.
Europa tiene miedo. Le resurgió el miedo bicentenario a Rusia, alimentado por las campañas militares de Putin para redefinir sus fronteras (Ucrania, Crimea, Georgia, Chechenia). Lo consideran dispuesto a atacar a la OTAN y se preparan en orden disperso a enfrentarlo. Mientras tanto, continúan con su ayuda militar a Ucrania, donde Trump los ha dejado con toda la carga financiera, dado que deben pagarle las armas que Washington envía a Kiev. Mientras tanto, Rusia, con una economía equivalente a la de España, no logra siquiera terminar la conquista del Donbás (el este rusófono de Ucrania), tras casi cuatro años de guerra y cientos de miles de bajas. Moscú responde a la ayuda militar a Ucrania con campañas híbridas (ciberataques, drones, sabotajes) contra países de Europa.
Europa le tiene miedo a Trump, como lo demostró el mal acuerdo antitarifas al que llegó la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que fue a rendirle pleitesía al estadounidense a su campo de golf escocés. También el secretario general de la OTAN, el holandés Mark Rutte, se deshizo en elogios sobre Trump durante la cumbre de La Haya, por temor a que decidiera abandonar la alianza militar. Trump se plantea reubicar el grueso de sus fuerzas militares en la región Asia-Pacífico debido a las disputas con China y en el hemisferio occidental, al que considera primera línea de defensa de su territorio.











