Luis Eduardo Aute (1943-2020)

El espejismo de ser uno mismo

No es fácil abordar la gran trayectoria de Luis Eduardo Aute, fallecido en Madrid el sábado a los 76 años. Cinco décadas de canciones fluyeron en torno al cantautor (palabra que él detestaba). Y a esa búsqueda, con igual intensidad, se sumaron otras: la pintura, el cine, la poesía y los “poemigas”. De ahí que sus amigos lo hayan bautizado Luis Leonardo.

Imagen promocional de 2007

Nació en 1943 en Manila (Filipinas) y 11 años después se mudó a España junto con su familia. Hablaba inglés con solvencia y un español doméstico, que tuvo que estudiar intensamente y aprender a escribir. La adolescencia lo acercó a la pintura, que creyó su destino, mientras comenzaba a esbozar sus primeros poemas. Pronto llegó la guitarra, aprendió los primeros rasgueos y encontró la conexión entre sus versos y la música. Lo influenció la chanson francesa, pero también el primer Bob Dylan, del cual aprendió que puede elaborarse una canción con la dignidad de un poema, incluso valiéndose de pocos acordes. Como también reconoció León Gieco en relación con “Hombres de hierro”, Aute plagió, a su modo, “Blowin’ in the wind” para componer “Rosas en el mar”, popularizada muy pronto por la cantante Massiel. Así llegó, en 1967, su primer simple (“Made in Spain” y “Don Ramón”) y no paró de editar discos hasta 2012, año en que sacó El niño que miraba el mar. En el camino, tomaron forma más de cuatrocientas canciones, cuyas letras han sido recopiladas en el libro Claroscuros y otros pentimentos (Pigmalión, 2014).

Es difícil abordar una obra tan amplia y, casi como consecuencia de ello, despareja. La crítica señala dos grandes trilogías en su trayectoria: la primera, conocida como “Canciones de amor y muerte”, está integrada por los álbumes Rito (1973), Espuma (1974) y Sarcófago (1976); la segunda, designada “Canciones de amor y vida”, corresponde a los discos De par en par (1979), Alma (1980) y Fuga (1982). Debido a la tuberculosis, que se manifestó cuando regresó de su primer viaje a Cuba, estas últimas composiciones se destacan por un mayor escepticismo, que, en buena medida, lo acompañó toda su vida.

En 1978 editó Albanta, que marcó un quiebre en varios sentidos. Por primera vez, el compositor de los discos se subió a los escenarios, una década después de su primera grabación. Asimismo, el álbum presenta una atmósfera roquera que no era nueva en el autor, pero que calzó a la perfección con el clima de advenimiento democrático. Las letras no fueron en discordancia. Allí se recoge “Al alba”, quizás su canción más versionada, inspirada en los últimos condenados a muerte por el régimen franquista. Está muy lejos de ser la única composición de contenido social o político de su carrera. A modo de ejemplo, puede citarse esa grandiosa pieza a dos voces que es “La belleza”: “Y ahora que ya no hay trincheras/ el combate es la escalera/ y el que trepe a lo más alto/ pondrá a salvo su cabeza/ aunque se hunda en el asfalto/ la belleza”. O, sin ir más lejos, su continuación del cambalache discepoliano en “Siglo XXI”, hecha de sentencias como látigos: “El más judas/ será el que se suba/ al podio del honor/ La mentira será ley/ y el simulacro, institución/ El chorizo irá embutido en su Mercedes oficial”.

El tópico amoroso fue parte esencial de su obra. “Más que nada, lo mío son canciones de amor”, manifestó más de una vez. Su fraseo característico, a veces casi en un susurro, contribuía a generar un clima propicio (como Caetano Veloso, Aute podía cantar a capela sin pasar vergüenza frente a su auditorio). En conjunción con el amor, el erotismo también encontró su lugar de privilegio y fue doblemente significativo cuando se hizo necesario burlar la censura propia del período franquista. Es cierto que eso lo llevó a enriquecer el lenguaje poético (Aute se quejaba de cierto barroquismo en sus letras) y a entablar una profunda complicidad con el receptor. Alcanza con pensar en “Adentro”, una canción de 1973 que describe poéticamente el acto masturbatorio sin caer en el abismo en ningún momento: “Dentro/ me quemo por ti/ me vierto sin ti/ y nace un muerto”. En la línea erótica continúa su disco Espuma (1974), también polémico en tiempos de un rígido imaginario católico. “Sólo el pan de tu tierna encarnadura/ es el pan que me ofreces/ en tu lecho/ sacia mi barro/ de hambriento diablo/ no conozco otro pan que tu cuerpo”, canta en “Sólo tu cuerpo”. Veinte años después dobló la apuesta en “Mojándolo todo” con un erotismo pop, de imágenes más predecibles, por momentos al borde de lo grotesco: “Me incitas/ me invitas a viajar/ por vías lácteas y negros agujeros”.

Aute fue un testigo singular de la segunda mitad del siglo XX, además de un lúcido y escéptico intérprete del actual siglo, en el que vio la tecnología como el nuevo dios y el fútbol como la principal religión. “Estamos viviendo en pleno surrealismo; cualquier parecido con la racionalidad es absoluta casualidad. El surrealismo es consecuencia de fantasías oníricas y sueños. Estamos en uno alimentado por pesadillas”, dijo en una recomendable entrevista de 2014.1 Siempre inquieto, bicho de taller, trabajador solitario hasta en la producción de un largometraje, no paró de crear en sus distintas formas, quizás ahuyentando el paso del tiempo como primer indicio de la inevitable muerte. Así lo manifestó en el mismo reportaje: “La curiosidad y la necesidad de no crecer, de seguir siendo niño, es la madre del cordero. Todo es un juego; a veces son juegos peligrosos o malas jugadas. Si ya no te sorprenden las cosas, date por zombi”.

CINEASTA Y PINTOR. En la Filipinas de principio de los cincuenta, Aute disfrutó de los grandes musicales hollywoodenses, pero Nido de ratas, de Elia Kazan, marcó una diferencia. En blanco y negro, intensa, alejada de aquellos espectáculos de colorines, el adolescente entendió que el cine también podía ser arte, como tiempo después lo pensó de la canción al escuchar a Dylan.

Desde ese momento le interesó el rol de director. Filmó varios cortometrajes, pero en 2001 cumplió el reto de estrenar un largometraje de animación realizado a la antigua, a partir de 4 mil dibujos a lápiz de su autoría que fue borrando y redibujando para crear la ilusión del movimiento. El filme se titula Un perro llamado Dolor y conjuga dos de sus pasiones: el cine y la historia de la pintura. Fue exhibido en 2011 en la sede uruguaya del Centro Cultural de España, en una proyección al estilo cinefórum que contó con la participación del realizador.

No como director, pero sí como figura protagonista, un debe para nuestro país es la exhibición del documental Aute retrato, de Gaizka Urresti, estrenado en España el año pasado. En este se repasa la polifacética figura del artista a partir de material de archivo y el testimonio de sus principales amistades; entre ellas, Ana Belén, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina. Después de la muerte del compositor, el documental fue puesto a disposición del público en Youtube.

AUTE Y URUGUAY. Cada generación tiene su Aute: quienes vivieron la dictadura, quienes lo conocieron en la llegada de la democracia o una década después, a través de su trabajo a dúo con Silvio Rodríguez. Es muy probable que un veinteañero no sepa de quién se está hablando, aunque debería. Tal vez conozca de oídas a otros de una generación similar, como Serrat y Sabina, que han tenido otra proyección en la región.

Fue recién a fines de los ochenta que Aute dio sus primeros recitales en Sudamérica y desarrolló un gran vínculo con el Río de la Plata, especialmente con Uruguay. En 1993, bajo la dirección de Alfredo Goldstein, se montó en Arteatro el espectáculo Bombas de soles, basado en canciones del cantautor, que incluso estuvo presente en una de las funciones. Sembró amigos tanto aquí como en España, y algunas de sus pinturas ilustraron generosamente portadas de libros, como la novela Pensión de animales, de Pablo Silva Olazábal, quien, además, fue el organizador del aludido cinefórum que estrenó en Uruguay Un perro llamado Dolor.

El poeta Gabriel Weiss, que impulsó el reconocimiento como visitante ilustre que la Intendencia le otorgó a Aute en 2007, lo recordó en su cuenta de Facebook como un buen hombre, admirador del Palacio Salvo, “que seguía la producción artística de Darnauchans, leía a Benavides y sabía que Uruguay no empezaba ni terminaba en Galeano o Benedetti”. En 2014 dio su último concierto en el teatro Solís, en el que se despidió físicamente de Uruguay, pero no de sus canciones, muchas de las cuales resistirán el paso del tiempo y, dada su vastedad, serán materia a seguir descubriendo. “Quien no tenga sueños, que se disponga a tener dueños”, sentencia uno de sus “poemigas” más conocidos. Vale la pena tenerlo en cuenta.

1.   Conversaciones en la Fundación Juan March, disponible en ‹https://www.youtube.com/watch?v=xbhhzL77K3Q›.

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