Mientras los iraníes salen masivamente a las calles, atrapados entre un régimen represivo, una asfixiante guerra económica desde el exterior y una historia de alianzas oscuras, Estados Unidos e Israel amenazan con una intervención militar.
Las protestas están arraigadas en una profunda miseria económica. La moneda nacional, el rial, se ha derrumbado y se encuentra en un mínimo histórico. Para el iraní de a pie, esto significa que necesidades básicas, como alimentos y medicamentos, se han vuelto, sencillamente, casi inasequibles.
Lo que comenzó como una protesta contra el alza de los precios se ha convertido en un movimiento nacional contra una política fallida. El presidente Masoud Pezeshkian reconoce el malestar y afirma que la protesta pacífica está protegida constitucionalmente, promete reformas del sistema monetario y bancario para proteger el poder adquisitivo y pide a las autoridades la máxima contención frente a los manifestantes.
Al mismo tiempo, el Estado ha dejado fuera de servicio internet y las redes móviles para dificultar la organización de las protestas. Este apagón digital hace que, para el mundo exterior, sea muy difícil seguir la situación de cerca.
En cualquier caso, la situación es muy violenta.1
RAÍCES DEL ISLAMISMO POLÍTICO
En Irán mandan los líderes religiosos, algo que tiene raíces históricas profundas. En 1979 la revolución fue dirigida por clérigos. Bajo el sha, partidos, sindicatos y la oposición de izquierda o liberal fueron duramente reprimidos. Las mezquitas y la red en torno a los clérigos estaban protegidas de manera relativa porque desempeñaban una función religiosa y social que el régimen no podía prohibir por completo sin provocar una gran reacción social. Además, los clérigos disponían de un aparato organizativo con el que podían difundir mensajes rápido y movilizar a la gente. Por eso, la mezquita se convirtió no solo en un lugar de fe, sino también en uno de los pocos espacios que quedaban donde la oposición podía reunirse, coordinarse y construir legitimidad.
Pero se debe mirar más allá de la revolución de 1979. El experto en Irán Hamed Pasandideh señala que el auge del islamismo político en la región no fue casual. Las potencias coloniales occidentales, sobre todo Reino Unido, vieron en él una oportunidad para aumentar su influencia. Ya en el siglo XIX líderes islámicos, como al-Afghani, buscaron apoyo en Londres para una alianza panislámica. El objetivo común era contener la influencia de Rusia en Asia Central. Occidente no tenía problemas con los grupos religiosos siempre que sirvieran como amortiguador contra sus propios enemigos. La teocracia actual tiene raíces coloniales más profundas de lo que muchos piensan.
SANCIONES ECONÓMICAS Y AMENAZA MILITAR
Es imposible ver esta crisis al margen de la geopolítica internacional. Desde que Estados Unidos, bajo Donald Trump, se retiró unilateralmente del acuerdo nuclear, Washington aplica una política de «máxima presión» sobre Irán. Estas sanciones unilaterales no solo bloquean la exportación de petróleo, sino que impiden la importación de bienes esenciales como medicamentos.
La Unión Europea también ha promulgado sanciones contra Irán. Teherán califica con razón estas medidas de «crimen contra la humanidad», porque destruyen la vida cotidiana de millones de ciudadanos. La asfixia económica provoca la inflación y la escasez que ahora empujan a los iraníes a salir a la calle. Es una forma cínica de guerra económica.
Trump echó aún más leña al fuego al inicio de las protestas declarando que Estados Unidos «está listo» para «salvar» a los iraníes. Según la politóloga belga-iraní Elly Mansoury, Estados Unidos e Israel intentan, mediante una escalada militar, tomar por completo las riendas de la región.

Este lenguaje belicista socava las legítimas exigencias de los manifestantes y da al gobierno iraní la posibilidad de presentar cualquier protesta como un complot de potencias extranjeras o, como dijo el líder espiritual Alí Jamenei, como obra de «mercenarios». El gobierno también señala el papel del servicio de inteligencia israelí, el Mossad,2 y del príncipe heredero exiliado Reza Pahlavi, el cual llama a la resistencia desde Estados Unidos.
En efecto, hay informes sobre grupos armados que cometen actos de violencia. Esto también se desprende del hecho de que ya han muerto más de 40 miembros de los servicios de seguridad. Pero organizaciones progresistas, como la organización de derechos humanos CODIR, indican que el descontento es real y está ampliamente respaldado. Una gran parte de la población está harta de la corrupción y de la política represiva y quiere un cambio que realmente la beneficie, es decir: ni una nueva marioneta de Washington ni un regreso a la monarquía del sha.
ALIANZAS EXTRAÑAS
El principio de «el enemigo de mi enemigo es mi amigo» recorre como un hilo conductor la historia iraní. En 1953, la élite religiosa ayudó a derrocar al primer ministro democrático Mohammad Mosaddeq, que quería nacionalizar el petróleo. El clero y los servicios de inteligencia occidentales coincidieron en su aversión compartida al nacionalismo de izquierdas. También durante la guerra con Irak en los ochenta la enemistad con Occidente resultó menos absoluta de lo que sugerían las consignas. Entre bastidores, el ayatolá Jomeini compró armas a través de Israel y Estados Unidos. Esa guerra sirvió perfecto a los intereses de las potencias occidentales: dos países musulmanes fuertes se agotaron por completo durante años.
Aunque Irán grita «Muerte a Estados Unidos», practica una política económica que se parece sospechosamente a la de Occidente. Desde los noventa, Teherán sigue un rumbo neoliberal agresivo y se privatizaron empresas estatales, lo que hizo fabulosamente rica a una pequeña élite de clérigos y militares, mientras se desmantelaba la seguridad social.
Tanto los llamados «reformistas» como los sectores duros adhieren a los principios del libre mercado. La dolarización de la economía y la falta de seguridad laboral son los frutos amargos de un sistema que protege a los ricos y no prioriza a los pobres.
Irán se encuentra en una encrucijada. El país fue en el pasado un apoyo importante para la resistencia palestina y la oposición al proyecto del Gran Israel […], pero la legitimidad del gobierno seguirá desmoronándose mientras una orientación neoliberal desestabilice la sociedad y continúen el tutelaje clerical y la represión.
[El economista iraní exiliado] Hamed Pasandideh sostiene que Irán solo puede plantar cara al imperialismo de Israel y Estados Unidos si rompe con su propio sistema corrupto. Es necesaria una economía basada en la justicia y en las necesidades humanas, no en privatizaciones. También debe desecharse el corsé conservador, dice.
Ya ha habido varias grandes oleadas de protestas en Irán que nunca han logrado cambiar el rumbo. La principal razón es una oposición dividida y poco organizada. A ello se suma la injerencia extranjera.
Por lo tanto, existe una posibilidad real de que las protestas se apaguen, como ha ocurrido con oleadas anteriores. No obstante, llama la atención que las protestas se suceden cada vez más rápido, que su resonancia aumenta y que el nivel de violencia sigue creciendo.
Que el poder se desplace del liderazgo religioso, como ahora exigen los manifestantes, puede ser un paso en la dirección correcta, pero, ciertamente, no es suficiente. Además del tutelaje religioso, habrá que encontrar una respuesta al desmantelamiento social y deberá haber más espacio democrático.
Y, además, está el riesgo de guerra. Con la amenaza de un ataque militar desde Israel y Estados Unidos, existe –de nuevo– la posibilidad de un conflicto a gran escala en la región. Irán ha dicho que bombardeará a Israel con misiles si es atacado. En junio de 2025 demostró que es capaz de golpear a Israel en su corazón.
La verdadera solidaridad con la población iraní significa apoyar su lucha por pan y democracia y, al mismo tiempo, oponerse con firmeza a cualquier forma de intervención militar extranjera. Se debe respetar la soberanía de Irán. El destino del país pertenece a la gente en las calles, no a los estrategas de la Casa Blanca.
En este marco también se debe mirar de manera crítica las sanciones europeas y estadounidenses contra el país. Además de las necesarias reformas internas, el levantamiento de esas sanciones sería el modo más efectivo de aliviar directamente la presión sobre la población.
Una cosa es segura: la población iraní aún tiene por delante un período difícil.
Marc Vandepitte es filósofo y economista belga, autor de libros sobre las relaciones Norte-Sur, América Latina y China. Tomado de Rebelión (original).










